La
torre de doña Urraca![]()
Al llegar a la Plaza Mayor me invadió inmediatamente la sensación de amplitud y hermosura de lo antiguo. Si me hubiese quedado debajo del arco del Cuerno por el que había llegado, frente a mí se levantaría el actual ayuntamiento, otrora la casa que albergaba las reuniones de los Doce Linajes, cuyo escudo sobresale en la fachada. Mi mirada inmediatamente iría hacia la izquierda porque otro edificio similar, algo más bajo, se levanta perpendicular al anterior. Fue antiguamente la Audiencia y Cárcel Real. Pero mi vista giraría más a la izquierda observando, adosada a la antigua Audiencia, una casa grande, vetusta, con sabor a palacio, terminada en una puerta que hace esquina a la plaza y poco después, ya lindando con la calle que baja, la de Sorovega, una torre no muy alta que situaría enseguida como la de doña Urraca.


La mayoría de los edificios, aunque obviamente muy antiguos, están bien restaurados. Pero ese palacio no tanto. Su cuerpo central no muestra signos evidentes de haber pertenecido en otro tiempo a señores principales de Soria ni haber sido refugio por unas horas de un infante real castellano durante una noche de huida. Su abuela, doña Urraca, dicen falsamente que estuvo presa en el torreón en que termina el edificio. En el centro una verja de hierro casi desvencijada da lugar a un espacio amplio y abandonado. Ése fue el patio de armas de aquel palacio.

Tenía mucha curiosidad por ver todo lo que la Plaza
Mayor ofrece pero, en particular, por observar esa torre y el palacio que ni
siquiera es mencionado en todas las guías de Soria. A fin de cuentas, además de
lo dicho, frente a él se levanta la importante iglesia de Santa María la Mayor.
Luego, por encima del Arco del Cuerno por el que entré, la Casa del Común, lugar
de reunión del estado llano de la ciudad y donde se conservan los Fueros que
otorgaron en su día derechos ciudadanos a los sorianos. Luego, en la otra
esquina de la plaza, comienza la calle Collado con un primer trecho, antigua
calle de Latoneros.
Todo es importante ahí pero centré mi primera atención
en la torre de doña Urraca. Ni entonces sabía que aquella especie de caserón
colindante era un palacio que había albergado a Alfonso VIII cuando tenía tres
años y huía de su tío, el rey Fernando de León, ni tampoco conocía que doña
Urraca no había sido encerrada por su marido en esa torre, como afirma la
leyenda, sino en la de Castellar, en Burgos.

