El Éxito
José Ruiz Guirado
06 de Abril de 2007
He trabajado algunos años con un escritor ya desaparecido, a quien le pasaba a máquina sus manuscritos. O sea, le hacía de amanuense. Era un gran escritor, del que dejó dicho en prensa escrita, Camilo José Cela, que su prosa estaba próxima a la de Ortega y Gasset. (Habría que hacer algún día un recorrido literario por San Lorenzo de El Escorial, quizás comenzado camino de la Herrería, dejando a la derecha, en la carretera de Robledo de Chavela, Villa Consolación, donde los hermanos Quintero eligieron este lugar para escribir por su la paz y la tranquilidad.) Este hombre era un excelente conversador, al que le hubiera gustado ser catedrático. Llegó a licenciarse en Derecho tardíamente, por los avatares de la guerra y formó parte del consejo de redacción de una de las editoriales más prestigiosa del país. Un libro suyo, Claves de España: Cervantes y el Quijote, es una obra para releer. Uno de sus infinitos consejos, para quien era y sigue siendo un aprendiz de escritor no era otro que obligarme a leer una serie de libros, imprescindibles para mi formación y que me evitarían una centena de ellos. Una y otra vez insistía en la soledad del escritor y en el tiempo que había que darse para escribir una obra: “Lee, medita, reflexiona”. “En nuestro país se habla y se opina de todo; pero se piensa poco o nada. Eso sí, se grita más y más para aparentar que se sabe algo, que se lleva razón.” Luego está el éxito. Alguien escribe, gana un premio y envuelto en esa nebulosa que es el éxito, se lanza a escribir una obra con el fin de agradar. Se trata de no bajarse de esa nube. Y aparece entonces el mal gusto, la obra sin reposo y sin tiempo. Este mal de nuestro tiempo ha calado en nuestra sociedad. Ahí está el fracaso en la enseñanza. No hay tiempo para esperar cuando se bombardea constantemente con la forma de ganar éxito y dinero fácil. Nada se da sin esfuerzo, sin tiempo, sin reposo, sin constancia Lo que sucede, es que se vive de una manera artificial; se tiene para aparentar y no llega para lo esencial. A estas alturas de la vida, alguien como un servidor, que va a contracorriente se llega a preguntar: ¿Para qué coño-con perdón- sirve el éxito? Hacer una vida sin privacidad. Y ya no digamos de los famosotes. A los que despedazan sin piedad quienes necesitan vender un “robado” para la prensa del cotilleo. Y esos pobres diablos, que por alguna circunstancia su vida ha tenido que ver con alguien que sale en los “medios”y quieren sacar provecho al asunto y se lanzan a la arena en busca de fama o de dinero y los linchan. Aunque este fenómeno se ha convertido en algo habitual que demanda la masa. Hay que ser un perfecto imbécil, para salir diciendo que su “santa”e los ha puesto. Y le pide delante de todo el mundo que vuelva con él. Qué tendrá que ver la dignidad, el decoro con la estupidez. Después, cuando su “santa” se ríe de ellos se les pone cara de besugos y ya no hay marcha atrás: se ha enterado todo el barrio de las cualidades astiles del vecino del cuarto, quien presumía de varonil tatuaje en el brazo.
El éxito es de quien ha procurado más luz y dignidad para el ser humano. Un médico anónimo que vivió en el siglo pasado y regalaba los medicamentos a quien no podía comprarlos, dejó escrita un crónica de una ciudad marinera del Atlántico; la encabezaba diciendo: “La fama, el éxito es un deporte que se paga muy caro”.
