| El
alma del hombre bajo el socialismo
Oscar Wilde (1890)
http://www.antorcha.net/
“Con
la abolición de la propiedad privada tendremos,
entonces, un verdadero, hermoso, sano Individualismo.
Nadie perderá su vida en acumular cosas
y los símbolos para las cosas. Se vivirá.
Vivir es la cosa menos frecuente en el mundo.
La mayoría de la gente existe, eso es todo”
Capítulo
I
La principal ventaja que
acarrearía la implantación del Socialismo
es, sin duda, la de relevarnos de la sórdida
necesidad de vivir para otros que, en el actual
estado de cosas, tanto presiona sobre casi todos.
En realidad, casi nadie escapa a ella.
De
tanto en tanto, en el curso del siglo, un gran
hombre de ciencia como
Darwin; un gran poeta como Keats; un fino espíritu
crítico como el del
señor Renan; un artista supremo como Flaubert,
ha podido aislarse,
mantenerse fuera del alcance de los clamorosos
reclamos de los demás,
mantenerse al resguardo del muro como dice Platón,
y así realizar la
perfección que había dentro suyo,
para su propio incomparable beneficio,
y para el incomparable y duradero beneficio de
todo el mundo. Estas, sin
embargo, son las excepciones. La mayoría
de la gente arruina su vida por
un malsano y exagerado altruismo; en realidad,
se ven forzados a
arruinarse así. Es inevitable que se conmuevan,
al verse rodeados de tan
tremenda pobreza, tremenda fealdad, tremenda hambre.
En el hombre, las
emociones se suscitan más rápidamente
que la inteligencia; y como
señalara hace algún tiempo en un
artículo sobre la función de la
critica,
es mucho más fácil solidarizarse
con el sufrimiento que con el
pensamiento. De esta forma, con admirables, aunque
mal dirigidas
intenciones, en forma muy seria y con mucho sentimiento,
se abocan a la
tarea de remediar los males que ven. Pero sus
remedios no curan la
enfermedad: simplemente la prolongan. En realidad
sus remedios son parte
de la enfermedad.
Tratan de resolver el problema
de la pobreza, por ejemplo, manteniendo
vivos a los pobres; o, como lo hace una escuela
muy avanzada, divirtiendo
a los pobres.
Pero ésta no es
una solución; es agravar la dificultad.
El objetivo
adecuado es tratar de reconstruir la sociedad
sobre una base tal que la
pobreza resulte imposible. Y las virtudes altruistas
realmente han
evitado llevar a cabo este objetivo. Así
como los peores dueños de
esclavos fueron los que trataron con bondad a
sus esclavos, evitando así
que los que sufrían el sistema tomaran
conciencia del horror del mismo, y
los que observaban lo comprendiesen, igual sucede
con el estado actual de
cosas en Inglaterra, donde la gente que más
daño hace es la que trata de
hacer más bien; y por fin hemos tenido
hombres que estudiaron realmente
el problema y conocen la vida -hombres educados
que viven en el East End
- adelantándose e implorando a la comunidad
para que restrinja sus
impulsos altruistas de caridad, benevolencia y
otros parecidos. Se basan
en la afirmación de que la caridad degrada
y desmoraliza. Están
perfectamente en lo cierto. La caridad crea una
multitud de
pecados.
También debe decirse
esto al respecto. Es inmoral usar la propiedad
privada a fin de aliviar los terribles males que
resultan de la misma
institución de la propiedad privada. Es
a la vez inmoral e
injusto.
Bajo el Socialismo todo
esto, naturalmente, se modificará. No habrá
gente
viviendo en fétidas pocilgas, vestida con
hediondos andrajos, criando
niños débiles, acosados por el hambre,
en medio de circunstancias
absolutamente imposibles y repulsivas. La seguridad
de la sociedad no
dependerá, como sucede ahora, del estado
del tiempo. Si llega una helada
no tendremos a cien mil hombres sin trabajo, deambulando
por las calles
miserablemente, o pidiendo limosna a sus vecinos,
o apiñándose ante las
puertas de detestables albergues para tratar de
asegurarse un pedazo de
pan y un sucio lugar donde pasar la noche. Cada
miembro de la sociedad
compartirá la prosperidad y felicidad general,
y si cae una helada,
prácticamente nadie estará peor.
Por el otro lado, el Socialismo
por sí mismo será valioso simplemente
porque conducirá al Individualismo.
