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Santo Domingo

Fui paseando por la Aduana Vieja, llena de tantas historias, y alcancé a ver en el reflejo de un cristal otro de los lugares que deseaba conocer. Mirando guías sobre esta ciudad me atrapó la atención una espectacular y sobria fachada románica, una iglesia llena de belleza y logros artísticos evidentes: La iglesia de Santo Tomé, conocida popularmente como de Santo Domingo por el convento anejo que, en principio, se construyó para los dominicos antes de que lo ocuparan las clarisas. Órdenes que van y vienen pero la iglesia permaneció siempre, desde que fue construida en el siglo XII. De ella proviene el pórtico y la nave principal que luego ha conocido, como tantas otras, sucesivas ampliaciones para hacerla más capaz.

     Mi primera visión de esa fachada esplendorosa fue el reflejo en el cristal de una tienda. Me detuve e hice la foto antes de verla directamente. Era media tarde y el Sol aún estaba lo suficientemente alto pero ya en la parte del oeste, dando de lleno en la fachada e iluminándola por completo con una luz dura pero que, de lejos, parecía hacer brillar la piedra sillar que la compone.

     Salvo por unas vallas verdes que la afeaban a mi derecha, era tal cual la había visto en fotos pero mucho mejor. Paseé repetidamente en torno al pórtico porque había leído que era uno de los más preciados del románico español. La fachada toda es una joya de filigranas dividida en dos cuerpos bien diferenciados. En el de arriba está un hermoso rosetón enmarcado por columnillas y dividido por una especie de florón en ocho partes iguales.

    El rectángulo de abajo, el más cercano a la vista también, encierra una gran variedad de formas. No hablo mucho de la doble arquería ciega ni de las figuras que están esculpidas a ambos lados del pórtico, al parecer las del fundador de la iglesia, el rey Alfonso VIII y su esposa doña Leonor Plantagenet, hermana que fue del famoso Ricardo Corazón de León. Pero sí hay que centrar la atención en el tímpano y las cuatro arquivoltas que lo rodean.

    En el primero está la figura de la Santísima Trinidad rodeada de ángeles y algunos santos. De las arquivoltas que lo rodean, la más interior la forman los veinticuatro ancianos del Apocalipsis tocando varios instrumentos musicales rodeando a un ángel central. La siguiente presenta escenas del degollamiento de los Santos Inocentes y la tercera, momentos de la vida en común de la Virgen y el Niño Jesús. La cuarta y más amplia revisa la pasión de Cristo. Todas están dispuestas de forma radial por influencia del románico francés y se encuentran muy desgastadas por el tiempo, los elementos, ya que no hay edificios cercanos que protejan esta fachada del viento, lluvia y nieve, y también por el maltrato que ha sufrido por juegos infantiles.

    Cuando pasé al interior vi una larga iglesia, muy amplia. La nave central es del tiempo original en que se construyó, el siglo XII, pero luego se prolongó con dos naves laterales de marcado carácter ojival y, hacia el siglo XVI, una cabecera más amplia, donde ahora se encuentra el altar mayor, el retablo principal y algunas capillas. Como siempre, no sólo las iglesias sorianas están casi permanentemente abiertas sino que siempre se puede observar en ellas a personas dispersas que rezan en silencio permaneciendo quietas y ausentes entre las sombras. Me puse a pensar que no es en vano la diferencia con las iglesias andaluzas. Tal vez en las castellanas hay un contacto mas íntimo y sosegado con Dios mientras que en Andalucía esa relación es más social y de grupo, por lo que sólo se abre la iglesia según el horario de misas.

     La parroquia original fue siempre la de Santo Tomé pero en 1449 el maestre de la catedral de Osma, don Beltrán Coronel, natural de Soria por otro lado, quiso construir a sus expensas un convento de la orden de Santo Domingo de Guzmán, para lo cual solicitó que se trasladara la parroquia de Santo Tomé como tal a otro lado y su convento contara con esta iglesia. No accedió a esto el obispado y Santo Tomé siguió siendo parroquia pero sirviendo también como iglesia para el convento de los dominicos. Luego, como he dicho, pasó a albergar a la orden de las clarisas, cuyas pastas, como pude comprobar personalmente, son merecidamente celebradas en Soria.