SEMANA SANTA
José Ruiz Guirado
05 de Abril de 2007

Hace ya algunos días que no me acercaba a estas Folerpas de la Herrería. He estado muy ocupado. Es lo que tiene el campo. A pesar de tener un huerto ya arado, resulta que los políticos del pueblo, no tienen otra que hacer que la puñeta, porque se acercan las elecciones y hay que asegura el sillón otra legislatura. Total que les ha dado por arreglar la calle y la tapia donde tengo el huerto. No estoy seguro si podré entrar y menos regarlo. Estoy preparando otro más grande y ando a contrarreloj. Menos mal que como tiene la Semana Santa por costumbre, hace mal tiempo. Y me está dando una tregua. Ayer mismo, ya tarde, se veía subir el puerto de la Cruz Verde a una caravana de coches. Todos con sus bicicletas, sus enseres, sus perros… Mientras yo bajaba solo hacia San Lorenzo pensaba en todos los que subían. Llegarían a sus destinos allá las once, doce, cuando no la una de la noche. Después de las horas de espera en la carretera, a descargar enseres, a colocarlos, a calentar la casa, que con estas temperaturas estará helada. Hoy se habrán levantado tarde, salvo a quien le haya tocado sacar al perro. Tras la comida, por fin, se habrá dado una vuelta, si el tiempo no lo ha impedido. Mañana habrá que ir a la compra para comer el sábado. Por la tarde se saldrá a la procesión o a montar en bicicleta. Y al día siguiente, sábado, de nuevo a preparar para el regreso. Y otra vez, esa misma tarde o al día siguiente con la caravana, de vuelta a la carretera. Claro que nos hemos dicho que habrá quien se quede viendo en la televisión las películas que emiten sobre la pasión de Jesucristo o el Antiguo Testamento –para ese viaje no hacía falta alforjas-. Quienes vivimos lejos de las grandes ciudades, es muy posible que no entendamos, que quien vive en ellas, necesite huir, escapar, aunque sea para un rato. También puede uno entender que las procesiones en Andalucía todas las primaveras atrae a visitantes lejanos; o las austeras de Castilla la Vieja. Conozco La pasión y muerte en Aliste, Santo entierro en Bercianos, que se celebra en el pequeño lugar zamorano de Bercianos de Aliste. En el año de 1900 el escritor S. Méndez Plaza, en su libro Costumbres comunales de Aliste, nos dice que “Las cofradías de Aliste vienen a ser una manifestación más de la vida esencialmente comunal del país”. En Bercianos apenas han cambiado los estamentos medievales (fijosdalgo, oficiales, labradores) ni los gremios, han sido las cofradías el principal elemento nuclearizador y organizador de la vida social. Así tenemos La Cofradía de la Cruz, fundada en 1568, en la que su razón de ser está claramente expresada en su introducción a las ordenanzas. Aconsejo tomar parte de esta celebración la tarde del Viernes Santo, estar atento al Miserere; porque, como sucede en la ciudad portuguesa de Braga, se encuentra uno imbuido en pleno siglo XVI. Y si pudieran hacerse con el Boletín Informativo, número 27, marzo de 1986, editado por la Diputación de Zamora y escrito por don Francisco Rodríguez Pascual; viajarían por un impresionante trabajo de erudición antropológica.
A un servidor, verbigracia, no alcanza a entender por qué se ha de cantar una saeta –al menos los viernes que la he presenciado- en la procesión de San Lorenzo de El Escorial.
Nuestro pueblo, reciente y perteneciente hasta no ha mucho tiempo a Segovia; le colocaría en la austeridad castellana. Y no el cantar del pueblo andaluz.
Sigamos con lo nuestro. También habrá quien aproveche estos días para tomarse un descanso; conocer otros lugares…A un servidor le ha tocado esta Semana Santa tomar el arado, preparar la tierra para la siembra, que no es mala forma de pasarla. Quines hayan pasado por la carretera con sus coches cargados y me hayan visto, habrán pensado: “Pobre hombre, qué tarea más ardua en estos días…” Cuando regresen y yo siga en el huerto y ellos en su caravana, no sé si ya pensarán igual.
