El
cerro del Castillo
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Me levanté pronto la última mañana de mi estancia en
Soria. Siempre me ocurre el día en que tengo que viajar. Como no estaba abierta
aún la cafetería del hotel me senté en una especie de pequeña terraza de la que
disponía la habitación. Se puede decir entonces que vi el día clarear y el Sol
levantarse pero lo cierto es que la orientación no me permitió lo segundo con
claridad y me daba pereza a esa hora salir del hotel y recorrer el paseo para
observar ese amanecer sobre las lejanas montañas.
Me entretuve en cambio aseándome y leyendo historias de
calles de Soria, mirando el plano con detalle. Tenía hasta primera hora de la
tarde para recorrer los últimos rincones, fotografiar las calles que aún no
hubiera visto, registrar todo aquello que luego sería imposible recuperar de
otro modo. Finalmente, bajé a la cafetería como cada mañana. No había nadie,
dado lo temprano de la hora. Por la ventana se veía el monte de las Ánimas
bajando hacia el río. Me pusieron delante el hermoso croissant diario que
rellené concienzudamente de mantequilla y mermelada. ¡Qué buena forma de empezar
el día!. Deseaba dejar constancia de ello porque había venido a conocer esta
ciudad y sus gentes, su historia y sus lugares, recordar el tiempo de Machado
aquí, degustar el ambiente de poesía que impregnaba el Duero..., sí, pero con un
buen croissant relleno para desayunar, que lo cortés no quita lo valiente.
Reservé la última mañana para subir al cerro del
castillo, el que se encuentra justamente enfrente de donde yo estaba, al otro
lado del extremo de la ciudad que linda con el río. Había visto repetidamente,
cada mañana, el edificio del parador Antonio Machado, que inauguró Manuel Fraga
como ministro en 1969, justo un año antes de que se inaugurara el hotel donde me
encontraba, en lo alto del cerro opuesto. La verdad es que, inicialmente, había
integrado ese paseo por el cerro en mi itinerario básico por la ciudad pero al
llegar me di cuenta del error. Es más abrupto que el del Mirón, Soria es más
grande de lo que imaginaba y si subía al cerro en cuestión no podría ver, en la
misma tarde, parte de la ciudad. De modo que lo dejé pero, con cierta pereza,
había llegado el momento de encararlo definitivamente.
Para ello me dirigí por el paseo de Narros y su alameda
hacia la catedral de San Pedro, como la primera tarde, y luego, en vez de seguir
hacia la derecha y la ciudad o en dirección izquierda y encontrarme el puente y
el río, atravesé perpendicularmente ambas direcciones y escogí, sin saberlo, el
sendero más empinado para acceder al castillo. Luego me tropezaría con otros
caminos más ondulados y hasta me cruzaría varias veces con una señora de mediana
edad y lo que parecían dos hijos adolescentes haciendo carreras arriba y abajo
del cerro, una situación ideal para bajar la moral de cualquiera que llegara
respirando con dificultad.

Estaba todo seco y el sendero discurría recto entre árboles. Sentí fatiga, la
verdad, por haberme despertado pronto, por llevar varios días haciendo buenas
excursiones, debido a la hora temprana. Podría haber recordado otros versos de
Machado,
Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,
buscando los recodos de sombra, lentamente.
A trechos me paraba para enjugar mi frente
y dar algún respiro al pecho jadeante;
o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante
y hacia la mano diestra vencido y apoyado
en un bastón, a guisa de pastoril cayado,
trepaba por los cerros que habitan las rapaces
aves de altura, hollando las hierbas montaraces
de fuerte olor —romero, tomillo, salvia, espliego—.
Sobre los agrios campos caía un sol de fuego
Pues más o menos era así, julio, sol de fuego, salvo
por el pastoril cayado del que yo carecía. Llegué hasta una gran estatua que
había visto repetidamente de lejos, sobre todo desde Nuestra Señora del Espino,
de la que dista poca distancia hacia abajo. Es un monumento al Sagrado Corazón
que abre sus brazos, acogedor, a toda la ciudad. Tiene una base donde uno puede
sentarse a descansar de sus fatigas, esculpida de escudos nobiliarios, quizá de
los famosos linajes sorianos.
Pero cuando me senté hube de levantarme enseguida. Delante de mí se extendía un
paisaje magnífico, hermoso. De forma simétrica a lo que había visto desde el
Mirón se podía contemplar ahora la ciudad ahí abajo, la torre de la catedral de
San Pedro irguiéndose, y luego el cerro del Mirón y el hotel y la ermita. Más
abajo la hoz del Duero que bordeaba el cerro y aún más allá las cumbres lejanas
del Moncayo sin poder adivinar la presencia de los picos de Urbión, donde este
río nace y se renueva.
Me quedé mucho rato, mucho. Hice varias fotografías. Veía los pájaros pasar, una
cigüeña que volaba desgarbada hacia algún campanario, los ecos de la ciudad,
coches sobre todo pero también alguna campana, como se oía al anochecer el
aullido de los perros en torno al Duero o, tal vez, el sonido armonioso de una
flauta.



