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Ruinas de San Nicolás

Desde la catedral de San Pedro subí hacia el interior de la ciudad buscando el eje que, empezando en las antiguas calles Real y Zapatería, atraviesa la plaza Mayor, continúa por la calle Collado hasta desembocar en la Alameda de Cervantes, conocida en Soria como la Dehesa de San Andrés o Dehesa simplemente. Podríamos afirmar que es el eje neurálgico de la ciudad, particularmente la calle Collado, lugar de paseo de media ciudad por las tardes.

     Pero la primera vez andaba algo desorientado. Venía cansado del viaje y no terminaba de situarme en una ciudad de la que me habían hablado por su pequeñez y que me parecía más grande y compleja de lo que había imaginado. Naturalmente, esto sucede en un primer acercamiento. Luego vas construyendo las direcciones, los puntos de referencia que permiten orientarte entre el conjunto de calles y monumentos. La segunda tarde, tras la revisión de la primera caminata sobre el plano, ya podía situarme bastante bien.

     Esa primera me interné por la calle Postas. Andando por ella sin saber muy bien dónde iba, pese al plano, me di cuenta en un momento determinado de que estaba dejando atrás un punto que quería visitar. Miré hacia un lado y otro hasta que, asomándome al borde de la calle, pude ver un monumento que se levantaba entre casas más modernas: Las ruinas de la iglesia románica de San Nicolás. Bajé unas escalerillas para ponerme al nivel de la calle Real que empezaba por esa zona y pude, finalmente, dar una vuelta a todo el perímetro de las ruinas.

     Ésta es una de las parroquias mencionadas en la primitiva relación de Alfonso X. Se construyó, por tanto, hacia el siglo XII o comienzos del siglo XIII, como sospecha el historiador soriano del arte Gaya Nuño, por cuanto los arcos de la parte inferior son enteramente románicos mientras que los de la parte superior, más cercanos a lo ojival, revelan la llegada de unos artesanos que trabajaban en el estilo gótico.


    Lugar importante en su tiempo por ser una iglesia central en la ciudad, los siglos han sido inclementes con ella. Su desmoronamiento fue progresivo e imparable. En 1858 se decidió, dado su estado de ruina, desmontar la techumbre de madera que aún sobrevivía, por el peligro de derrumbe. A principios del siglo pasado se desmontaron varios de sus elementos para su mejor conservación.

Así, un importante retablo flamenco fue a parar a la iglesia de San Pedro mientras que la hermosa puerta frontal constituye ahora la entrada principal de San Juan de Rabanera que vio así enriquecido su ya importante patrimonio. En ella aparece San Nicolás en el centro, con mitra y bendiciendo, mientras sacerdotes a su alrededor le llevan un libro, un incensario, candelabros. Es importante este tímpano con sus figuras porque marca la culminación del románico en Soria, tanto en arquitectura como en escultura. Así se puede apreciar cómo las figuras de San Nicolás están vueltas de medio lado, mirando al santo central, con una flexibilidad que no presentan las hermosas esculturas de la portada de la iglesia de Santo Domingo, como veremos más adelante.

     En enero de 1933 se procedió finalmente a demoler parte de sus muros y recoger los escombros, lo que dio lugar al descubrimiento bajo el ábside de numerosos cuerpos enterrados de niños y adultos junto a una cripta subterránea que no aparecía referida en ningún estudio previo de esta iglesia. Gaya Nuño afirma que consistía más en un sepulcro abovedado que en una cripta en sentido estricto. Dentro había una momia que se pudo extraer siendo trasladada a Nuestra Señora del Espino. Es posible que fuera la del bachiller Pedro de Rúa, poeta del siglo XVI, que mandó construir a sus expensas la capilla del Santo Cristo dentro de la iglesia.


     No sé qué tienen las ruinas para que atraigan tanto mi atención. He recorrido pueblos y lugares donde se ven casas abandonadas, despiezadas, mostrando impúdicamente su interior. Al verlas pienso que entre esos azulejos de un cuarto de baño se encerró una muchacha, quizá para llorar o para leer una carta que no debía recibir. Entre esas paredes hubo una familia con sus cariños y sus rencillas y cada uno de sus miembros tuvo una historia, una vida que puede ser narrada. Todas las vidas merecen una narración, un contar que las haga interesantes y les permita cobrar un sentido, saber que se vive por algo y para algo o alguien. Las ruinas nos señalan que esas historias están acabadas para siempre, que ya no se puede recuperar la vida que floreció entre lo que ahora aparece destrozado o agrietado.

     El tiempo es inclemente. Se puede apreciar en las ciudades, cualesquiera que sean. Hay obras permanentes, casas que caen bajo la piqueta para dar lugar a otras. Todo se olvida. Pasa el tiempo para la iglesia de San Nicolás, para la cofradía que se reunía en su pórtico y que ya no existe, también a ella se la llevaron los siglos. Pasa el tiempo para nosotros, que hoy contemplamos esas ruinas intentando recordar unos siglos distantes. Nuestra vida, pasto del olvido; la memoria, frágil aliado en nuestra lucha porque la vida no muera del todo, porque no todo se olvide. Sin querer saber que no hay salvación individual, que sólo la hay colectiva y muchas veces ni eso siquiera.

                                                                                                                         
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