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mayo-2007
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

CURIOSIDAD VIRTUAL
HISTORIAS

Cuba, los nuevos tiempos

Santiago Alba Rico

extraído de: Diagonal

La verdad es que en los últimos 45 años España ha
cambiado muchísimo y Cuba, en cambio, muy poco. Basta la mirada más
superficial para tener que avenirse a este hecho incontestable y extraer
las conclusiones. ¿Cuáles son? Una sobre todo: la verdad es que España,
que ha cambiado mucho en los últimos 45 años, ha avanzado poquísimo y
Cuba, porque ha cambiado muy poco, ha avanzado muchísimo. Mientras que
España, ex-potencia colonial, renunciaba definitivamente a su
independencia y soberanía aceptando un neofranquismo jovial, una
rendición en color, un candado fosforescente, Cuba aguantaba una
invasión, un bloqueo, la existencia de la Unión Soviética, la ausencia de
la Unión Soviética, el terrorismo incesante de los EEUU para conservar
inalteradas hoy, casi cinco lustros más tarde, las condiciones del libre
movimiento y la autodeterminación democrática. Cuba ha sacrificado 45
años, pero no los ha perdido; España ha perdido 45 años (o 450) porque
nunca ha estado dispuesta a sacrificar otra cosa que su conciencia.
España se deja cambiar; Cuba no. España se siente satisfecha de que la
cambien a la fuerza; Cuba se siente a veces cansada del largo esfuerzo
para que no la cambien.
En un libro tan bello como olvidado, Huracán sobre el azúcar,
Jean-Paul Sartre escribía sobre su visita a Cuba apenas 18 meses después
de la revolución: “Cada uno de sus progresos puede resultarle fatal, pues
en cada uno de ellos afirma su irreductible voluntad de independencia. En
consecuencia, el peligro proviene de sus mejores obras y crece con su
mejoramiento; es una carrera contra el reloj”. Era marzo de 1960 y en el
puerto de La Habana acababa de estallar el barco francés La
Coubre, pero Sartre sólo podía adivinar temeroso la invasión de Bahía
de Cochinos y el bloqueo estadounidense, que aún no habían descargado su
furia contra Cuba. La revolución cambió radicalmente el país en 1959 y se
negó luego a cambiar ese cambio; y por cada cosa buena que se desprendía
de él, por cada “mejoramiento” social –como decía Sartre- recibió y sigue
recibiendo un golpe. Es hasta tal punto difícil aceptar semejante
derrotero moral que incluso algunos izquierdistas europeos han acabado
por asociar un castigo tan gratuito y brutal a un pecado interno, pero lo
cierto es que la agresión contra Cuba –contradiciendo todos los
principios pedagógicos- es tanto mayor cuanto mejor se porta la
revolución. Lo que a EEUU le gustaba de Pinochet, de Videla, de Somoza,
de Marcos, de Suharto, del Sha de Persia, del régimen sudafricano del
apartheid; lo que le gusta de Musharraf, de Mohammed VI, de Mubarak, de
Abdalah, de Uribe –y por lo que les recompensa- es que producen pobres,
enfermos y cadáveres (y muchos canallas). Lo que a EEUU no le gusta de
Cuba, y ese es el único motivo de todas sus represalias, es que sea el
único país de Latinoamérica sin desnutrición infantil, el único que da de
comer a toda su población, el único sin analfabetos, el único que no
mendiga, el único que no duerme en la calle, el único que cura todas las
enfermedades curables, el único que investiga las incurables, el único
cuya fuerza laboral está compuesta de un 60% de bachilleres o
universitarios, el único en el que un ministro y un conductor de autobús
discuten en pie de igualdad, el principal exportador del mundo de alivios
médicos, el principal exportador del mundo de instrucción escolar, el que
tiene menos prostitución, el que tiene menos corrupción, uno de los que
menos inmigrantes desplaza al exterior y, no por casualidad, el que
produce menos canallas y más conciencias del planeta. El monótono y
criminal bloqueo aplicado contra Cuba desde hace 45 años es una
estrategia para impedir estos “mejoramientos” pero también es una forma
de castigarlos: un niño sin hambre, un niño sin frío, un niño curado
–salvo que enriquezca a la Roche y empobrezca a cien mil- es un pecado
intolerable contra el proyecto moral de los EEUU y debe ser
inmediatamente expiado por todos los medios. Allí donde las palabras
independencia, seguridad, igualdad, derecho, significan algo; allí donde