El Socialismo, el Comunismo,
o como uno quiera llamarlo, al convertir la
propiedad privada en riqueza pública, y
al reemplazar la competencia por
la cooperación, restituirá a la
sociedad su condición de organismo sano,
y asegurará el bienestar material de cada
miembro de la comunidad. Dará a
la Vida una base y un medio adecuados. Pero algo
más se necesita para que
la Vida en su desarrollo completo, logre su más
alta forma de perfección.
Se necesita el Individualismo. Si el Socialismo
es Autoritario; si hay
Gobiernos armados de poder económico, como
lo están ahora de poder
político; si, en una palabra, llegamos
a Tiranías Industriales, entonces
la condición del hombre sería peor
que la actual. Mucha gente, en el
presente, a raíz de la existencia de propiedad
privada, puede desarrollar
un muy limitado Individualismo. Son los que no
necesitan trabajar para
vivir, o pueden elegir la esfera de actividad
que realmente se aviene a
su personalidad y les brinda placer. Son los poetas,
los filósofos, los
hombres de ciencia; en una palabra, los hombres
auténticos, los hombres
que se han realizado, y con los que la Humanidad
entera logra una parcial
realización. Hay en cambio mucha gente
que, sin propiedad privada y
estando siempre al borde del hambre, se ve obligada
a hacer el trabajo de
bestias de carga, tareas que nada tienen que ver
con ellos y a las cuales
se ven forzados por la perentoria, irracional,
degradante tiranía de la
necesidad. Estos son los pobres; no hay gracia
en sus maneras ni en sus
palabras, ni educación, cultura o refinamiento
en sus placeres, ni gozo
por la vida. La Humanidad se beneficia en prosperidad
material, con el
aporte de su fuerza colectiva. Pero solamente
el aspecto material es el
que se beneficia; y el hombre que es pobre, en
sí mismo no tiene
absolutamente ninguna importancia. Es meramente
el átomo infinitesimal de
una fuerza que, en lugar de tomarlo en cuenta,
lo destroza; en realidad,
lo prefiere destrozado, ya que de esta forma es
mucho más
obediente.
Podrá decirse, por
supuesto, que el Individualismo generado bajo
las
condiciones de la propiedad privada no es siempre,
o por lo general,
bueno ni maravilloso, y que si bien los pobres
no tienen cultura ni
encanto, tienen sin embargo muchas virtudes. Estas
dos afirmaciones
serían perfectamente ciertas. La posesión
de propiedad privada resulta a
menudo extremadamente desmoralizadora y ésta
es por supuesto, una de las
razones por las cuales el Socialismo quiere librarse
de esta institución.
En realidad, la propiedad resulta un estorbo.
Años atrás hubo gente que
recorría el país afirmando que la
propiedad genera obligaciones; la
proclamaban tanto y en forma tan tediosa que,
al final, la Iglesia
comenzó a decirlo a su vez. Se escucha
ahora desde cada púlpito. Es
perfectamente cierto. La propiedad tiene obligaciones
y tiene tantas, que
poseer propiedades resulta una carga. Genera constantes
reclamaciones,
interminable atención a los negocios, perpetuos
malestares. Si la
propiedad sólo ofreciera placeres, la podríamos
soportar; pero sus
obligaciones la hacen insoportable. En el propio
interés de los ricos,
debemos desembarazarnos de ella. Las virtudes
de los pobres pueden
reconocerse fácilmente, y mucho deben lamentarse.
Con frecuencia se nos
dice que los pobres están agradecidos a
la beneficencia. Algunos de ellos
lo están, sin duda, pero los mejores entre
los pobres nunca están
agradecidos. Están descontentos, desagradecidos,
son desobedientes y
rebeldes. y tienen mucha razón de sentirse
así. Sienten que la caridad es
un modo ridículamente inadecuado de restitución
parcial, o una limosna
sentimental, acompañada habitualmente por
un impertinente intento por
parte del sentimentalista de tiranizar sus vidas
privadas. ¿Por qué
sentir agradecimiento por las migajas que caen
de la mesa del rico?
Debieran estar sentados compartiendo la mesa,
y lo están empezando a
saber. Y en cuanto a estar descontentos, un hombre
que no lo estuviera en
ese medio y llevando tan baja forma de vida, sería
un perfecto bruto. La
desobediencia, a los ojos de cualquiera que haya
leído historia, es la
virtud original del hombre. A través de
la desobediencia es que se ha
progresado, a través de la desobediencia
y a través de la rebelión.
Algunas veces se alaba a los pobres por ser ahorrativos.
Pero recomendar
el ahorro a un pobre es a la vez grotesco e insultante.
Es como
recomendar a un hombre que se está muriendo
de hambre, que coma menos.
