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Claustro de San Pedro

La primera tarde, al rodear el edificio, vi que había una puerta abierta, anexa a la catedral, por la que entraba un hombre. Me adelanté corriendo cuando ya cerraban el acceso y pregunté a una señora si se podía pasar. Me explicó que ella no sabía que aquel día era festivo, que había salido de su casa como siempre para abrir pero, entre unas cosas y otras, nadie le había advertido. Terminó abriéndome la puerta para que pasara. “Es un euro”, dijo. Lo pagué sin siquiera saber qué me esperaba. El papelito que me dio sólo ponía ‘Claustro’. Entré en él para quedarme sorprendido de la belleza tranquila y espectacular de aquel lugar.


     El claustro de la catedral de San Pedro venía mencionado en mi guía como “fantástico”. No sé cuál sería el apelativo exacto para esta joya del siglo XII, conservada perfectamente desde su construcción inicial. Es amplio. En el centro un extenso espacio de césped, tan grande como no lo había visto en otros claustros que visité. Allí se levanta un ciprés solitario, de gran altura.

No he estado en Santo Domingo de Silos pero tal vez la impresión sea semejante. Le pude calcular entre ocho y diez metros de altura. El cielo, aquella tarde, estaba algo nublado, venían nubes negras desde el Moncayo y se extendían pausadamente por el cielo de Soria. Frente a él un ciprés enhiesto y desafiante que recordaba inmediatamente el famoso poema de aquel poeta que fue profesor, como Machado, en el instituto soriano que más tarde visitaría, Gerardo Diego.
 

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.
Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.
Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,
como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos


 

Es indudable que aquél, mucho más conocido, debe ser inspirador pero el poeta tal vez sintiera la misma sensación al visitar este claustro. No conozco términos técnicos del románico para definir la belleza de este claustro. Sólo sé decir que la impresión era honda y se adivinaba la belleza en sus arcos, en sus pilares. Siempre me han gustado los claustros por la paz que destilan. Tal vez colabora a ello saber que por ese mismo lugar paseaban los frailes en silencio leyendo su breviario o en apagada conversación unos y otros. Paseas por allí y la vida se retira, el ruido del tráfico, las obligaciones familiares, la situación profesional, el dinero que no llega a fin de mes, las preocupaciones. Siempre me ha atraído esa vida retirada monacal, no para hacerla forma permanente, pero sí para refugiarme en ella de vez en cuando, cuando sientes que la presión es grande y no puedes avanzar más sin quebrarte. Retirarte dentro de ti mismo, sentir el valor del recuerdo, la valoración serena del presente, la fragilidad de las preocupaciones que a veces se nos hacen como montañas. Comprendo que no todo sería idílico. En los conventos había sus reglas, incluso rencillas y envidias en relación con el poder atesorado por unos y otros. A fin de cuentas, los seres humanos siguen siéndolo y no hay más que observar lo narrado respecto a la catedral y la sede arzobispal de Osma. Pero entre todo ello queda la forma de vida y probablemente muchas almas que aquí, paseando por éste u otros claustros semejantes, encontraron la paz para su corazón alborotado, el sentido de sus vidas en la oración que no es solo rezo a Dios sino meditación profunda sobre la vida propia y aquello que puede darle un sentido.


     Fui paseando sin prisas. Una vez el acceso permitido tuve el claustro entero para mí. Recorrí cada rincón sin ser observado buscando ángulos adecuados. Era fuerte la luz y estaba seguro de que no saldrían las mejores fotos porque la alternancia entre luz fuerte y la sombra del claustro era difícil de graduar pero me contenté con retratar detalles, ambientes, ese breve paseo por el interior que no reflejaría nunca el silencio de la tarde, sólo roto por los pájaros que anidaban en el ciprés. No podría transmitir la belleza del lugar, ésa que ni siquiera puedes observar en ese momento porque estás pendiente del mejor encuadre, de captar la esencia del sitio, que no se te olvide fotografiar nada que valga la pena. Es sólo después, cuando ha pasado el tiempo y pretendes escribir sobre ese breve paseo, cuando te das cuenta qué momento tranquilo, qué instantes dulces fueron aquellos en que recorriste aquellos pasos tan hermosos, cuando disfrutaste de ese silencio que es paz y quietud, cuando pasaste la mano por una columna con un historiado capitel y estabas casi sólo allí, como si el tiempo se hubiera detenido, como si fuera a salir por alguna de las puertas un fraile arrastrando sus sandalias, leyendo su breviario y musitando una oración silenciosa. Pasando a tu lado enfrascado en sus oraciones y te mirara sorprendido de tu gorra, tus pantalones cortos, el extraño instrumento que cuelga de tu cuello, y te dijera: “La paz de Dios sea contigo, hermano”. No creo que fuera tan atrevido de decirle entonces: “Un momento, hermano, que le voy a sacar una foto”.

                                                                                                                         
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