Museo Numantino
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Todo lo encontrado en el museo fue una sorpresa
agradable e inesperada. Debo aclarar de entrada que pensaba ir a Numancia la
primera mañana de mi estancia en Soria. Sin embargo, un aspecto me hizo
abandonar ese objetivo. Un taxista me comentó que había dos formas de ir si no
se disponía de coche propio: Llamar a un taxi y hacerle esperar allí la media
hora aproximada de visita o llamarlo para que viniera desde Soria. No me animé a
ninguna de las opciones. La verdad es que el sistema de transportes entre la
capital y los lugares más relevantes del entorno (Ágreda, Burgo de Osma, San
Esteban de Gormaz, Tiermes, Numancia) es limitado en autobús, reduciéndose a
favorecer el transporte de los que van desde los pueblos a la capital. El
trayecto contrario, si quieres visitar unas horas el pueblo al que vayas, obliga
a hacer noche en él.
El caso es que no fui a Numancia pero, como me había
quedado alguna mala conciencia, decidí ver con detalle el museo Numantino y,
sobre todo, la exposición de los celtíberos que anunciaban por toda la ciudad. A
fin de cuentas, pensé, no tenía apenas idea de quiénes eran los celtíberos ni
siquiera si tenían relación con los numantinos. Algo habría que aprender de esa
historia.

Fui paseando por las salas permanentes del museo y lo que vi me gustó. Había una abundante cerámica en sus vitrinas de origen céltico o celtíbero, restos romanos posteriores. Varias salas que me interesaron para pasear por ellas y admirar algunos útiles de la época, unas piedras labradas de época romana. Se veía rápido y fácil. Al final no sabía por dónde salir y una chica me preguntó si había visto la exposición de los celtíberos. Le confesé que no y que ignoraba siquiera por dónde se entraba. Me condujo hasta una puerta algo oculta que no había percibido de la primera sala que había visitado.

Me hicieron sentar en una sala estrecha casi a la
fuerza. No me gustan mucho los videos explicativos que suelen ser un tostón pero
la chica encargada de la recepción casi me lo rogó y no tuve
más remedio que
detenerme con otros visitantes a ver el video. “Son tres minutos”, decía la
muchacha, “va a empezar inmediatamente”. Gruñendo para mí, me senté. Aparecía un
primer plano de un conocido actor secundario. Afirmaba ser un tal Retógenes,
personaje que luego supe legendario en la defensa de Numancia. Presentaba un
resumen de lo que había sido el pueblo celtíbero, su nacimiento como una mezcla
de los célticos, más hacia el norte y oeste de la Península y los íberos, hacia
el este y sur de la misma. Allá por la parte oriental de la meseta castellana y
occidental del valle del Ebro, habitó el pueblo celtíbero en el último siglo
antes de Cristo. Las escenas eran breves, impactantes, me interesaron de
inmediato. Desde ese momento, en cada sala que visitaba de esta modélica
exposición, iba viendo cada video con un interés creciente.
Fui adentrándome en su cultura, su forma de vida en castros o lugares cercados de las colinas hacia el año 700 a.C., un lugar muy
adecuado para vigilar la llanura donde desarrollar agricultura (trigo, cebada) y
ganadería (ovejas, cabras) de un modo similar a como se ha hecho a lo largo de
muchos siglos después en el Alto Duero. Su alimentación era variada pero se
nutrían sobre todo de bellotas dado que las encinas estaban entonces muy
extendidas.
Pude comprobar cómo los castros primitivos daban paso a
poblados cada vez mejor construidos y organizados socialmente hacia el siglo IV
a.C. Recreaban un hogar celtíbero, una primera sala dedicada a las actividades
artesanales (molinos, pesas de telar), una segunda, de más reducidas
dimensiones, donde se hallaba el hogar y, sobre las paredes, un banco corrido
donde descansar. Vi un crisol metalúrgico donde trabajar el hierro. En cada sala
Retógenes iba explicando breve y muy didácticamente el distinto aspecto (lengua,
economía, vida social,...) de la vida de este pueblo.

La exposición alcanzaba una cota elevada de interés en el ritual funerario, perfectamente recreado. Frente a una figura que semejaba un cadáver envuelto en un manto rojo sobre una pira funeraria, Retógenes hablaba de un amigo suyo, muerto en combate. En ese caso, las creencias celtíberas llevaban a dejar el cuerpo en el campo para que las aves carroñeras lo dejaran reducido a huesos. No era abandono, sino todo lo contrario. Creían que esas aves llevaban el espíritu del muerto a los cielos más rápida y merecidamente, el lugar donde debían descansar los guerreros tras cumplir con su tarea en la tierra.