José Ruiz Guirado
10 de Febrero de 2007

Desde estas “Folerpas” no se puede dar la espalda a la greña que se está produciendo en el Estado español. No era pretensión de quien suscribe inmiscuirme en estas cuitas, que a la postre no son más que una cuestión de semántica. Detrás de todo este ruido hay quien se está muy callado porque le está sacando buena tajada a las aguas revueltas. Y hay algo preocupante: la conversión del vino a categoría de discusión política. La economía, el paro, el terrorismo, el divorcio, la eutanasia, las autonomías, la unidad de España, el traslado de archivos… Todas esas zarandajas son temas para entretenerse, entretenernos, para que no sepamos lo que de verdad se está fraguando. Ya verán ustedes de aquí a unos años. Pero cuando escuché la otra tarde al líder de la oposición traer a colación a Quevedo para hablar del vino; aquí pasa algo. Cuando se baja á la arena política, malo. Porque miren ustedes: A don Francisco de Quevedo hay que compaginarlo con el vino tinto. A don Luis de Góngora el vino blanco le va bien. Los vinos de las posadas y las tabernas son los de don Miguel de Cervantes. Y no tienen ningún derecho los políticos a usurpar el terreno que le corresponde al pueblo. A lo sumo, pueden hablar de cuál ha de ser el cristal y la temperatura del blanco, o el terciopelo color caoba de la uñeta que el vino tinto dibuja en el culillo del vaso; porque comen y beben en restaurantes caros. Ahora, el vino , el chiqueteo es cosa de gente de a pie. Ya lo decía don Antonio Machado de la buena gente de las tierras de España: Donde hay vino beben vino. Y es precisamente, en las tabernas, con un vaso de vino en la mano, donde –conversaciones de taberna- el pueblo despelleja a los políticos. No se puede permitir que invadan lo poco que nos pertenece. Ellos que se tiren dardos en el parlamento, que para eso les pagamos y elegimos. Hasta ahí podíamos llegar. Y si tienen que citar a Quevedo lo hagan para lo propio: No he de callar por más que con el dedo silencio avises o amenaces miedo. (Verán ustedes como se aprenden esta cita y me la mangan.) Siendo un servidor un muchacho recorría los bares y tabernas de San Lorenzo un personaje que vivía de la caridad y del vino. No había bar donde entrase, en el que alguien no dijera: Ponle un vino a Mariano. Después, cuando le invitaba y se lo bebía, se metían con él: “Mariano, borrachín.” A lo que él siempre contestaba, con mucha gracia: “ Que no lo vendan.” Pero vamos a ver. ¿No tendrán los políticos temas en los que enzarzarse, sacarle punta y marear la perdiz para entretenerse semanas? Pues no señor; tienen que hablar del vino que nunca se toman en las tabernas. Hablen ustedes de los presupuestos, de sus sueldos- que da mucha conversación y controversia-. Ahora, no se metan a chiquetear, porque después del vino se suelta la lengua ,y… Además, ya se sabe, hombre: “El vino es medicina para el viejo, veneno para el mozo. Los chavales de hoy no le dan al vino; le dan al botellón y al condón –con perdón-. Que se lo pregunten si no a quienes limpian todos los lunes los despojos de la batalla en la entrada de la Herrería: botellas de ginebra, ron, vodka o whisky… Sen van a gastar los cuartos en un buen vino de rioja. Que un mal día lo tiene cualquiera. Aquí ha pasado como cuando no hay noticia relevante que contar, pues, habrá que inventársela para sacar los periódicos a la calle.
José Ruiz Guirado
09 de Marzo de 2007
Llevaba un tiempo sin asomarme a mi ordenador. Un poco de culpa –no va a ser toda mía- tiene mi “wuebero”, que anda el hombre muy liado con las estrellas, los cometas y los satélites, y no anda bien de tiempo. Qué le vamos a hacer. Siempre ha de haber chicos pequeños a quien echar las culpas. Hace unos días se produjo un eclipse. Pero éste, a diferencia de otros, fue de luna, en plena noche. Que de haber sido a plena luz del día, nos hubiéramos acordado de Juan Ramón Jiménez, al ilustrarnos que miraban al sol “con los gemelos de teatro, con el anteojo de larga vista, con una botella, con un cristal ahumado…” ¡Qué hermosa elegía andaluza Platero y yo! Y al ser en plena noche, y la noche era oscura no hubo más que elevar la mirada hacia el cielo. Sin embargo, en esa oscuridad había un albedo, una blancura nocturna que emite el satélite cuando todavía no había sido cubierta. No vayan a creer que siempre hay aptitud para crear. Aunque Cela aseveraba que la musa siempre te encontrara trabajando. Hay días, circunstancias, estados de ánimo, incluso enfermedad, que te impide acudir a la cita con la hoja en blanco –en este caso la del propio ordenador-. Pero pasado, vuelve uno a retomar la escritura. Creo que para un escritor-aunque nunca publicase una sola página- que se precie, no sería factible vivir sin escribir. Incluso si no lo pudiese hacer con tinta sobre una hoja, e ir almacenando en el tintero del pensamiento las ideas que un día han de tener vida propia. Hacía tiempo que no se sabía nada de Antonio Gala. Su silencio ha sido una obra que no es políticamente correcta. Ni falta que hace. Vivimos una época en la que parece que haya que hablarse de lo bonito. No sabía que pudiera ser bonita una manifestación. Con todos los adjetivos que conocemos. Que también existen los feos. Que las guerras provocan muertos. Que hay quien no tiene para comer. Que se puede ver a una criatura acechada por un buitre. Que sólo se vive una vez y sería digno dejar que cada uno viva en paz. Aquí me ha pasado como cuando hablaba hace un año de la mitología del agua. Me he ido por los cerros de las Machotas viendo cómo la luna iba poco a poco desapareciendo. Se habla de unos pobladores en la noche de los tiempos cerca del Castañar de la Herrería. Posiblemente adorando al Pico del Fraile. Qué pensarían aquellos hombres si contemplasen un fenómeno como esté, al que hoy contemplamos con los ojos de la ciencia y de la indiferencia. Qué harían. Se esconderían. Harían sacrificios adorando al agua, al cielo, a las piedras, a la luna o al sol. Hoy no nos eclipsan estos fenómenos. Hay ,por ejemplo, un culto a la belleza que raya lo grotesco. Aunque piensa que detrás de todo esto no hay más que un intento de prolongar la vida, de vivir cuantos más años mejor. Nadie renunciaría a ello. Aunque eliminar arrugar, operar el cuerpo o incluso experimentar en el laboratorio los genes que provocan la oxidación de las células, no cree uno que serían aplicables a un cuerpo que está vivo y en constante cambio. Hagamos caso al poeta: quien no vivió a tiempo, no morirá a tiempo. Vivamos con y en lo que tenemos, que es muy hermoso e irrepetible. De otro modo nos eclipsará la luz que falsea los perfiles y las perspectivas.
