DESTRUYENDO A ENRIQUE
En un momento en el que el sexo es con condón y existe el sida hay que hablar del esperma
Una imbecilidad tan grande sólo podía salir de uno de los cuarentones más engañabobos y respetados del rock que existe en el país del ladronicio recalcitrante: Enrique Bumbury. Es tan estúpida ésta y otras ocurrencias de este individuo que un mono borracho recitando haikus tendría más gracia y consistencia.
Este ser humano realmente se sabe bien las reglas del juego y las usa para medrar a lo largo y ancho de hoteles, conciertos y barras de bar, ganando dinero a espuertas pero disculpándolo con soflamas relacionadas con su prodigiosa (disculpa que me ría) vida interior. Toma, como Richard Gere. Si es que ser millonario en un sistema que perpetúas a través de la basura que produces no es tan malo, incluso es una genialidad. Contra tipos como este se levantaron los Sex Pistols, que por lo menos reconocen que hay que sacar pasta del caos. Pero lo divertido es que Enrique no produce caos, sino rutina: canta sobre cositas que sólo un drogadicto con problemas graves de personalidad puede entender, o suelta panfiladas que sus adormecidos fans beben con delectación. Y se cree el gañán que vive al filo.
Aquí hay más de un punto de comparación con los métodos del puto Bono, el tragón de los U2. Pero el ex cantante de Héroes del Silencio gana por goleada al enano irlandés, porque una cosa es convencer a muchos borregazos y otra es tener cuatro acólitos en la piel de toro, donde la gente siempre le ha gustado más tocarse los cojones en público y mandar los refinamientos a tomar por el orto. Que el amargado poeta haya conseguido un séquito fiel que le mantiene la cartera caliente es el único logro que se le puede atribuir al incomprensible oriundo de Zaragotham. Y es que Bunbu es una de las personas que más ha estado trabajando para que traguemos con el rodillo cultural de lo inamovible que sufrimos hablando de autenticidad, poniendo (para él y sus colegas subvencionados) las cartas sobre la mesa y diciendo las cosas "valientemente" y "a la cara", pero todo el rato embadurnando su confuso discurso de un barniz espiritual en el que, rascando un poco la superficie, acaba desvelándose la nada más absoluta, la destrucción del cerebro como ente pensante (querrá que todos tengan tapioca en la quijotera como él) y la prolongación del artista encumbrado-haga-lo-que-haga y sin ofrecer nada más que ideas de bombero. No hablo de las cacas en formato CD que elucubra y que algunos críticos a sueldo llaman música porque éste es un hobby que sólo disfruto cuando es totalmente original. De verdad que no me apetece bostezar escuchando cualquiera de sus óperas rock.
Pero Quique no es el único pelafustán de izquierdas que se aprovecha de este Nuevo Mundo que nos han creado y que la Kultura Oficial mantiene a sangre y fuego. Ahí tenemos a Arturo Pérez Reverte, Christina Rosenvinge o Fernando León, cada uno en la suyo, con la palabra "autenticidad" sin apearse de sus boquitas de piñón; trabajando "desde abajo" y sudando la camiseta como el que más; y sin ningún tipo de talento, sólo recursos (de todos). Si Kurt Cobain, personaje mucho más importante para unas cuantas cosas que no viene al caso enumerar aquí, no pudo aguantar la presión de saberse un sinvergüenza y se pegó un tiro, qué no deberían hacer estos vendedores de motos si se vieran como les ve la gente de verdadero talento. Como dice un famoso dicho popular: "un tonto atonta a ciento si le dan lugar y tiempo". Adeu.
El gebi de mi pueblo
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