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Santa María la Mayor

Cuando se sale a la plaza desde el Arco del Cuerno se puede mirar a la izquierda, hacia la calle Sorovega, abreviatura de “Suero de Vega”, ilustre familia donde se cuenta a Juan de Vega, virrey de Nápoles y Sicilia. Volverán a ser mencionados en el siguiente párrafo. Pues bien, en esa dirección se encuentra, en una esquina de la plaza, la antigua iglesia de San Gil, una de las parroquias más antiguas de la capital. De estilo románico, probablemente original del siglo XII, parte de sus muros fueron derribados hace un siglo, dado su estado ruinoso. Además ha conocido varias intervenciones a lo largo del tiempo, particularmente en el siglo XVI, cuando el Cabildo catedralicio tuvo que alejarse de una catedral de San Pedro después de su derrumbe.


     De entonces data su cambio de nombre por el más solemne de Santa María la Mayor y la construcción de una capilla particular con el escudo de los Calderones, para ser enterrados allí, como era tradicional en las familias importantes. Pese a todo lo dicho, la iglesia no es grande ni comparable a San Pedro. No tiene su monumentalidad ni la belleza de Santo Domingo, contemporánea suya. De hecho, la torre parece incompleta dado que apenas sobresale del perfil de la techumbre.


      Entré, como en casi todas las iglesias sorianas, sin ningún problema. La puerta, con triple arco, es sencilla y hermosa. En el interior estaba lógicamente oscuro. Sólo había algunos hombres y mujeres sentados en silencio, repartidos en todo el espacio de la nave. En esas circunstancias, con unas naves laterales casi inexistentes, sólo me quedaba hacer alguna foto desde atrás, donde no molestara a nadie. A lo lejos se veía el altar mayor. Me imaginaba allí el 30 de julio de 1909, casi hace cien años, a un incómodo joven de treinta y pocos años junto a una novia engalanada que sólo contaba la mitad de su edad. Habían venido por la calle Collado desde la pensión donde vivían los padres de ella. El cortejo, las risas y gritos de alegría que a la noche se transformarían en desagradable cencerrada, todas las miradas pendientes del profesor del instituto, el de francés, que caminaría del brazo de su madre hasta la Plaza Mayor y luego, esperando en la puerta de la iglesia a que llegara su amada Leonor, la alegría de su casa y de los pocos años en que al poeta le alcanzó la felicidad.

Tus ojos me recuerdan
las noches de verano,
negras noches sin luna,
orilla al mar salado,
y el chispear de estrellas
del cielo negro y bajo.
Tus ojos me recuerdan
las noches de verano.
Y tu morena carne,
los trigos requemados,
y el suspirar de fuego
de los maduros campos.
De tu morena gracia
de tu soñar gitano,
de tu mirar de sombra
quiero llenar mi vaso.
Me embriagaré una noche
de cielo negro y bajo,
para cantar contigo,
orilla al mar salado,
una canción que deje
cenizas en los labios...
De tu mirar de sombra
quiero llenar mi vaso

                                                                                                                         
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