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FOLERPAS 2006


Bibi y pantalones

José Ruiz Guirado

18 de Diciembre de 2006

Mi amigo Luís –mi “güebero”- me dice que cada día rizo más el rizo, porque la clave del arco, o sea, el vocablo “Herrería”, aparece cuando se está apurando la última frase. Las cosas son así, que le vamos a hacer. Además, así no deja de tener el asunto más suspense, ¿no? Lo de hoy, va a intentar  parecerse a un cuento de Navidad. Aunque tengo mis dudas si llegaré a conseguirlo. Si no se alcanzara, habrá que decir aquello de: é ben trovato. Ya se sabe que los italianos, que son muy suyos, tienen recursos para todo. Mi vecino Emilio es un hombretón que se ha pasado la vida cuidando el ganado. Habrá quien no se lo crea, pero dos, tres veces al mes sube andando desde Robledo de Chavela  hasta su pueblo. Y como se le hace tarde, se le echa la noche encima. Es un hombre que habla un castellano, que ya quisiéramos muchos usarlo con la naturalidad y la sencillez que lo hace él. ¡Buenos días nos dé Dios! –me saluda cuando nos vemos-. “¿Cómo están los hijos y el ama?” La otra tarde venía un servidor de por níscalos, que este año los habido en abundancia, y estaba él en la puerta de su casa, asomado; porque tiene una de esas puertas de dos piezas. Y como es hombre que se ha pasado horas y horas  solo, hablando con el ganado o simplemente pensando sus cosas, que la soledad tiene muchas horas, y da para darle al magín. Ahí tienen ustedes a los griegos, sin ir más lejos, que como estaban ociosos, pues, les dio por especular y crearon toda una filosofía.

Hacía buena tarde, pese a ser una tarde de esas perdidas de diciembre, y el sol aún templaba un poco. Me invitó a entrar en su casa y se puso a charlar conmigo. Se ve que al hombre le gusta hablar con alguien que le escuche, porque de contínuo lo hace con las bestias. No sé por qué salió el tema. Me habló de cuando bajaba con sus padres a la puerta de entrada a la Herrería, por donde hoy lo hacen las carretas para bajar a la ermita el día de la Romería; para vender ganado. “Allí había una feria, donde se vendían vacas, ovejas, caballos, burros y cabras”. Le pregunté, entonces, si era antes de la guerra. Me dijo que no, sino recién acabada aquélla.  “ ¡Uy, la guerra!  Le voy a contar yo. Siendo muy niño me acuerdo que cuando bombardeaban nos escondíamos debajo de la cama. Y hablando de animales. Mi padre tendría entonces doscientas o trescientas cabezas entre ovejas y cabras. Le requisaron todas . Pero mi padre, que era un hombre astuto y vio lo que se venía encima, escondió dos cabras, que se llamaban Bibi y Pantalones y que eran dos cabras churras, sabe usted, porque tenían el pelo largo. En cuanto podía, me iba en busca de las cabras, provisto de un bote ,y, allí, donde estaban escondidas las ordeñaba. Yo me tomaba mi bote de leche y bajaba también para mis padres y mis hermanos. ¿Qué le parece?” El buen hombre, que vive solo me deja y se marcha caminando. “Voy a ver a la familia, para dar fe. Otro día que tengamos otro rato, nos paramos y volvemos a echar el rato. Bibi y Pantalones, menudas cabras buenas eran. Ni que supieran los animales lo que estaba pasando.”  En el pueblo ya han puesto las luces de Navidad: un letrero a la entrada, que dice Felices Fiestas. Alguien me dijo una vez, que cuando nieva en el pueblo parece de Nacimiento. No sé. Pero si tuviese que nacer Jesús de Nazaret  por estos pagos, desde luego que lo haría en cualquiera de estas cuadras calentitas. Que no se imagina uno lo que calienta la paja.


Castañas e higos

José Ruiz Guirado

13 de Diciembre de 2006

Anoche mismo estuve en una casa que ya solo se usa para la matanza. Era una de esas casas echas a mano, con adobe. Toda de piedra. Estaban haciendo lumbre para que se secara el cemento que han echado en el horno para arreglarlo. Era un horno donde se cocía pan dos veces por semana. Tenía además una habitación con suelo de madera, además de la pieza principal donde se conservaba las cantareras y una preciosa alacena. Detrás estaba la leñera y arriba el granero. Los nietos de los antiguos habitantes, aún recuerdan cómo entraba la mula hasta la leñera para descargar la leña, las patatas, el pienso y el grano. Los abuelos hacían la vida junto a la lumbre, donde siempre había un trébede y de la cadena que pendía del techo ,colgaba una caldera, donde siempre había agua a calentar, bien para lavarse, bien para desplumar una gallina. A pesar de estar deshabitada era una casa caliente, sencilla, con lo preciso. No pregunté por el excusado, porque  sabía que detrás de todas las casas existe todavía el albañal. La luz era tenue y se notaba la presencia humana. No se tenía más que lo  preciso, porque tampoco hacía falta más. Pero todo estaba en su sitio, aprovechado hasta el último rincón. Uno de los nietos me explicó que la gatera que había alrededor de la bóveda del horno, estaba echa para que las gallinas se durmieran allí al calor. Estamos hablando de una casa echa de piedra, madera y adobe. Nada tiene que ver con las comodidades de cualquier hogar actual. Sin embargo, aquella casa estaba más cerca de la vida, de lo natural, de las raíces. Porque por ese hogar han pasado generación tras generación. Hace unos días hablaba con un compañero, precisamente de este tema. Hay un momento, cuando se vive dentro o fuera del país de uno alejados de los suyos, en el que ya no sabe uno de dónde es. Y no sé por qué, es en estas fechas navideñas, cuando uno quisiera encontrarse con sus orígenes. Quizá por eso, en las grandes ciudades han de buscarse algún asidero donde justificarse: comprar, regalar, buscar, soñar. Todo se llena de luces, de gestos que se olvidan en cuanto llega el día segundo del año siguiente. Uno piensa que tanta gente junta en realidad se encuentra sola. Seguimos en la cocina al calor de la lumbre. Nos asalta, entre la penumbra de las llamas, la inquietud de un tiempo sin más luz que la producida por esta leña, o el del candil. Claro que, aquí la vida estaba ordenada por las faenas que se hacían con la luz del sol. A pesar de vivir en  estas condiciones, la casa sigue ahí, junto con los recuerdos. Saben que allí pasaron sus días una generación tras otra. Y uno sabe que allí se encuentran lo que fueron. Cuando pueden vuelven, desde donde estén y saben que todo sigue igual.

Sería la Nochebuena la única noche que no se irían a la cama tras la cena. ¿Qué se cenaría ? Pues lo sabemos: Se cenaba arroz sin condimentos, longanizas, costillas de cerdo. ¿Bajarían al castañar de la Herrería  por las castañas para asar?  

¿Cantarían sus villancicos con la alpargata y la tinaja, con el almirez? Y los dulces: castañas  -¿bajarían por ellos al Castañar de la Herrería?- e higos. 


Navidad

José Ruiz Guirado

10 de Diciembre de 2006

Estaba un servidor estos días recordando lo hecho durante todo el año. Tengo esa costumbre desde hace largo tiempo. Y, cuando se hace, aparecen sucesos ya olvidados, alegrías perdidas, sinsabores echados en saco roto. Luego intenta uno cuadrar el balance y suele salir: un año menos al debe y otro año más al haber. Hace un rato he bajado de cerrar a las gallinas.(Un servidor vive en el campo con todas sus consecuencias: me caliento con la leña que yo mismo corto; planto y como mis hortalizas ;me como los huevos que dan mis gallinas y la carne de los pollos que engordo.) Y he cogido dos huevos pequeños. Lo que significa, que la gallina que traje hace un par de meses, ya ha puesto sus primeros huevos. La sustituí por otra blanca, que apareció muerta de repente. Siempre que bajo o subo me encuentro con Cipriano, que tiene un corral detrás del mío y sube o baja de echar de comer a las suyas. Tiene ya ochenta y tantos años y ahí está más tieso que un huso del Guadarrama.  Que también tiene huerto junto al mío, y le cava y le planta y le riega al antiguo uso; o sea, dando entrada al agua con el azadón  que baja por su  peso desde la poza que tenemos en la parte superior y que se llena cada noche de agua de manantial. Cipriano me comenta que le ponen poco las gallinas. Claro, no te dice que la mayoría ya son viejas. Y ya sabe, en esta época de frío ponen  menos. Aquí donde vivimos las temperaturas son de aupa. Cuando llegan las nieves y los hielos, tiene uno que romper a diario el que se forma en los bebederos. Reza un refrán: Para San Antón, la gallina pon. Cuando pasa el invierno y con la primavera se alfombran las praderas, salen las gallinas a picar la tierna hierba fuera del corral. En esa época, me siento, apoyado en la tapia de  la cuadra, con mi perro, al sol de la tarde a leer , mientras las gallinas picotean por doquier. Cuando levanto la cabeza del libro, me encuentro con el cielo azul sobre el alto del San Benito, y el valle que recorre el arroyo Robledondo, que  baja sonoro y cantarino. Hemos pasado unos días de intensas lluvias. Han llegado a anegar las cuadras y me ha tocado secarlas como he podido. A veces pienso si estos animales te agradecerán tantos desvelos poniendo huevos. Alguien ya estará pensado:¿Dónde está la Navidad? Bueno, pues, quiero pensar que ya en el primer nacimiento franciscano ,allá por los albores del siglo XIII, en la cueva natural del valle del Rietti, San Francisco no olvidaría poner una gallina con sus huevos.

Desde hace unos años se viene  construyendo  en San Lorenzo un Nacimiento de tamaño natural, que es una obra de arte, de paciencia y de esfuerzo. En mi niñez se ha hecho alguna escenificación en la plaza de Jacinto Benavente. Y, sobre todo, en la plaza de la  Cruz se construía un Nacimiento, al que acudíamos . Después, antes de la cena, se iba casa por casa a pedir el aguinaldo, a cambio de  tradicionales  y locales villancicos.

 

Tres cosas tiene mi pueblo,

que no las tiene Madrid,

La Herrería, el Monasterio

Y la Peña el Chupetín.


