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San Saturio

Se ignora casi todo sobre este santo. Tan sólo se conserva su recuerdo en un muy antiguo breviario de Tarazona donde se recopilan distintas oraciones de San Prudencio, obispo que fue de esta sede, y en el que menciona a su maestro eremita. El problema de datar su vida es que también se ignora el tiempo en que vivió su discípulo Prudencio. Sin embargo, hay cierta coincidencia entre los estudiosos de ambos en que hablamos de finales del siglo V o ya entrado el siglo VI, de manera que el eremita sería godo.

     En el siglo XII, cuando se repuebla Soria por cristianos, habría aquí un lugar tradicional de culto. Por ello, en ese afán de construir ermitas y santuarios, se elevó una dedicada a San Miguel en este sitio tan peculiar, a media altura de la falda de la que se conoce como sierra de Santa Ana. Desde luego, la ermita impresiona por su firmeza e integración con las rocas que la rodean. Sin embargo, la actual no es la original. Sigamos la historia entonces.

     Testimonios escritos posteriores muestran que, en el proceso de su construcción, se hallaron restos humanos que tradicionalmente se tomaron como santos. No existe mayor constancia de por qué ni qué datos existieron para adjudicarlos a San Saturio. La ermita actual está construida sobre unas cuevas que bien pudieron alojar a un eremita (y más de uno) por estar llena de espacios que se comunican entre sí, frescos en verano pero que en invierno deben ser de un gran padecimiento. Ahora, cuando se entra en dichas cuevas, se observa un amplio altar dedicado a San Miguel arcángel al que la devoción por el santo no ha quitado su importancia. De hecho, este altar está construido sobre el lugar donde reposaron originalmente los restos de San Saturio.

     Según la leyenda Saturio era un godo que provenía de una familia adinerada. A la muerte de sus padres dio todos sus bienes a los pobres y se retiró a estas cuevas para vivir santamente en oración permanente con Dios y el arcángel San Miguel. Los parecidos con la vida de San Francisco son bastante evidentes. Cuando llevaba treinta años así vio a un joven que pasaba el río y subía hasta aquellos riscos para pedir su bendición y solicitar vivir a su lado. Este joven se llamaba Prudencio. Tras siete años en convivencia mutua Saturio murió y Prudencio, después de enterrarle en la cueva volvió a su lugar, Tarazona, donde su fama le llevó hasta el obispado.

     Sea lo que hubiere de cierto en todo ello sí está testimoniado por el Cabildo de Soria que en 1553 la primitiva ermita se había derrumbado y, tras disponer de ayudas económicas suficientes, se dispuso la construcción de una nueva, más imponente, de planta octogonal y a la que se accediera por dos vías: una interior a través de la cueva y otra exterior, rodeando las rocas. Ésta última fue financiada por un rico portugués que, al otro lado del Duero, tenía unos lavaderos de lana que le ofrecían pingües beneficios. Agradecido al que entendía favor del santo en su negocio costeó toda esa escalera sobre roca, de gran belleza, como pude comprobar.

     Ello indica también que la devoción por San Saturio iba creciendo entre el pueblo. Mencioné al principio de esta narración cómo en 1630, ante una pertinaz sequía, se acordó bajar la Virgen del Mirón hasta la catedral de San Pedro. Allí se le unió la imagen de San Saturio en una unión que ya sería hasta la actualidad entre ambas figuras. Debió llover abundantemente porque el pueblo, agradecido, acordó llevar la imagen del santo hasta la misma catedral el 1 de octubre de cada año. Para entonces la nueva ermita disponía de una capilla octogonal que pude visitar, con todo su interior pintado de imágenes referentes a la supuesta vida del allí honrado. Bajo el altar mayor se colocaron definitivamente los restos encontrados en la cueva donde permanecen para el culto de los sorianos.

Nombrado pocos años después patrono de la ciudad debió haber voces discrepantes que insistían en la ausencia de comprobaciones sobre su vida y su santidad. Quizá por eso sea comprensible una vidriera que encontré en una sala capitular de la ermita, donde se lee:

     “Romualdo Barranco, natural de Carbonera, niño de seis años y medio, habiendo caído desde esta ventana hasta cerca de la orilla del Duero, fue hallado, puesto de rodillas, sin haber recibido lesión alguna por intercesión del santo. Año 1772"

     Un milagro muy oportuno del que tampoco tengo mayor testimonio y que colaboró en callar las voces discrepantes. De hecho, ignoro a qué año se asigna el suceso no sabiendo si el que viene anotado al final es el de la vidriera o el del supuesto milagro. Lo cierto es que la ventana tiene una caída impresionante sobre la orilla del Duero de la que, en condiciones normales, nadie podría salvarse. El cabildo soriano elevó al Papa Benedicto XIV la petición de que tuviera una oración propia San Saturio lo que, al ser aceptado, dio por validada su fama de santidad hasta el día de hoy.

                                                                                                                         
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