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Nuestra Señora del Espino

Subí por la calle Pósito, entre el Ayuntamiento y la Audiencia, eludiendo las obras. El camino se empinaba notablemente hacia las faldas de la colina del Castillo a la que no llegaría ese primer día. Quería subir por allí para conocer una iglesia antigua en origen, cuando era parroquia de Nuestra Señora de Covaleda, pero que fue derruida alrededor del siglo XVI para levantar otra, más grande y firme, en la que intervino económicamente la familia que antes mencioné, la de Suero de Vega. Es la iglesia de Nuestra Señora del Espino.

     Dice la leyenda que esta virgen fue encontrada por un labrador en la zona de Covaleda, sobre un espino. Metida en un zurrón para ser llevada hasta la ciudad, entonces distante, la virgen desapareció misteriosamente volviendo al espino original. Este hecho, repetido una segunda vez, mostró que la imagen quería seguir en el mismo lugar. Por ello se construyó allí, en la zona llamada Covaleda, una iglesia que, al ser reformada por completo varios siglos después de su fundación, cambió de nombre.

Frente a ella hay un atrio rodeado por un pequeño murete. Unos turistas extranjeros miraban una guía mientras uno de ellos fotografíaba el perfil de las torres. Recorrí el perímetro de la iglesia continuando a la derecha por un estrecho camino que baja hacia las afueras de la ciudad. Arrimados a esa tapia, sentados en un banco, varios viejos me miraban sin mayor interés, envueltos en su mundo de ya escasa curiosidad por lo desconocido. Luego una pequeña puerta.


     El lugar más antiguo del cementerio es como tantos otros. Tumbas medio abandonadas, otras artísticas y bonitas. Varios carteles indican dónde encontrar la que todos venimos buscando, viniendo de lejos. Es una lápida sencilla rodeada por una verja. Cuando llegué hasta ella alguien había depositado una flor amarilla a sus pies. “Doña Leonor Izquierdo de Machado”, viene escrito y la fecha de su muerte: “1 de agosto de 1912". Luego, en letras grandes: “A Leonor Antonio”.

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar

Me quedé un rato mirando la lápida. No había nadie en el cementerio salvo los pájaros piando entre las ramas como un juego eterno. ¿Cuánto me había llevado llegar hasta aquí desde la Plaza Mayor?. Cinco minutos escasos. Cinco minutos que son como tres años en la vida del poeta, desde su boda hasta la muerte de su mujer. Años de felicidad, de escritura intensa. “Campos de Castilla”, donde vienen tan hermosas páginas dedicadas a Soria, tendrá un éxito inmediato. Pensaba en aquel joven que al fin encontraba la completa madurez en el amor, en la escritura, lleno de una extraña seguridad en sí mismo que no había conocido tan intensamente hasta ese momento. Le podía ver tomando el tren con su mujer para ir a París en 1910, contento, entusiasmado por contar con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios concedida por Giner de los Ríos para profundizar en filología francesa. Le observaba en la pensión parisina aquella terrible noche en que Leonor cayó en cama con un vómito de sangre, el rostro demudado, un hombre que recorre sin éxito las calles de París en busca de un médico. Luego, teniendo que pedir dinero a su amigo Rubén Darío para poder volver a Soria. Tantas cosas pasan en cinco minutos, en tres años.

     También la esperanza. Volví sobre mis pasos y crucé frente a la iglesia de nuevo. Ante ella la mole inmensa de un olmo muerto, lleno de cemento su interior para que se mantenga en pie. Sobre él aquellos extraordinarios versos del poeta:

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera

Versos llenos de luz, consuelo y esperanza que habría de resultar fallida. También rebosantes de la vida que sigue su marcha sobre la muerte y su soledad. Me hacía mal verlos clavados sobre ese olmo muerto, aunque la tradición diga que ése sea el árbol al que va dirigido el poema. Este hecho, además de ser cuestionable, es contradictorio ahora porque los versos hablan de primavera y de la luz que resurge de la muerte y el olmo es simplemente ahora un viejo remedo del que fue. Porque la vida sigue sobre aquellos que caen, sobre los pobres y olvidados, sobre los ricos que levantan iglesias y se hacen enterrar en sus capillas, sobre los poetas que asisten desolados a un exilio indeseable. Sobre todos ellos, los que recuerdan y los que son recordados, la vida sigue y nuevos brotes surgen de la muerte y la desolación, y están llenos de alegría y pujanza. Otros poetas vendrán detrás a cantar a Soria y a la muerte que nos apaga y a la vida que nos ilumina.

                                                                                                                         
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