Cosas que hacer en Atenas cuando no se trabaja
El miércoles pasado me encontraba en Atenas por motivos de trabajo, cuando me crucé por la calle con un cartel del que no entendía nada salvo el nombre de un grupo de música y la fecha. Era un cartel de un concierto de reggae. Efectivamente era miércoles 2 de noviembre. En uno de esos pensamientos de "hoy o nunca", arranqué el cartel –estaba claro que no podía ponerme a copiar los caracteres griegos para preguntar dónde era el acontecimiento- y me lo llevé a la reunión de la tarde.
Nuestras colegas griegas me comentaron que el concierto era en una especie de centro cultural de las "afueras" de la ciudad, que lo mejor sería coger un taxi, y que comenzaba a las 20.00. ¡Perfecto! Ya tenía plan para esa noche.
Siempre que estoy de viaje pienso en que me encantaría encontrarme con el concierto "de mi vida", y así cuando estuve en Vancouver el verano pasado me tiré horas en internet investigando quién tocaba en los días en que yo estaba por ahí. Lo mismo cuando bajé de Vancouver a Seattle. "Imagínate que tocan por casualidad Luscious Jackson, o Veruca Salt, o Sonic Youth", pensaba… gente a la que sabes que no verás por Madrid porque se han disuelto, y lo único a lo que puedes aspirar es a un concierto de conmemoración de la marca discográfica, como el de las Breeders (en su formación original) de Londres el noviembre pasado. Este de Atenas prometía…
A las 18.15 salí del hotel en dirección al lugar donde sería el concierto, caminando a lo largo de la calle Pireos que sale de la plaza de Omonia hasta el número 254. En qué momento comencé a pasar miedo, ya no lo puedo decir, pero esta calle que lleva al puerto de pronto deja de ser la avenida de barrios residenciales –residencial en el sentido de que hay bloques de viviendas-, para ser una especie de M-30 mal iluminada, con aceras de veinte centímetros, donde, para el/la que no haya estado en Atenas, los coches encuentran su lugar perfecto para aparcar. Esto significa que tienes que bordear el coche aparcado en la acera, invadiendo la calzada por donde pasan motos, coches, camiones y otros medios de transporte no identificados a toda pastilla. Tras pasar cinco gasolineras, descampados, estaciones oscuras de tren suburbano y algún que otro concesionario de camiones, llegué al lugar del concierto, una hora y media más tarde de haber salido, y con el espíritu aún intacto. Con mi habitual impertinencia le dije al tipo que vendía las entradas que eran "un poco caras, ¿no?", -como si él hubiese fijado los precios-, pero soltar 35 Euros después de haber arriesgado mi vida me parecía un desmadre moral.
Cosas que tiene no conocer el idioma local e ir sola a un concierto (no es la primera vez, por cierto, cuando estuve viviendo en Bruselas me fui a ver entre otros a los Fun Loving Criminals): las esperas se hacen la-a-a-a-rgas, y lo único que te queda es Observar (así, con O mayúscula) hasta que se abren las puertas del local. Y qué diferentes son los públicos en España. Un concierto de reggae estaría lleno de jóvenes rastafaris, de skatalíticos, incluso de grunges bebiendo, fumando, charlando, riendo. Aquí estaba la mayoría vestidos de domingo, las tipas con tacón de aguja incluido, maquilladas hasta los topes, y con esos tops veraniegos que dejan los riñones y la tripa al aire. Y comenzaba a hacer un frío…. Mayoría masculina, de entre 20 y 35 años, moteros, y, sorprendentemente, incluso familias. Padres y madres con sus hijos e hijas adolescentes (¡qué modernos!). Pocas camisetas o sudaderas con la bandera jamaicana, sólo algún que otro gorro estilo reggae de rastas adolescentes. Ni un peta, ni un aroma a auténtica marihuana, ni un grupo con su cargamento de litronas (o equivalente). Nada de merchandising, nada de pins, nada de nada para llevarte de vuelta como recuerdo, como prueba fehaciente de que has estado ahí.
Pues así estuve Observando una hora a la intemperie, en pleno entorno campestre, y con una brisa fresca que quitaba el aliento. Y ya por fin, a las nueve abren las puertas y vamos entrando. Pues da la casualidad que justo el jefe de la supervisión de la entrada al recinto da la orden de romper las entradas cuando me toca entrar a mi. Le digo que por favor, que vengo de España y que quiero conservar la entrada, y me dice que bueno, que corta ¾ de la entrada en mi caso. En ese momento me pregunto "¿por qué le habré dejado al tipo de la cazadora verde pasar delante de mí?", igual ahora tendría la entrada entera… o igual no.
