Ermita del Mirón
No me hace falta ver de nuevo las fotos realizadas. Me
basta cerrar los ojos para recordar la ermita, lugar siempre de llegada y de
partida en mis exploraciones de cada día. Al
salir del hotel era lo
primero que veía,
imponente, frente a mí. Pasaba andando a su
lado y no podía por menos de mirarla como lo
hice la primera tarde, llenándome del
encanto de su forma y la disposición de sus
elementos. Frente a la puerta principal hay una gran extensión
de verde cerrada por una valla de piedra a lo largo de la cual hay un poyete. En
medio, una estatua sobre una columna. Si no hubiera estado tan ocupado yendo y
viniendo por Soria no me hubiera importado pasar un buen rato allí.
Cuando llegaba la tarde iban llegando al paseo de Mirón
grupos y grupos de ancianos que se sentaban en las mesas de madera y charlaban o
jugaban a las cartas. Pasaba a su lado y nos mirábamos,
por mi parte curioso, probablemente también
por la suya. Pero frente a la ermita, sobre el césped,
el anochecer era de grupos de jóvenes que
permanecían recostados y hablaban también,
eternas conversaciones de las que se nutre la vida en común.
Una tarde estaba sentada en el poyete, junto a ellos, una señora
mayor, bastante bien vestida, leyendo un libro. Por un momento imaginé
que era de poesía, ¿qué
mejor sitio para ello?, y me gustó su
tranquilidad, el sosiego de la lectura vespertina junto a los jóvenes
que charlaban a pocos metros de ella. Hay algo que me gusta siempre de aquellas
escenas donde conviven las edades. En mi juventud la separación
era muy radical, los jóvenes decíamos
detestar el modelo paterno aunque en muchos casos volviera finalmente a
repetirse, matizado, con el tiempo. Por eso me gusta que no sea así,
que distintos como somos según la edad en
gustos y valores, haya sin embargo la posibilidad de convivir en un mismo
espacio.

Eran tardes hermosas aquellas en que pasaba presuroso junto a la ermita cargado con mi cámara, la gorra en la cabeza, y miraba el césped, los viejecitos sentados en sus bancos, mirando a quien pasaba, charlando de sus cosas. Luego volvía por la noche, deseando coger mi bocadillo, la lata de refresco y sentarme en el mirador de los Cuatro Vientos. Inevitablemente, volvía a pasar junto a la ermita y, en no pocas ocasiones, le hacía una nueva foto con el mismo encuadre, idéntico ángulo. Era que el cielo aparecía diferente, el aire se espesaba más que otros días o el grupo de personas había cambiado y todo parecía un poco distinto.

En el siglo XIII el rey castellano Alfonso X el Sabio mandó hacer una relación de las treinta y seis parroquias que tenía Soria por entonces. De aquellas sólo han pervivido cuatro hoy en día, además de las ruinas de San Nicolás, que levanta sus raigones cerca de la calle Real. Una de ellas, probablemente la más antigua, es la ermita de Nuestra Señora del Mirón, antigua parroquia que fue viendo decrecer su número de vecinos hasta perder dicha condición quedando en ermita.
Una de las cosas que me han llamado la atención, cuando me he sumergido en el pasado de Soria, es la escasa o inexistente prueba documental con la que establecer hechos, fundaciones o monumentos. Nada se registraba y sobre todo ello se iba construyendo una leyenda a base de creencias del pueblo llano o de intereses espúreos de los poderosos. Esta ermita puede ser un ejemplo. Aparece registrada en dicha relación de Alfonso X. Todo lo demás es historia, cuento, narración, leyenda. Pero en toda leyenda hay, probablemente, una pizca de verdad en la que conviene indagar.
Según ella, la ermita es de origen visigodo y fue respetada, cosa creíble, por los musulmanes cuando ocuparon este lugar. Por entonces Soria era una simple aldea que no debió revestir un interés especial ni ciudadano ni estratégico. La santera del lugar, que luego me enseñaría su interior, me contó el origen de la misma que después he contrastado con otras informaciones (coincidentes con la suya, por otra parte) y con mi natural escepticismo en materia de creencias.
Cuando el rey visigodo Leovigildo toma el poder en el 573, esta parte del Alto Duero estaba dominada por los reyes suevos que se extendían desde Galicia hasta aquí, en concreto por Teodomiro, al que le sucedería Miro. Leovigildo empezó una serie de conquistas, como la ocupación de Cantabria en el 574 y, al año siguiente, avanzó sobre terreno suevo obligando a este rey Miro a retroceder para, finalmente, declararse vasallo de Leovigildo. Éste es aproximadamente el contexto histórico en que pudo desarrollarse la construcción de la ermita. Por una parte, se sostiene que el nombre de Mirón provendría del rey Miro, cosa desde luego no probada. Por otra, entiendo que la leyenda de la aparición milagrosa de esta virgen podría entenderse muy bien dentro de la tensión entre suevos y visigodos, que en aquel tiempo es lo mismo que decir entre el catolicismo de los primeros y el arrianismo de los segundos. Hasta que su hijo Recaredo abrace la religión católica los visigodos fueron arrianos, herejía consistente en negar la naturaleza divina de Jesucristo.