Doña Urraca nace en 1080 como hija primogénita del rey
Alfonso VI de Castilla. Proclamado este último rey de Castilla y de León tras la
muerte de su hermano Sancho II frente a Zamora, se inicia un período de éxito
para las fuerzas cristianas que culmina con la toma de Toledo en 1085. Los
árabes, alarmados ante su avance arrollador, reclaman del norte de África la
llegada de otros musulmanes mucho más decididos pero también más estrictos en su
ortodoxia religiosa, los almorávides de Yusuf ibn Tasfin. Estos penetran en la
Península y, antes de apoderarse de la parte musulmana, derrotan al rey
castellano-leonés en la batalla de Zalaca y luego en Uclés, conteniendo su
avance.
En la primera batalla intervino un lejano pariente de
doña Constanza, la madre de doña Urraca. Se trataba de don Raimundo de Borgoña,
noble caballero que había llegado a la corte del rey castellano por mediación de
su hermana, hasta casar con doña Urraca, a quien daría dos hijos, uno de ellos
varón, el futuro Alfonso VII. Sin embargo, a la muerte de Alfonso VI en 1109 su
hija llevaba ya dos años viuda y el futuro heredero era un niño muy pequeño. No
debía ser viuda recatada y tranquila, amante de los rezos de vísperas y novenas.
Por el contrario, resultaban bastante conocidos sus amores con algunos nobles
castellanos. Sin embargo, su padre ya se había decantado por unir los destinos
de Castilla y de Aragón, casi cuatrocientos años antes de los Reyes Católicos.
Hay que tener en cuenta que en aquel tiempo algunos condados, como Galicia o
Portugal, se iban transformando en reinos, mientras que surgía el reino
castellano-leonés, fruto de una fusión anterior y reciente, que tanto se unían
como lo contrario, según las reglas de la herencia. Estaba el reino aragonés, el
navarro y la Marca hispánica de los condados catalanes, próxima a desligarse de
los carolingios galos y convertirse en reino.
Alfonso I era por entonces rey de Navarra y Aragón.
Contaba 35 años cuando casó con doña Urraca y se hizo titular rey conjunto de
Castilla y León. Las desavenencias entre ambos fueron inmediatas y el enlace
real no duró más allá de cinco años. De hecho se afirmó que don Alfonso mandó
encerrar a la reina en Castellar debido a sus infidelidades. Así ha quedado para
la historia doña Urraca como una mujer de apetitos sexuales desbordados, actitud
reprensible en una reina, no desde luego en un rey que podía acumular fácilmente
hijos bastardos. Cosas de aquel tiempo. No parece que la existencia de amantes
supusiera para doña Urraca que le temblara el pulso a la hora de exigir sus
derechos y tratar de gobernar sus tierras.
Alfonso I fue llamado el Batallador y con él puede
decirse que empieza la historia de Soria por cuanto, plaza ganada poco antes,
fue el rey aragonés el que la mandó repoblar en unas condiciones de las que
hablaré más tarde. Soria crece así de ser simplemente una aldea perdida a estar
poblada de cristianos y nobles que defenderán su perímetro amurallado frente a
los ataques tardíos pero demoledores de Almanzor.
El objetivo de don Alfonso era uno: Ampliar las tierras
aragonesas a través de Zaragoza hasta llevar el reino a tierras levantinas sobre
el Mediterráneo, lugar ideal para embarcar la flota y cumplir su auténtico
sueño, la participación en las Cruzadas. Conforme a ello fue guerreando sin
pausa y ocupando todo tipo de espacios. Su matrimonio con doña Urraca debió ser
un dolor de cabeza permanente y un obstáculo en sus planes de unir a casi todos
los cristianos bajo su mando. La rebelión de la reina castellana contra él no
puede entenderse plenamente sin comprender la ambición del rey aragonés y la
profunda incomodidad de la nobleza de Castilla, que veía que el rey nombraba
indefectiblemente aragoneses y navarros en toda tierra conquistada a los
musulmanes y en las que participaban lógicamente las tropas castellanas.
Durante ese tiempo el hijo de doña Urraca, Alfonso,
había crecido en Galicia. Según la herencia de su abuelo Alfonso VI, en caso de
casarse de nuevo su madre, como así lo hizo, este niño sería proclamado rey de
Galicia. De ello se encargó en 1111 el obispo Gelmírez que pretendió separar el
destino de estas tierras, antiguo condado castellano a cargo de la propia doña
Urraca, de la suerte del matrimonio castellano-aragonés además de trasladar al
niño Alfonso a León para proclamarle rey de Castilla. Tal cosa fue entendida
como una traición y la insurrección fue aplastada en ese momento, no sin que las
tornas cambiaran pocos años después. Separada de don Alfonso, doña Urraca tuvo
que contemplar cómo éste le arrebataba varias ciudades importantes del alto
Duero, Soria entre ellas.
Cuando a la muerte de doña Urraca en 1126, Alfonso sea coronado como nuevo rey
de Castilla y León, el séptimo en llegar ese nombre, una de sus primeras
acciones será precisamente enfrentarse con su ya envejecido padrastro Alfonso,
reclamándole los territorios ocupados en Soria. Éste, inicialmente, reúne tropas
para enfrentarse al nuevo rey castellano pero observa la diferencia de las
mismas y opta por la retirada. Alfonso VII ocupa finalmente todas estas
ciudades, incluida Soria, que nunca ya dejarán de ser castellanas.
Y sobre estas piedras de la Plaza Mayor, entre estos
palacios, se fue dirimiendo en parte esta historia de amores y ambiciones, de
condados y reinos que se unen y separan según los vaivenes de la herencia y los
lazos matrimoniales. Todo era así entonces, luchas, poder, influencias, planes
de expansión, reinos que se unen y otros que son engullidos por los más grandes.
Y la necesidad de garantizar de algún modo el repoblamiento de aquellas tierras
conquistadas a los musulmanes.