Luego continué hacia arriba por unas escalerillas de
piedra y un camino bien construido y menos
empinado. La señora y los hijos
subían y bajaban incansables hasta que la primera desapareció y vi a los chicos
detenerse junto al parador, con la lengua fuera. Ya para entonces había
observado un parque lleno de césped y restos de una torre de homenaje, los
descarnados muros de lo que fue la torre del Alcázar, con puertas y ventanas
medio derruidas y rodeadas de una valla, el antiguo foso de este castillo
medieval, hoy convertido en una piscina infantil detrás de gruesos barrotes que
me impedían pasar.

Me asomé al otro lado del cerro y vi, muy abajo, el puente de hierro. Más allá, la ermita de San Saturio, cabalgando entre rocas. Fui andando más, ya descendiendo lentamente hacia la ciudad y, a medida que bajaba, se iba desplegando un paisaje mayor. A lo lejos el campo de fútbol del Numancia, un poco más cerca un gran cementerio que fotografié hasta darme cuenta que por él había ido andando la primera tarde, buscando la tumba de Leonor.

Por estas faldas del cerro, donde se había congregado en el Medioevo la población judía, fui despidiéndome de todos aquellos sitios de Soria que me habían acogido, que se habían prestado a mi visita. Les fui diciendo adiós con cierto pesar porque quizá pueda volver, tal vez tenga otra oportunidad, tan grato sabor me dejaron esos tres días, pero ya no seré el mismo, nunca más será la primera vez. Sin descartar buenos días por pasar de nuevo, más adelante, ya no sería posible descubrir ese claustro de San Pedro ni andar por calles viejas que se abren a la Plaza Mayor, ni pasear por el Collado mirándolo todo con ojos nuevos. Nunca más volveré a descubrir el camino desde San Polo a San Saturio sintiendo el cansancio pero también la emoción de buscar los rincones del poeta, allá donde él también paseaba a la orilla del Duero. Todo será distinto, no peor pero sí diferente. Ojalá, me digo, eso diferente traiga también, de la mano, un nuevo goce: el volver a ver cosas familiares, aquello que nos deparó sorpresa, emoción y una brizna de felicidad.
Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales
cargados de perfume, y el campo enverdecido,
abiertos los jazmines, maduros los trigales,
azules las montañas y el olivar florido;
Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles;
y al sol de abril los huertos colmados de azucenas,
y los enjambres de oro, para libar sus mieles
dispersos en los campos, huir de sus colmenas;
yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares,
barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;
y en sierras agrias sueño —¡Urbión, sobre pinares!
¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!—
Y pienso: Primavera, como un escalofrío
irá a cruzar el alto solar del romancero,
ya verdearán de chopos las márgenes del río.
¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?
Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas,
y la roqueda parda más de un zarzal en flor;
ya los rebaños blancos, por entre grises peñas,
hacia los altos prados conducirá el pastor.
¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas
que vais al joven Duero, rebaños de merinos,
con rumbo hacia las altas praderas numantinas,
por las cañadas hondas y al sol de los caminos
hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo,
montañas, serrijones, lomazos, parameras,
en donde reina el águila, por donde busca el cuervo
su infecto expoliario; menudas sementeras
cual sayos cenicientos, casetas y majadas
entre desnuda roca, arroyos y hontanares
donde a la tarde beben las yuntas fatigadas,
dispersos huertecillos, humildes abejares!...
¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano
cercado de colinas y crestas militares,
alcores y roquedas del yermo castellano,
fantasmas de robledos y sombras de encinares!
En la desesperanza y en la melancolía
de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.
Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,
por los floridos valles, mi corazón te lleva.