Sería absolutamente inmoral que un trabajador
del campo o de la ciudad
practique la frugalidad. El hombre no debiera
estar dispuesto a demostrar
que puede vivir como un animal mal alimentado.
Debiera negarse a vivir
así, y robar o pedir ayuda pública,
cosa que muchos consideran una forma
de robo. En cuanto a la mendicidad, es más
seguro pedir que tomar; pero
es más grato tomar que pedir. No: aquel
pobre que es desagradecido, que
no es ahorrativo, que está descontento
y en rebeldía, ese hombre
probablemente tiene una verdadera personalidad,
y tiene mucho dentro
suyo. De cualquier forma, representa una protesta
saludable. En cuanto a
los pobres virtuosos, uno bien puede sentir lástima
de ellos, sin duda,
pero no se les puede admirar. Han llegado a un
acuerdo privado con el
enemigo, y vendido su derecho de nacimiento por
un mal plato de comida.
También tienen que ser enormemente estúpidos.
Puedo comprender a aquel
hombre que acepta las leyes que protegen la propiedad
privada, admitiendo
que ésta se acumule, en tanto él
mismo, bajo estas circunstancias, esté
en condiciones de realizar alguna forma de vida
hermosa e intelectual.
Pero no puedo comprender que aquel a quien esas
leyes destrozan y hacen
horrible la vida, pueda estar de acuerdo con que
las mismas
continúen.
No es difícil, sin
embargo, encontrar la explicación a esto.
Es
simplemente que la miseria y la pobreza son tan
absolutamente
degradantes, y ejercen un efecto tan paralizante
sobre la naturaleza
humana, que ninguna clase tiene realmente conciencia
de su propio
sufrimiento. Debe decírselo otra gente,
y con frecuencia son
absolutamente incrédulos. Lo que dicen
los patrones acerca de los
agitadores es incuestionablemente cierto. Los
agitadores son un conjunto
de personas que interfiere, que perturba, que
llega a una clase
perfectamente contenta de la comunidad y siembra
en ella la semilla del
descontento. Es por esta razón que los
agitadores son tan absolutamente
necesarios. Sin ellos, en el estado incompleto
en que nos hallamos, no se
produciría adelanto alguno hacia la civilización.
La esclavitud se abolió
en Norteamérica, pero no como consecuencia
de la acción de los propios
esclavos, o por algún expreso deseo de
su parte para que se los libere.
El sistema fue abolido como resultado de la acción
abiertamente ilegal de
algunos agitadores, en Boston y en otras partes,
que no eran esclavos, ni
propietarios ellos mismos de esclavos, ni tenían
realmente nada que ver
con la cuestión. Fueron, indudablemente,
los Abolicionistas los que
encendieron la llama de la antorcha, los que comenzaron
todo. Y es
curioso notar que, de los mismos esclavos, no
recibieron solamente muy
poca colaboración sino ni siquiera alguna
comprensión; y cuando, al
terminar la guerra, los esclavos se vieron libres,
se encontraron tan
absolutamente libres que estaban libres para morir
de hambre y muchos de
ellos amargamente lamentaron el nuevo estado de
cosas. Para el pensador,
el hecho más trágico de toda la
Revolución Francesa no es que María
Antonieta muriera por ser una reina, sino que
el campesino hambriento de
la Vendée voluntariamente saliera a morir
por la horrible causa del
feudalismo.
Queda claro, entonces,
que ningún sistema de Socialismo
Autoritario servirá. Pues mientras bajo
el actual sistema bastante
gente puede vivir con una cierta cantidad de libertad
y expresión y
felicidad, bajo un sistema industrial cuartelario,
o bajo un sistema de
tiranía económica, nadie tendría
esa libertad. Debe lamentarse que una
parte de nuestra comunidad viva prácticamente
en la esclavitud, pero es
infantil proponer que se resuelva el problema
con la esclavitud de toda
la comunidad. Cada hombre debiera ser libre para
escoger el propio
trabajo. No debiera ejercerse sobre él
ninguna compulsión. Existiendo
compulsión, el trabajo no será bueno
para él, no será bueno en si mismo,
y no será bueno para los demás.
y por trabajo me refiero simplemente a
cualquier tipo de actividad.
Me cuesta pensar que, hoy
en día, un Socialista proponga
seriamente que un inspector visite todas las mañanas
cada casa para
controlar que cada ciudadano se levante y haga
un trabajo manual por
espacio de ocho horas. La Humanidad ha ido más
allá de esa etapa y
reserva tal forma de vida para la gente a quienes,
en una forma muy
arbitraria, elige llamar criminales. Pero confieso
que muchos de los
puntos de vista socialistas con los que me he
encontrado, parecen estar
manchados por ideas de autoritarismo, cuando no
de cruel compulsión. Por
supuesto, autoridad y compulsión, quedan
fuera de toda cuestión. Toda
asociación debe ser voluntaria. Es únicamente
en asociaciones voluntarias
que el hombre puede sentirse realmente bien.