Mi Güebero está en Alemania

José Ruiz Guirado

25 de Noviembre de 2006

No vaya nadie a pensar que es una errata. Vamos a  explicarnos. Luis F. Rojo es el propietario de la Web y quien publica estas “Folerpas de la Herrería”. Y según me ha contado hoy mismo, los chavales escriben “ la güeb”. Y por extensión, como él es quien edita, pues es mi “güebero”. Se ha ido de viaje a Dresden (Alemania). La ciudad que fue bombardeada por los aliados en 1945, destruyendo muchos de sus edificios barrocos, de aspecto monumental. Le he preguntado si iba a llevar su cámara fotográfica, con la que ilustra estos trabajos; porque éste va a ser publicado desde allí. “Desde que me robaron todo el equipo fotográfico en Sevilla, voy a los lugares con las manos en los bolsillos”. Ya que está en Dresden , puede aprovechar para adquirir material fotográfico  y óptico de precisión que allí se fabrica. Sé que no lo hará , porque  me ha confesado que ahora guarda las instantáneas en la retina. La descripción que me hizo del Taj Mahal, visto desde un arco acabado en punta , describe este “sueño de mármol”.Como cuando me describió la Abadía del Mont-Saint-Michel. A propósito de San Miguel, aunque pertenezca  la fiesta a las de estío, queda ya al comienzo del otoño  (29 de septiembre). Se indica que se remonta al siglo VII. Pero los calendarios galicanos no se refieren a ninguna fiesta. Importada de Roma está en los calendarios mozárabes de los siglos X y XI. De muliere quae in medio mare peperit. Que se da como sucedido  el día de la fiesta de San Miguel el año 1011 por intercesión del “Arcángel” y tiene como protagonista a una mujer normanda en compañía de su esposo. Y del legendario monacal (como aparece en el “Román  del Mont-Saint-Michel”) pasó a las compilaciones de ejemplos y prodigios. En España hay tres versiones del siglo  XIII: Una, latina, de Gil de Zamora, en el  Liber Mariae; la castellana de Gonzalo de Berceo y una Cantiga de Santa María del mariologio de Alfonso X, la 86 –que se conserva en el Monasterio de El Escorial- donde se dedican  otras dos a temas de San Miguel  de Tomba. El milagro recuerda el prodigio del  mar Rojo: Un año, habiendo acudido copiosa muchedumbre de devotos a la isla, entre ellos una mujer preñada, la cual, aunque se hallaba tan adelantada, que pasaba de las nueve faltas que la naturaleza cuenta a las criaturas, movida de fervorosa devoción, no quiso dexar de venerar a San Miguel en su iglesia. A la vuelta de la isla, por medio de le ensenada la dieron los dolores a tiempo que el mar furioso volvía a repetir, con sus hondas el perdido territorio. Los que acompañaban a la mujer, solícitos de el propio riesgo, libertaron con la prompta fuga sus vidas. Pero la mujer a quien así el peso  como los dolores la embarazaban imitarlos, no pudo seguirlos. Así, a vista de cuantos en la playa lo miraban con lástima, la sumergieron las olas. Pero el soberano Arcángel acudió  con su patrocinio y apareciéndose a la mujer, hizo que   las aguas respetasen en su presencia, formando en sí, una cristalina alcoba, en la cual, la mujer , asistida del Ángel, parió a un niño, y habiéndole dado el pecho y recogido, guiándola el Ángel por debaxo de la inmensidad  de las aguas, llegó felizmente a la orilla, con espanto de quantos, poco antes, lastimaban su tragedia y sabido el suceso, lo celebraron con acciones de gracias a Dios y a su santo Príncipe.          

Cuando llegue el amigo Luis a Dresden, abrirá el la “güebera”-el ordenador portátil- ,si se me permite esta licencia, que se va a llevar consigo, y, entre los correos electrónicos aparecerá éste, que verá la luz en aquellas latitudes germanas.

El Picatrix

José Ruiz Guirado

23 de Noviembre de 2006

Es una noche de niebla, fría, desapacible, oscura, negra. Cuando bajaba de  dejar a los perros, se veía salir el huno de las chimeneas. Nadie, ni un alma por las calles. Maúlla una vaca, quizá presintiera que la jornada siguiente vendría un camión por ella para llevarla al matadero. Siendo un muchacho vivía enfrente del matadero. Era amigo del hijo de los guardeses. Desde los palcos, al fondo de la nave principal, he asistido, a veces junto al veterinario, a la despiadada matanza de las reses. Desde los corrales se enlazaba a la res hasta atarla a un pilar de granito que había en el centro de la nave. Allí, un matarife le asestaba un certero golpe con el cuchillo en el cuello, del que salía un chorro de sangre humeante. En pocos minutos, era la res despiezada. Se recuerdan  a esas edades olores, sonidos, colores como si fuera ayer mismo.

Hablábamos de la noche; pero no hablamos de ella como reza un refrán castellano: “La mujer y la tela no la cates a la candela”. Que si hubiera que decirlo en latín: "Nocte latent mendaz, vitioque ignoscitur omni, que viene a decir algo así como: “Por la noche no se ven las faltas y no se tiene en cuenta ningún defecto.” Intento hablar de esa luz que se esparce por distintas ciudades en las que he estado de paso o en las que he pasado algún tiempo. Qué diferente es la noche de Sevilla, de Santiago, de Praga, de Roma, de Mérida, de Ávila, de Nueva York,  de Córdoba, de San Lorenzo de El Escorial… Esta última, por proximidad no tiene la misma oscuridad en verano que en invierno. Ni paseando por la Lonja del Monasterio, ni bajo los soportales, ni por Floridablanca. Se imagina uno, retrocediendo unos siglos, cómo sería pasear por la Judería de Toledo, o bajar por Grimaldi hasta la Lonja. Probablemente sería una noche negra: negra como la endrina. (Esa especie de ciruela silvestre , sana y sabrosa que se da con abundancia en cualquier lugar de la Herrería, y de la que hay quien extrae pacharán .) Hablando del color negro, a nadie se le ha pasado por alto que fuese este color el preferido para vestir por el rey Felipe II. Es conocida la simpatía por la astrología que sentía el rey. Su preferencia por la vestimenta de color negro obedecía a que estaba asociado con el planeta Saturno. Posiblemente tuviese en su poder una copia del grimorio conocido como el Picatrix, en el que se afirmaba que llevar ropa negra era una manera de atraer las influencias benéficas de Saturno. Acertadamente René Taylor en su excelente trabajo Architecture and magic , no le extrañaba que el carácter introspectivo del rey le llevara a sentir interés por lo oculto y por la astrología. Sin olvidar que en esta época no fuese éste el comportamiento  normal de cualquier monarca.

Hace ya unos años, viviendo en Pontevedra, me vinieron a visitar unos amigos del Escorial. Cenamos, charlamos y pasemos por la  incomparable, añeja y sabrosa zona vieja de Pontevedra. Como hacía buen tiempo acabamos la velada en una terraza a los pies de  la iglesia de la Peregrina. Ya llevaba uno un largo tiempo fuera de su tierra; tanto como para empezar a añorarlo. Y hablamos de la luz, de la oscuridad de las calles sanlorentinas . Desde la lejanía tiene uno una perspectiva que puede llegar a idealizar.

“¿Tiene la misma luz la Lonja que antaño? –no me resistí a preguntarles-. Trabaja con nosotros una muchacha ucraniana. Más de un día, en los que la nostalgia se hace presente, nos narra, cómo ya cae la nieve en su país y la noche se torna oscura y fría. Posiblemente, de estar allí, lo vería como algo cotidiano y natural. No sabe uno qué van a dar de sí estas “folerpas”.


Despertar Amor

José Ruiz Guirado

19 de Noviembre de 2006

Ya  tenía bastante cascado mi viejo ordenador. A veces me daba  serios problemas para no  perder cualquier escrito. Hoy me ha traído mi hija  uno, que sin ser nuevo, lo es más que aquél. Aun así he sentido abandonar a un  viejo amigo, que ha compartido conmigo noches de incertidumbre, nuevos escritos, éxitos y fracasos, guiños y  complicidades. Asuntos a los que no les ha quedado más remedio que acabar en la papelera. Hoy, por tanto, estas folerpas  se escriben con un nuevo amigo, con quien espero compartir muchas noches, algunas ideas y tantos o mas secretos como tuve  con él.

Todos los días, en cuanto abría la puerta del garaje, una gata blanquinegra, lista y callejera, se colaba en busca de comida. Rara vez se iba sin ella, porque mis gatos, acostumbrados a tener siempre comida, no le hacían frente a un animal necesitado de ella. Ha parido decenas de gatillos, que día a día han ido desapareciendo. Han sobrevivido dos gatos negros y un gatillo escuálido y hambriento del último parto. La gata ya tenía sus años. La otra mañana, que nos sorprendió la primera helada del año, me la encontré congelada. Era una gata lista, acostumbrada  a sortear cada jornada  buscando el sustento.¡Cómo agudiza el hambre  el ingenio en cada ser vivo! Debe de ser terrible no poder llevarse un trozo de pan a la boca cada día. Y nos hemos acostumbrado a ver la hambruna en el prójimo como algo lejano, extraño. Como si la circunstancia de haber nacido en un lugar diferente, fuera óbice para tener derecho a la más elemental de las necesidades del hombre.  

Me ha comentado un amigo que la Fuente de los Capones  en la Herrería está completamente anegada de arena. Hoy puede ser un buen día para hablar de la mitología del agua. Sin duda, uno de los rituales por excelencia es la solicitud del agua del cielo. Unos impetratorios, otros para impedirlos. Estos últimos perjudiciales suelen ser “nubeiros”, “tronantes”, “escolares”… He oído decir que uno de estos nubeiros era castellano ,y, tenía una forma algo escatológica de provocar agua dañina para las cosechas. Los antiguos paganos  productores de lluvia, han sido sustituidos por santos: Santiago el Mayor, San Miguel,  Santa Mariña, San Lorenzo… Nos interesa  los últimos,  -patrón de la Villa, el Santo - por su condición de hidróforos –resaltado en sus leyendas hagiográficas- ,  porque ambos han perecido por el suplicio del fuego, elemento al que vence el agua.  No se tiene noticia de fuente alguna en la Herrería a la que se le atribuya ningún rito profiláctico, que con los adivinatorios y los pluviales constituyen los ritos principales. Se han encontrado exvotos de bronce en un santuario, cerca de una fuente, denominada “ Fuensanta”, en  las inmediaciones de Nuestra Señora de la Luz, en la sierra de Murcia. Fuente visitada por el pueblo todos los años, hasta el siglo XVII.. Se está perdiendo la fe en las virtualidades del agua.

