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Convento de la Merced

La calle Aduana Vieja, cuando se transforma en la plaza de los condes de Lérida, es cortada perpendicularmente por una calle amplia, de edificios modernos en uno de sus lados. Por el otro se levanta el muro del convento de las clarisas, aledaño a la iglesia de Santo Domingo, y tras unos pequeños jardines parroquiales, un nuevo muro de otro largo y amplio convento le sucede: el que fue denominado de la Merced. Debo decir que esta vía era la de acceso y salida habitual al centro desde el paseo de Mirón, por lo que prácticamente la recorría a diario. Frente a este último convento sube paulatinamente la carretera de Logroño en una de cuyas casas, ahora inexistente, se alojó Antonio Machado con una agonizante Leonor. Poco a poco se sube al paseo del Mirón que llevaba a mi hotel.
Es por eso que la bajada más usual me llevaba siempre frente a este convento de la Merced del que sabía entonces muy poco pero del que me sorprendió la importancia del personaje que vivió entre sus paredes sus últimos años: Tirso de Molina.

     La historia del convento es interesante y me recuerda inevitablemente algunas historias similares que he encontrado en pueblos andaluces. En efecto, los hermanos mercedarios llegaron a la ciudad aproximadamente en 1387 sin que, excepcionalmente, hubiera ninguna casa noble ni apoyo real que les respaldara. Esta situación no era habitual pero tampoco disparatada. A veces las distintas órdenes, que competían entre sí por conseguir acomodo en ciudades importantes, irrumpían en las mismas refugiándose en algún lugar abandonado. En este caso lo hicieron en el convento del Santo Espíritu, cerca del río, hoy completamente arruinado y casi desaparecido.

     En 1499 un incendio les obligó a desalojarlo siendo amparados por los canónigos de la colegiata de San Pedro, que les ofrecieron su claustro, el que mostré al principio de este recorrido. Las relaciones no debieron ser nada buenas entre ambas órdenes porque los canónigos optaron algún tiempo después por expulsarlos sin aviso previo. Entonces los mercedarios adoptaron uno de los recursos extremos de que disponían y que, como he comentado, he visto repetido en Andalucía. Organizaron una manifestación piadosa dirigiéndose con ella, no casualmente, a la parte más adinerada de la ciudad. Una noble señora se enteró de sus apuros y, ni corta ni perezosa, encontró una solución a los expulsados cediéndoles su palacio en la que ahora es la calle de Santo Tomé.

     Pero la historia no acaba ahí. Junto al palacio se levantaba entonces la pequeña parroquia de San Martín de Canales. Los mercedarios entraron en conversación con el párroco y le ofrecieron quedarse con la iglesia, que a fin de cuentas tenía muy pocos parroquianos, a cambio de una cantidad de dinero y un asiento en el coro de la colegiata (del que fue expulsado por los clérigos al poco tiempo, por cierto). Con ello se amplió considerablemente el convento hasta las dimensiones actuales.

     Es un edificio de piedra sin demasiados adornos exteriores, bastante sobrio en su larga fachada. Entré una tarde. Con la exclaustración de los monjes en 1850 la Diputación de la provincia instaló allí el asilo para los viejos y los niños expósitos (por lo que la continuación de la calle se llama, en un breve tramo, del Hospicio). Ahora es un centro de enseñanzas técnicas que recorrí fotografiando los patios interiores, también sobrios y bonitos.

     Una lápida en la fachada lo recuerda: En este convento vivió fray Gabriel Téllez, llamado en el mundo literario Tirso de Molina. Nacido en 1584 se ordenó en los mercedarios en 1601 en el convento de Guadalajara. Su posición en la orden fue siempre oscilante puesto que a la que debía ser una buena capacidad personal se oponían las autoridades mercedarias, en su condición de autor de obras profanas de teatro (Don Gil de las calzas verdes, El vergonzoso en palacio, etc.), que le llegaron a acarrear diversos apartamientos e incluso el destierro. En los últimos años de su vida fue destinado a Soria residiendo finalmente en el pueblo cercano de Almazán donde, al parecer, murió en 1648. Por el convento derruido de este pueblo pasé el día que visité aquella localidad. Nada parece quedar allí de este en otro tiempo celebrado autor.

                                                                                                                         
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