Catedral de San Pedro
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Cuando me asomaba a la ventana de la habitación la vista era vertiginosa. El extremo oeste de la ciudad, el que constituyó el primer núcleo de población de la ciudad, se extiende de forma alargada hasta la orilla del Duero. Soria es una hondonada protegida y limitada por dos cerros: el del Castillo, frente a mí, en cuya cima se levanta el parador Antonio Machado y el del Mirón, donde me hallaba. Abajo, pues, veía una parte de la ciudad, casas y más casas de tejados rojizos. Entre ellas se levanta, a la derecha, una mole de ese color tan castellano de la piedra enrojecida por compuestos de hierro. Es imponente y más me lo parecería algo más tarde, cuando me fuera acercando hasta ella bajando el cerro. Miré el plano confirmando lo que sospechaba, que era la catedral de San Pedro. Los lunes no se puede visitar y me di cuenta que había llegado a Soria en ese día. Además el taxista me había dicho que era el día de Santiago, fiesta local, de manera que todo estaría cerrado, sólo podría pasear.

Si se sale del hotel hay dos caminos para llegar a Soria andando. Uno de ellos discurre por el paseo de Mirón hasta su desembocadura en la carretera de Logroño que, tras una amplia curva, termina en la plaza de Tirso de Molina, frente al convento de la Merced. Desde allí es fácil acceder al centro de la ciudad. Otro camino es empinado y de tierra. Sale poco después de la ermita del Mirón y baja abruptamente hacia la parte oeste que se podía ver desde mi ventana. Cuando se camina por él todo alrededor es un erial de tierra rojiza y amarillenta. Sin embargo, este paseo de Narros está flanqueado por álamos y deja lejos todo, la ciudad, la carretera, el propio hotel y la ermita. Casi nadie va por ahí y la vista de la catedral se va desplegando mientras caminas entre el rumor del viento sobre los árboles. Es cierto que el camino de vuelta, hacia arriba, es para pensárselo dos veces por su pendiente, pero el de bajada está lleno de belleza.


Cuando lo hice iba viendo esa mole apenas entrevista antes, cómo iba acercándose cada vez más. Es enorme y más lo parece porque toda la parte de atrás de la iglesia y el claustro anejo se muestra libre de edificios. Fui recorriendo lentamente su perímetro hasta la fachada principal. Frente a ella la plaza de San Pedro, antigua ágora o mercado de la ciudad, cuando ésta se circunscribía a un estrecho límite cercano al río y presidida por la enorme catedral. Después, el centro de gravedad de la ciudad fue trasladándose hacia el oeste a medida que los distintos barrios aislados se iban conectando. La ciudad se prolongaba hacia el único lugar posible de expansión, de manera que se emprendieron obras en esta plaza canalizando un importante arroyo que bajaba desde el cerro del Castillo, echando abajo diversas casas para permitir que la plaza adquiriera las proporciones actuales. Hoy es amplia, de poca vida transeúnte, pero vía fundamental en coche para llegar hasta el puente y, desde allí, coger alguna carretera a distintos pueblos como Ágreda o marchar caminando por el bello paseo junto al Duero.

