San
Juan de Rabanera
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La calle Collado es el eje comercial y vital de Soria.
Uniendo en sus extremos la Plaza Mayor, centro político y administrativo, con la
Dehesa, lugar de ocio y paseo por excelencia, toda ella discurre llena de
comercios y bares. A la tarde, la gente pasea, se encuentra con otros que hacen
lo mismo y se saludan, charlan incansablemente, formando ese tejido de
convivencia mutua con todo lo que ello trae de característico en las ciudades de
provincia.
Cuando volví a la plaza de la Tarta para reiniciar mi
recorrido por ella observé en primer lugar, a mi izquierda, el casino. Quise
fotografiarlo varias veces pero no fue fácil. No pretendo ser descortés ni
indiscreto con las fotos y las personas mayores que allí se sientan te miran con
mucha atención cuando lo intentas, no parece gustarles el retrato. Estoy
acostumbrado a ver las calles centrales en los pueblos, en pequeñas ciudades,
gente paseando y viejecitos sentados en un banco, otros que se sientan en mesas
de un bar observando a los demás y siendo vistos por los que pasan. Ese ‘verse’
es una de las actividades comunales por excelencia en este tipo de ciudades
pequeñas. De manera que no me extrañó observar a los que estaban sentados en las
mesas del casino. Pero observé varias cosas peculiares.

En primer lugar, no eran ancianos cualesquiera, puesto que vestían bastante bien, eran gente con dinero o lo aparentaban, probablemente, pensé, antiguos ganaderos o agricultores o periodistas o vete a saber qué. En segundo lugar, permanecían en silencio entre ellos por lo general de manera que toda su actividad consistía en tener un cigarrillo entre los dientes y mirar atentamente a los que pasaban. En tercer lugar, no era una mirada simplemente curiosa. Aquellos ancianos que miran ociosamente a los demás no tienen casi ningún problema en que alguien les mire a su vez, incluso que se les saque una fotografía. Cuando así lo haces te miran como pensando que eres algo peculiar, un bicho raro, ¿a quién se le va a ocurrir sacarnos una foto con lo vejestorios e inútiles que somos?. Los del casino, bien vestidos, con un cigarrillo o una copa, miran de una forma endurecida y lo hacen porque se saben, a su vez, examinados. Tal vez tengan una imagen que proteger, no son simples jubilados que se sientan a charlar de sus cosas y recordar otros tiempos o contarse las medicaciones y padecimientos, como en el paseo del Mirón, sino que tienen algo que aparentar aún, la posibilidad de juzgar a los demás pero también de ser juzgados, probablemente por ser conocidos.

Continué caminando para encontrar otro ensanchamiento, esta vez a la izquierda. Consulté el nombre de la plaza, San Esteban, miré el mapa notando que estaba cerca de uno de mis principales objetivos. De todos modos me sorprendió la plaza. Está muy arbolada y llena de bancos donde se sientan por la tarde, esta vez sí, innumerables ancianos que te miran con esa curiosidad inocente de tantos jubilados a la que me he referido antes. La primera tarde me pareció abandonada pero no fue así cuando pasé a una hora más tardía. Es obvio a estas alturas que el centro de Soria está lleno de ancianos. Los hay en el Mirón, en la Plaza Mayor, en el Collado, ocupan casi la mitad de la Dehesa, los encuentras por todas partes. Por Collado pasea gente entre treinta y cincuenta años, familias enteras, niños. Pero los jóvenes en pandillas es raro verlos salvo en alguna de las plazas aledañas como la de Benito Aceña o en la Dehesa.

