Condes de Gómara
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Entré en el Collado finalmente dejando el extremo de la plaza que está poblado de mesones y bares, en uno de los cuales me había sentado a ver pasar la vida ciudadana. A unos metros tan sólo la calle se abre en lo que parece un ensanchamiento a la derecha de su curso y termina siendo una pequeña plaza: la de San Blas y el Rosel. En medio hay una alta farola rodeada de un círculo dividido en doce partes. Cada una ostenta el escudo en bronce de los linajes ciudadanos que, de este modo, tienen un reconocimiento de la capital, independientemente del que ostenta la fachada del Ayuntamiento. La costumbre del pueblo soriano es, por ello, la de denominar a esta plaza de nombre tan complicado como “la de la tarta”, porque su apariencia así lo asemeja.


A su derecha, casi perpendicular a Collado, entre un bar y otro edificio en cuyos bajos hay una tienda de fotos, se extiende la calle Estudios, que visitaría otro día. Más a la derecha se encuentra una calle que quería visitar. Fui andando, curioso y expectante. Pasé sin darme cuenta por una espléndida librería, a la que volvería al día siguiente. Pero lo que buscaba estaba casi al final de la calle Condes de Gómara.

Allí se levanta, con gran diferencia, el mayor edificio
civil soriano, el palacio de estos condes. Francisco López del Río y Salcedo,
Alférez Mayor de Castilla con Felipe II, lo mandó levantar desde 1577 a 1592.
Eran ya por entonces señores de las tierras de Almenar y llegarían a obtener el
condado de Gómara en 1690. Es ésta una tierra amplia al este de la provincia, en
la frontera con Aragón. Desde el principio del repoblamiento cristiano
perteneció al obispado de Osma pero en 1578, a raíz de la intervención armada
del rey Felipe II en Aragón por el polémico juicio sobre Antonio Pérez,
refugiado allí, el rey consideró más oportuno que pasara directamente a control
real. De nuevo la frontera como valor de importancia de una localidad soriana.
El siguiente monarca, Felipe III, prefirió entregársela a un fiel vasallo, don
Antonio López del Río, que ya era señor del pueblo colindante de Almenar.
Pero la historia de los Río y Salcedo no acaba aquí.
Poco después de la concesión por Carlos II, el último de los Austrias, del
condado de Gómara, sobrevino su fallecimiento. En los últimos años del siglo
XVII dos candidatos al trono disputan sobre tierras españolas sus opciones a la
sucesión de la corona española: Felipe V de Borbón y el archiduque de Austria.
Cataluña y Valencia, así como Aragón, estaban del lado del segundo y frente a
ellos, Andalucía, Extremadura y Castilla favorecían la candidatura francesa. De
nuevo Soria fue uno de los escenarios de los enfrentamientos reviviendo tiempos
pretéritos de luchas castellano-aragonesas. Allí se armaron caballeros como el
conde de Agramonte y, entre otros, Manuel Salazar y Salcedo, reciente conde de
Gómara. Dado que la lucha principal se desarrolló en sus propios dominios, este
último tuvo un papel cada vez más destacado en rechazar a las fuerzas del
archiduque.
El palacio es impresionante, incluso tal como lo
encontré yo. Quedé desilusionado al ver que habían cubierto por algún extraño
motivo las mejores esculturas, los más impresionantes relieves, de una tela
tupida que prácticamente los ocultaba. No vi obras cercanas frente a las cuales
protegerse, tampoco observé ninguna en el propio edificio y supongo que no lo
tendrán permanentemente así para eludir el
ataque de las aves y elementos
atmosféricos. No obstante, frente a lo incomprensible, tuve que aguantarme y
admirar la espléndida fachada de cien metros de longitud. Aparece dividida en
tres partes bastante diferenciadas: la puerta muy labrada en cuya parte superior
aparecen los escudos de los Ríos y Salcedo; el cuerpo principal del edificio,
que consta de una doble serie de arcos de medio punto con columnas jónicas, y la
torre en un extremo. Paseé por allí admirándolo todo. Al final de la calle,
donde forma una amplia curva, me asomé para ver la iglesia del Carmen, la que
fue inaugurada por Santa Teresa, en su parte posterior.
Luego retrocedí hacia la plaza de la Tarta observando,
al lado mismo del palacio, un arco grande que se abre a otra calle: El arco de
los Condes de Gómara. Miré la gente que pasaba por él prometiendo adentrarme
otro día sin saber que llegaría al mismo punto, sin darme cuenta, otro día y por
el camino contrario. Detrás de él hay una calle que lleva hasta la plaza de
Bernardo Robles, a espaldas del instituto, donde se levanta el mercado. Entré en
él la última mañana y vi un bullicio enorme de personas y puestos de fruta y
verdura en la calle. Admiré los jugosos melocotones, baratísimos, que ya no
habría de comprar dado que me marchaba, la gente que levantaba apenas la vista
cuando hacía una fotografía de todo este ambiente, las discusiones, algunas
voces de vendedores.