un niño tiene arroz, un obrero lee a Lezama Lima y un ciego vuelve a ver
gratis, inmediatamente se arma un ejército contra ellos y cien moralistas
de la prensa –en Madrid y en Nueva York- le invitan a disparar.
Quien no ha cambiado nada en los últimos 45 años, si se piensa bien, es
EEUU. La verdad de Cuba, a la que no debemos ceder -aunque sí ajustar-
nuestro espíritu crítico, es esa “carrera contra el reloj” de la que
hablaba Sartre y que convierte cada medida del gobierno revolucionario en
una “réplica”. Comer sin ellos, sanar sin ellos, reír sin ellos, leer sin
ellos, escribir sin ellos es socialismo; comer, sanar, reír, leer y
escribir contra ellos es todavía una dependencia. Pero sobre el
horizonte de esta dependencia, Cuba ha avanzado mucho en los últimos 45
años. Los cubanos, decía Sartre en 1960, tienen “la urgencia de los
tomates y las plantas eléctricas” y mucho menos “la de las
instituciones”. Esa urgencia se mantiene aún hoy y para satisfacer sus
demandas –lo confieso- quizás estaría dispuesto incluso a aprobar con
frívola distancia una “militarización” de la producción, pero
precisamente por eso no puedo dejar de agradecer, con la misma frívola
distancia, la milagrosa fortaleza de la revolución cubana, que se ha
querido conceder un margen de independencia formal mayor del que la
amenaza real habría justificado. Con retrocesos, rectificaciones y
vaivenes, lo cierto es que la revolución cubana se institucionalizó
también; en los años setenta se dio una Constitución, un Parlamento,
elecciones formalmente mucho más participativas que las nuestras;
corrigió su política homofóbica, al contrario que la mayor parte de los
países de la región, incluidos los EEUU; superó la esclerosis cultural de
los años grises y ha desentumecido su cultura y su prensa, de un
modo quizás todavía insuficiente, pero tanto al menos como para no
recibir lecciones de El País y sus editoriales sobre Haití o Venezuela o
de Javier Marías y sus indigestiones egocéntricas. En nombre de “la
carrera contra el reloj” y la “lucha contra el terrorismo”, Cuba habría
podido imponer con más legitimidad que Bush una dictadura y no lo ha
hecho porque ha sabido en todo momento que defender la revolución era
defender la democracia, un grado menos quizás de la que habrá sin
ellos pero un grado más de la que su presión permite.
A veces la izquierda europea, en los últimos años, no ha sabido seguir a
Sartre; ahora se le ofrece la mejor oportunidad histórica para rectificar
su posición. Minoritaria, aislada, dividida, la izquierda europea puede
seguir blandiendo una idea contra la isla en la que fructificó su
semilla y enhebrando palabras contra el único país donde significan algo.
Hay once mil especies de plantas y animales amenazadas de extinción que
desaparecerán en los próximos treinta años, pero es incalculable el
número de ideas y palabras que ya han desaparecido. Las palabras, como
los animales, necesitan un medio ecológico concreto para desarrollar sus
funciones, reproducirse y transformar favorablemente el entorno.
Periódicos como Diagonal o Rebelión son pequeños
microclimas donde esas palabras se conservan un poco artificialmente;
pero nuestros periódicos alternativos, como nuestras ranas, no lo
olvidemos, están siempre en peligro de extinción. Una palabra necesita un
país para significar algo y toda la tierra para significar mucho. Cuba ha
cambiado poco y avanzado mucho en 45 años de resistencia y hoy
precisamente se revela hasta qué punto ha sacrificado, pero no perdido,
ese tiempo. Lo ha ganado para todos; con esa idea y algunos errores ha
construido heroicamente el muro donde ahora todos podemos apoyarnos.
Gracias a que Cuba se mantenía ahí, como una salud latente, como una
planta agarrada a la roca a la espera de un clima nuevo, cuando Bolívar
volvió a Venezuela tuvo también donde agarrarse; y cuando la Pachamama
volvió a Bolivia tuvo también donde agarrarse. Resulta que Cuba, porque
no cambió, seguía por delante de todos y es de nuevo el comienzo de todo.
Cuba aguantó pequeñita, arrinconada, imprevisible, para que Latinoamérica
renaciente tenga hoy un asidero donde fecundar su esqueje. Sería
ingratitud, además de estupidez, rechazar ese hombro.

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