Hice un par de fotos nada más, un deseo de conservar la
memoria de este lugar, sobre todo por la monumentalidad de sus edificios,
particularmente el Banco de España, que cierra la plaza por el lado contrario a
Collado, y el que debe ser museo con el nombre de Gaya Nuño, importante
historiador del arte soriano. Luego he leído algo más de esta plaza y llegado a
lamentar no haber explorado más sus rincones, particularmente la pensión ‘Las
Isidras’, donde residió dos años Gerardo Diego cuando era profesor del cercano
instituto, hoy llamado Antonio Machado, entre 1920 y 1922. Hasta 1804 se levantó
en terrenos de la propia plaza la iglesia de San Esteban dando su atrio a la
calle Collado misma. Al derribarse se despejó un terreno que dio lugar a la
plaza, tal como aparece ahora. En la parte que no fotografié, la otra esquina
contraria al museo de Gaya Nuño, estaba la antigua Casa de la Inquisición. Hoy
es un edificio señorial pero como tantos otros y no me llamó la atención. Todo
se ha derribado para construir nuevos y mejores edificios. Hay bancos donde
antes estaba el palacio de Juan Camargo o el de los señores de Osonilla o la
casa de los Rodríguez de Villanueva. El dinero nuevo viene a sustituir al
antiguo.
Luego continué hacia dentro llegando a otra plaza que
me resultó espectacular. Es alargada y contiene dos edificios que dejan sin
aliento. Uno, por uno de sus lados más largos, es la Diputación provincial que se
continúa en la Delegación de Hacienda; el otro, por uno de sus lados cortos, es
la iglesia de San Juan de Rabanera.

En cuanto a los edificios religiosos de la capital diría que son tres los recuerdos que tengo de mi viaje como más impresionantes: Uno es el claustro de San Pedro, del que ya he hablado; otro sería el pórtico de la iglesia de Santo Domingo cuando le llega la luz del atardecer; el tercero es el exterior general de esta iglesia de San Juan. Si la Diputación es un edificio impresionante en cuanto a solidez y por disponer de una fachada artística, la atención queda eclipsada, sin embargo, por el encanto de la iglesia. Tal vez sean sus medidas proporciones, el color de sus piedras, el imponente pórtico de San Nicolás, que se trajo aquí a principios del siglo XX. No es ajeno a ese encanto el hecho de que la iglesia no muestra edificio alguno adosado a ella, por lo que se puede pasear por todos sus lados.

Fue levantada algo más tarde que las antiguas porque no aparece en el registro de las parroquias de Alfonso X. Por su estilo, la compacidad románica de sus muros pero también sus ventanas ojivales, por la cruz latina que no es usual en esta zona donde predomina la nave central con dos laterales, puede situarse a finales del siglo XIII. Ha conocido además, como otras muchas, diversas reconstrucciones. De la parte más antigua sobresale el ábside que maravilla al espectador que lo contempla por fuera. En vez de tener una ventana central en él, como es lo habitual, esta iglesia de San Juan muestra dos simétricas.

Entré en ella con facilidad. Un guía iba explicando a
un grupo de visitantes la naturaleza de los retablos, del Cristo del siglo XVII
que colgaba precisamente en el centro del ábside, obra de Manuel
Pereira. Al
decir de Gaya Nuño, “el ábside, que es el de más bella disposición de la
Península, sobre una plataforma semicircular, que salva el desnivel del terreno,
se alzan de un rebanco tres pilastras con oficio de contrafuertes”. El guía me
preguntó de dónde era y me sugirió la posibilidad de iluminar la iglesia con
cincuenta céntimos, como así hice. Luego, sin preguntarle, acostumbrado como
estoy a introducirme por todos los huecos, subí hasta el coro e hice algunas
fotos más desde allí, no muy buenas, dada la oscuridad reinante. Es curioso
observar que casi todas las iglesias sorianas permanecen abiertas y esto es así
por la disposición de una santera o de un guía a abrir el recinto y vigilarlo,
cosa que no sucede en Andalucía.


Luego volví al Collado para seguir mi ruta pero antes miré de nuevo esa iglesia encantadora fotografiándola una y otra vez, como queriendo atrapar inútilmente la sensación que tenía, la alegría de haberla visto al fin, siguiendo sus formas mientras la rodeaba, observar ese color peculiar de la piedra soriana y castellana en general que habla de años que son siglos, de esfuerzo, creencias y, finalmente, de la belleza que unos hombres ayudaron a crear.