Alameda de Cervantes
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La Alameda, que ya había visto la
primera tarde brevemente, levanta su costado frente al museo Numantino. Para
llegar a ella hay que cruzar el conocido paseo del Espolón, un lugar moderno que
data de hace sólo cuarenta años, de amplio acerado y tiendas y restaurantes que
llevan al transeúnte que así lo desee a construcciones recientes más allá de la
Alameda.
Pero si se atraviesa entre el nutrido tráfico de esta
zona se llega hasta una ermita, la de Nuestra Señora de la Soledad, dentro de la
Alameda. A sus mismas puertas tuve constancia la primera tarde de la edad y
disposición de los sorianos que recorren aquella zona. Varias mujeres de
bastantes años se animaban entre sí en un juego de bolos al que se entregaban
con verdadero afán. Me quedé allí un rato. Había bastante expectación y los
equipos competían con acierto en tirar los bolos de madera. Fuera circulaban los
coches ininterrumpidamente, era la tarde hermosa, con un cielo cubierto y una
temperatura perfecta.

Es extraña esta ermita por cuanto su pórtico parece acercarnos a una de las iglesias de tamaño regular que hay por Soria y, sin embargo, luego la capilla se reduce abruptamente y queda para ella sólo un espacio pequeño que se hace aún más pequeño después.

El edificio se construyó en el siglo XVI por los señores de Almenar, antes de que fueran condes de Gómara, al mismo tiempo que levantaban el palacio de Ríos y Salcedo. Está dedicado a la Virgen de las Angustias que trajeron de otra ermita que poseían fuera de Soria. Para ello aprovecharon un muy pequeño santuario existente donde se veneraba la imagen de Jesús crucificado con el nombre de Santo Cristo del Humilladero, que los condes mandaron ampliar por delante, quedando el santuario primitivo como una capilla lateral. Tal parece que el propósito era construir una ermita mayor (de ahí la portada en tres arcos de medio punto sobre cuatro fuertes pilastras) y ese objetivo cambió reduciéndose a un espacio menor posteriormente. Por eso la sensación para el visitante es extraña. Entré e hice alguna foto de la Virgen y luego, a la izquierda, se abría una puertecita que, tras un paso muy estrecho, accedía al santuario primitivo, lugar pequeño donde se arracimaban muchas señoras que rezaban fervorosamente al Cristo. Era una muy hermosa figura del crucificado pero las señoras me miraron todas al unísono de tal forma que opté por la retirada, visto que no podría hacer ninguna foto del lugar en esas circunstancias.

Empecé a pasear al fin por la Alameda de Cervantes, popularmente conocida como la Dehesa por encerrar lo que, extramuros, fue el campo o dehesa de San Andrés, lugar donde antiguamente se levantaba una ermita dedicada a este santo. La parte que visité inicialmente fue la primera, el salón ajardinado, lugar de descanso para muchos ancianos que dejan pasar el tiempo charlando entre sí y observando a los que pasan. Me quedé sorprendido de que casi todos fueran viejos repartidos en los bancos, sin que apenas ninguna persona menor de sesenta años pasara siquiera por los largos pasillos de arena. Hay fuentes, surtidores como el del Niño, una bonita glorieta interior. Es un lugar hermoso, bien cuidado, donde la tranquilidad llama al ocio y la convivencia.

Pasada dicha glorieta la configuración interior de la Dehesa cambia por completo. El paseo amplio que se extendía por uno de los lados, el de la ermita, se hace mayor, con más arbolado, pero es el Jardín el que más cambia. Primero encontré una bonita y reducida Rosaleda para luego ver extenderse frente a mí la Campa o el Alto de la Dehesa, un amplísimo espacio de hierba sin más árboles que los que lo rodean. Circundado por bancos tiene las dimensiones de lo que podría ser un campo de fútbol. A la sombra de los alrededores, sobre los bancos, se agrupan los jóvenes sorianos en pandillas que uno ha visto en el Retiro madrileño, en el parque sevillano de Mª Luisa y en todos los lugares que ha visitado donde hay un espacio así. Es lugar de jóvenes este antiguo erial donde se aventaron mieses hace mucho tiempo, donde ahora algunos padres ven correr a sus hijos por la hierba detrás de una pelota.