José Ruiz Guirado
03 de Febrero de 2007
Repasando la otra tarde unas notas tomadas hace algún tiempo, me encontré con este término, que hoy se emplea de forma laudatoria, positiva. Llamarle a alguien “as”, es sinónimo que decirle campeón, triunfador, número uno. En su Tesoro de la Lengua, Covarrubias nos explica: Entre gente plebeya, cuando dicen: Sóis un as, se entiende estar la palabra truncada, decirle asno”. Lo que en el siglo de oro era llamarle a uno burro, el último de la clase; hoy viene a ser todo lo contrario: el número uno. Recuerdo una frase latina, no sé si de Petrarca: Asinus in tegulis: un asno sobre el tejado. Esta frase proverbial viene a decirnos que un ignorante ha escalado un puesto que no lo corresponde. Que en este contexto el as no deja de ser un ignorante; o sea, un as es un as. Sigamos, que con la llegado del año nuevo nos hemos puesto trascendentes. De todas formas, hoy en día ,llamarle burro a alguien es un insulto menor sin importancia. Hay tantos burro suelto y dando coces, que no se nota mucho. Otra cosa son los ases, que andan por ahí haciendo piruetas, sacando pecho, luciendo cachas. Un servidor se queda con los perdedores, los del común; posan menos para la galería. A mí me parece que un número uno, un vencedor debe de sentirse muy solo. Y la soledad se da en las personas en los momentos solemnes de su vida: nacer, morir…Además –ahora sí habla Petrarca-: La vida entera no me parece sino un sueño ligero. Voy aportar mi grano de arena. La otra tarde, una tarde, fría desapacible de este febrero loco, bajaba un servidor con el morral en la espalda, apoyado en mi cayado, de darme una caminata con mis perros. Y cerca de casa sentí un mareo, primero leve, hasta que en un espacio de doscientos metros ,llegó a ser tal el mareo que dio con mis huesos en el suelo. Vómitos, sudores fríos, el mundo daba vueltas y era incapaz de levantarme. Por momentos, me parecía la vida un sueño ligero. Llegué a pensar que hasta allí había llegado la peripecia de mi vida. Tumbado en el suelo, sin poder moverme ni comunicarme, sin que nadie pasara por allí a auxiliarme; creí estar muy cerca del último peldaño. Como no podía hacer otra cosa que pensar y esperar, tuve un momento de paz, dentro de mi angustia. Llegué a pensar, que si esto era dejar esta vida no era ni tan traumático ni tan doloroso. Sentía pena, eso sí, por no ver más a los míos y por no haber podido despedirme de ellos. Deseaba, además, tener algo más de tiempo para realizar algunos sueños y proyectos. Una vez que el cuerpo fue volviendo en sí, pude incorporarme, llegar a casa y ponerme en manos de los médicos, que por el momento y a la espera de resultados analíticos, no parecen que le hayan revestido categoría de grave. Que es uno un as y tiene que dar la lata. Miren ustedes por donde, aquí está claro que no es uno un burro.
Los burros –ahora se habla de los asnos- han desaparecido del paisaje de los “escoriales”. Hasta no hace mucho tiempo lo usaban los lecheros para llevar las cantaras de la leche, o los carboneros para llevar el carbón y el cisco a los hogares, o incluso los usaban para arar los huertos. Había un frutero que llevaba la fruta en sus alforjas a lomos del animal. En la Herrería se rodó un spot publicitario para una conocida óptica, en la que aparecían tres muchachos montados en un burro. Hubo novias, boda con invitados y órgano. Acabaron los burros extenuados de la carga que llevaban encima.