     La plaza donde se encuentra esta iglesia es la de los Condes de Lérida. En ella tuvieron su vivienda palaciega los señores de Retortillo, un pueblo soriano del sur, cerca de la provincia de Guadalajara, desde donde alcanzaron por concesión real el condado de Lérida. Sin embargo, el mayor interés histórico reside en que justo frente al pórtico de Santo Domingo, donde ahora se levantan unas buenas casas sin mayor relevancia, se encontraba un palacio donde se albergó, en interesantes circunstancias, el rey de León Fernando II en 1160 aproximadamente.

     El hijo de doña Urraca, Alfonso VII, había muerto el año anterior. Como era usual por entonces, dividió sus reinos entre sus hijos: Para Sancho III sería Castilla y para Fernando II el reino de León. La polémica entre ellos podría haber empezado desde el principio por el legado paterno de una deseable Tierra de Campos, en el límite de ambos reinos, destinada a la infanta doña Sancha, segunda hija de doña Urraca y hermana por tanto del rey fallecido. Era una tierra fértil y codiciada. Sin embargo, se impuso el buen juicio y ambos hermanos llegaron a un pacto de no agresión que duró bien poco, dada la muerte de Sancho en 1158, con tan sólo veintitrés años, dejando como heredero a un niño también llamado Alfonso, nacido tres años antes.

     Su tutela había sido encargada a una de las familias nobles de Castilla en la persona de don Gutiérrez Fernández de Castro. La situación era francamente difícil mientras durase esta minoría de edad. Por un lado estaban los musulmanes presionando sobre Toledo, el rey de Portugal expandiéndose hacia Extremadura y empujando a los leoneses hacia tierras de Castilla y la ciudad de Toledo. Las aspiraciones navarras de recuperar las tierras perdidas frente al padre de ese niño eran bien conocidas y fueron pronto un hecho evidente, lo que intranquilizó a los condes de Barcelona. Los Castro tenían buenas relaciones con Fernando II, rey de León, que eran vistos con profunda desconfianza por otra de las principales casas nobles castellanas, la de los Lara.

     El conde don Manrique de Lara, finalmente, tomó por la fuerza la custodia del futuro rey Alfonso VIII, gobernando los intereses de Castilla en su nombre. Visto este hecho, los Castro se dirigieron al rey leonés para reclamarle la custodia del niño al que los Lara habían llevado a la plaza fuerte de Soria, lejos de la frontera leonesa y donde contaban con nutrido apoyo entre la nobleza local. Al parecer se encontraba en el palacio que corresponde a la torre de doña Urraca, en la Plaza Mayor. Pues bien, el rey de León avanzó con sus tropas de forma incontenible tomando Burgos y dirigiéndose a Soria donde, para guardar las formas, los Lara y la nobleza del lugar le recibieron entre parabienes alojándole en el palacio frente a lo que luego sería la iglesia de Santo Domingo. Fernando II exigió entonces que el niño viniera a rendirle pleitesía como su tío que era y rey de León. El hecho era importante por cuanto ese acto suponía la sumisión del niño como vasallo de su tío y, en consecuencia, acarreaba el vasallaje de Castilla.

     Es entonces cuando interviene don Pedro Núñez de Fuentearmegil, noble caballero soriano, deudo de los Lara, que tomó al niño con la excusa de prepararle para ese acto de vasallaje y escapó con él hasta San Esteban de Gormaz, a unos setenta kilómetros. Allí llegó inmediatamente después don Nuño de Lara que, haciéndose cargo del niño, le condujo hasta Atienza, lejos del alcance del rey leonés. La reacción de éste no la conozco pero no debió agradarle mucho el tema ni corretear por Castilla en persecución de un niño que se desvanecía de ese modo, por lo que optó por regresar a su reino que gobernó hasta 1188.

     Quedó para la historia castellana este hecho sucedido en Soria como el momento en que Castilla conservó la independencia en la persona de su rey Alfonso VIII. Éste siempre estuvo agradecido por él a la nobleza de la ciudad. Cuando finalmente fue coronado favoreció de manera decisiva a Soria solicitando el estatuto de ciudad para ella y mandando construir varias iglesias como la de Santo Tomé, ahora de Santo Domingo, varias de las cuales son las que figuran en la relación de parroquias de Alfonso X, sólo tres generaciones después y en pleno siglo XIII.

                                                                                                                         
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