Estuve sentado al menos dos tardes en uno de esos bancos, a la sombra, observando ese latido acompasado y sempiterno de la vida ciudadana, los grupos de jóvenes, ajenos a lo que les rodea, los mismos que crecerán y traerán aquí a sus hijos para que correteen y luego vayan a sentarse en los bancos del Jardín, más cómodos para sus maltrechos riñones, donde agruparse y charlar de tiempos pasados. La vida se renueva en esta Dehesa, pese al envejecimiento de la población, en continuo trasvase entre un lado y otro del lugar, desde la Campa hasta el Jardín, desde la juventud a la ancianidad, como si toda la vida se pudiera reducir a un paso entre lugares distantes apenas cien metros.

Me levanté sin ganas, tan bien se estaba en un banco de
aquel lugar. Me gustaba el bullicio que observaba, sosegado pese a todo, nada
estridente. Había tranquilidad y un cielo hermoso de verano, con unas nubes
espléndidas sobre un cielo azul. La última vez, justo después de comer y antes
de visitar el último convento que me quedaba en el centro de la ciudad, casi me
quedé dormido. Ya había abandonado la habitación del hotel, sólo me quedaba
regresar poco después y recoger mis maletas, camino de la estación de autobús.
Sentía el rumor de las conversaciones, el viento sobre los árboles, alguna voz,
una risa que destacaba un momento. Pensé en este viaje, del que aún me queda
contar lo vivido junto al Duero, el inolvidable paseo por su ribera. Lo cortos,
lo largos que se hacen tres días, cómo terminan cuando casi no han llegado,
cuánto puede encerrarse en tres días de estancia, ese sumergirse en una realidad
desconocida dejándose penetrar por ella, hacerla tuya de algún modo.
Observar a la gente, conocer las historias que pasaron
en aquellos lugares, sospechar que tantas otras se te escapan y nunca llegarás a
adivinarlas siquiera. Como el curso pausado del río Duero que había podido
contemplar desde el puente, multitud de historias iban pasando lentamente ante
mi mirada, como un flujo ininterrumpido del que se teje la vida de una ciudad
como ésta, de la que había podido ser observador sólo tres días. Luego fui hasta
el convento de San Francisco no sin mirar por última vez el amplio prado verde
iluminado por el fuerte Sol del comienzo de la tarde.

Lo mismo que la llegada de Santa Teresa a la población
en el siglo XVI parece corroborada, la del propio San Francisco a Soria, en
1214, se reduce al campo de la leyenda. Al decir de ésta se alojó en un
monasterio y, por la mañana, se dirigió hasta este campo de San Andrés. Llegando
a lo que entonces era el hospital de Santa Isabel el monje empezó a recoger
piedras en silencio colocándolas en cinco montones separados entre sí.
Preguntado por la razón de su actividad respondió: “Comienzo
como puedo la casa
del Señor, otros vendrán después y la continuarán”. No sé si éste fue el motivo
pero lo cierto es que, sólo siete años después de la muerte del santo, las
nutridas aportaciones de los nobles del lugar habían levantado lo que hoy es un
convento una de cuyas partes está arruinada, desde que se declaró un incendio en
1618, reduciéndose a una amplia y bonita iglesia.
Entré en ella cansado y deseoso de terminar las
innumerables visitas de esos días. Me encontré, como siempre, no sólo una
iglesia abierta sino ocupada por distintos fieles que rezaban y permanecían en
silencio. Varias voces entonaban desde los altavoces un rosario y me extrañó
porque no veía que nadie de los presentes lo siguiera y, sin embargo, se
escuchaban voces muy ordenadas que lo hacían. En el altar no había ningún
sacerdote. Deduje que ese rosario podía corresponder a una grabación. Era la
primera vez que veía un procedimiento semejante de oración.
Luego salí del convento y crucé hasta la Alameda.
Recorrí por última vez el Jardín, entonces más despoblado, salí finalmente a la
plaza de Mariano Granados, crucé hasta el Collado para buscar la calle Aduana
Vieja desde donde llegar al paseo del Mirón. Dejé así atrás tantos lugares
hermosos, cercanos por haberlos hecho míos, que no deseo que la memoria se los
lleve al olvido, primero los detalles, luego las fechas e imágenes, más tarde
todo el contorno del viaje. Por eso hice tantas fotos y escribo estas páginas,
para no dejar que otros recuerdos desplacen a estos. Porque de la abundancia
también nace el olvido.