UNA MAÑANA DE SÁBADO

          Esta mañana hemos dado un largo paseo por uno  de mis sitios preferidos. Me considero afortunada por poder vivir en la ciudad en que vivo. Me encanta esta bahía, estas playas, esas montañas que veo en el horizonte. Me gusta esta carretera que sube haciendo curvas hasta el faro, bordeando un parque maravilloso que se llama Mataleñas, una antigua finca de un indiano de esos que se fueron a hacer las américas.

         Esta extensa finca de no sé cuántas  hectáreas, porque yo no mido los terrenos con esos sistemas con que miden los humanos ,sino por zonas de olores , es uno de los lugares que más me gustan y sé que también le gustan a mi papá. Se queda embelesado mirando los barcos que navegan o simplemente están anclados, la silueta del Palacio que se dibuja en la cima de la península de la Magdalena, la diminuta isla de Mouro con su pequeño faro y allá, al fondo , Peña Cabarga con su “Pirulí”, como llamaba con desdén Gerardo Diego al repetidor de televisión que se domina su cima.

         Como cada vez que hacemos este paseo, en cuanto mi papá aparcó el coche ante una de las puertas que da acceso a la finca, ya estaba nerviosa por salir. Nada más abrir el coche  me transformé en un manojo de alegría pensando en el festival de olores que me esperaba. Mientras mi papá hablaba con una amiga que también suele pasear con su pastor alemán por el parque, yo me dediqué a oler todos los mensajes que habían dejado mis amigos , sin hacer demasiado caso a este perrazo que me impone un poco de respeto. Cuando mi papá  terminó de hablar, nos dirigimos hacia el estanque de los patos. Algunos salen fueran del estanque y a mi me encanta correr detrás de ellos hasta que levantan el vuelo y se meten de nuevo en el agua. Yo me quedo extrañada de que estos bichos tan patosos puedan volar así. A veces bajan volando hasta la playa y en alguna ocasión he ido detrás de ellos en el agua pero nunca consigo atraparlos. Tampoco es que me importe mucho, porque a mi lo que me gusta es asustarlos un poco y si corro detrás de todo bicho que se mueve, debe ser algún impulso que dejaron grabado en mí, mis antecesores.

         Después de bordear el estanque, bajamos las escaleras que conducen hacia nuestra playa. La llamo “nuestra” porque esta cala de los Molinucos es propiedad sentimental de mi papá y mía y la compartimos con otra gente que también la frecuenta con sus perritos. Hoy no bajamos hasta la arena, entre otras cosas porque en esta época aparece como descarnada, dejando a la vista el hueso de sus rocas , porque los recientes temporales y las mareas la han dejado sin su “piel”.

         No bajamos, pero estuvimos un rato contemplando el que yo llamo “Jardín del jubilata”. No recuerdo si en alguna otra ocasión les he hablado de  este jubilado que pasa gran parte de su tiempo libre plantando, regando y cuidando sus prímulas, sus geranios, sus claveles chinos o sus caléndulas. El disfruta empleando de este modo sus ratos de ocio y ofrece el resultado de su trabajo a los que quieren recrear su vista contemplando su desinteresado regalo.

         Este camino que bordea el campo de golf que se encuentra también dentro de la finca, era esta mañana soleada de sábado una auténtica romería. Pequeños grupos de jubilados que comentaban obras municipales, paseantes solitarios acompañados de sus perros, parejas de todas las edades, un pequeño grupo de 6 ó 7 fotógrafos que , cámaras en mano, enfocaban sus teleobjetivos para captar aspectos del espléndido panorama que se ofrece ante los ojos. Mientras ellos , en una especie de rally fotográfico, disparaban sus máquinas yo seguía mi exploración olfatoria y saludaba a los perritos con los que me cruzaba. A unos les hacía más caso que a otros y a algunos ni me acercaba, porque los veo muy grandes y me asustan.

