El As Enemigo. Guerra en el cielo
Norma ha publicado la continuación de las aventuras de Enemy Ace, cómic dibujado en los años 60 por Joe Kubert, con guión de Bob Kanigher, conocido en España como El Barón Rojo y publicado en forma de álbum por Toutain en 1984.
En la nueva revisión, con guión de Garth Ennis y dibujo de Chris Weston, Christian Alamy y Russ Heath, han transcurrido más de dos décadas desde que terminara la Primera Guerra Mundial. El Rittmeister Von Hammer es un cuarentón que vive alejado del mundo en su castillo; tan alejado, que permanece ajeno a la Segunda Guerra Mundial. Un antiguo compañero le convence para que se reincorpore a la Luftwaffe al mando de una escuadrilla, en el frente ruso.
Valorar el dibujo es relativamente sencillo (incluso para alguien como el que suscribe, cuyos mayores ídolos son Doucet, Burns, Bagge o Pratt): basta con decir que es muy inferior al de Kubert. A causa del guión, pero sobre todo a causa de su representación gráfica, el nuevo Barón Rojo es mucho más simpático que el anterior, es menos duro, indeciblemente más blandengue; y, encima, facialmente es difícil distinguirle del resto de los personajes. Para compensar esta grave carencia, los dibujantes nos obsequian con una sucesión de duelos aéreos con los que los que nos pirramos por los aviones antiguos vamos a disfrutar, aunque no se entienda nada de lo que sucede (a diferencia, de nuevo, de los combates de Kubert, que conseguía asombrosamente transmitir las maniobras que hacían los aeroplanos en su imaginación). En este sentido, no puedo dejar de pensar que Guerra en el Cielo me recuerda mucho a las continuaciones que han sufrido Blake y Mórtimer, los personajes de Edgar P. Jacobs, con unos dibujos ambiciosos que pretenden ser brillantes, pero que no consiguen, en mi opinión, mejorar al original.
Pero volvamos al meollo, y al asunto que me interesaba comentar en esta reseña: el guión y sus implicaciones.
Entre las vivencias del barón Von Hammer que se nos relatan, nos encontramos con que éste termina asqueado de la guerra (de nuevo, tras todo lo que pasó a partir de 1914), después de contemplar cómo los habitantes de Leningrado, acuciados por el hambre, practican el canibalismo (lo que aparece reflejado en una viñeta realmente horrible, por lo mal y vulgarmente dibujada que está). El propio Von Hammer resume con una moraleja superficial esta primera parte del cómic: no es que él esté en el bando equivocado, como pensaba en un principio, sino que no hay un bando válido en el que militar.
Aquí se presenta el primer agravio histórico que me ha cabreado de la narración. No comprendo muy bien a qué se refiere el guionista con esta reflexión, porque en el frente oriental las atrocidades las cometían los alemanes, no los soviéticos (me viene a la cabeza la anécdota que contaba un ex-combatiente de la División Azul, abuelo de un amigo: cuando necesitaban leña para calentarse, en lugar de cortar las ramas de un árbol, tiraban una granada contra una cabaña de rusos: era más cómodo recoger los restos de los tablones que sudar con el hacha; eso sin contar los fusilamientos de civiles, violaciones, torturas, etc., que sufrió el pueblo soviético). El hecho de que se ponga en duda no la guerra en sí, sino las motivaciones de los rusos para defenderse, resistir y combatir, hace que uno comience a sospechar del americanismo del guionista (aunque él no sea estadounidense).
Sospecha que se materializa definitivamente en la segunda parte. Von Hammer ha sido ascendido, y él y su escuadrilla han sido trasladados a Alemania, para defender Munich. El Barón Rojo es derribado sobre un campo de concentración, donde queda impactado por los horrores que allí tienen lugar. Este hecho también me hace reflexionar, y la paranoia que sufro me lleva a pensar que existe alguna norma impuesta por los editores de libros y de cómics y por los productores de cine norteamericanos que obliga a los autores a sacar en sus obras la tragedia del holocausto aunque para ello haya que forzar la trama. Algo parecido a la noticia que acabo de oír en el Telediario de que la Asociación de Víctimas del Terrorismo considera que su dolor y su valeroso papel no está suficientemente magnificado en los medios de comunicación (¡!).
Así que el Rittmeister descubre el genocidio judío (antes no tenía noticias de él, faltaría más), ante el cual todos sus motivaciones se derrumban (cosa que sería inconcebible en el personaje original de Kubert). Tanto es así que planea rendirse a los americanos, y arenga a sus hombres para que se unan a él.
Así se presenta la falsificación histórica definitiva del cómic. Los americanos, redentores de Europa, son presentados como los portadores de la esperanza y de la paz frente al horror del holocausto y la imbecilidad criminal de los nazis. Dudo mucho que ningún alemán, por muy asqueado que estuviera del partido nacionalsocialista, considerara como salvadores a los criminales (sí, éstos también) que bombardearon ciudades sin ningún interés militar como Dresde, sin el más mínimo respeto por la vida de los civiles (cosa que luego EEUU repitió y ha repetido en Japón, Corea, Vietnam, Nicaragua, El Salvador, Irak...). Si alguien quiere hacerse una idea de lo majos que eran los yanquis y del estado de ánimo de los alemanes en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, que eche un vistazo al Matadero Cinco de Kurt Vonnegut o al Norte de Louis-Ferdinand Céline. Lo que aparece en estas novelas es algo que, evidentemente, no va a salir nunca en un cómic de la DC.
Toda esta diatriba viene a cuento de que necesito explicar y justificar el argumento final con el que quiero terminar esta reseña. No me gusta el cómic mainstream norteamericano porque apesta. No sé si sigue directrices explícitamente dictadas por los editores, o es que simplemente los guionistas tienen interiorizado hasta la médula el espíritu fascista capitalista que destilan estas obras. El caso es que, políticamente, se empeñan en falsificar la historia de forma burda, mientras que éticamente transmiten una serie de valores (sobre todo a través del cómic de superhérores) que me aberran hasta decir basta; valores materializados en la superioridad moral de unos individuos que, aún siendo imperfectos como los personajes de Watchmen, se sitúan por encima de la sociedad, ante la que adoptan una actitud paternalista, severa y/o dictatorial; sociedad que es invariablemente retratada de forma negativa, concebida como una masa (al más puro estilo de Ortega y Gasset) de estereotipos, formada por criminales egoístas y malvados, entrañables ancianitas wasp que mueren salvajemente asesinadas, o pobres y heroicos chavales negros que colaboran con el sh de turno en su lucha contra el mal (al estilo de Ébano en Spirit). Maniqueísmo a raudales cuyo germen está, indudablemente, en el Enemy Ace primigenio o en la obra de Eisner, pero que en estas obras aparece distorsionado y risible, igual que en el Spiderman de Peter Bagge, que desnuda magistralmente un género acabado y profundamente conservador.
Para concluir: a pesar de todo lo dicho, me volvería a comprar El As Enemigo. Guerra en el cielo. Podéis llamarlo masoquismo, o deformación profesional malsana (pienso guardar este cómic como un valiosísimo documento de propaganda política y tergiversación histórica, entre los Doce puntos de la Falange y los textos del Fondo Monetario Internacional). Pero en el fondo, lo que más me impulsa a conservarlo es esa neurosis pequeño-burguesa que me aqueja, el espíritu completista (si tengo la primera parte, no me puede faltar la segunda, aunque sea mala y no la haya producido el autor original). Sin acumular ordenadores antiguos y cómics mentirosos, ¿qué sería de nosotros, tristes ciudadanos gobernados por Esperanza Aguirre?.
j.f.
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