El instituto de Machado
Volviendo de nuevo a la calle Collado, frente a la
plaza de San Esteban que se abre a la izquierda, a la derecha discurren dos
calles paralelas que muy pronto convergen: La primera se llama Instituto y la
segunda, Aduana Vieja. La calle Instituto no tiene más historia que haber
servido de lugar de paso a miles de colegiales a lo largo del tiempo, dado que
toma su nombre del antiguo colegio de jesuitas que se levantó en uno de sus
extremos, luego transformado en el instituto de enseñanza media más conocido de
Soria, el “Antonio Machado”.
Resulta mucho más interesante y variada la calle de la
Aduana Vieja. Cuando Soria fue creciendo tras el repoblamiento del siglo XII una
de las parroquias importantes fue la de Santo Tomé, en el extremo superior de
esta calle. A partir de ella se fue construyendo a lo largo de la muralla, hoy
desaparecida, un barrio de gente hidalga y noble que protegía la parte oeste de
la ciudad. De esta manera, toda esta calle iba desde la residencia de los condes
de Lérida, pasando por el palacio de los Salcedo para, atravesando el Collado,
internarse por San Esteban que, como hemos visto, veía levantarse varios
palacios nobles también. Por su nombre es fácil deducir que esta calle, tan
cercana a la puerta del Rosario que se levantaba en esta parte de la muralla y
que servía de acceso a la ciudad, albergaba la aduana o edificio donde tenían
que pagar las cargas y gravámenes reales la mercancía que entraba hasta Collado
y se conducía a la Plaza Mayor, antiguamente nombrada Plaza del Trigo.

Entré por la calle desde el Collado sin saber que hacía el recorrido inverso al de las carretas en dirección al mercado de entonces. Aduana Vieja se divide en tres cortos tramos, a medida que va abriéndose en otras tantas plazas, a cual más interesante. La primera, la de San Clemente, está llena de acacias y mesas donde la gente se arremolinaba a la hora de comer en uno de los días que pasé por allí. Es un lugar tranquilo, de bullicio ciudadano en todo caso pero nada estridente. Estas pequeñas plazas, como alguna otra cercana, es un lugar de descanso y charla amigable en torno a una bebida o unas raciones. A un lado se levanta el edificio de Telefónica, sobre el terreno que antiguamente albergó a la iglesia de San Clemente que da el nombre a la plaza.

Inmediatamente, casi haciendo esquina con la plaza de
San Clemente, hay un palacio de espléndido aspecto: el de Ríos y Salcedo,
familia que luego alcanzarían el condado de Gómara y construirían otro palacio,
el que ya hemos visto, de mucha mayor amplitud. Pero éste es grande también y
bonito, una vivienda del siglo XVI que hoy alberga el Archivo Histórico
Provincial. Quizá el detalle más curioso y original es el de una ventana que
hace esquina abriéndose tanto a la plaza como a la calle. Por encima de ella,
así como en la parte superior de la entrada principal a la plaza, está el escudo
de la familia realzando una magnífica esquina. La sorpresa me la llevé después,
al seguir sus límites por la Aduana Vieja y allí, tras el muro de piedra ciego
que la recorre, encontrar otra puerta noble con su escudo dando paso a un salón
de juegos. Me resultó chocante este uso moderno y lúdico a un edificio de tan
noble aspecto.
Pero continué por la calle hasta que se abre a una
segunda plaza, la del Vergel. Se forma con la confluencia de las calles del
Instituto y Aduana Vieja. En la dirección en que marchaba, a la derecha, se
levanta un gran edificio cuya fachada principal da a la plaza pero donde su
entrada, más pequeña, se abre a la Aduana Vieja.

Don Fernando de Padilla, canónigo prior de los jesuitas sorianos, fundó aquí un colegio de su orden al objeto de enseñar Latín y Retórica, agregando luego una cátedra de Teología Moral. Se hizo tal obra con el impulso decisivo en lo económico de algunas de las nobles familias que vivían en el entorno de este colegio. Grandiosa en origen resultó completamente arrasada por un incendio en 1740. Los jesuitas iniciaron entonces una lenta y decidida reconstrucción que pudo completarse en la parte del colegio quedando la iglesia adjunta sólo apuntada antes del decreto de expulsión de la compañía en 1767.

