JEVERO

RESERVA FLUVIAL

Guadancil, Rivera de Acebo….., para nosotr@s, l@s aceban@s, simplemente Jevero. Etimológicamente desconocemos el significado de este topónimo que ha marcado y sigue marcando el destino de esta localidad y de sus gentes.

                Jevero nace en las Cabezas de la Cervigona, imponente salto de agua, entre cuyos riscos y paredes de pizarra anida uno de las pocas águilas reales que habitan en Sierra de Gata. En otro tiempo se aprovechó este gran desnivel para canalizar el agua y hacerla descender con gran fuerza; para que pudiese poner en marcha las dinamos de la mini central eléctrica que se construyó a sus pies y que sirvió para suministrar luz a unos pocos municipios de los alrededores.
 

       


                Pero Jevero, y más concretamente sus aguas servían para regar infinidad de huertas, olivares, prados y pequeñas plantaciones hortofrutícolas que suministraban una gran cantidad de alimentos. Éstos eran especialmente codiciados en otros lugares por su gran calidad.

 


                La fuerza del líquido elemento también proporcionó una energía que movía las pesadas piedras de los molinos aceiteros y cerealísticos que flanqueaban su curso, y de los que tan sólo nos quedan pequeñas ruinas de lo que antaño fue la mayor industria de este municipio.












 

                La construcción de un embalse para suministrar agua potable a varias poblaciones de Sierra de Gata destruyó uno de los paisajes más bellos que se podían encontrar en Acebo, las Vegas, con ello se enterró buena parte de los recuerdos de un gran número de vecinos que, si el tiempo lo hubiese permitido, habrían hecho de esta zona un pequeño enclave rural.


               
Su imponente cauce de aguas puras y cristalinas, especialmente rudo con el deshielo primaveral, es vadeado por una serie de pontones y puentes que permitían un tránsito humano y comercial que de otra manera habría sido imposible. Algunos de estos puentes fueron construidos en el medioevo, como sucede con el puente de de la Calzada; los demás datan de unas épocas más recientes, puente de Carreciá, puente de Carregata, Puente carretera de Ciudad Rodrigo.















                Con la llegada del estío sus aguas cristalinas alivian los calores de unos veraneantes, que procedentes de todas las regiones de España regresan a El Azevo, así se denominaba a esta localidad en la Edad Media, con el objeto de realizar un ejercicio de flashback que les permita recuperar un tiempo pasado y unos recuerdos que ya desgraciadamente no volverán. Buena parte de los veranos, los primeros emigrantes y los descendientes de éstos, los disfrutaban haciendo grandes moragas, merendolas y barbacoas en los chiringuitos de este río; a nuestra memoria vienen los ya desaparecidos chiringuitos de Justulino y del Tuto, en los que la intensidad del fuego de las moragas luchaba contra el ocaso estival.







Pero nuestro río, aparte de haber servido para que varias generaciones de aceban@s y de descendientes de ést@s hayan aprendido a nadar en sus piscinas naturales (Pozo del tío Borracho, Jevero, Carreciá, Gillena, Sepultura, etc….), también es un gran paraíso faunístico; donde uno puede contemplar una biodiversidad difícil de encontrar en otras zonas rivereñas. Truchas, barbos, bogas, bordallos, lagartos de agua, tortugas, tritones, salamanquesas, culebras de agua, y un largo etc. forman parte de la cadena alimenticia de mamíferos, herbívoros y de ciertos depredadores que acuden a su cauce para saciar su sed.














Los seres humanos también encontraron entre sus aguas una fuente de alimentos que sirvió para enriquecer la cultura gastronómica acebana. Pescados con los trasmallos y con ciertas hierbas como: el ambui, el torvisco, o el guardalobo; las truchas,  las bogas, los barbos etc. sirvieron para realizar platos como la napoleá; o para degustarlos fritos en ciertos bares del pueblo, por desgracia ya desaparecidos, El Cordobés, Los Cazadores.

Este río, subafluente del Alagón y por ende del Tajo, enriquece su caudal de infinidad de manantiales y de otros riachuelos, más bien arroyos, como: El arroyo Jocino, el arroyo Linar, el Arroguijo, el arroyo Cail y el arroyo de la Barquera. Todos aportan unas aguas puras y cristalinas; por ello cuando en junio de 2008 desde la Comunidad Económica Europea no se recomendaba el baño en sus piscinas naturales a tod@s los aceban@s parecía que nos habían herido en los más profundo de nuestro Ser. El tiempo ha colocado las cosas en su sitio y es ahora la Junta de Extremadura quien ha decidido premiar la gran calidad de las aguas de este pequeño-gran río y de todo su entorno, otorgándole la distinción de Reserva Fluvial.

Evocando el título de aquella película del año 1992 de Robert Redford, Jevero es simplemente para nosotr@s, l@s aceban@s, El Río de la Vida.

Jesús Carlos Rodríguez Arroyo

 
 



?>