En esa tensión religiosa resulta muy oportuna la aparición de la Virgen para reafirmar el catolicismo de sus partidarios. Así, la leyenda dice que en este lugar estaba arando un labrador cuando encontró que los bueyes se paraban repetidamente en un punto. Este hecho se repitió varias veces sin que el hombre pudiera hacerles avanzar. En un momento determinado escuchó una voz que decía repetidamente: "¡Mira, Mirón!". Impresionado por el suceso, dio parte de lo sucedido a las autoridades de la aldea que fueron allí y comprobaron el hecho milagroso de que los bueyes no avanzaban. Mandaron excavar en ese punto y desenterraron la talla de una virgen a la que denominaron Nuestra Señora del Mirón. Porque se da el caso de que el labrador, al descubrirse la estatua, cayó al suelo repitiendo una y otra vez: "¡Mira, Mirón!, ¡mira, Mirón!". De ahí que dichas autoridades mandaran levantar la primitiva ermita.
No puedo dejar de pensar que la aparición virginal era muy oportuna para reafirmar la fe católica del rey Miro y de sus partidarios, sobre todo en un tiempo en que los avances de Leovigildo suponían un avance incontenible de la herejía arriana. Pero todo esto, naturalmente, es pura especulación. La leyenda sigue siendo leyenda sin comprobación y ni siquiera se sabe si tiene relación con el rey Miro ni si éste llegó a dominar estas tierras.
La tarde que volví de Almazán, cansado y feliz, observé que la ermita estaba abierta. No lo pensé dos veces y entré en ella. Resultaba mucho más grande de lo que yo podía imaginar. Aparecía, para mi gusto, demasiado recargada, con un estilo rococó de columnas llenas de volutas, retablos cargados de adornos y dorados. La planta es de cruz latina con una sola nave y, por encima, una cúpula semiesférica. Desde muy pronto, probablemente por la leyenda de su origen, esta virgen fue protectora de los labradores que le rezaban una novena cada 15 de mayo sacándola en procesión con el objetivo de aplacar una situación de sequía. Al cabo del tiempo, cuando la veneración hacia el que sería patrono de la ciudad, San Saturio, creció, se llegarían a hermanar ambas cofradías para formar procesiones conjuntas de rogativas desde 1630.
Cuando se levantó
la nueva ermita de San Saturio en 1703 se quiso hacer lo mismo con Nuestra Señora
del Mirón. Se echó
abajo casi toda la iglesia menos el ábside,
que hoy es sacristía, edificándose
una nueva, más suntuosa y dentro del estilo
típico del siglo XVIII, acabándose
en 1745. Diez años más
tarde, para concretar aún más
el hermanamiento de ambas ermitas, se construyó
sobre una columna la figura de San Saturio. Todo ello se hizo con aportaciones
de fieles y de pueblos colindantes.
Por eso no es de extrañar que me encontrara en el interior de la iglesia, sentada y silenciosa, a la santera del lugar. Cuando me dirigí a ella, no recuerdo con qué motivo, empezó a explicar que ella enseñaba la iglesia de manera voluntaria por la confianza que depositaba el sacerdote encargado. Que había estado muy enferma después de la muerte de su pobre marido, trabajador que había sido en Zumárraga. Tras su fallecimiento a ella la habían tenido que ingresar, entendí que con un problema pulmonar grave, pero que se había recuperado lo suficiente. Sentía un especial agradecimiento por su curación a esta virgen del Mirón y por ello se había ofrecido para cuidar y enseñar la iglesia por un pequeño donativo.
Me habló de la virgen, que presidía el retablo sobre el altar, de las imágenes de San Saturio y su discípulo San Prudencio, que se mostraban en el altar de la derecha. Y luego abrió una puerta lateral introduciéndome en la sacristía, la única parte conservada de la primitiva iglesia. Frente a los adornos recargados de la nave principal aquello era tosco, antiguo y bonito. Estaba el retablo original de la ermita donde ahora habían colocado a una virgen de cierto tamaño, "con pelo natural" me aclaró y la escalera que permitía acceder al actual altar mayor por detrás. La santera hablaba y hablaba sin parar y no sé si me vio algún gesto de escepticismo al contarme por primera vez la leyenda del descubrimiento de la virgen pero se apresuró a enarbolar las fotocopias de documentos que ella misma había consultado en los archivos municipales y en los que venía contada la misma leyenda, el labrador, los bueyes y el ¡Mira, Mirón!.

Luego me despedí con un buen recuerdo de ella, el donativo estipulado y la satisfacción de haber conocido finalmente todo el interior de la ermita. Porque es lo cierto que, de forma contraria a las iglesias y ermitas andaluzas, siempre cerradas, las de Soria están abiertas continuamente y es fácil penetrar en ellas entre la oscuridad y algunas figuras sentadas en los bancos o arrodilladas.