A más de un novelista se le ha puesto levantisco algún que otro personaje, y le ha   salido por peteneras. Algo de esto le  sucede  a un servidor. Me siento al ordenador nuevo con una idea preconcebida, y, a medida que van surgiendo las ideas, parece como si las teclas que voy pulsando escribieran diferente a lo que la mente dicta. Sin embargo,

he de confesar , si se me permite y si se me alcanza –parafraseando a R. de Garciasol- : No he venido aquí a enseñar nada, sino a despertar amor.                                                 

Olvidos

José Ruiz Guirado

12 de Noviembre de 2006

Ya están las noches estrelladas y frías. Estos días de atrás no ha llovido a gusto de todos: Andalucía y Galicia se han llevado, desgraciadamente, la peor parte. Ahora, cada vez que sucede algo, siempre sale alguien que dice: “No recuerdo nada parecido.” Vamos a recordar, sucintamente, los veranillos, además del propio del estío que se dan en la península. Normalmente, la primavera llega en marzo, con la llegada del aire tibio y húmedo del Atlántico. Se alternan las lluvias con períodos de altas temperaturas y tiempo soleado. Así tenemos dos veranillos: el de las lilas, en abril y el de las rosas, en mayo. Tras el estío, las bajadas que debieran darse en otoño, no se dan con regularidad. Volvemos a tener dos veranillos más: el de San Miguel, en septiembre, y el de San Martín, en noviembre. En medio de ellos hay un recrudecimiento del tiempo: el cordonazo de San Francisco. Sin olvidar, que ya en febrero se producen temperaturas primaverales. Y año tras año, se da como noticia los baños en las playas del Norte en los meses de febrero, marzo, abril, mayo, septiembre y noviembre. Entonces el entrevistado, de mediana de edad, que se asoma al micrófono: “No recuerdo nada igual en toda mi vida”.  Pues mire usted, el año pasado sin ir más lejos. En los meses que tienen “erre” no te sientes al sol.

No soy aficionado a los toros, aunque siendo niño, padre, -que si lo era- me ha llevado a más de una. No crean que me he despistado. Hacía algún tiempo que quería comentar la construcción –en 1947- por iniciativa del alcalde Salvador Almela, de una plaza de toros portátil junto a la puerta de la Herrería. Como me había olvidado y en este trabajo estamos hablando de contumaces olvidos, y de paso aparece el pretexto que justifica esta página, lo he traído a colación. Permítanme esta licencia, sin la cual ya estaría contra las cuerdas.

Recordábamos los veranillos olvidados que tanto nos asombran. De igual manera nos sorprende al agua, con su cara más siniestra. Hemos visto el río Ulla. Llueve sobre mojado. Nada menos que en 1881 en la obra en prosa Padrón y las inundaciones, de Rosalía de Castro describe de la forma más hermosa los estragos que causa el río al desbordarse. Es, sin embargo, una protesta denunciando la catástrofe de un país bajo las aguas:

“¡Pobre de los pobres! – exclamamos entonces, viendo cómo el agua cercaba calladamente las casas y las llenaba, llevando la destrucción en pos de sí -. El ensoberbecido Ulla cegaba casi los arcos del puente amenazando tragarse la parte baja de la población, lo inundaba todo en derredor, silencioso como la muerte.” ¿Por qué se olvida tan pronto? Hombres y pueblos están condenados a estrellarse contra el futuro cuando se olvidan del pasado. Son, o debieran de ser,  los recuerdos quienes llenasen nuestra vida, nuestra soledad cuando más hace falta. Cualquier creador no podría haber realizado la obra más sublime sin volver a aquellos recuerdos en los que apoyarse. Torrente Ballester solía decir que con la memoria no se inventa; pero sin ella no se crea. Habría creado Goya tanto feroz grabado sin los recuerdos de la guerra. No estaría La Mancha presente en el Quijote si Cervantes no la hubiera recordado. Olvidar es algo así como morir un poco. Un servidor, alguna tarde en la que se sienta viendo perderse a los perros entre el piornal, recuerda a los hijos siendo bebés chapoteando en la bañera; o cuando daban los primeros pasos torpes: luces, olores, sonidos. Cómo se va olvidar lo único que da sentido a la vida.  


La escoba de mango corto

José Ruiz Guirado

11 de Noviembre de 2006

Tengo un amigo de la infancia, a quien veo al menos una vez al año, porque vive en Lisboa. Y a quien celebro por sus “cumplidos”. En una cena, con un buen rodaballo, nos sirvieron un albariño. El camarero le preguntó: “¿Qué tal el vino?” Mi amigo Severino le contestó: “Fresquito”. El camarero no supo qué decir, ni nosotros tampoco. Uno no sabe si es un halago, o una impertinencia. Sé que está leyendo mis “Folerpas de la Herrería” (ya me vuelvo a zafar, eh), porque me lo ha confirmado por correo electrónico. No me había atrevido a pedirle su opinión hasta que leyó el último trabajo. “Escueto.” Como es amigo no iba uno a  decirle, “pero, hombre, si lo que caracteriza a este género periodístico es la claridad, la concesión y la brevedad”. No queda más remedio que esperar a otro de sus cumplidos. Le conozco hace casi medio siglo y aún no sé si en esto  es cruel, sincero, hipócrita o simplemente, que donde no hay mata, no hay patata. He tenido mis dudas al ponerme a escribir en este día, porque: “A cada cerdo le llega su San Martín”, que es el santo de esta jornada. Y vaya usted a saber a quién le puede  llegar  el tiempo de pagar sus faltas o extravíos. Que no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Ya me contará usted qué se le va a pedir a un tonto de capirote. (Amigo Severino, que esto no va por ti; que tú por ser amigo ya no hay ni que decir. Contigo hay que aplicar lo de  aquella conocida jota zaragozana: en siendo de Zaragoza, que me llamen como quieran. Severino, que con ser amigo, ya te basta). Miguel de Unamuno decía en un artículo  publicado en la revista Caras y Caretas, de Buenos Aires, el 26 de mayo de 1923, “tonto de capirote es el que con un capirote o bonete puntiagudo hace el tonto en las fiestas.” Que viene a ser como un tonto oficial. Sin embargo, del tonto que quiero hablar aquí –me entiende ahora, Severino,-  es del tonto graduado y puede llevar el distintivo   capirote de doctor. O sea, el muy tonto  Otra cosa  es el tonto de atar.

En otro feliz cumplido de Severino, le vino a decir a la esposa de un conocido, que tuvo un hijo, no muy agraciado, que era “diferente.” No vayan ustedes a pensar que Severino es un impertinente; nada más lejos de la realidad. Es una persona zalamera, meticona, envidiosa y hasta dulce cuando se pone. Pero que le vamos  hacer si ha nacido con ese don innato. Muy diferente sería que fuera una persona cruel o despiadada. Él tiene sus luces. Pone el dedo ahí y califica de tal forma que nadie puede reprocharle. En cierta ocasión, paseando por la Lonja del Monasterio había una mujer barriendo con una escoba. No sé cómo salió el tema, pero le dije que tenía leído en algún sitio que la humilde escoba formaba parte del menaje litúrgico de los antiguos cultos. Barrer venía a ser algo así como un servicio ritual después de los sacrificios. Decía mi suegra que no se podía barrer de noche las casas para que no se fuesen los númenes protectores del hogar; ni se debía de dejar la escoba tras la puerta de la entrada; ni se debía barrer con ella los pies de nadie. Mi amigo Severino me respondió con un cumplido: “Sería una escoba de mango corto.” ¿Qué le dice usted?


El Amigo Paco

José Ruiz Guirado

6 de Noviembre de 2006

Recuerdo  a mi abuela decir allá en los olvidados años de mi niñez, que ella y su madre reían juntas para plantarle cara a la vida. Aunque aquellas palabras me sonaban a algo real, no sabía muy bien qué me decían. Ahora (porque el hombre también tiene una edad para entender lo que sucede a su alrededor) he comprendido lo difícil que resulta ese ejercicio ante las adversidades. Este mes de abril, como todas las primaveras, mi amigo Paco vino a la Herrería a coger lupios. Como había llovido tanto, y como los lupios se crían en medio del bosque entre las zarzas mayormente, se puso como una sopa. Aún así aguantó hasta que cogió dos brazadas que con habilidad se ataba a la cintura. Este año hubo de apoyarse en un bastón y anduvo algo más torpe. Sin embargo, eso no impidió que su  estentórea y amplia sonrisa sonase entre robles y fresnos. Estaba muy cambiado, hasta el punto de no llegar a reconocerle con aquel sombrero de lluvia que llevaba calado hasta las cejas. Se sabía enfermo, pero no le abandonaba la pronta carcajada. “No hay que decirle a nadie dónde están los lupios, que nos dejan sin ellos”  –me decía cada primavera que venía por ellos-. Hoy, me he enterado por la Radio que ha fallecido. Al final, esa dama fatídica ha podido con él. Pero no se lo ha debido de poner fácil. Porque cada vez que le acechaba, él se reía. Y la muy jodida metía el rabo entre las piernas y se daba la vuelta. Pero sabía que se quedaba escondida. “Te vas a enterar” – le decía en sus silencios-. “No te vas a pensar que me voy a dejar alcanzar así por la buenas”. De la impresión de haberla echado una carrera, mirándola a la cara, diciéndola: “Maricón el último”. Y mientras ella le perseguía implacablemente; él le hacía burla con el dedo corazón. Estoy seguro: el día que le alcanzó, ella le dijo con voz cavernosa: “Te creías que te ibas a escapar, eh.” Y paco, con una sonrisa irrepetible, le contestó: “Pero si me he dejado pillar, tonta. Si donde me llevas hay cerveza fresca, te invito a unas cañas.” Vivir moralmente, es una de las tres consignas del deber jurídico. Las otras dos son: No dañar al prójimo y dar cada uno lo suyo. No la había dicho antes; pero estamos hablando de Paco Fernández Ochoa. A quien esto escribe ,le parece que sería una afortunada  manera de decir quien era esta sonriente persona que nos ha dejado. Además, a mí me parece que en Paco se cumplía otro principio de la dicha: No extrañarse de nada. Esta era la respuesta que daba Pitágoras a quien le preguntaba si se extrañaba de alguna cosa. Esta vida es así. Nada tiene  de extraño, sino de cotidiano, de rutinario. Las cosas vienen y se van, como llega el invierno tras el otoño, o la tempestad tras de la lluvia. No es nada desconocido; forma parte de lo que nos rodea. Recuerdo que alguna vez mi abuela me dijo: “ Nos empezamos a morir en el momento que nacemos.” Tampoco entendía ni una sola palabra de lo que quería decirme. Y así, un tarde cualquiera lo vuelves a pensar y lo entiendes. “Pues claro, no puede uno desaparecer si no ha sumado los días que necesitaba para ello.”  Recuerdo una sentencia latina: “Los que siembran con lágrimas, segarán llenos de júbilo”. San Jerónimo explica diciendo que en los trabajos de la vida presente “se siembra poco y con llanto; mas en el cielo se recoge mucho y con gozo”. Si Paco oyera esta máxima, añadiría de su cosecha: “¿Pues no sería mejor y más entretenido sembrar más y con risas?” Y así lo hizo, dos días antes de su muerte: tomarse un cocido. Se ha muerto el hijo de un conserje, al que su tío le obligó a tirarse por una cuesta  de nieve, y un febrero de 1972 nos regaló a los españolitos de a pie una medalla de oro que brillaba o sonreía.   


