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El río Duero

Tras examinar el camino que me llevaría hasta San Saturio descarté ir por la carretera de Ágreda prefiriendo volver a cruzar el puente que me había llevado al otro lado. No se sabe la datación de este puente que, en todo caso, es bastante antiguo. Resulta curioso observar que cuando se llegó al esplendor de Soria, en los siglos medievales, nadie se encargó de registrar la construcción de conventos, iglesias ni palacios, tampoco de este puente, por lo que se ignora casi todo de su comienzo.
Pero llegado a ese punto ya no se puede apenas contar historias. Estaba a punto de empezar el paseo de los poetas, el que lleva desde San Polo a San Saturio. Me acodé en el puente, estuve recorriéndolo de un lado a otro buscando la mejor foto del Duero.

El camino empedrado es estrecho y el paso de los coches aparece regulado por semáforos porque no pueden pasar dos a la vez. Me recliné viendo el agua pasando, a pesar de la sequía, tumultuosa, con buen caudal desde que nace en las faldas del Moncayo, tan cercano. Sonaban los versos de Gerardo Diego, idénticos desde hace ochenta años, cuando los compuso, aunque el agua que pase sea distinta.

Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja;
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.
Indiferente o cobarde,
la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.
Tú, viejo Duero, sonríes
entre tus barbas de plata,
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.
Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.
Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha,
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.
Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada,
sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras

Es todo un lugar de paseo al otro lado, donde se extiende una alameda larga que se llama el Postiguillo con que se recuerda al antiguo Postigo o puerta de la muralla. A la derecha sus restos, a la izquierda el Duero que pasa rumoroso, quebrando su camino por la presencia para mí inesperada de una amplia isla que llaman Soto Playa. Fui hasta una pasarela que veía más adelante cruzándome con hombres que me miraban llevando sus perros detrás, obras que se escuchaban a lo lejos, reformas en un antiguo molino lejano, oculto a la vista. Me acerqué al río, subiendo desde la orilla y bajando desde el paseo. Buscaba ángulos para un buen encuadre, queriendo sentir el latido del momento, la luz que apenas se colaba entre los álamos del paseo.

     Pasé finalmente a la isla central recorriéndola hasta su extremo. Delante de mí una pareja algo mayor caminaba por la orilla, muy atenta a unas cuerdas que emergían del agua. Me interesé por ello y me explicaron que buscaban cangrejos. El hombre abrió la bolsa apareciendo unos cangrejos alargados que se movían inquietos, brillantes de agua, arracimados en la bolsa. Observé detrás de ellos lo que hay en el agua, cestas que están conectadas por cuerdas a diversos lugares de la orilla.

 Desde la punta más cercana al puente pude verlo mejor, el Duero corriendo entre las piedras hacia uno y otro lado de la isla. El puente con sus ojos abiertos al río, los coches pasando por encima y haciendo sonar sus piedras centenarias. Había calma en la mañana, una luz fuerte de día soleado pero un agradable fresco que aliviaba. Me quedé un rato allí, como me detendría en varios puntos del camino. Simplemente por el placer de estar ahí, formar parte de aquello, del puente, de la luz, del paisaje, de esta tierra castellana a la que había llegado desde lejos.

Entre cerros de plomo y de ceniza
manchados de roídos encinares,
y entre calvas roquedas de caliza,
iba a embestir los ocho tajamares
del puente el padre río,
que surca de Castilla el yermo frío.
¡Oh Duero, tu agua corre
y correrá mientras las nieves blancas
de enero el sol de mayo
haga fluir por hoces y barrancas,
mientras tengan las sierras su turbante
de nieve y de tormenta,
y brille el olifante
del sol, tras de la nube cenicienta!...
¿Y el viejo romancero
fue el sueño de un juglar junto a tu orilla?
¿Acaso como tú y por siempre, Duero,
irá corriendo hacia la mar Castilla?

Retrocedí buscando una nueva pasarela que me llevase al otro lado. Mientras la encontraba vi mesas de madera y algunos jóvenes que charlaban sentados a una de ellas. Una chica leía en silencio un libro que quise imaginar de poemas porque nada apetece más en este ambiente que dejarse llevar por el rumor del río y el fluir de unas palabras que acompañen al viento y agraden el ánimo del que camina.

     Luego ya había pasado a la otra orilla y estuve buscando el camino hacia San Polo. Pregunté a dos encargados de alcantarillas que movían una tapadera junto a un camión de limpieza. Me indicó uno de ellos con un acento castellano impecable el camino que salía desde allí mismo hacia la ribera. Pienso que muchos locutores estarían contentos de hablar con tanta corrección como ese pocero. Le di las gracias, pasé por detrás de una señal de prohibido y allá, a lo lejos, se extendía el paseo de San Polo.

                                                                                                                         
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