En esas notas de las que hablaba al principio, había otra connotación del “as”, que también es necesario destensar el arco: al as de bastos y al as de oros se les asignan dos atributos. Al primero, masculino y al segundo – el trasero-; un servidor lo prefiere femenino. Pero para gustos hay colores.
José Ruiz Guirado
27 de Enero de 2007
Hasta hoy mismo hemos sufrido el “temporal”: un frente lluvioso que ha dejado nieve a su paso, de Norte a Sur. Han dejado ver que la peor parte se la ha llevado Asturias (especialmente Pajares). O eso es lo que decía, cada vez que aparecía la misma reportera, a diferentes horas intempestivas de la jornada. Ha sido la pobre periodista quien ha sufrido en sus carnes las inclemencias del temporal; porque como se veía posteriormente, los vecinos, que ya están habituados a estos temporales, tenían colgados en los palos de las cocinas de las casas, matanza para meses. Uno se pregunta, viendo la cara del temporal en el frío que tuvo que pasar la pobre muchacha, si la invitaron a chorizos y a vino. A un servidor le parece que este tipo de noticias se magnifican. Aquí en el pueblo donde vivo, caen nevadas como las de estos días, sin previo aviso, sin alarma de ningún tipo de nivel. La imagen de un paisano, montado en su mula, provisto del motosierra para cortar leña, tiraba por tierra, con sus carcajadas y su sentido del humor toda la parafernalia. Porque quienes necesitaban ayuda eran los camioneros que estuvieron atrapados doce horas en una autopista y los pobres reporteros, a cual más mojado y aterido de frío. Me estaba acordando que los reyes en la edad media eran aficionados a viajar para que les invitasen; habiendo la obligación de atenderles por sus súbditos, cuando se aposentasen en sus casas o palacios. De esta costumbre nacería un tributo llamado “cenas”; obligados a pagar por quienes no tuvieron la suerte de tener al monarca cenando en su casa, por impuesto indirecto que se llamó “cenas de ausencia”. A estos pobres que nos mostraban, cada vez en condiciones más penosas, no creo que les haya tocado parte alguna de aquella abundancia de impuestos. Ya se entiende, ni son monarcas, ni pueden salir en las cámaras atiborrándose de longanizas: desmejoraría la intensidad de la noticia. Y cualquiera mal pensado se apuntaría al “temporal”.
Aquí en San Lorenzo, los temporales ya no son lo que eran. La nieve se ha ido desplazando hacia cotas más altas. ¿Quién no se acuerda de aquellas nevadas? Nos aventurábamos a ver la nieve de cerca por la carretera, hoy cortada al tráfico, de la Herrería, cerca del Batán, que va a dar a la Silla de Felipe II, en el legendario “ Dos Caballos”. Que si se salía de la calzada; pues se bajaba uno y lo volvía a meter. Más de una noche, con hielo y nieve, hemos presenciado algún que otro “rally”en su asfalto. Nevadas que se producían hacia San Andrés, y ya no nos abandonaban hasta la bien entrada la primavera. Antes para referirnos a una época, hablábamos de quintas (año de incorporarse al Servicio Militar). Los de mi quinta y los de algunas anteriores, saben de lo que hablo. Las calles con medio metro de nieve a un lado y a otro. La nieve que derretía el sol durante el día , lo convertía la helada negra de la noche en peligroso suelo engelante la jornada siguiente. En el colegio, un frío insufrible. Apenas se calentaba el maestro en su tarima de madera con una miserable estufa de gas, provista de una alcachofa raquítica. No sé cómo hemos resistido a aquellas temperaturas tan bajas. Y después de cenar, al calor de las cocina de carbón, a la habitación gélida. No nos hemos congelado porque éramos niños, porque usábamos la imaginación a falta de otros recursos: piedras de río en los bolsillos, calentadas en las cocinas; fogatas debajo de los arcos de la plaza de toros; carreras detrás del carromato del panadero. Y en alguna que otra casa había matanza, que no solo en Pajares se mataban cerdos.