El Verdinegro

José Ruiz Guirado

4 de Noviembre de 2006

Hay un asunto sin resolver en la vida de Felipe II que siempre me ha llamado la atención, que no es otro que la muerte de don Juan Escobedo, secretario personal de Don Juan de Austria, propiciado por Antonio Pérez, secretario del Rey. Poco antes el propio Escobedo había amenazado a Pérez, que le desacreditaría ante el rey , por haberle encontrado acostado con la princesa de Eboli, o por vender secretos de Estado a los enemigos de España. Éste es tema apasionante para llenar páginas en el género de novela negra: La traición, el espionaje, la intriga en el reinado del “monarca más poderoso de la Cristiandad”.

Después de este apunte histórico, que tenía olvidado en el tintero y sabía que el día menos pensado saldría a la luz, me vuelvo a lo mío, que no es otra cosa que andar por casa. Un escritor y amigo, ya fallecido, me comentaba en una de las ocasiones en las que acudía a su casa: “Ya conocemos todas las alcobas de las familias españolas por cuanto se ha escrito sobre ello”. Es posible que haya que viajar más y contar lo que por ahí se vea. A mí me parece que España es una gran desconocida. Además, un servidor cree que lo que hay que hacer, es hablar , quizá de lo mismo, con palabras nuevas. La ventaja que tienen estas “Folerpas de la Herrería”, es su maleabilidad. Y puede uno permitirse la libertad, hasta de viajar fuera de estos pagos, con tal de que el lugar aparezca allí citado. Un servidor tiene una deuda contraída con quienes leen estas líneas. Ha tiempo que vengo amagando con la mitología del agua. El día que esto llegue nadie va a creerlo. Parece ser que el agua es la substancia común a todas las cosas sobre la que se especula en la primera escuela de Filosofía, con la figura de Tales. Como lo es también, que en la “Iliada” se adjetiva al  Océano “origen de todas las cosas”. En el transcurso de la filosofía presocrática existe la creencia que del Agua, la Tierra, el Aire y el Fuego proviene el Universo.Todo esto viene a cuento para decir que la unidad de las aguas se da a través de su variedad.Así habrán surgido los ríos sagrados, las fuentes santas y los grandes lagos. El Miño, el Eufrates, el Ganges, el Nilo han adoración a través de los tiempos. Y así , de este antropomorfismo se han dado las divinidades clásicas de las aguas: las ondinas de la literatura de Grecia y Roma, Poseidón, Neptuno, las ninfas, las náyades... Luego aparecerá el cristianismo, que colocará bienaventuradas imágenes, en lugar de las antiguas deidades. Esto es lo que tiene estos temas, que le  conducen a uno por caminos casi científicos. Y me da la impresión que la apartan de lo cotidiano. Pero no nos queda más remedio, cuando se trata de cumplir con la palabra dada. En eso mi padre ha sido muy exigente: “Si das palabra, la cumples; si no, te callas la boca”. No sé si ha valido como “introito”. Con todo este barullo casi se me va el santo al cielo. Algún lector avispado, ya habrá  pensado para sí: ¿A qué habrá titulado el adjetivo anunciador?. A ello voy. En la correspondencia entre Felipe II y su secretario Antonio Pérez, llamaban a Juan de Escobedo “El Verdinegro”, por su mal temperamento.   


El Jardín de los frailes

José Ruiz Guirado

2 de Noviembre de 2006

Hacía tiempo que no paseaba un domingo por el  Jardín de los frailes al mediodía. La luz era melada y el aire frío. (Cualquier día de estos, sin previo aviso, el invierno nos muestra su cara gélida.) Había una pareja sentada en un banco tras el boj. Posiblemente se estarían robando un beso. Se me vino a la memoria aquellos días de domingo, en los que esperaba a mi novia bajo los soportales y caminábamos juntos hasta la puerta de la Herrería que conduce a la Cuesta de los pastores. Allí la cogía de la mano. Una mano fría y cálida a la vez. Y, posiblemente, a escondidas de miradas censurales, nos daríamos un beso, a la altura del Quiosco de Zarco. Ella tenía un olor irrepetible, una sonrisa impensable, una voz dulce. Pero sólo era posible en esta atmósfera, en ese momento, a esa edad. Ahora, cuando lo recuerdo, me parece tan cándido, tan lejano, tan maravilloso. Por el Jardín de los frailes había demasiada gente, con sus cámaras rodando o fotografiando lo absurdo, lo inapetente, lo irreverente, lo inadecuado, lo incómodo, lo impertinente... Me despertaron de mi ensoñación  y me transportaron al prosaico presente. No soy de los que dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor, ni de los que miran con nostalgia al pasado. El presente es lo real y el pasado es la experiencia acumulada. En mi primer libro (no me arrepiento de  su publicación, pero creo que debería de haberlo dejado dormir durante un tiempo, para después retomarlo  como si no fuera mío) decía en su prólogo el otrora Rector  de la Universidad María Cristina, Octavio Uña Juárez, que en este mismo Jardín vio el autor el campo de los almendros en flor. No sé qué vería el autor a esa lejana edad. Hoy sí sé lo que no vería. Ese mismo domingo caminé por la Lonja hasta la calle Grimaldi, para después ascender por la Plaza de Jacinto Benavente hasta la plaza del Ayuntamiento; donde repasaban sus hazañas jubilados vestidos de domingo. Hoy la calle convertida en peatonal, antaño veía salir los coches de línea hacia Madrid. Y la gente paseaba, conversaba bajo los soportales mientras esperba o despedía a alguien. Muy cerca de allí intuía uno el olor de café de recuelo y la copa de aguardiente que preparaba el Tío Pedro para las gentes que bajaban a trabajar en la obra a horas intempestivas. Pachín vendía boinas negras y alguna mula pasaba cargada con sacos de carbón o de cisco. Cómo ha cambiado el paisaje, las costumbres, las necesidades. Sin querer nos estamos poniendo nostálgicos. Decía que no miro al pasado; pero no he podido obviar estos recuerdos, que a la postre configuran la intrahistoria de los pueblos. Hoy se ha subido el gato en el ordenador. Quizá su instinto le haya  barruntado de  lo que estaba escribiendo y  le haya recordado los tejados de tejas encarnadas  donde los gatos se encaraman y maúllan a la luna no sé qué triste canción aprendida. Anda con sigilo para no tocar nada. Y se para  delante de una frase como si supiera lo que allí se dice, para aprobar o reprobar.  Habrá sido capaz de oler la leña que se quema en el hogar por el humo que echa la chimenea. Otra vez me regreso a los dulces años de la pubertad. Ya de vuelta a casa, a una manzana de su casa dejo en su cara el último recado de amor. Y ella corre hacia el portal. Ya la siente su madre desde el balcón. “Te estamos esperando para comer”. Lejos de este Jardín de los frailes, junto al mar, supo   Antonio Machado  retratar como nadie, lo que hace un buen rato intenta un servidor decir:

Estos días azules y este sol de la infancia.


MEMENTO, HOMO

José Ruiz Guirado

29 de Octubre de 2006

Ya está aquí noviembre, preludios de nieves (para Los Santos, en los altos;  para San Andrés, en los pies).Memento, homo, “recuerda, hombre”. Memento, homo, qui pulvis es et in pulverem reverertis, recuerda, hombre, que polvo eres y en polvo te convertirás. Palabras que pronuncia el sacerdote en el miércoles de Ceniza, recordando las palabras de Jehová (Génesis,3,19) a Adán, después del pecado original, según la Vulgata. Sin saber por qué, una idea se cuela , incluso un buen día de sol, un día luminoso y claro. Aparece ahí algo que te dice:  “Para, recuerda.” No todo van a ser días felices y claros. Y echa uno la vista atrás y contempla las huellas que quedaron en el camino. El otro día bajando desde Robledondo hasta la Cruz Verde aún era noche y se podía contemplar  la silueta del Pico del Fraile iluminada por la luna. Las Machotas también se perfilaban entra las luces de un Madrid saturno. No es extraño que ese “berrueco” , que es el Pico del Fraile, haya sido adorado en la noche de los tiempos por alguna tribu asentada en  la Herrería. Vuelve uno a hacer esa misma ruta, ahora iluminada por la luz solar y aquello se convierte en unas cumbres, de roquedales redondeados , con robledales y pinares en sus estribaciones. Noche y día; nacimiento y muerte; río y mar; tierra y cielo; amor y odio; paz y guerra. Y no hay mucho más en este que llamamos vida, que no es otra cosa que acumular días. ¿Cuántos días vive un hombre? Bastantes  pocos para ver rara vez cumplidos sus sueños.

Nos hemos enterado que nos ha abandonado Juan Santiuste. Algo así como una jarro de frío te invade, sabiendo que no hacía nada había hablado con él. Era una persona joven, alta, fuerte, con manazas de cirujano o de veterinario, que cultivaba la rara habilidad de  ser buena persona. Además le gustaba hablar. Recuerdan los amigos  que cuando tomaba la palabra en la entrega de un premio, aprovechaban cualquier pausas para aplaudir y así acabar su discurso; pero él la retomaba tras los aplausos hasta decir cuanto había de hacerlo.  Entiendan, por tanto, que hay días que se cuela un aire frío sin pedir permiso y te sienta en la silla, frente a un reloj en el que te señala las horas pasadas y las que están por llegar, si llegan. Y si no llegan peor para ellas, se pierden la humanidad que había de darles. Los monjes trapenses al encontrarse se dicen: Memento mori , “recuerda que has de morir”. Pero lo que importa de todo esto, no es otra cosa, que  como se haya vivido. Conocí a una anciana que tenía un solo hijo y se le fue a Argentina. Durante años, día tras día , en cuanto veía llegar al cartero le preguntaba si había carta de su hijo. Pasaban los años y la carta del hijo no llegaba. Hasta que un día, poco antes de fallecer la madre apareció el hijo. Lo primero que le preguntó: - ¿Por qué no me escribiste, hijo?- Madre, porque usted no sabe leer. La anciana, leyó en aquellas palabras todas las cartas que no había recibido. Algo así debe de suceder con la vida para que no nos volvamos locos ante tantas preguntas a las que nadie ha dado respuesta. Ante tanto dolor al que no se le puede poner remedio. Nadie se muere del todo, ni nadie ni nada desaparece. Cualquier palabra, cualquier sonido, cualquier mirada, cualquier gesto forma parte de un recuerdo imborrable. Si Julio Camba hubiera firmado este artículo, asunto que no dejaría de ser excelente, habría dejado escrito que Juan Santiuste, además de ser un gentleman del golf, habría sido un especialista. Y no digo un profesional,¡ojo! Y miren ustedes porqué. Acompañaba un lord ingles a un amigo español  en un autobús madrileño. Y observó que los españoles miraban a todas las señoras que subían al autobús. “Son ustedes unos mirones” –le dijo al amigo español-. “Nos juzga usted mal. Nosotros somos “especialistas”.  No hay olvidar que Juan Santiuste era árbitro internacional de golf.       