Sólo en el caso de que la muerte fuera por causa
natural se incineraba el cadáver, tal como aparecía recreado. Luego, sus cenizas
eran depositadas en un hoyo al que añadían sus armas, en caso de tenerlas, con
la peculiaridad de inutilizarlas (doblarlas o romperlas) de manera que
acompañaran con su propia muerte la de su propietario.
Poco después, en la última sala de la exposición, se
recreaban dramáticamente las guerras numantinas. Hacia el 200 a.C. los romanos,
que habían tomado la Península simplemente como un lugar de combate contra los
cartagineses, se dieron cuenta del potencial agrícola y minero del lugar, y
decidieron controlarlo. En la parte norte de la Península infligieron varias
derrotas a los celtíberos en torno al 180 a.C. hasta que el cónsul Graco, que
prefería pactar con los naturales del país, llegó a un acuerdo de convivencia
que duraría unos treinta años.
Al cabo de ese tiempo la ciudad de Segeda, actualmente
en la provincia de Zaragoza (El Poyo de Mara) empezó a reconstruir su amplia
muralla de 8 km. de perímetro, lo que constituía una transgresión de los pactos
alcanzados con Graco, que incluían el no reconstruir sistemas defensivos frente
a los romanos. Sea porque el Senado romano vigilaba con atención el cumplimiento
de los acuerdos o porque predominara en ese momento el componente belicista
(también había halcones y palomas en ese tiempo), lo cierto es que enviaron un
gran ejército dirigido por Fulvio Nobilior e integrado por treinta mil infantes.
Los naturales de Segeda pidieron ayuda y se refugiaron
en una de las ciudades más grandes de la Celtiberia. Numancia pasaba así al
primer plano y más cuando infligió varias severas derrotas al ejército romano
durante los dos años que duró la contienda (desde el 153 al 151 a.C.). Durante
ocho años, hasta el 143 a.C., la preponderancia en el Senado romano del cónsul
Marcelo, paloma, hizo que se llegara a un determinado acuerdo de convivencia. Al
cabo de ese tiempo las fuerzas romanas dominaban gran parte del Mediterráneo
cosechando una victoria tras otra. Sin embargo, Roma no había olvidado a
Numancia, la única pequeña ciudad que llevaba años resistiendo la invasión
romana.
De hecho, en la exposición me enteré de un suceso sorprendente de este período
bélico. Así, el año romano comenzaba normalmente en marzo (los idus), momento en
el que eran elegidos nuevos cónsules anuales. El problema era que, entre tomar
posesión de sus cargos, organizar el reclutamiento de soldados, abastecimientos
y demás, las fuerzas romanas no podían ponerse en marcha para combatir hasta el
verano. Esto no tenía excesiva importancia con un clima invernal benigno pero no
así en el Alto Duero, donde el otoño es muy frío y trae un clima inhóspito.
Decían allí y he visto por escrito después que la
guerra prolongada con los numantinos fue la razón de que el año consular romano
pasara a comenzar el 1 de enero, tradición que nosotros hemos conservado
después. Con ello habría tiempo para realizar una campaña primaveral. Si Numancia fue la razón de este cambio o hubo otras consideraciones, lo ignoro.
Lo cierto es que el Senado, donde se había impuesto el
ala belicista, eligió en el 134 a.C. como cónsul encargado de Hispania a Publio
Cornelio Escipión, el destructor de Cartago. Este general rehuyó el combate
frontal y prefirió iniciar un largo asedio contra Numancia, cercándola con hasta
siete torres de combate, fosos y vallas, impidiendo toda entrada y salida. Pese
a ello el mencionado Retógenes pudo escapar del cerco una noche para pedir ayuda
a las poblaciones vecinas. Sólo una de ellas (Lutia) venció el temor
ofreciéndose sus jóvenes guerreros para combatir atacando la retaguardia romana.
La asamblea de ancianos de la ciudad sintió miedo por esta decisión y denunció
ante el general Escipión la actitud de sus jóvenes. Este suceso vergonzoso
concluyó con la llegada de las fuerzas romanas por sorpresa, el apresamiento de
400 jóvenes guerreros a los que se les cortó las manos en represalia. Así de
cruel fue esa guerra.
Al año siguiente una parte de los numantinos pactaron
su rendición ante el general Escipión, siendo condenados posteriormente a la
esclavitud. Otra parte optó por no rendirse y murió peleando ante el enemigo o
en el incendio posterior provocado por este último y que destruyó Numancia para
siempre. No su recuerdo, naturalmente, que permanece heroico en ese video que
terminaba entre llamas, de un modo sobrecogedor.

Sin embargo, mirabas alrededor, en la última sala dedicada a la romanización de Hispania, y te dabas cuenta de que los romanos habían aportado mucho: idioma, leyes, arquitectura, grandes obras públicas. Su paso por Hispania no fue sólo el del imperialista depredador. Es cierto que sacaron mucho de esta tierra pero también le dieron una cultura, una forma de civilización que pervivió, pese a su caída, con los visigodos, para volver a resurgir más tarde, entre los reinos cristianos. Pero algo queda, es cierto, de aquellos celtíberos. Su forma de vida, sus creencias. Sobre todo, el recuerdo de su heroísmo desesperado por conservar su cultura, quizá inferior, pero suya.