LA MATANZA MECÁNICA

 

No hace muchos años Vuestro Humilde Narrador se encontraba alegremente en una de esas infectas fiestas comarcales que se organizan todos los veranos en una fea localidad madrileña, entregado al apasionante deporte de masacrar en los autos de choque a toda la panda de paletos borrachos y sifilíticos que tienen a bien encontrarse en tales lugares. Merced a mi abrumante superioridad sobre la pista forjada a base de años de practicar la ultraviolencia sobre tales individuos y jamás haber sufrido daño alguno, un exceso de confianza me hizo bajar la guardia más de la cuenta y un paleto feo y greñudo, sin duda veterano en estas lides, aprovechó el momento para sacudirme de frente y empotrar mi carro contra la esquina contraria, no sin antes mentarme a la madre y dedicarme gestos obscenos de muy mal gusto que no eran de recibo. Traté de no perder la calma, pero sabía lo que significaba quedarse atrapado en una esquina con una pista llena de palurdos embriagados sedientos de venganza...

Cual aves carroñeras se lanzó hacia mí un siniestro grupo de hombres cejijuntos y hercúlea musculatura campestre mientras la guarra de turno (absolutamente borracha en el asiento del copiloto) les jaleaba con chillidos ininteligibles y verborrea procaz al uso. Al principio me confié, al ver que uno de los coches me ignoraba y seguía su camino, pero pronto dejé de confiar del ostiazo que me pegaron por detrás cuatro autos a la vez. Tras cuatro horas en ese plan, magullado, sin sentido y con plena conciencia de que pronto iba a morir, no acerté a ver que una figura angelical salía de entre las sombras encaramado al palitroque de un auto y se acercaba... Se acercaba...

Con agilidad felina y un sentido del equilibrio ajeno al ser humano aquel hombre llegó hasta mí. "No te preocupes, hijo, te sacaré de ésta..." Un par de hábiles volantazos suyos bastaron para salir del infierno de la esquina y poner rumbo hacia la salvación...

No tuve tiempo de darle las gracias porque allá que se fue, sin duda a rescatar a otros viajeros en apuros; o tal vez a redirigir el flujo de carros, alterado por algún insensato que se ha metido en dirección contraria... Y en aquel momento lloré porque comprendí que el hombre que me había salvado la vida aquella noche era el jincho misterioso y solitario que aparece en todas las pistas y que tantas y tantas veces se había encaramado a la parte trasera de mi carro y que tantas y tantas veces yo había intentado derribar... Aquel hombre era el macarra contratado por la organización que mantiene el orden en la pista mientras con una mano se agarra al palitroque del coche y con la otra maneja el volante de los conductores inexpertos atrapados en una colisión múltiple en mitad de la pista... A ti, impagable macarra de fiesta pueblerina: ¡¡¡gracias!!!!

 

Dirk Diggler