Insultos

José Ruiz Guirado

23 de Octubre de 2006

La otra tarde, viendo, por fin, tras los cristales, cómo llovía con ganas, como lo hizo siempre; me llamó un amigo para decirme que me vendo muy caro y no hay quien me vea. La verdad, es que los fines de semana, bien por trabajo, bien porque me apetece hacer otras cosas, salgo poco. He de confesar, también, que no soporto a tanta gente junta que llena todo y se asombra con una mosca que vuela. Entiendo que no puedan hacerlo otros día de la semana. Me hago cargo que vivir en una ciudad grande, implica echar a correr en cuanto se tenga un rato libre. Aunque sea para subir a Navacerrada a pisar nieve; a parar junto a la carretera y provistos del mejor equipamiento de montaña, subir y bajar un cerro y volver a casa; o tomar el vermú, en el bar de siempre, a la hora de siempre, para que les consideren parroquianos asiduos.¿Merecerá la pena tanto esfuerzo? Un servidor, de vivir en Madrid, me pasearía por el Retiro o me tomaría un aperitivo en tantas tascas con sabor castizo e inmejorables pinchos y caldos. ¡Alto, que cada cual haga lo que le venga en gana! Quien me llamó por teléfono, me dijo:”Eres un cabrón, no hay quien te vea el pelo.” El agua seguía cayendo por la tejas con  ganas. En este punto me acordé del insulto. A mí me parece que el mal gusto se da incluso en el insulto, que no deja de ser un arte, producto de un conocimiento de una lengua. En este momento, amén de “hijoputa”, “gilipollas”, “cabrón”, “maricón” o “puta”, no se conocen o no se usan más. Y con una particularidad, estos cinco insultos,  vienen a decir casi lo mismo en su contexto, claro: persona despreciable, que se vale de mentiras y argucias para hacer la puñeta  a alguien. Voy a citar a vuelapluma algunos insultos: Agrofa, astroso, badana, bodoque, calzorras, ceñiglo, dompedro, donillero, fato, fazpureca, galfarrón, gurdo, harón, holgón, julandras, jumento, lapa, litri, majagranzas, manfla, nerón, ninchi, ñarra, ñordija, onagro, orate, papahuevos, pellejo, quidam, quitolis, rastracueros, ribaldo, sacamuertos, socarra, terne, tocineras, uñilargo, vilordo, yetí, zampabodigos, zarracatín, , zurumbático...

Reza un dicho latino: Absit iniuria verbo. “Que la injuria esté ausente de la palabra”, “sea dicho sin ofender”.  Esto sería lo propio. Sin embargo, en los tiempos que corren no es fácil. No hay más que fijarse en el término “agresivo”, hasta no hace mucho se estaba refiriendo a una actitud violenta; cuando ahora se aplica a un valor positivo en el mundo laboral.

Va a ser difícil zafarse de ésta: aquí no hay Herrería por ninguna parte. El Pontífice Urbano VIII, gran humanista y latinista que reformó las deficiencias métricas de muchos de los himnos del Breviario, dijo: “Llegó la latinidad y retrocedió la piedad”. Aquí pasó algo parecido: Llegó el insulto y desapareció La Herrería. No se olvide que lo accesorio sigue a lo principal. El Duque de Alba le dijo un día al rey Felipe II: Más tardarán, señor, en hacerse los adornos de esta fábrica que lo principal. ¿Aquel comentario le parecería al Rey un insulto? ¿Resonaría como tal por toda la Herrería? Seguramente el Rey perdonaría, cuando la noche del 21 de julio de 1577 una terrible tempestad provocó un pavoroso incendio, que gracias al temperamento curtido en guerras del anciano, puso en orden a la multitud y se sofocó el incendio. ¿Llamaría, delante del Monarca, “meapilas”, a los allí concentrados sin tomar una determinación resolutoria? Esos asuntos pertenecen a la imaginación. Lo que se dijere en palacio, ofensivo, aprobativo o laudatorio, no dejaría de ser una anécdota sin categoría histórica.


CUALQUIER PRETEXTO

José Ruiz Guirado

20 de Octubre de 2006

Tengo a mi perro –uno de mis perros- sentado debajo se la silla. En cuanto me siento al ordenador, allí se mete. Y no se va hasta que no acabo. Tiene unos ojillos negros, alegres y vivarachos. Todo lo que tiene de pequeño lo tiene de listo. Entiende cuanto le hablas. Yo no sé por qué se le llama mascota a un perro o a un gato, ni tampoco entiendo cómo se le puede llamar animal de compañía a una iguana, a una tarántula, a un caimán... Entiendo menos cómo se pueden tener en casa. Hay que estar muy solo o muy tonto para meter en casa a un tigre, para que una buena mañana te conviertas en su desayuno. Tampoco entiendo por qué se le llama “Peaje” al cobro que se efectúa en las autopistas. Tendrá uno que pagar un “tránsito”, un “ pasaje”, pero no un peaje que es cosa de gente de a pie. (Es que tenía un recibo de la autopista  sobre la mesa y hacía días que quería referirme a ello. Y ha tenido que ser mi perro quien me lo haya recordado.) Ahora parece como si las cosas, los hechos y hasta las personas fuéramos menos contundentes. Yo recuerdo a mi abuelo cuando sacaba su temperamento y “los ponía encina de la mesa”. Y allí ni mi padre ni mis tíos decían esta boca es mía, y ya eran hombres hechos y derechos. Algunas tardes, tiene puesta mi esposa la televisión mi esposa mientras estoy leyendo y oigo cómo se enamoran chicos y chicas escondidos detrás de un ordenador. Yo todavía soy de una generación en la que le decías a una  mujer a la cara que la querías; y una de dos: o te mandaba a la mierda –con perdón- o te casabas con ella. De ésta me da a mí la espina que no salgo. A ver dónde meto aquí la Herrería. Porque del único perro negro que se tiene noticia nos lo narra José de Quevedo en su “Historia del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial”, acaecido después de la revuelta de los canteros. Aquí en la M 505 no se paga “peaje”, tan solo cruza el paso de cebra que da a la Ermita. Sí debieron de ser hombres de pelo en pecho quienes arrancaron la piedra a golpe de maza y puntero para convertirla en “piedra de templo.” Nos hemos vuelto a salvar por la campana. Ya lo advertía Cela: “Que la musa te sorprenda trabajando”. Cualquier tarde caminando por estas trochas camino de la Silla de Felipe II pisando las hojas caídas que crujen a nuestro paso, es un buen pretexto para hablar de la Herrería. Y si no lo fuera, tampoco tiene importancia. Lo decía un excelente poeta- Juan José Cuadros-, asiduo al  pueblo: “ Aquí/y en este sitio/que nadie busque nada:/ni un portalón ilustre/ni las piedras hidalgas/ de escudos carcomidos/ sobre el balcón en ruinas de una casa./                    


OTOÑO

José Ruiz Guirado

18 Octubre 06

 

Si me gusta el otoño, es porque se dan los grandes temporales del Oeste y todo se cubre de grandes nubes oscuras. En el otoño está el mar de regreso. Eso lo sabían bien los griegos: cuando las Pléyades salen vespertinas, hay que amarrar. A mí me gusta el mar tanto como la montaña. En un sitio y en otro viene la nostalgia de regreso. Tras estos días de intensa lluvia, aparecerán los primeros boletus y los primeros níscalos. Estos últimos traen a mi recuerdo los dulces días infantiles, en los que toda la familia, provistos de cubos y cestos íbamos al pinar. Había níscalos para todos. Quizá porque entonces llovía más, o porque éramos menos. Todos los prados en los que jugábamos ahora están ahora llenos de viviendas. He estado estos días en el mar. Suelo irme a Cabo Udra, desde donde contemplo cómo el mar rompe contra las olas con toda la furia, donde esperan los percebes en ejércitos las abatidas furiosas de las olas. Le he escuchado decir a Álvaro Cunqueiro alguna vez: “La sirena está atenta al hombre  que regresa al hogar, en otoño, que viene cargado de nostalgias...”

Quien esté atento al ciclo de la Naturaleza, habrá comprobado  cómo en cosa de días la Herrería se llena de hojas secas de los robles. Siendo yo un muchacho, recuerdo a un pintor, que se alojaba en el Hotel Miranda Suizo. Era un hombre bajito, algo chepudo y rayando los setenta. En octubre o noviembre, aparecía con su furgoneta blanca en diferentes lugares de la Herrería. Sacaba su caballete y sus lienzos y plasmaba en ellos la estación dorada. Nunca faltaba la Calleja Larga. Volvía otra vez en primavera a pintar los almendros en flor. Me he sentado más de una vez detrás de él mientras surgían en el lienzo  blanco los primeros colores. “¿Quieres ser pintor?” “No lo sé.” Otro pintor de San  Lorenzo –Alfredo del Moral-, a quien he visto pintar en el Casino unos hermosísimos frescos con motivos  del   Monasterio -indignamente descuidados-; me contó que en cierta ocasión enseñó a un muchacho como yo un cuadro que había pintado. Por la expresión de su cara supo que el cuadro le gustó. En otoño se dan las grandes tormentas. Una de ellas, la he llevado a un cuento. Aún no he olvidado aquella noche espantosa, en la que tras un estruendoso ruido, todos los muebles flotaban por la habitación. A los desesperados gritos de socorro de madre, acudieron presto los vecinos a ayudarnos. Sentados en el poyo de la cocina contemplábamos cómo todo se anegaba de barro y agua. Tengo leído en alguna parte que las piedras que aún se pueden ver en el cauce seco del río Aulencia, pertenecían a la antigua presa del Batan, arrastradas por el ímpetu del agua de otoño.  