Podrá preguntárseme
cómo es que el Individualismo, que prácticamente
depende de la existencia de la propiedad privada
para su
desenvolvimiento, pudiera beneficiarse con la
abolición de la misma. La
respuesta es muy simple. Es verdad que, en las
condiciones actuales,
algunos hombres con medios privados propios, tales
como Byron, Shelley,
Browning, Víctor Hugo, Baudelaire y otros,
han podido, en forma más o
menos completa, realizar sus personalidades. Ninguno
de estos hombres dio
un solo día de su trabajo por un salario.
Pudieron librarse de la
pobreza. Tenían con ello una enorme ventaja.
La cuestión es decidir si el
Individualismo se beneficiaría con la supresión
de dicha ventaja.
Supongamos que no existe esa ventaja. ¿Qué
le sucede entonces al
Individualismo? ¿Cómo se beneficiará?
El beneficio será
éste. Bajo las nuevas condiciones, el Individualismo
será mucho más libre, más
bello y más intenso que ahora. No estoy
hablando del gran Individualismo imaginativamente
realizado por poetas
tales como los que he mencionado, sino del gran
Individualismo real,
latente y potencial del género humano en
general. Pues el reconocimiento
de la propiedad privada ha dañado realmente
al Individualismo, y lo ha
oscurecido, confundiendo al hombre con lo que
él posee. Ha desviado
totalmente al Individualismo. Ha hecho su finalidad
de las ganancias, y
no del desarrollo. De manera que el hombre creyó
que lo importante es
tener, y no supo que lo importante es ser. La
verdadera perfección del
hombre reside, no en lo que el hombre tiene sino
en lo que el hombre es.
La propiedad privada ha
destrozado el verdadero Individualismo, y
establecido un Individualismo que es falso. Ha
prohibido a una parte de
la comunidad alcanzar su individualidad, haciéndola
morir de hambre. Ha
prohibido a la otra parte de la comunidad llegar
al Individualismo,
colocándola sobre un camino erróneo
y poniéndole obstáculos. En realidad,
la personalidad del hombre ha sido tan completamente
absorbida por sus
posesiones que la ley inglesa trata las ofensas
contra la propiedad de un
hombre con mucha más severidad que las
ofensas contra su persona, y la
propiedad es todavía la prueba distintiva
de completo derecho cívico.
También muy desmoralizadora es la industria
necesaria para hacer dinero.
En una comunidad como la
nuestra, donde la propiedad confiere inmensa
distinción, posición social, honor,
respeto, títulos y otras agradables
cosas semejantes, el hombre que es naturalmente
ambicioso, hace suya la
meta de acumular esta propiedad, y sigue tediosamente
acumulándola largo
tiempo después de haber conseguido mucho
más de lo que desea, o puede
usar, o gozar, o quizás aún conocer.
El hombre se matará trabajando a fin
de asegurarse propiedades y, verdaderamente, considerando
las enormes
ventajas que trae la propiedad, uno no puede sorprenderse.
Lo que uno
puede lamentar es que la sociedad esté
construida sobre bases tales que
el hombre se vea encasillado sin poder desarrollar
libremente todo lo
maravilloso, fascinante y exquisito que hay dentro
suyo; con lo cual, en
verdad, pierde el verdadero placer y alegría
de vivir. Se encuentra
también muy inseguro bajo las condiciones
existentes. Un comerciante rico
puede estar -a menudo lo está- en cada
momento de su vida a merced de las
cosas que no quedan bajo su control. Si el viento
sopla demasiado, o si
el tiempo cambia de repente, o si sucede algo
trivial, su barco se puede
hundir, sus especulaciones pueden fallar, y se
convierte en un hombre
pobre, con una posición social que se le
fue. Nada debiera poder dañar a
un hombre más que él mismo. Lo que
un hombre tiene realmente, es lo que
está dentro suyo. Lo que está afuera
no debiera tener
importancia.
Con la abolición
de la propiedad privada tendremos, entonces, un
verdadero, hermoso, sano Individualismo. Nadie
perderá su vida en
acumular cosas y los símbolos para las
cosas. Se vivirá. Vivir es la cosa
menos frecuente en el mundo. La mayoría
de la gente existe, eso es
todo.
Barrio proletario de Londres.
*imagen: Puni
"La perspectiva Liteni en Petrogrado" |