Callejeo
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A partir de aquí inicié un vagabundeo entre distintas
calles aledañas. Volviendo por Santo Tomé bajé de nuevo hacia Collado por
Puertas de Pro, una calle estrecha y larga. Seguí el curso de lo que fue el
antiguo lienzo de la muralla en el cual las casas de la calle se apoyaban.
Aunque las hay viejas y camino del derribo, ninguna data de esta época y no se
puede apreciar ningún resto de muralla hoy en día.
Llegando de nuevo a Collado continué un muy breve trozo
porque enseguida se ensancha a la derecha en una nueva plaza, amplia, abarrotada
de gente de lo más variado sentada en muchas mesas que circundan los bares de la
zona. Es la plaza de Ramón Benito Aceña, nombre del primer bachiller expedido en
Soria, a mediados del siglo XIX, hombre con cuya dedicación se construyó el
museo Numantino. Sin embargo, antiguamente era conocida como plaza de Herradores
porque aquí tenía su asiento el gremio de este oficio. Incluso al fondo de la
plaza, donde ahora unos arcos enmarcan uno de los bares, se situaba el lugar por
el que se accedía a la fragua. Sin embargo esta plaza, que a cierta hora de la
tarde y por la mañana, bulle de vida y donde se sientan ancianos en los bancos
junto a jóvenes en las mesas, me era de interés por un suceso del que tenía muy
pocas noticias: La problemática estancia de Gustavo Adolfo Bécquer en Soria.

Nacido en 1836 y siempre peleando por el sustento, pese
a provenir de una familia de cierta nobleza, Gustavo Adolfo fue a Madrid con
veinticuatro años estableciendo interesantes contactos literarios y políticos.
Allí conoció a la destinataria de sus rimas, Julia Espín, hija de un músico bien
conocido en la Corte y protegido de Narváez. Sin embargo, pasados los meses tuvo
que ir a un médico a tratarse enfermedades venéreas que había contraído durante
el tiempo de bohemia que llevaba en Madrid. Entonces conoció a la hija del
médico, Casta Esteban y Navarro, y para sorpresa de sus amigos se casó
inmediatamente con ella.
Pasaron unos pocos años y, pese a un mejor acomodo
económico al haber entrado bajo la protección del ministro González Bravo,
habiendo sido nombrado censor de novelas con un sueldo excelente así como
director de alguna revista literaria, entre sus íntimos Bécquer manifestaba
cierta desilusión familiar y profesional. Enfermo de cierto cuidado marchó en
1868 con su querido hermano Valeriano, recientemente separado de su mujer, y su
esposa Casta, hasta el monasterio de Veruela para luego recalar en Soria,
ocupando unas habitaciones sobre lo que ahora es un banco que hace esquina con
la calle Collado.
Allí comenzó la amargura de Bécquer al comprobar que su
mujer Casta le engañaba. A partir de ese momento él y su hermano optaron por
volver a Madrid donde asistieron al período revolucionario de la Primera
República que derribó el gobierno de González Bravo y con él toda la protección
con que contaba. Dos años después murió su hermano Valeriano y él, deprimido y
enfermo, se agravó notablemente hasta su muerte unos meses después. Son
conocidas las últimas palabras que pronunció en su lecho de muerte: “Todo
mortal”, con que manifestaba quizá su desencanto hacia tantos sentimientos
inspirados y románticos que tuvo en su día.
Aquí, en Soria, en la casa de la esquina que estuve
contemplando, se inició su cuesta abajo. Lo que no podía adivinar siquiera es
que cuarenta años después otro poeta sevillano llegara a recorrer esta misma
calle y se alojara a pocos pasos de él, prácticamente al otro lado de la plaza,
en el número 54 de la calle Collado, sólo porque fue en Soria donde su querido
Gustavo Adolfo había compuesto sus inmortales leyendas de “El rayo de luna” o
“El monte de las ánimas”.

Subí de nuevo alejándome de Collado por la calle
Numancia en un callejeo sistemático, un zig zag que me llevara hasta la alameda
de Cervantes, la conocida Dehesa de los sorianos. Pero esta calle Numancia se
llama así porque en tiempos fue el arranque del camino que llevaba al pueblo de
Garray, donde se encuentran los restos de la ciudad numantina, a unos ocho
kilómetros de Soria.
Alcancé así la calle Tejera, continuación de Santo
Tomé, un recorrido completamente moderno con edificaciones altas, bien
construidas. En nada recuerdan las huertas que por aquí se extendían en otro
tiempo, extramuros, cuando sólo se levantaban las casas de los fabricantes de
tejas de la ciudad. Al fondo está la plaza de toros, encajonada entre edificios.
Luego giré a la izquierda internándome por la calle Sagunto, similar a las
anteriores, hasta bordear un edificio bajo pero extenso, moderno y bonito: El
museo Numantino.