Entro, me siento en uno de los laterales del recinto cubierto por una carpa, y Observo la gente que va entrando. A la mayoría ya les tenía fichados de la espera anterior. Se va llenando la sala. Y otra que hora pasa. Yo pensando, "madre mía, se está haciendo tarde, espero que esto no termine demasiado tarde, a ver cómo me vuelvo yo al hotel después". Por fin sale el DJ, y comienza a pinchar música. Nada, la gente que permanece impertérrita, sin moverse, sin bailar. Seguro que si yo estuviese en grupo ya habría comenzado a balancearme, al menos para entrar en calor, pero estando sola, me veía un poco ridícula, así que permanezco sentada en lo que parecen ser los asientos más codiciados de la carpa. La masa se moviliza cuando suena Pump It, la versión a lo Black Eyed Peas del Misirlou de Dick Dale. Esto ya comienza a parecer una rave pero sin drogas. Yo me levanto y tomo posición.
A las diez salen a escena por fin, ¡The Wailers!. Después del saludo habitual para calentar al público, el cantante se quita la camiseta, y he aquí el toque populista, debajo viste la camiseta de la selección griega de fútbol… la audiencia enloquece. "Natural Mystic" abre la sesión, y sí, uno se siente parte de un misticismo especial en ese momento. Creo que es el primer concierto en mi vida en que me he sabido todas las canciones, y parece que cantadas en directo llegan más, tienen más significado, cobran sentido, las imaginas, sigues la historia en la mente. "Redemption Songs y " No woman, No Cry", fueron especialmente emocionantes. Dice Redemption Song:
Emancipate yourselves from mental slavery
None but ourselves can free our minds
Have no fear for atomic energy
Cause none of them can stop the time.
How long shall they kill our prophets
While we stand aside and look
En los tiempos que corren parece que estas estrofas estén escritas anteayer, tan vigentes que apelan a nuestro sentido común para hacer algo al respecto. Que no se quede en un simple eslogan, que agite la conciencia de los que las escuchan…
Perfecta combinación de canciones más movidas con otras de ritmo más suave, para dar tiempo a la gente a retomar el aliento. Los coros de las dos tipas que les acompañan, perfectos también. Personalmente al técnico de sonido me lo cargaba en un segundo, no puede ser que el micro del cantante se acople cada quince minutos, porque no estamos en un concierto de aficionados, estos tipos en el escenario son una eminencia, y no se pueden permitir cagadas. Pero estamos todos vibrando de emoción, y qué más da, si estamos tod@s cantando. Hasta que se posiciona detrás de mí un tipo bastante bebido que no deja de lanzar el grito de guerra de "Rastafari"; si al menos lo dijese al ritmo de algo se lo perdonaríamos, pero llegó un momento en que resultaba molesto. Afortunadamente encontró un sitio donde lanzar su proclama un poco más adelante, menos mal… Y mientras seguíamos con:
I wanna love you
I wanna love and treat you right
I wanna love you every day and every night
(Is this love)
...
Dos horas de reggae más tarde cantaron "No woman no cry" que cerraba el concierto, a sabiendas de que el aforo estaría coreando hasta el infinito.
My feet is my only carriage
So I've got to push on through
(No woman no cry)
Y yo que miraba el reloj y pensaba que las doce era buena hora para irse recogiendo, a pesar de que faltaban por salir Asian Dub Foundation. Me perdonarán uds. si me marché antes de que saliesen a escena, sabía que si me quedaba un poco más, me quedaría enganchada y tendría que verles hasta el final. Me preocupaba no poder volver al hotel si más tarde no encontraba un dichoso taxi.
Pues como yo, alrededor de cien personas debieron pensar lo mismo, ya que salieron en desbandada hacia la carretera principal en busca y captura de un taxi. Evidentemente tardé en torno a media hora en coger uno, y lo raro es que se me acercaban taxis que estaban llenos de gente… ¡qué raro!. Hasta que entendí que se podía compartir... así que al siguiente que se me acercó le dije que iba en dirección de Omonia y me subí a un taxi con otros tres chavales (menos mal que eran jóvenes y parecían inofensivos). El trayecto lo hicimos en silencio, yo iba partida de la risa, porque me parecía una situación tan atípica que en ese momento no se me ocurría nada que decir. Y finalmente el taxi paró en la plaza, cada uno pagó su parte y yo me fui caminado al hotel, pensando en lo que había visto y escuchado, y sintiéndome un poco más afortunada que mis colegas de curro.
Super Nena Cactus
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