BRUJAS

Por José Ruiz Guirado

09 Octubre 2006 

Esta noche ya no se ven  las estrellas como sucedía noches atrás. Está el cielo  y  luna encelajados. Las esquilas de las vacas se adivinan cerca. En la atmósfera se presagian cambios. Lo dice Fermín, un vaquero que todos los días, diarios y festivos, carga con sacos con comida para las vacas a  los dos únicos burros que quedan en el pueblo. Y asciende por el camino del depósito hasta perderse en la altura. Regresa muchas jornadas al anochecer. Le vive su madre, que debe de andar por los noventa, y cuando se hace tarde y no regresa, se asoma a la puerta, inquieta, y habla sola; aunque aquí siempre hay alguien que escucha tras una puerta. Alguien que pasa en automóvil y para en el Bar ,comenta: “En este pueblo no hay nadie”. Quien lo dice es uno de esos paletos de ciudad que salen el domingo al campo. Aquí está cada uno en su sitio: atendiendo a las gallinas, en el huerto, con las vacas, cortando leña, echando la partida en el bar , sentado en la cocina o trabajando. Y cuando se le quiere encontrar, se le encuentra; porque todos saben donde está cada cual. La otra tarde, Cipriano, cuando iba a recoger los huevos nos contó cómo se le murieron treinta cabras y cómo, tras pasar por dos curanderas, la última le aconsejó acudir al veterinario, quien logró curar a las pocas que le quedaban y parieron unos cabritos que se multiplicaron como la arena de la playa. Aquello fue cosa de Brujas, Meigas y Feiticeras, que vienen a ser la misma cosa pero con modalidades diferentes. La meiga  es quien prepara  filtros amorosos, pócimas que dan salud a los enfermos. La bruja es la mujer capaz de hacer daños a otros sin ser vista. Y habría que añadir los nombres de barajera y sabía, que tan solo  se dedica  a adivinar o predecir. El don de bruja se adquiere por herencia o por nacimiento. La séptima o la novena hija de un matrimonio que no haya tenido ningún hijo varón por medio, nace bruja. O se hereda de madre a hija o de abuela a nieta. Ya estamos de nuevo metidos en un lío, porque que yo sepa en la Herrería nunca ha habido bruja alguna; pero si ha habido mirones –ahora se les llama voyeur, que es más francés y más eufemístico-. Todos los del pueblo sabemos quienes son y cuál era su modus operandi. Se han llevado más de un susto; pero han monopolizado, como lo hace el cura con las almas o el banquero con las finanzas, los escarceos de todas las parejas que han bajado a la Herrería entregarse a los placeres del amor. Pues como decía, brujas al uso, como las descritas no las ha habido, ni en la literatura, ni en la crónica. Pero sí hay unos insectos, de la familia de los saltamontes, que vuelan al anochecer entre las jaras, que por su espantoso aspecto se les llama popularmente brujas. Quien las hay visto recordará cómo deja sobre la jara una muda, parecida a la camisa de la culebra, en la que se adivina su aspecto y su tamaño.  


 Tesoros

Por José Ruiz Guirado

11 de octubre de 2006

En San Lorenzo se habla desde siempre del tesoro que se esconde donde mira San Lorenzo desde su hornacina en la fachada principal. Tengo entendido que los tesoros en un principio vivían todos juntos, bajo el mando de unos de ellos que ostentaba una corona regia. Vivían en Roma hasta que Nerón incendió la ciudad y cada uno hubo de elegir lugar donde esconderse. Hubo quien se quedó en palacio formando parte del tesoro de los habitantes; quien se escondió en el fondo del mar; quien se embarco y hasta quien se puso las ropas de un soldado y se fue por el mundo. Un día se emborrachó y reveló su secreto y le mataron para robar sus huesos. Algunos tesoros eligieron guardianes para que les custodiasen (culebras, moros , enanos, gallos, gigantes...); otros se escondieron bajo la forma de un encanto: una puerta que se abría sin llave; bajo la forma de una acertijo que era imposible de  adivinar; dentro de un saco al que se le habían hecho tantos nudos, que no era suficiente una vida entera para desatarlos. Quiero decir que no será fácil encontrar el tesoro al que aludíamos al principio. Ni siquiera podrán hacerlo quien se ha pasado toda su vida buscándolo; porque para encontrarlo hay que creer  en él. Y no es fácil; porque el mejor tesoro de la vida es el amor: lo único que perdura a través del espacio y del tiempo. La otra tarde fui a la misa de aniversario de uno de mis mejores amigos. Se murió el mismo día que se casó.

Era joven, ocurrente y conversador. Baste un ejemplo: siendo muchachos, todas, todas las noches nos pasábamos horas y horas, sentados en su Citroen, debajo de la ventana de mi casa (al principio bajaba mi padre para saber qué pasaba: “Pero no sabéis qué hora es y mañana tenéis que madrugar),  hablando de lo divino, humano, escatológico, filosófico, histórico, religioso... A esa edad en la que se habla de todo, porque no se sabe de nada. En una de esas largas disquisiciones llenas de humo me preguntó Isidoro: “¿ Tú que crees que será el alma?” Y se me ocurrió: “Yo creo que el alma son los hijos, porque es lo único que va quedando cuando desaparecemos nosotros y desaparecen ellos.” Si Isidoro pudiera hablar conmigo esta noche, debatiríamos esto hasta la madrugada, y, ahora con las experiencia de medio siglo de vida. Seguramente que no me hubiera rebatido que  es el amor el mejor de los tesoros; porque ,además de un bonachón era un romántico empedernido. Y,ahora, ya me contarán cómo relaciono tesoros,almas, amor con la Herrería. ¿Quién dice que no pueda estar enterrado el tesoro en la Herrería debajo de una de tantas fuentes, tan faltas de agua?  Antes había olvidado decir que las abejas revolotean en el chorro de agua de las fuentes, creyendo que una hada se  peina ante la salida del sol con un peine de macizo oro, tomado de un tesoro próximo.  


CÓLQUICOS

 Por José Ruiz Guirado

28 Septiembre 2006

Se dieron los pregones y llegaron las primeras lluvias, escasas. No llegaba a entender qué quería decir Miguel Delibes cuando afirmaba, “si el cielo de Castilla es alto es porque lo habrán levantado los campesinos de tanto mirarlo”, hasta que hube de defender mi pegujal frente a las inclemencias. Y claro que mira uno al cielo cada mañana. Y así, de improviso, nos ha llegado el otoño. A mí no me lo anuncia la caída de las hojas –que también, pero después-; sino la aparición en el campo de los primeros cólquicos. Siempre ha sido una hierba que me ha causado impresión, no ya porque se use en medicina para curar el reuma, sino por el misterio arcana que encarna: se dice que de ella que nace para anunciar el primer día más corto del otoño. Aparte de  estas futilidades, salvo para el cazador de anécdotas que llevar a esas revistas que se nutren de la publicidad y de artículos poco jugosos; pasear por la Herrería salteando esos pequeños pétalos coloreados de tintes guadarrameños, para no pisarlos, resulta enriquecedor a la vista. En estando en estos pensamientos se me coló otro de rondón. Y me transportó a la obra de Rosalía de Castro, Follas Novas, pero no , como debería de haber sido, por la posible relación con el cólquico; sino por la relación de Rosalía con la música.(Alguien pensará si ha leído alguna de estas folerpas que aquí va a suceder con la esperada introducción a la mitología del agua, que llegara, pero cuando se tercie. Que me he ido por los cerros de Úbeda y no sé cómo volver, no.) Es que estaba tarareando “Negra sombra” – a la que pone mucho sentimiento Luz Casal-, quizá mirando los negros nubarrones que aparecían por las Machotas, amenazando tormenta, que luego quedó todo en agua de borrajas. Murguía, el patriarca de las letras gallegas refería una vez que se encontró en Santiago con un niño que estaba de pie en la puerta pidiendo limosna, improvisando melodías. Le subió a casa, le dio ropa y escucháronle cantar. Rosalía, que tenía una guitarra inglesa a mano le cantó una pieza de Bellini. Rosalía también sabía tocar el arpa, la bandurria, la guitarra y el harmonio. En esto de escribir pasa un poco como con el destino: el hombre propone y Dios dispone. Estábamos salteando los cólquicos para no acabar con sus tiernos pétalos y las Machotas, de las que tengo escrito en alguna parte que son como dos gigantas postradas en el horizonte, rasgadas por las nubes no han cumplido con el refrán que reza por estos pagos: Cuando las Machotas se encapotan, El Escorial se ensopa. Y hablábamos de la escasez de agua.  Estrabón calificó la meseta  norte como fría , áspera y pobre. Mas se le olvidó la aridez. No obstante, ahí estaba el refranero para paliar el olvido. Y no es casualidad  que haga tanta alusión al tiempo: Septiembre o seca las fuentes o se lleva los puentes; En llegando San Andrés, invierno es; Si la calendaria plora, el invierno está ya fuera; Si llueve en Santa Bibiana, llueve cuarenta días y una semana; Agua agostera, tronza la era pero apaña la rastrojera...     

Y en esto, en lugar de las esperas gotas que han de paliar la sequía, de las que nos hablan todos los días los hombres del tiempo (que se equivocan más  que los pastores) aparece el oído musical de Rosalía de Castro. Aunque esto no es extraño. Ya lo apuntaba Gerardo Diego: quien no tiene buen oído para la música, no lo puede tener para la poesía. Sin olvidar la gran sensibilidad auditiva: el silencio, en el que se produce el milagro reiterativo de la Naturaleza. Si no cómo es posible que el humilde cólquico anuncie al unísono la caída de las hojas de los robles de la Herrería


PREGÓN DE LAS FIESTAS DE  ROBLEDONDO

Por  José Ruiz Guirado

31 Agosto 2006

 

Como casi todas las tardes, antes de que anochezca, a esa difusa hora del día, venía de pasear con mis perros, en la sabana que configura el pinarejo de Robledondo, desde donde puede uno contemplar  los montes que lo rodean, el cielo cercano y las primeras luces que se encienden en Santa María de la Alameda. Llegando a casa me paró Pedro, que lleva dos años siendo presidente de las fiestas. “¿Quieres dar el pregón la víspera de San Ramón?” Y así lo hice. Y fue la primera vez que se hacía en muños años. Se dio a la una y media de la mañana, tras presentar a las reinas de las fiestas. Como hacía buena noche, y la gente estaba animada con el baile, pues se dio bien la cosa.

¿Qué que tendrá que ver Robledondo con la Herrería? Pues, excepto que se debieron de nombrar los dos lugares en una fecha cercana, y, que pertenecen al mismo alfoz; además de contar con el roble en común; poco más. Pero no deja de ser un pretexto más, que no está de más.

“Buenas noches, Sra. Alcaldesa, Presidentas y Presidentes de las Fiestas, amigos todos.

