NOTAS DE UN ESCRITOR
(o aspirante a ello)
(segunda parte)
17 de junio
Crónica de un desencuentro. Así debería llamarse el relato. Pues es eso lo que será. Mi historia con Verónica es la historia de una búsqueda por parte de ambos y de como no nos encontramos, o de como nos encontramos y nos perdimos, o de como (yo creo que esto es lo más acertado para describir algo que no sé muy bien cómo describir), nos cruzamos uno con el otro, caminando muy cerca pero sin llegar a caminar juntos.
La historia de Verónica va a ser lineal. Ya la romperé demasiado con la introducción de esos fragmentos y poemas y cartas como para complicarme más la vida. Comenzaré por el principio.
18 de junio, a las 7.45 horas a.m.
En el principio creó Dios los cielos y la tierra. ¡Mierda!, creo que me he ido demasiado al principio. Ay, ay Sebastián. ¡Qué mal te veo! Yo diría que te veo doble o borroso. Mira muchacho que ya te he dicho muchas veces que no es bueno beber tanto. ¡Pero si el tequila ni siquiera te gusta! Claro, y ahora tratas de escribir mi niño. Y ¿qué vas a escribir? ¿Tu premio Nobel? Sí, sí, tú aporrea ese pobre teclado que no te ha hecho nada y desvaría un poco. ¿Qué pasa? ¿Tantas verdades te dicen tus propias palabras que ahora desatas tu furia contra ellas por medio de ellas?
Las palabras amigo Sebastián no son tus aliadas sino tus enemigas. Porque por medio de ellas piensas. Por medio de ellas la recuerdas. !Ay dama de azul, dama de hielo, dama del vestido negro!
Sí, sí, tu sigue dándole a la botella. Y además sin limón, sin sal y sin vasito. Olé. Con un par. Muy hombre tú. Me tienes totalmente anonadado.
¿Pero qué haces? ¿Por qué me miras? ¡Escribe! ¿No ibas a escribir esa historia de desamor? Pues escribe. Cuéntame cómo llorabas por ella y cómo se te pudrían las entrañas cuando la veías con él. Escribe sobre esos versos que has tirado o sobre esa manera de tenerla metida tan dentro de la cabeza. O no seas tan poético. Simplemente dime con te excitaba su sonrisa o esa manera de abrir los labios o cuando te pasaba levemente la mano por la espalda.
Sí, igual que la vez en que se despidió de ti. Te dijo adiós, muy mimosa ella, y te acarició la espalda a través de la camiseta. ¿Lo recuerdas? Creo que lo que dijo exactamente fue "hasta mañana". ¿Y qué pasó? Que mañana fue pasado y pasado nunca ¿no? Y así hasta el infinito, hasta hoy contigo aquí llorando como un imbécil y un gilipollas ante este perro papel inculpatoriamente blanco. Contigo y conmigo, los dos juntos en uno Sebastián, los dos condenados a beber de esa botella sabiendo lo nulo de nuestro esfuerzo. Encerrados en este papel de vana existencia y absurdo cometido.
Y yo esperando a que de una vez termines este relato con el que me has sobornado para pegarnos el tiro que hace cuatro años que nos debíamos haber pegado.
18 de junio, por la tarde
Bueno, la verdad es que no recuerdo muy bien nada de ayer por la noche. Pero creo que lo que escribí no está mal para añadirlo como uno de esos fragmentos que rompen el ritmo de la narración ¿no?. Supongo que tendré que arreglar algunas cosas como la incoherencia de hablar del teclado del ordenador y unas líneas más adelante de la página en blanco que tanto miedo da a los escritores.
Aunque no he decidido todas las cosas de las que no me tengo que olvidar a la hora de escribir el relato. Ya han salido muchas cosas, sentimientos e ideas, pero necesito más y en orden.
Así que lo primero será hablar de clase. La conocí allí. Tendré que dejar claro la inexistencia de ese flechazo tan bonito del que hablamos todos. Eramos conocidos en clase y poco a poco nos hicimos amigos. Nada más.
¿Qué decir de esa época? El primer recuerdo que tenga de ella.
El primer recuerdo. Gracioso. Se molestó cuando fingí que la iba a tratar distinto por estar saliendo con un chico. Era una broma pero desde un punto de vista si se puede pensar que la trate de una manera diferente a otras chicas.
Pero es injusto conmigo mismo decir esto. No la traté como la traté más adelante por que tuviera novio y quisiera demostrar algo al arrebatársela.
4 de julio
Llevo días recreándome con los comienzos de nuestra amistad. No pensaba que recordara tanto: su pelo rizado, las charlas interminables sobre tonterías en la parte de atrás del aula, la bronca por parte de un profesor por no para de hablar con ella (al comienzo de una primavera) o de como me atreví a dejar que leyera los versos que yo por aquel entonces le escribía a otra chica A este paso la obra va a ser una novelón de más de 500 folios. Mi primera novela y mi último tostón.
Supongo que deberé cortar drásticamente con este primer capítulo introduciendo algún poema o carta.
7 de julio
¿Sabes?
Creo que ahora conozco el camino que lleva al mar.
Sé que rodearé las montañas y llegaré.
Sé que nadaré entre las algas y las rocas.
Sé que bucearé tras las maravillas ignotas.
Sé que me agotará con su ímpetu.
Sé que pereceré en él.
Y ese mar eres tú.
Esas olas tus cabellos sobre mi rostro.
Esas algas tus piernas desnudas rodeándome.
Esas rocas tus pezones morenos erectos.
Esas maravillas ignotas descubiertas entre el vello del valle.
Es
8 de julio
Parece que la vena erótico-pornográfica estaba en boga esa primavera. Ya sé porqué ella no leyó nunca este poema, aparte de que tenga una calidad ridícula, incluso para haberlo escrito yo. No sé si por aquel entonces hubiera creído que lo escribía inspirándome (imaginándome) en su cuerpo y esos besos que le daba a él pero no creo que hubiera soportado sus chanzas sin picarme y confesar que eran para ella, por ella, de ella.
Ahora es un buen momento de introducir cambios. Ahora no es el momento de tanta amistad. Comenzaremos ya a hablar quedamente de sentimientos sin definir y de preguntas sin responder, de las puyas y de las chanzas y de todas las tonterías.
Creo que ahora también puedo ponerme a aventurar. Con un poco de eso que llaman Corriente del subconsciente, y que no tengo ni idea de como usar correctamente, podría tratar de hacerle hablar a ella. A Verónica conmigo, riéndose y no sabiendo que opinar; o mirando como me abrazaba al bailar a Rebeca y dudando de lo que la carcomía; o siendo consciente de que esa noche debía esquivarme con más fuerza porque me acercaba a ella guiado por el alcohol o por la frustración de que otra, la de turno, una más en la lista, me había dejado. O pensando a solas en su casa sin llegar a ninguna conclusión definitiva y, sobre todo, satisfactoria en por qué habría dejado yo a la siguiente.