José Ruiz Guirado
1 de Febrero de 2007
Mañana es la Candelaria y pasado San Blas, que entiende de los males de garganta, porque una mujer le pidió al santo que le sacase a su hijo una espina que se le había clavado en la garganta y que le ahogaba. Y así lo hizo. Por San Blas la cigüeña veras, reza el refrán. Sin embargo, ya no se ve por esta fecha, porque como no emigra ya. No tenía intención de hablar hoy de santos; pero no ha quedado más remedio, porque han salido al paso; como lo hizo el otro día un amigo a quien no veía tiempo ha. Es catedrático de música en el Conservatorio de Madrid, y en cierta ocasión me ayudó a localizar en el Archivo Histórico de la Música de la Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, un villancico del año 1759, obra del P. Fr. Antonio Soler, en el que se habla de Robledondo, Santa María de la Alameda y Peguerinos. No sé cómo, pero salió a colación la poca preparación –la asignatura pendiente en nuestro país- de los alumnos en los estudios con la nueva ley aplicada.”Cuando esta incapacidad llega a la música, mal andamos.” Me contó que tiene un alumno que también está en cuarto curso de periodismo, a quien pidió que resumiera en un par de folios una lección explicada. “No pude resistirme, Pepe. No pensaba hacerlo. No obstante, me veía en la obligación moral de decírselo: Tu preparación no es más sólida que la que tenía yo con trece, catorce años.” “ Se está pasando curso sin un nivel para seguir adelante. Y si ese desconocimiento lo unes al despropósito del periodismo que se está haciendo en las televisiones, evidenciando y proclamando la bazofia como información; estamos perdidos”. En un rezago medieval de la época, Bravo Murillo –ministro de Gracia y Justicia en 1847, de Fomento y Hacienda en 1849 y presidente del Consejo de Ministros, 1850-1952- , afirmó: “No queremos obreros que piensen, sino bueyes que trabajen”. Esta afirmación de la que se sentiría avergonzado cualquier ciudadano del siglo XIX, hoy día resultaría casi un halago. El trabajador actual, -salvando las excepciones, claro está- se sienta en el sofá delante del televisor para tragarse y formarse de lo que le echen. Y su preparación, su opinión pasa por hacer “zapping”. El escritor Erich Fromm, en su excelente investigación sobre la naturaleza del amor –“El arte de amar”-, nos explica que el fracaso del amor reside entre otras razones, en pensar por parte del hombre que la clave es tener éxito; y en las mujeres, consiste en ser atractivas por medio del cuidado del cuerpo. Éxito, belleza, desconocimiento. Es lícito que cada cual haga de su vida un sayo. Pero cuando llega en la vida el momento de hacerse alguna pregunta trascendental: ¿quién soy?, ¿a dónde voy? O simplemente, plantearse ante la enfermedad, el dolor, la desgracia: ¿por qué? Es cuando se enciende una luz, aunque sea muy tenue para reaccionar, manifestar, opinar o intentar conocer. No se crean ustedes que los horóscopos, los visionarios, los videntes, los tahúres que se dan en esta época, lo es por casualidad. Cuando falla la fe, lo elemental, el sentido común, hay asirse a un clavo caliente. Hoy si que estoy en un brete: comencé por la Candelaria y acabé por San Blas: lo dijo Blas, punto redondo.
El escritor José Saramago, en su discurso en Estocolmo, con motivo de la entrega del Premio Nobel, en diciembre de 1998, afirmó que el hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía ni leer ni escribir. Era analfabeto y sabio. Que no es igual que poseer un conocimiento técnico y ser un ignorante.
En San Lorenzo, viendo la fachada del Mediodía del Monasterio desde la Herrería, hay que tener mucho cuidado con lo que se dice, que las palabras, ante tanta precisión y armonía, pueden caerse de vacías y revelar desconocimiento. Aunque esto es harina de otro costal.
José Ruiz Guirado
1 de Enero de 2007
Quién iba a decir que el bendito San Sebastián, que ha protegido a los escurialenses de la peste, nos iba a traer las primeras nieves en este año que hemos estrenado con dos santos: San Antón y el que nos ocupa. Ayer, víspera de los fastos, el amigo e historiador Gregorio Sánchez Meco, en el Centro Cultural de San Lorenzo, antiguo Matadero Público, no deleitó con la vida y milagros del santo, y las vicisitudes por las que pasó la Cofradía a lo largo de la historia local. Nos aclara magistralmente, que la vinculación entre el santo y la villa del Escorial debería producirse hacia los años centrales del siglo XIV; porque la pandemia de peste extendida en torno a 1348, no puede defenderse con el santo porque los enclaves: La Herrería, La Fresneda, El Campillo y Monasterio no contaban más que con una decena de familias, insuficiente para levantar una ermita al santo. Creo que las aportaciones de don Gregorio Sánchez Meco en el alfoz que nos ocupa, y en el resto de la península merecen categoría de Ex Cátedra.
Como decía llegaron las nieves y los primeros fríos, porque hasta ahora estábamos bajo la influencia de un anticiclón que nos estaba haciendo la puñeta y desorientando a los animales. Claro que, uno confiaba en la Naturaleza. Por aquí dicen, quienes viven ligados al campo - fíjense que en la España de Roma la palabra pagano, pagus: campo; o sea, los campesinos fueron los últimos en abandonar el culto a los dioses, produciendo escándalo entre los cristianos, porque celebraban las fiestas con fiestas paganas-, que lo que no hace en su tiempo, lo hace después; porque el campesino no abandona fácilmente sus tradiciones ni sus convicciones. Y como venga de seguido el frío, a esta altura en la que vivimos, tenemos nieve para rato. Con una particularidad, esta nieve no ha venido a remediar el frío que suele asolar a la sierra por esta época de temperaturas gélidas; sino que ha venido a hacernos la pascua, dejándonos ateridos de frío. Dan ganas de dejarse una barba tupida y cerrada, como la que puso de moda el emperador Adriano, que hasta entonces se usaba pelo corto y barba afeitada. Tengo leído, precisamente, que en la época del emperador del que hablábamos, el matrimonio, que se hacía ente muy jóvenes, el novio se afeitaba la barba y la novia echaba al fuego de los dioses sus juguetes infantiles. Una manera de despedirse de la adolescencia. Podían tomar nota los novios actuales y predicar con el ejemplo en la despedida de solteros. Pero los tiempos cambian. Y ahora esto no sería posible sin una sonada orgía por ambas partes y en separado de cada uno de los contrayentes. Tendrá que ser así. Bueno, vamos a ver. Qué hago yo metido en estos berenjenales. Que se case cada uno de la guisa que quiera. Y que se despidan de la soltería como les venga en gana. Aquí se estaba hablando de San Sebastián, que además de su especialidad profiláctica en menesteres de pestes, este año se ha atrevido con lo meteorológico. Que se meta la curia por medio y le hace la competencia a Santa Bárbara o al propio San Isidro. No vayan ustedes a creer que estoy hablando gratuitamente. Al propio San Sebastián le hizo la competencia San Roque. Los santos se ponen de moda como las costumbres y los usos. Y uno le quita al otro su especialidad. Claro que no son ellos los culpables, sino quienes les auspician o los silencian. Los ejemplos los tenemos en otros dioses más humanos. Ahí tenemos a toreros, futbolistas, actores, cantantes…Pasan de la noche a la mañana de ser encumbrados en el Olimpo a ser olvidados en el mayor ostracismo. Decía un amigo mío que la fama es un deporte efímero, que se paga caro. Afortunadamente para los santos las modas son efímeras. Que se lo digan a San Sebastián, que lleva quinientos años ligado a los escurialenses, que se dice pronto.
José Ruiz Guirado
6 de Enero de 2007
El propio día de Reyes le trajeron unas botas que no pudo estrenar. Esa misma mañana me le encontré delante de la puerta de mi casa. Después se fue como cada jornada con las ovejas y ya no volvió. Le sorprendió la muerte donde había pasado gran parte de su vida, en el campo con las ovejas y los perros. Alberto, el pastor, era un hombre alto, alegre, zalamero, bailarín y honesto. Era capaz de recitar de memoria largos romances, de su cosecha propia o aprendidos en sus largas jornadas en la soledad. Cada mañana le veía salir de casa con su morral a la espalda y los perros conduciendo a los merinos a pastar. Había que verle para las fiestas de San Ramón, con su camisa blanca y su pantalón negro, trazando los pases de baile del rondón. Al cura del pueblo, un muchacho joven recién llegado al pueblo, solía decirle: “Baile usted, señor cura, que Dios todo lo perdona.”Alberto, era algo más que un personaje entrañable. Su figura alta estaba ligada de alguna manera al paisaje, a los pedregales, a las jaras, a los arroyos, al cantueso al cielo alto de esta Castilla árida y sempiterna. Y con su muerte desaparece parte de este paisaje austero. También desaparece un profundo conocimiento campesino y popular que ya no se ha de recuperar: el conocimiento del ritual de la matanza del cerdo, el de las labores de la huerta, el del parto de los animales y la pérdida de una literatura oral que practicaba en la soledad de las largas horas contemplando el milagro de este paisaje que ahíta. Además de un profundo conocimiento meteorológico. Un pastor no necesita satélites para saber si llueve, hace viento o vendrán heladas o nieves.