Es para mí un honor abrir las Fiestas en honor de San Ramón Nonato en esta plaza con tantos símbolos, añoranzas y recuerdos. Siendo niño subía yo con mi padre a estas fiestas, y tras las chuletas y el vino de rigor, bailábamos en esta plaza, que estaba adornada con farolillos a la veneciana, unas tenues luces y una cucaña en medio. Una cucaña al sol, en torno a la cual se daban los pasos de las Jotas de Robledondo y los Rondones, acariciando la tierra  con la punta de los pies. Que no conviene olvidar que en esta tierra, que antaño fue castellana, se ha guardado como oro en paño piezas de hermosa factura  y apreciadas letras, a saber: Las Seguidillas, La Carrasquiña, la Siega o el Baile Tres.

En esta plaza en la que estamos esta noche se ha desarrollado, de alguna manera, la vida de este pueblo. Esta Iglesia ha visto casarse a tantos hijos del pueblo, como ha visto bautizar a los hijos de estos,  como ha dado el adiós a sus abuelos. Y de esta plaza han nacido calles con nombres tan solemnes, como: Cardenal Cisneros, Viriato, Duque de Alba, Reyes Católicos, Santa Teresa de Jesús... Nombres que han protagonizado las Historia con mayúsculas. La misma historia que se esconde en los rincones de estas plazas, en el rumor del agua cristalina de sus fuentes, en la alegría campesina de sus huertas. O en el trajín, antaño, de mulas, hombres, mujeres y niños trillando en la Iruela. O de los pastores y vaqueros con sus ganados. Tenemos que remontarnos a  al año de 1494 para que aparezca nombrado como lugar poblado, con una población  en el año de 1531 de 54 habitantes. Casi siente uno vértigo al pensar en la vida en este lugar , cuyas características es de una acusada continentalidad propia  de montaña, en la que se suceden corotos veranos y prolongados inviernos con intensas precipitaciones de nieve y heladas durante gran parte del año. No quiero perderme en el pasado, tan solo quiero recordar que dos de los elementos del proceso repoblador de esta villa, extendida al resto de los núcleos urbanos, han sido el Concejo Segoviano y la Caballería Villana, gracias a los cuales se da un repoblamiento inicial con dos rasgos característicos: su espontaneidad y su vinculación a la actividad ganadera. De esta actividad alguien podrá ya suponer que erige como patrón a San Ramón Nonato (nadie mejor que un pastor para santificar a ganados y ganaderos). Sin embargo, el nombre del Santo no corresponde a tan bucólicas estancias. Sino que fue elegido por el primer párroco que hubo en la Villa y que se llamó Ramón, don Ramón Esteban Jovio. Y bautizó a los dos primeros varones nacidos en la Villa: Ramón García Peña, que nació el 28 de agosto de 1909 y a Ramón Manzano Martín, que nació el tres de septiembre del mismo año.

Volvamos a lo nuestro, que no es otra cosa que la Fiesta de San Ramón de este año de 2006. Y en este siglo XXI se sigue haciendo lo que se ha hecho siempre: volver desde los rincones más lejanos de la geografía hispana  a la cita puntual de la fiesta, al reencuentro con el pasado y con el futuro. Y se hará lo que se ha hecho siempre: presentar a las nuevas presidentas de las fiestas y a los nuevos presidentes, que antes eran niños y desde ahí abajo soñaban con hacerse hombres y mujeres.  Y se rifará la de siempre. Y el día del patrón, se pondrán las mujeres y hombres sus mejores galas, y sonará la dulzaina y el tamboril y se sacará al Santo en Procesión. Y tras la siesta oficial, se vendrá  a trenzar pasos  de bailes de jotas y rondones. Y antes se habrá jugado al mus, y habrán llenado de algarabía la plaza los más pequeños con los juegos populares. Y las dianas floreadas recorrerán las calles, recordando que empieza la fiesta. Y se irá la fiesta, y con ella volverá el silencio en esta sierra. Pero ahora no es tiempo de tristezas. Sino de Fiesta, de alegría, de divertimento. Que ruede el vino, que donde no hay vino no hay alegría; la buena comida, que también la hay en estos pagos y que SE ABRAN LAS FIESTAS DE ROBLEDONDO . Y QUE VIVA SAN RAMÓN.                      


JOTAS Y RONDONES EN LA HERRERÍA

José Ruiz Guirado

16 de Agosto de 2006

Por estos pagos serranos, ya se sabe, pasado la Virgen de Agosto, aparecen las primeras lluvias, y bajan las temperaturas. Luego vendrá el Veranillo de San Miguel para últimos de septiembre. Y antes, para la Romería de la Virgen de Gracia, habrá que estar muy pendientes del cielo, que lleva unos años haciendo bueno. A mí la Romería ya no me entusiasma como cuando era chico. Mucha gente, mucho polvo. Pero reconozco que es necesario de vez en cuando destensar el arco. Sin embargo, no se debería consentir que las peñas fueran con camisetas de esas que se usan para ir a los toros. Hay unos bailes, unas vestimentas y unas tradiciones (importadas en este caso) que se deberían de mantener, por lo menos para asombro y recuerdo de quien lo desconoce. Dentro de este alfoz en el que se encuadra San Lorenzo, en el segoviano “Sexmo de Casarrubios” perten eciente a Robledo de Chavela, hasta que en el siglo XIX pasa a pertenecer al territorio madrileño; se dan circunstancias sociales, históricas, económicas, políticas, geográficas comunes. De igual manera sucede con el folclore: rondones, seguidillas, jotas, cantos de boda y de siega. Piezas de hermosa factura de nuestro Siglo de Oro. Contamos con una pieza que se conserva en Robledondo, “El baile Tres”, con un antecedente geográficamente cercano: “El Baile a Tres”de las Navas del Marqués, investigado por Ramón Menéndez Pidal, quien primero en 1905 y más tarde en 1930, describió lo que llamó “Baile Tres en las Navas”, extraordinaria pieza, que cuando él alcanzó a verlo era un baile romancístico en el que se interpretaba el tema de Gerinaldo, romance carolingio de rancio abolengo en nuestra tradición oral. Con antecedentes en el Siglo de Oro (Lope de Vega habla en su obra “Las burlas veras”de un paso de danza llamado “el cruzado a tres”.) Jotas y rondones se bailan en la Romería, y no está de más hacerlo al uso. Nos hemos puesto hablar de Romerías y acabo de recordar a un personaje popular que ha contribuido, como tantos otros, al esplendor de la fiesta. Y no es otro que Pardito: un pintor y un escultor que ha llevado su sensibilidad a las carretas que tiran de ellas un par de bueyes, que ya no lo son tal. Y hablando de pintores, no vendría mal que cada año invitaran a cada uno de los excelentes que ha dado el pueblo o que están unidos a él, a pintar el cartel. Me pregunto, si se hubieran atrevido a proponer, y ellos hubieran aceptado, que éste es otro cantar; qué cartel no hubiera pintado Viola, Guillermo Delgado, Eugenio Cristóbal, Manolo Calvo, Manolo Dimas, Juan Ugalde, Patricia Gadea, Carmelo Juanis, José Luis Rodríguez, -desconozco si alguna vez lo realizó Alfredo del Moral-, Abascal, Artolazabal, Mesa, Sergio del Castillo, Juan Sandoval, Ayuso, el propio Pardito y un largo etcétera.


El vilano feble

José Ruiz Guirado

09 de Agosto de 2006

Llevamos unos días de intenso y sofocante calor. El mes de agosto está calentando la tierra con justicia y con saña. Y no llueve una gota. Menos mal que desde el día de San Juan el día va disminuyendo el salto de una pulga por jornada, y las noches empiezan a ser más frescas. Dentro de dos días es San Lorenzo. Aún recuerdo como si fuera ayer, aquellos puestos de juguetes a lo largo de la calle de Floridablanca, donde todos los niños obteníamos un regalo. La calle de Floridablanca, en la que se paseaba arriba y abajo comiendo pipas y saludando a quienes nos encontrábamos. Para después bajar a la Lonja del Monasterio y acabar el paseo en el Jardín de los Frailes. Nadie como el poeta José María Suárez Campos, ha sabido describir ese momento a los muros del Monasterio, el juguete más grande del mundo para los gurriatos. La infancia nos evoca unas imágenes que el paso del tiempo desmiente. Recuérdese la correspondencia de don Luis de Vargas a su tío en el Seminario, en la excelente novela “Pepita Jiménez” del genial Juan Valera: Como salí de aquí tan niño y he vuelto hecho un hombre, es singular la impresión que me causan todos estos objetos....Todo me parece más chico, mucho más chico... Si algún lector tuviera de estas “Folerpas”, ya estará diciendo:”¿Qué tendrá que ver Juan Valera con la Herrería?, pues, salvo que fue un católico de talante liberal con vetas de incrédulo, diplomático , humanista e incansable viajero, que visitaría estos pagos; absolutamente nada. Sin embargo, ya lo avisamos en su momento. Hace unos días paseando por la Cuesta de los Pastores hacia la ermita con un amigo al que no veía hacía años, salió a colafón las largas lámparas que penden de no menos largos cables en casi todas las catedrales y monasterios españoles. Me preguntó si alguna vez se había caído, por ejemplo, el botafumeiro de la catedral de Santiago.Según cuenta “Un memorial de cosas curiosas”de la Biblioteca Colombina, cuando pasó por Santiago la hija de los Reyes Católicos para esposarse con el Príncipe de Gales, estando la Basílica llena de gente, rompiéronse las cadenas del incensario y salió como si se tratase de una gran caldera , hasta la puerta sin derramar una sola ascua. Me costó salir de la peliaguda pregunta, anotando que la última vez que se cayó fue en 1937. Ya me podía haber preguntado algo más cercano. Como aquella vez que las bombas anunciadores de la Romería de la Virgen de Gracia espantaron a los bueyes con la carreta y salieron en estampida, sin tener que lamentar desgracia alguna. A nuestro paso “El vilano feble/que acaba de volar el cardo,mece/su gozo en el azul...”, nos recordaba, poéticamente, la serrana flor de cardo el poeta Ramón de Garciasol, que todas las tardes, en este mismo mes de agosto hacia este camino hacia la Herrería y lo dejó impreso en su “Recado de El Escorial”.


El Topónimo El Castañar"

José Ruiz Guirado

20 de Julio de 2006

Yo soy un escritor nocturno, imagino que como la mayoría de los que no pueden vivir de su oficio y tienen que ganarse la pitanza en trabajos que no les importan, por no poner orfandad en la mesa. Escribo en la noche, por lo que ya he apuntado antes, y porque es la hora del día en la que la paz, el silencio en este lugar donde habito se hace presente. A lo sumo su puede oír el motor lejano de un avión que se pierde en la oscuridad, el ladrido de un perro o el maullido de un gato en celo; incluso el motor de un coche que se dirige a Peguerinos. En este paz de la noche he leído y releído a Azorín. Recuerdo en Las confesiones de un pequeño filósofo, en el capítulo “La Luna”, la descripción de la noche, posiblemente de Yecla: “Una noche subí yo también; era una noche de primavera; el ambiente estaba tibio y tranquilo; lucían pálidamente las estrellas; se destacaba, redonda y silenciosa, en cielo la clara luna...” Ya estamos divagando. Pensaba escribir la introducción prometida sobre la mitología del agua ;pero no estoy por la labor. ¿Sería San Martín, en el siglo VI quien hablaba de los “diablos que, expulsados del cielo, presiden el mar, los ríos , las fuentes, los bosques; a los que hacen sacrificios y en el mar adoran a Neptuno, en los ríos a las Lamias y en las fuentes a las ninfas...? El problema viene porque en estos pagos las fuentes no duermen o despiertan, hablan o callan, agradecen o castigan. Sino que han sido apreciadas por la calidad del agua para dar de beber a hombres y bestias. Y no las habita más que el cobijo sombrío de un vetusto roble. Aquí cabría fabular y dar rienda suelta a la imaginación. Pero no es éste el propósito. Vuelvo a retomar a Azorín, a quien también le causó admiración este paisaje serrano. “Todo converge hacia el Monasterio. Los montes son austeros. El boscaje que los viste resalta con su color negruzco. Las peñas que asoman entre el severo verdor aparecen en agudos picos o en rotundidades formidables. Todo en el paisaje –color y línea-sirve a realzar la solidez y fuerza de la enorme construcción”. Ya que nos hemos metido en este laberinto, no nos queda otro remedio que salir . En esta descripción austera de nuestro autor se le pasa por alto el diseño que dispuso Felipe II para su jardín natural, que no es otro que el espacio de la Herrería. No permite que ningún campo de cultivo sustituya a los castaños que replanta sobre ellas. ¿Surgiría de aquí un nuevo topónimo “El Castañar” en la dehesa de la Herrería?


EL LUMINARIO DE LA ERMITA DE NUESTRA SEÑORA DE LA HERRERÍA

José Ruiz Guirado

12 de Julio de 2006

Llegaron las lluvias y tras ellas un intenso calor que nos recuerda que estamos inmersos en pleno mes de julio, nombre que toma del Imperio Romano, en honra de Julio César, en el año 44 a de C., como le pasa al mes de agosto de- dicado a Augusto, por un decreto del Senado en el año 8 a de C. Quien ha viajado a Portugal, recuerda la vieja costumbre de llamar a los días de la semana con números, seguidos de la palabra feira, que quería decir “descanso”, día de fiesta”. Este uso data del siglo V. Covarrubias nos explica que este uso debe de venir de aquellos tiempos: “porque todos los días de la semana se hace sacrificio a Dios.” Junto con esta costumbre se fue generalizando el uso de los nombres paganos de la semana que siempre coexistieron con ellos.San Isidoro fijará en las Etimologías los motivos: “Días viene de diis, los dioses cuyos nombres consagraron los romanos a ciertas estrellas. El primer día se llama del Sol, porque es la principal de todas. El segundo (lunes), de la Luna, que es el más parecido al Sol. El tercero (martes), de la estrella Marte, que se llama Vesper. El cuarto (miércoles), de la estrella Mercurios, llamada por algunos Circo Blanco. El quinto (jueves) de la estrella Júpiter, que llaman Faetón. El sexto (viernes) de Venus, a la que llaman Lucifer. El séptimo , da la estrella Saturno, que está en el sétimo cielo y dicen que recorre la ruta en treinta años. Los gentiles dieron estos nombres a los días cogiéndoles de estas siete estrellas, porque creían que de ellas recibían bienes: del Sol recibían el espíritu; de la Luna, el cuerpo; de Mercurio, el ingenio y el habla; de Venus, el placer; de Júpiter, la templanza; de Saturno, el humor...” Llegado a este punto ya no puedo dar marcha atrás. Y volvemos a tomar el mes de julio de 1575, el día de la festividad de Santa Ana para enterarnos por fray Juan de San Jerónimo (Memorias, publicadas en 1984 por Editorial Patromino Nacional) de la existencia de Juan de Soria, luminario de la ermita de Nuestra Señora de la Herrería, al describirnos una salida a la Herrería de los monjes del convento de San Lorenzo:

“...Todos los dichos padres sin camino a la ermita de la Herrería de Fuente Lámparas, paseando por arroyos y barrancos y la espesura de las jaras, fresnos y robles. En la cual ermita estaba un ermitaño viejo y flaco, el cual abrió la puerta de la dicha ermita donde estaba la imagen de Nuestra Señora...”


EL TOPÓNIMO ESCORIAL

José Ruiz Guirado

19 de Junio de 2006

Esta noche de silencio, interrumpido por el fragor de los estentóreos truenos que retumbaban sobre el San Benito, e iluminado por los relámpagos, me disponía a esbozar las notas prometidas sobre la mitología del agua y su relación con las fuentes de la Herrería; pero ante la fuerza de la Naturaleza, su misterio arcano, me voló la imaginación hacia otros derroteros y me vino a la memoria un asunto que siempre me ha intrigado: el nombre que ha puesto el hombre a cada cosa. Por qué ha nombrado trueno al trueno, y no relámpago, por referirnos a algo próximo. Acabo de recordar un artículo del escritor Álvaro Cunqueiro (que nació en 1911 en Mondoñedo, y murió en 1981; dejando a los setenta años, novelas como Las crónicas del Sochantre -Premio Nacional de la Crítica en 1959-, o Un hombre que se parecía a Orestes -Premio Nadal en 1968-) publicado en la revista “La Hoja del Mar”, en el que se admiraba del gallego protohistórico: Fue un tipo valeroso que se atrevió a ver si lo que tenía dentro la centolla era comestible. Y lo era. Y tuvo también paciencia con la nécora. Posiblemente si no lo hubiera hecho, seguirían las centollas escondidas entre las algas, como un elemento vivo más del mar. Algo parecido me sucede con el origen de la palabra Escorial, atribuida por el P. Sigüenza, con renuncia a otras averiguaciones, al bosque de la Herrería por unas herrerías o fraguas , que antiguamente hubo en él. Y añade que las escorias sacadas de ellas por los herreros da el nombre al Escorial ,poblado cerca allí. Con la palabra scoria el topónimo Escorial vendría a significar: “lugar terrero de escorias”. Entendido como montón de materiales escorificados ,o bien como escombrera, formada por los residuos de forja y fundición. Convenía recordar que las herrerías existentes en la península, durante el siglo XVI, eran de dos tipos: fraguas de forja y cerraje, u hornos de primera fundición. Solamente los hornos de fundición producían escorias. Las fraguas producían, a lo sumo, cenizas y moco de herrero, sin lugar a grandes escombreras. Berceo en el siglo XIII, un autor anónimo en el XIV y Baena en el XVI emplean el término escoria, no como residuo de combustión, sino como sustancia vítrea que sobrenada en el crisol de los hornos:

“Si como tu me dices, dixoli Sancta Oria,

a mi es prometida esta tamaña gloria,

luego en esti talamo querria ser novia:

non querria de el oro tornar a la escoria”.

Quién me iba a decir a mí, que esta feroz tormenta destapada en pleno junio, casi ya verano, me iría a transportar a indagar sobre el origen del topónimo Escorial. Quién lo nombraría, y no lo llamaría El Peralejo o Zarzalejo. ¿Se habría construido aquí el Monasterio de llevar alguno de esos nombres?

EL BATÁN DE LA HERRERÍA

José Ruiz Guirado

Junio de 2006

Cuando me puse a escribir estas páginas, en un principio pensaba hacerlo de las fuentes de la Herrería, relacionadas con la mitología del agua. Éste es tema para tratar sentado, si tenemos en cuenta que en el albor de la especulación occidental alumbra la primera escuela de Filosofía y con ella la figura de Tales, señera entre los filósofos milesianos, sorprende que al problema que se plantea acerca de una substancia común a todas las cosas, responda sencillamente que esta substancia es el agua. No podía, por tanto, adentrarme en un asunto tan peliagudo sin poner en antecedentes a quien leyere. He querido traer a colación en esta primera entrega un tema más prosaico, aunque tenga también que ver con el agua; pero desde la perspectiva de la crónica; estilo en el que no me muevo del todo mal, a juzgar por las que han salido a la luz en lugares y ocasiones diferentes. Hablamos aquí del río Aulencia –un curso de agua sometido a una intensa explotación- del que iremos desgranando poco a poco. Tenemos un río acotado, ya que se encuentra en la dehesa de La Herrería, en la que de acuerdo con las cédulas reales es una explotación reservada exclusivamente a los monjes escurialenses. Sin embargo, no sería ésta la fuente de riqueza que pudo interesar a sus propietarios; sino la fuerza de su caudal, que aunque sometida a un fuerte estiaje durante los meses de verano –“La lengua que secó el sol de julio”, vaticinaba un poeta que vivió en estos pagos- , disponía de fuerza suficiente para mover varias piedras de molino. Esta fuerza del río Aulencia hace que a lo largo de su recorrido por la Herrería, se fije en su curso distintos aprovechamientos. En el curso alto del Aulencia, en la proximidades del prado de Mataquadrada se hacen públicas las condiciones de construcción de un Batan, donde lavar las ropas de lana del convento regido por los monjes jerónimos. Eligiendo el lugar por haber una muy buena y copiosa fuente de agua muy a propósito para este ministerio. Además de las características del edificio, resaltaría la construcción dentro de él, de un estanquillo, albañales y desaguaderos, con sus correspondientes conductos, (a nadie se le puede olvidar cómo se refrescaban las bebidas, cuando Patrimonio Nacional tenía concedido su explotación hostelera), cubiertos por losas, asentadas por encima de la corriente, a una altura aproximada de cinco pies, algunas de las cuales podrían retirarse para proceder al lavado de las distintas prendas. Para quienes se interesan por las fechas, habría que remontarse a noviembre de 1582, fecha de la adjudicación de la obra a Francisco Rodríguez, vecino de Ávila y a Juan Romero, vecino de Pelayos. Sería lo más lógico que la explotación del edificio se destinase a lavar la ropa de lana, pues de las demás prendas se encargaban de su limpieza y apresto, los llamados lavaderos, que se obligaban a lavar la ropa en sus viviendas particulares.