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Sobre el Duero

Bajé por la empinada escalinata que lleva de nuevo al paseo. Encontré un asiento de piedra y una placa grande que contiene un poema de Machado. En este ‘Rincón del poeta’ como se le llama se sentaba muchas tardes en las que venía de paseo con su mujer Leonor, mientras ésta no estuvo enferma. Al lado de la placa hay varios árboles en cuyas cortezas los enamorados que por allí pasan van grabando sus nombres y la fecha. Debe ser un rito inevitable y deseado para ellos. ¿Qué mejor sitio que éste, que asistió a la presencia de un poeta enamorado, de un hombre feliz?.

He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria -barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra-.
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!

Acuciado por estos versos bajé por una escalerilla hasta una pasarela sobre el Duero. Me detuve allí largo rato. No había nadie en los alrededores. Era martes y los pocos turistas con los que me crucé se habían ido a esa hora, cerca de la una de la tarde. Sólo estaba el Duero corriendo debajo de mí, incansable, y esos álamos en la ribera que el viento agita y arranca rumores que son como música, música que es como un recuerdo de otros tiempos. Cuando el poeta venía a sentarse allí después de la caminata y sentía que acudían a sus labios esos dulces versos de hombre sensible y sencillo que siempre me han gustado.

El día era de una gran belleza, el cielo mostraba el azul y el blanco, el Sol no castigaba demasiado gracias al frescor que el río traía. Continué quieto, escuchando el viento en los álamos, sintiendo el borbotear del río bajo mis pies, acodado un largo rato en la barandilla, haciendo alguna foto que pudiera retener en mi memoria el momento más dulce de mi estancia en Soria. Cuando sintiendo todo, la música en la ribera, las ondas del río, el silencio y los pájaros que volaban entre las copas, me daban ganas de llorar por haber llegado hasta allí, por sentir lo que sentía, una paz desconocida, como quien llega a puerto después de una larga travesía.

     Todo termina, también este viaje, pero nada se pierde realmente mientras quede memoria, mientras algunas palabras puedan quedar por escrito y volver a ser pronunciadas. Mientras haya otros enamorados que graben sus nombres en la corteza de un árbol y un hombre, más allá de la mitad de su vida, se acode sobre el río a escuchar el rumor de otro tiempo, de un poeta viejo y muerto en tierra extranjera, y sienta en silencio la poesía del lugar.

                                                                                                                         
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