Los
doce linajes y la Audiencia
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El actual edificio del Ayuntamiento es verdaderamente señorial y destaca por el hecho de mostrarse exento, es decir, aislado de todos los demás edificios del entorno. Sobre su fachada aparece, enorme, un escudo nobiliario redondo dividido en doce partes iguales, cada una de las cuales tiene el escudo de una de las casas nobles que repoblaron Soria en el siglo XII.

En efecto, cuando Alfonso I el Batallador ocupó estas
tierras encargó al caballero Fortún López su repoblamiento. Ello había de
hacerse, como era habitual en aquella época, ofreciendo tierras a casas nobles
cuyos hijos segundones, por ejemplo, podían tener aspiraciones de poseer sus
propios dominios territoriales. En cuanto al estado llano se ofrecieron
distintos privilegios, entre ellos la libertad de aquellos que debían trabajar
para otros por deudas. Según parece, la institución de los Doce Linajes sorianos
fue una forma de organización de todos estos pobladores, de manera que quedasen
agrupados bajo el control de una de estas casas. No eran sólo doce casas nobles
sino asociaciones de nobles e hidalgos que tenían bajo su responsabilidad el
buen gobierno de la ciudad y tierras aledañas, constituyéndose en una auténtica
institución de gobierno.

El número de doce proviene de las Doce casas de Ricoshombres de Navarra que, a su vez, había copiado el modelo de los Doce Pares de Francia. Habitualmente tomaron el apellido principal del linaje (Barnuevo, Morales, Santa Cruz o Calatañazor) o el de la parroquia donde se reunían hasta contar con este edificio (Santisteban, San Llorente), incluso del principal de los cargos que ostentaban en el gobierno ciudadano (Chancilleres). Durante largo tiempo fueron el órgano decisorio de la ciudad perdiendo dicho poder a medida que ascendía una burguesía que reclamaba su parte en las decisiones.

La
culminación de todo ello, la forma de entroncar aquellas viejas instituciones
con las nuevas, democráticas, es este edificio que levanta su fachada austera y
elegante en la tarde soriana, cuando desemboqué en la plaza. Ya entonces, una
hora después, me sentaría en un bar aledaño y pediría, además de un bocadillo
para la noche, una cerveza sin alcohol que me supo a gloria. Podría contemplar
cómo la plaza, inicialmente casi desierta, se iba llenando de sorianos de paseo,
familias enteras, algunos jóvenes y niños que correteaban, muchos deteniéndose
en el paseo para saludarse unos a otros. En las mesas restantes grupos
familiares discutían e intercambiaban opiniones, algunos me miraban
distraídamente, la cámara fotográfica encima de la mesa, la gorra a su lado,
figura inequívoca de turista.
La última tarde también estuve allí, como la anterior,
y me quedé mirando todo esto que ya se me iba. Hombres y mujeres sentados en la
fuente de los leones central, la que fue construida por la ciudad en tiempos de
Carlos IV, 1798, para ser trasladada por un tiempo a la cercana Dehesa y volver
después al sitio original. Los niños correteaban intentando zafarse de sus
padres en aquel espacio sin coches para, en algún caso, colarse entre las
rendijas de la obra que se abría entre la casa de los Doce Linajes y la antigua
Audiencia.

Miré cada tarde este último edificio, con sus
soportales medio tapados por las feas vallas de la obra. Antiguo palacio del
marqués de Velamazán, se transformó en Audiencia y Cárcel en 1769, fecha en que
conoció una profunda remodelación. Sobre ella el reloj colocado mucho después,
el mismo que conoció Antonio Machado, paseando de noche por esta plaza...
“¡Soria fría, Soria pura,
cabeza de Extremadura,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero;
con sus murallas roídas
y sus casas denegridas!
¡Muerta ciudad de señores
soldados o cazadores;
de portales con escudos
de cien linajes hidalgos,
y de famélicos galgos,
de galgos flacos y agudos,
que pululan
por las sórdidas callejas,
y a la medianoche ululan,
cuando graznan las cornejas!
¡Soria fría! La campana
de la Audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana
¡tan bella! bajo la luna”.
Debo reconocer que lo de “Soria pura, cabeza de
Extremadura” que aparece también en el escudo de la ciudad me extrañó desde un
principio. ¿Qué tiene que ver Soria con Extremadura para ser su cabeza?. No fue
hasta bastante después que he leído el término ‘extremaduras’ aplicado a estas
regiones de ganadería y agricultura. En ese sentido, Soria fue la primera en
importancia de las extremaduras del Alto Duero.
A voces, los padres fueron llamando al orden a los
niños traviesos. Entonces, mientras estos volvían discutiendo entre sí, quedaron
en suspenso, callados, atentos. Muy cerca se oyó el sonido profundo de una
caracola y, por la calle que media entre los dos edificios, junto a la valla de
la obra, aparecieron dos extrañas figuras: Un hombre viejo que tocaba la
caracola y daba grandes voces sin sentido y una especie de camello de ojos
enrojecidos formado por un hombre colocado sobre otro. Los mimos fueron
deteniéndose mientras los niños se arremolinaban emocionados junto a ellos. Uno
acariciaba la cabeza del camello que se detenía en la fuente para hacer como que
bebía agua, otros daban palmas y miraban, sonrientes, excitados. También los
adultos seguíamos primero con la mirada y luego, tras pagar rápidamente, los
pasos de tan extraña pareja de la que no supe qué decían representar. Luego,
cuando los niños fueron ganando confianza y alguno tocaba al camello, el
viejecito de la caracola lanzó al aire unos polvos que, entre explosiones,
emanaron un humo verde de olor algo desagradable.

Así se fueron al rato de la plaza, Collado adelante.
Todos los niños fueron detrás. Sonaron petardos al cabo de un momento y risas y
alegría de los niños y sonrisas de los mayores. La caracola se fue perdiendo en
la tarde y, al cabo, no quedó nada sino un sonido lejano que finalmente
desapareció.