Pasando después por distintas manos, como las de la
Asociación de Amigos del País, ha devenido en instituto de enseñanza media. A él
se incorporó un día un joven poeta y profesor de francés de
treinta y dos años,
tímido pero lleno de ilusión, llamado Antonio Machado. Fue el 4 de mayo de 1907
cuando llegó por primera vez a un destino que había elegido, probablemente, por
la curiosa razón de haber albergado distintas leyendas del poeta sevillano que
él admiraba: Gustavo Adolfo Bécquer. Entonces Soria contaba apenas con siete mil
habitantes y giraba, como hoy, en torno a la calle del Collado, sus casinos,
cafés provinciales y confiterías. En ella, el actual número 54 donde ahora hay
un banco y entonces una pensión, se alojó provisionalmente para regresar tras el
verano, en octubre, tomando posesión de su cátedra de francés cuando había
publicado en Madrid su primer libro: “Soledades, galerías y otros poemas”. Era
un hombre que entraba en la madurez y se acomodó rápidamente, no tanto al
ambiente social, aunque amigos liberales hizo, como a los paisajes y lugares
llenos de quietud y tranquilidad de esta ciudad.
La más significativa de sus amistades fue con José
María Palacio, director del periódico ‘Tierra Soriana’, liberal como él, que le
invitó repetidamente a participar en el periódico con poemas y textos donde fue
expresando una preocupación política cada vez mayor que culminó en 1910, desde
el punto de vista local, con el discurso de apertura de curso que leyó en el
propio instituto. Allí dijo, refiriéndose a un filósofo soriano homenajeado, en
la línea de Unamuno:
“En una nación pobre e ignorante, mi patriotismo me
impide adular a mis compatriotas donde la mayoría de los hombres no tienen otra
actividad que la necesaria para ganar el pan, o alguna más para conspirar contra
el pan del prójimo; en una nación casi analfabeta, donde la ciencia, la
filosofía y el arte se desdeñan por superfluos, cuando no se persiguen por
corruptores; en un pueblo sin ansias de renovarse ni respeto a la tradición de
sus mayores; en esta España, tan querida y tan desdichada, que frunce el hosco
ceño o vuelve la espalda desdeñosa a los frutos de la cultura, decidme: el
hombre que eleva su mente y su corazón a un ideal cualquiera, ¿no es un hércules
de alientos gigantescos cuyos hombros de atlante podrían sustentar montañas?”.
Recorrí finalmente el interior del instituto. Lo hice
la última mañana, casi sin darme cuenta de que aquella puerta de la Aduana
Vieja, siempre cerrada cuando pasaba por la tarde, estaba entonces abierta. Pude
caminar en torno al patio de juegos, amplio, considerable.


Luego observé una puerta entreabierta que ponía: “Aula Antonio Machado” y entré. Su mesa, ahora con un libro encima para que lo firmen aquellos visitantes que lo deseen. Su silla, encajonada intencionadamente entre armarios para impedir que nadie se siente en ella. Las mesas de los colegiales, recibiendo la luz intensa de la mañana por la ventana. A todo lo largo de la pequeña aula, adosada a la pared, una especie de poyete para que los alumnos se sentaran en dos filas. Apenas hay sitio para buscar una buena foto, tan lleno de mesas está, creo haber contado un total de 26 plazas. Pero me senté en una banca y no pude evitar sentirme emocionado, contemplando un lugar que para él estuvo lleno de vida y aún más, si cabe, para sus alumnos que se aquietarían en su presencia, conocido era su genio ante la indisciplina como la que tuvo que soportar después, en Baeza sobre todo, y en Segovia.

Ese tiempo de felicidad donde la madurez se abre para recoger sus primeros frutos y estos son firmes y están llenos de promesas. Sin saber que la felicidad, como la vida, es un hilo que la propia vida y su desgracia pueden llegar a romper. Luego queda sobrevivir, querer recuperar la ilusión que un día nos animó, seguir voluntariosamente en la tarea para que una tarde cualquiera, un día en que no pasaba nada, nos asalte la nostalgia y recordemos aquel otro tiempo vivido, en que fuimos felices sin saberlo. Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.

Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, Primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...
¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?
Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras.
¡Oh, mole del Moncayo blanca y rosa,
allá, en el cielo de Aragón, tan bella!
¿Hay zarzas florecidas
entre las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?
Por esos campanarios
ya habrán ido llegando las cigüeñas.
Habrá trigales verdes,
y mulas pardas en las sementeras,
y labriegos que siembran los tardíos
con las lluvias de abril. Ya las abejas
libarán del tomillo y el romero.
¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?
Furtivos cazadores, los reclamos
de la perdiz bajo las capas luengas,
no faltarán. Palacio, buen amigo,
¿tienen ya ruiseñores las riberas?
Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra..