San Juan de Duero
La primera mañana de mi estancia la dediqué por entero
a recorrer la otra orilla del Duero visitando desde San Juan de Duero hasta la
ermita de San Saturio, primero por el paseo de las Ánimas continuando por el de
los poetas. El pequeño claustro de San Juan, que imaginaba más grande por las
fotos de sus arcos a cielo abierto, lo había visto ya la primera tarde, desde el
cerro del Mirón, que está casi enfrente. Me dio alegría observarlo tan cerca,
después de haber examinado esas fotos con detalle, maravillado.
Tras pasar el puente torcí a la izquierda y llegué
enseguida. Primero hay un muro con una puerta, por donde deambulaba la que tomé
por la guía oficial del lugar. Era temprano, no había ningún visitante más. La
chica me indicó dónde comprar la entrada. Era muy poco, dos euros creo recordar,
todo el lugar lo merece.

La ermita inicial de San Juan de Duero fue construida
en 1138 en un estilo románico de gran pobreza y sencillez. Invitados a ello por
Alfonso I el Batallador, que deseaba repoblar esta frontera, vinieron a
instalarse poco después los hermanos Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, al
tiempo que hacían lo mismo en Almazán y Ágreda. Nunca tuvieron estos hermanos
una gran implantación en España pero sí permanecieron en este lugar bastantes
siglos. Preferían instalarse fuera de las ciudades, debido a su labor de
protección y acogimiento de caminantes y es por ello que eligieron esta humilde
ermita a la que reformaron profundamente y tal vez dieran el nombre por el que
es hoy conocida.
Lo primero que hicieron fue reformar la sencilla
iglesia de una nave adosando dos templetes laterales al altar mayor en las que
representar escenas iconográficas a las que eran devotos. La iglesia tenía la
techumbre de madera como ahora también la tiene, aunque no sea la de aquellos
tiempos. En resumen, es de una gran rusticidad de formas, pobre de adornos. Las
ventanas abocinadas, toscas y muy escasas, dando una sensación de encerramiento
y falta de claridad, el ábside con bóveda de horno, tosca, alejada de otro tipo
de bóvedas más artísticas. Pese a todo, me gustó el lugar, no tanto para haber
vivido en él ni llevado a cabo actividades litúrgicas porque la sensación de
claustrofobia hubiera sido inmediata, pero sí para visitar un lugar tan
primitivo.

La sensación de poco espacio y falta de claridad se transforma drásticamente al salir y encontrarnos con el claustro. Parece que podría haber tenido una techumbre de madera que se derrumbó hace mucho dejando los arcos al aire libre. Di toda la vuelta fotografiando sin descanso las peculiaridades del monumento, pese a la fuerte luz que ya empezaba a haber. Me situé a lo largo del claustro por fuera, desde dentro, por las esquinas. Aquello es simplemente maravilloso desde el punto de vista artístico. Hay hasta cuatro tipos distintos de arcos, desde los puramente románicos, hasta otros ojivales pasando por los cruzados tan típicos del arte mudéjar. Parece, pues, que este fueron realizados en épocas diferentes por distintos artesanos, cada uno de los cuales imponía un estilo distinto en su trabajo.

El monasterio era más amplio pero parte de él
(hospital, otras dependencias) ha desaparecido con el tiempo desde que en el
siglo XVIII el edificio se abandonó. Entonces sus muros fueron
dedicados a
establos y en este claustro se encerraba por las noches al ganado. Sólo la
iglesia fue mantenida para que allí se celebrara todos los años la fiesta de San
Juan. Sin embargo, su declaración en 1882 como monumento nacional supuso su
reconocimiento y conservación hasta el estado actual.
Cuando me iba a ir la muchacha volvía a deambular por
la puerta, aburrida. Además de mí sólo había entrado una pareja con una niña en
todo el rato. Es escaso el turismo en esta ciudad. Le pregunté cuál era
exactamente el monte de las Ánimas y me señaló el que se levantaba sobre el
monasterio. Lo había visto desde la plazoleta de los Cuatro Vientos, en el
Mirón, y no me podía creer que en ese cerro medio pelado, con sólo algo de
vegetación abajo, hubiera hecho Bécquer transcurrir aquellas batallas con las
que Alonso entretiene al comienzo de su leyenda a Beatriz:
“Ese monte que hoy llaman de las Animas pertenecía a
los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran
guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo
venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente,
haciendo en ello
notable
agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran solos sabido defenderla corno
solos la conquistaron. Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los
hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio
profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante
para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres. Los segundos
determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas
prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos. Cundió
la voz del reto, y nada fue a parte a detener a los unos en su manía de cazar y
a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a
cabo. No se acordaron de ella las fieras. Antes la tendrían presente tantas
madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería.
Fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres. Los lobos, a
quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último,
intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias,
se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo
monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a
arruinarse. Desde entonces dicen que cuando llega la noche de Difuntos se oye
doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas
en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las
breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las
culebras dan horrorosos silbidos. Y al otro día se han visto impresas en la
nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria lo
llamamos el Monte de las Animas”.