         Seguimos bordeando el campo de golf. Es divertido ver a la gente que encuentra en este deporte una  manera de hacer ejercicio y al mismo tiempo de relajarse. A mi papá no es algo que le apasione, pero respeta a la gente que lo practica y hasta habla con entusiasmo de  lo interesante que puede resultar meter una pelotita en un agujero. Observa curioso lo preparados y serios que van algunos cuando entran en el campo con sus carritos y sus palos, vestidos con el atuendo apropiado siguiendo la moda de los que practican este deporte, antes de elite y ahora asequible a las gentes de la nueva clase media, más o menos acomodada. Aunque cuando pasea sólo piensa en contemplar este paisaje que le apacigua interiormente , baraja interiormente sus pensamientos o está pendiente de lo que yo hago hoy se ha fijado en dos detalles sobre la gente que practicaba este deporte. En un rincón del campo, próximo a la valla que nosotros bordeamos, observó curioso a dos señoras de mediana edad armoniosamente conjuntadas según deber ser la moda que dicta las normas sobre este deporte. Pantalón de paño a cuadros,-el color no se lo puedo decir porque no distingo bien los colores- calzado adecuado, jersey a juego con el pantalón, y una gorrita muy mona. Creo que ya lo de menos importaba cuál era el par del campo, o cómo se llame. El otro detalle simpático que llamó su atención es ver , a la entrada del campo, un grupo de niños entre 8 y 10 años ejercitarse, aleccionados por sus monitores, en cómo poner los brazos, flexionar las rodillas y golpear la bolita con el palo para enviarla contra una gran red donde dirigían sus golpes. Si a ustedes les interesa , otro día me informo cómo se llaman cada uno de los golpes y otras interioridades del golf que, como ya les digo, a mí , como a mi papá, no nos interesa demasiado. Mentiría si les dijera que siento un poco de vergüenza por ello, al pensar que allí enfrente, a no mucho metros , se puede ver Pedreña y la mansión de Seve  (Balllesteros), claro.

         Ajena un poco a todas estas cosas, que a mí no me interesaban demasiado, yo seguía el enlosado camino rastreando con mi nariz el reguero de olores dejado por mis amigos. Un matrimonio, ya maduro, seguía divertido mi ir y venir, y no pudieron menos de sonreír, cuando vieron que en un momento dado, yo me revolcaba de gozo sobre aquellas losas de cemento o entre sus intersticios, porque había sentido algo que ellos eran incapaces de percibir. Observaban, entre divertidos e intrigados, aquella manifestación de pleno gozo moviendo mis patitas , agradeciendo al cielo de los perritos aquel momento de plenitud canina.

         Cuando ya habíamos casi bordeado la finca, después de casi tres cuartos de hora de paseo, mi papá decidió entrar de nuevo al parque por otra de las puertas del parque que da al norte. Mi papá sabe que a mi no me gusta demasiado entrar por esa puerta porque tiene una plataforma y unas escaleras  de rejilla metálica que me hacen daño al pisar porque se me meten entre mis dedos. Hoy me detuve antes de pisar la rejilla y buscaba el modo de bajar por otro sitio aunque fuera de un salto. Mi papá se dio cuenta y me cogió en brazos , tampoco peso tanto, para que no me hiciera daño. Fue todo un detalle por su parte, y por supuesto ya sé lo que tengo que hacer la próxima vez que quiera que entremos por ese sitio.

         Bajamos por un pequeño sendero que baja paralelo a un pequeño regato que es el que va hasta el estanque de los patos, y como estaba algo embarrado por las recientes lluvias , llegué al coche con las patas casi negras o por lo menos grises. Ya sabía lo que me esperaba cuando llegara a casa. Al llegar, traté de evadirme como hago en esos casos, pero mi mamá me cogió en brazos y me metió de patitas en el baño. Esperó hasta que el agua estuviera lo suficientemente calienta  y me duchó. Yo me quedo muy quieta cuado siento el agua caliente sobre mi cuerpo. El agua por supuesto se volvió gris a causa del barro de mis patas, luego me cogió con mi toalla y me secó un poquito, dejando el resto del secado a mi papá que me fue pasando el secador por todo el cuerpo para completar el secado. Como tengo la piel muy delicada , me pica el jabón y necesito restregarme contra todo lo que encuentro al alcance: alfombras, sillones , camas... Mi papá me sujeta pidiéndome que me esté un poco quieta si quiero que el secado termine cuanto antes.