A un lado de la plaza, presidiéndola, la catedral, escenario de disputas
eclesiásticas seculares. En efecto, desde los tiempos visigodos está atestiguada
la ciudad de Osma, hoy Burgo de Osma. Soria adquirirá importancia después,
cuando el rey aragonés Alfonso I el Batallador la repueble en el siglo
XII.
Antes había sido simplemente una vaga referencia, una aldea junto al río. En la
alianza medieval de los primeros reinos cristianos con la organización
eclesiástica fue Osma sede arzobispal de importancia. Desde el punto de vista
religioso, Soria creció a su amparo. Esta catedral en concreto fue levantada en
1152 como colegiata para la orden de San Agustín sobre una pobre ermita
anterior. Desde el principio se le dio una gran magnificencia. De aquella
construcción entonces iniciada queda la portada de estilo latino-bizantino,
donde se puede apreciar al apóstol con las llaves en la mano, bajo un arco.
También el claustro es del siglo XII. Todo lo demás hubo de reconstruirse en el
siglo XVI en unas circunstancias que, de ser cierta la historia narrada por el
insigne historiador de la villa, Nicolás Rabal, no dejan de ser curiosas y
extrañas.
Desde un principio, la pugna entre la sede arzobispal de Osma y este centro
religioso soriano fue constante. Ya inicialmente el deán de Osma impuso como
condición que, en cualquiera de sus visitas, sería recibido con los honores
oportunos y se le reservaría el lugar principal en el coro. Sin embargo, el deán
de San Pedro le concedió las cortesías necesarias pero no quiso cederle la
presidencia del coro, con lo cual empezaron las quejas y pugnas que habrían de
extenderse durante siglos y llegar continuamente al rey e incluso al Papa.
Los sorianos jugaron inicialmente bien sus cartas, favorecidos por un rey
castellano muy agradecido a la ciudad, Alfonso VIII, quien en el siglo XIII
solicitó del Papa Clemente IV la categoría de ciudad para Soria y el paso de la
colegiata a catedral, cosa que fue concedida por bula pontifical. Los de Osma
protestaron aduciendo que esta concesión había sido obtenida con engaños y sin
consulta a la sede arzobispal. La alegría de los sorianos no fue larga porque, a
partir de ese momento, todas las peticiones de que se le concediera a Soria una
nueva sede arzobispal o, más drásticamente, que se trasladara la de Osma a
Soria, fueron denegadas por los reyes tras consulta con los de Osma al no
atreverse a hacer cambios drásticos que provocaran conflictos eclesiásticos. La
petición continuó durante siglos cada vez que moría un arzobispo y era denegada
una y otra vez hasta que, ya en tiempos recientes, se ha declinado intentarlo de
nuevo. Diversos hechos salpican esta enconada disputa, como por ejemplo el
incendio intencionado de la casa donde residía el obispo de Osma en una visita a
Soria, por dos noches consecutivas.
El interior de la catedral, al que accedí al día siguiente, es monumental. Tiene
más de cincuenta metros de longitud y casi cuarenta de ancho. Entré en plena
oscuridad, cerca de las dos de la tarde, volviendo del paseo por el río. En la
puerta tres mujeres charlaban tranquilamente y las saludé sin que me hicieran
mayor caso. Pude iluminar brevemente la iglesia a base de echar monedas en un
lugar al efecto. Me fijé sobre todo en las columnas, imponentes, que sujetaban
un techo lleno de nervaduras de gran vistosidad. Una de las riquezas de esta
catedral, al parecer, son los retablos. Estuve observando uno nada más, el
principal del altar mayor y algo de lejos.
Según he leído aquí se encontraron en exploraciones relativamente recientes
(siglo XIX) vestigios de tumbas nobles. Parece que algunos hermanos de ese rey
Alfonso VIII pudieron ser enterrados aquí. Rabal describe también la apertura de
uno de los sepulcros sin inscripciones en su lápida. Presentaba un esqueleto con
jirones bajo su cabeza de una almohada de terciopelo carmesí y a los pies una
arquilla vacía de la que se decía que contenía unos pergaminos que se llevaron a
Madrid para ser descifrados y allí se perdieron. Nada se sabe del hombre
enterrado pero los sorianos hablan de que fuera el infante don Juan, hijo de
Pedro el Cruel. Tras la muerte de su padre en Montiel a manos de su hermano
Enrique, Juan fue hecho preso y encerrado en el castillo de Soria. La leyenda
afirma que allí se enamoró perdidamente de Elvira, la hija del alcaide del
castillo. Una versión afirma que murió de amor porque ella estaba enamorada de
otro. Otra versión, más elaborada, afirma que la citada Elvira intentaría
averiguar quién sería su marido por el método habitual de las doncellas por
entonces: Sumergiendo el pie izquierdo a las doce de la noche en un lebrillo de
agua bendita durante la noche de San Juan. Ignoro la forma en que las doncellas
habrían de descubrir el nombre de su futuro esposo pero lo cierto es que Elvira
averiguó así que habría de casarse con Juan y, tras consulta con el rey
castellano por entonces, éste obligaría a convivir a los esposos en prisión
hasta su muerte, tras la cual fue enterrado en la catedral.

La mayor parte del edificio se derrumbó en 1520. Otros restos arruinados de distintos conventos y ermitas se observan en la ciudad, algunos ya desaparecidos. Muy cerca, al lado del río, la iglesia de san Agustín, de la que ya no queda casi nada. Más adelante, hacia el centro, las paredes de san Nicolás, otra de las parroquias históricas de la ciudad, mutilada, derrumbada. La piqueta y el tiempo avanzan incansables hacia el deterioro de estos monumentos.
Hay una historia que ya he calificado de sorprendente sobre el derrumbamiento de la catedral. Dice ésta, comentada como cierta en el libro de Raval, que dos canónigos durante el siglo XVI, llamaron a un arquitecto encargándole una capilla en el interior de la iglesia, obra que fue realizada sin problemas. Al revisarla finalmente los canónigos le hicieron observar que una de las columnas impedía la vista de la capilla. El arquitecto coincidió con ellos pero afirmó que era una columna importante del templo y no se podía quitar. Sus interlocutores exigieron su derribo, sin embargo, y el arquitecto, a regañadientes, así tuvo que hacerlo. El resultado fue el derrumbe parcial de las naves de san Pedro. Parece una historia inverosímil. Lo que la hace al menos creíble es que unos años antes el cabildo de la catedral había solicitado al rey el traslado hacia el interior de la ciudad de la sede catedralicia, debido a que el centro de Soria se había ido trasladando al este y la catedral, antiguamente central, había perdido su posición de privilegio. El rey se negó aduciendo la belleza del monumento y su categoría de obra artística.
Después de comprobar las peleas durante siglos por la sede arzobispal uno puede creer que los propios canónigos quisieran derrumbar su propia catedral para construir otra más importante y que pudiera aspirar con mayores argumentos a ese sede tan deseada. En fin, el caso es que vino de Osma don Pedro Acosta, el obispo, a revisar los muchos daños. Se reunió con la nobleza de la ciudad y el cabildo y allí les ofreció cumplir el deseo inicial de trasladar la catedral al centro de la ciudad, si se allegaban los fondos necesarios. En ese caso, él estaba dispuesto a costear de su bolsillo los gastos de otras obras complementarias que se negó a definir. Dicen que es posible que el obispo pensara construir su propia sede personal allí además de su enterramiento, en una forma encubierta de trasladar la sede arzobispal de Osma a Soria pero ni él podía decirlo claramente ni los sorianos lo entendieron así. Tras tiras y aflojas, estos se negaron a asumir gastos importantes y el obispo, irritado por lo que describió documentalmente como la pusilanimidad de los sorianos, aflojó la bolsa para la reconstrucción del edificio en el mismo lugar donde se encontraba pero sin gastos adicionales ni obras complementarias. Se acabó la obra en 1573 quedando tal como está en la actualidad.