San
Polo
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Alfonso I el Batallador no sólo mandó repoblar la aldea de Soria sino que favoreció la llegada de los Hospitalarios, como hemos visto en San Juan de Duero, y también la de los Templarios, que construyeron esta ermita en el mismo lado del Duero, como era usual fuera de las poblaciones. Con el tiempo esta Orden abandonó el lugar del que se hicieron cargo los hermanos hospitalarios hasta el siglo XVIII en que San Polo quedó sin culto.

Actualmente sólo queda en pie la iglesia y un muro
largo atravesados ambos por el paso de servidumbre que todos los paseantes
recorren. Esta ermita y los fértiles terrenos que la rodean fueron vendidos por
el Ayuntamiento soriano a un noble cuyos descendientes la siguen cultivando. Por
ello, salvo el paso hacia San Saturio, todo lo demás está cerrado. Se adivina a
la izquierda un campo verde y a la derecha alguna construcción para los aperos
agrícolas, además de una caseta donde guardar un coche. Por lo demás, nada es
visitable y el caminante sólo puede mirar hacia esa iglesia que se levanta
encima del arco.
Seguí el camino pasando por el letrero que anuncia que
el destino final del paseo dista 1,3 kilómetros. A la izquierda se elevan las
colinas que bordean el camino. El río discurre a la derecha sin que podamos
acercarnos mucho a él. Al poco, es atravesado por la antigua vía de ferrocarril.
Seguí un impulso, quizá precipitado e imprudente, y ascendí una cuesta para
situarme en ese puente por el que, afortunadamente, ningún tren pasaría mientras
yo me encontraba en él. Busqué una buena vista del Duero entre las vigas de
hierro pero quizá sean los raíles perdiéndose a lo lejos entre las colinas lo
más bonito que pude encontrar.

Tras bajar de nuevo continué el camino hasta que empezaba a ondularse ligeramente apareciendo salpicado por monolitos dedicados a un vía crucis y allí, a lo lejos, vi sobre unas rocas la ermita que buscaba, el final del paseo.