Había heredado de sus padres la gracia del baile. Cada año se llevaban el concurso de rondón que se bailaban enfrente de la ermita de la Herrería, para la Romería de la Virgen de Gracia. Y el oficio de pastor. Un oficio que por desgracia va desapareciendo del paisaje campesino en los caminos polvorientos y en las empinadas serrezuelas. Pero con Alberto, a mi me sucede algo peculiar: me resisto a creer que haya desaparecido del paisaje de esta sierra de contrastes cromáticos y climatológicos.
He hablado muchas veces con él. Alberto era uno de esos hombres que pertenecía a la vieja estirpe castellana. De principios solidos, palabra ágil y galana. Hombre de fe, de principios y de palabra. Desconfiado como buen serrano, pero que tendía la mano a quien le iba de frente y con la verdad por delante. Tenía su credo personal, y llevaba a gala el honor, el respeto a la familia y la honradez. Puede parecer que era un hombre de otra época. Y lo era en principios y respeto. Pero que vivía el presente con la perspectiva de quien tiene ya muchos años de vida a la espalda, al morral. Además de asistir a las fiestas patronales, cuando podía. Le hubiera gustado quedarse horas bailando, charlando o divirtiéndose con los suyos. Sabía que tenía que asistir a los animales, a quines no se puede fallar, que no tienen días festivos ni días laborales.
Estoy convencido que Alberto en sus largas meditaciones habrá pensado que es un error creer que el tiempo quita las pesadumbres a los hombres. Y habrá creído con Campoamor:
En mi vida feliz paso las horas,
mientras llega la muerte,
convirtiendo en doloras
las tristes ironías de la suerte.
José Ruiz Guirado
1 de Enero de 2007
Aún recuerdo el día que me le dieron. Fue un compañero de trabajo, porque a su hija le daba alergia el pelo. Tendría que haber comenzado diciendo quién es Pipo. Es un perro negro, peludo, pequeño, inteligente, cariñoso con los dueños y una fiera con personas y animales extraños. El otro día, tres antes de que acabara el año me lo llevé a cortar leña a una finca que hay según se baja el Puerto de la Cruz Verde a la derecha. Como es una finca grande y cercada le dejé suelto y correteando por allí. Se escapó una vez y tuve que ir por él porque no sabía volver. Como veía que ya no se escapaba le dejé jugando entre la leña. Iba y venía y yo le silbaba y acudía rápido. Una de las veces me pareció que no volvía. Dejé de cortar leña y salí a buscarlo. Un sobresalto me invadió. Presentí que algo terrible había ocurrido. Y, desgraciadamente, no me había equivocado. Allí estaba tendido. Le llamé pero no me contestó. No se movía. Tenía la boca ensangrentada. Seguramente le había dado una coz cualquiera de las vacas a las que fue a ladrar. Porque Pipo, todo lo que tenía de pequeño le tenía de valiente y de osado. Le recogí y me lo lleve. Pensaba que se despertaría. Que sería como aquellas otras veces en las que se había metido en un lío y yo le cogía en mis brazos. O como cuando me acompañaba las noches gélidas a cerrar a las gallinas y le traía en mis brazos, porque se quedaba aterido de frío mientras me esperaba. Pero esta vez no se despertaba. Acabé de recoger todo y lo metí en una bolsa dentro de la furgoneta. Había sido una lamentable y desafortunada fatalidad, que no me puedo perdonar; porque debería de haber ido a buscarlo en cuanto que tardó, porque es un trasto. Aunque también es verdad que otras veces que se me ha escapado, ha tardado en volver, pero al fin lo ha hecho con aquella lengüilla roja como el coral a un lado de la boca. Pipo estaba muerto. Después de colocar la leña en la leñera, me lo subí en mis brazos, como tantas veces y lo enterré y le puse encima un montón de piedras para que ninguna alimaña pudiera llevarse el cuerpo. Lo hice cerca del corral, donde todos los días iría a visitarlo. Lo vi por última vez y no puede evitar llorar desconsolado. Esa misma mañana, antes de bajar a cortar la leña se vino conmigo a limpiar el corral de las gallinas. Mientras yo lo hacía, él atado con su correa las mantenía a raya. No dejaba que una sola gallina que se alejara picoteando hierba más allá de donde la zorra , que incluso se atreve a plena luz del día, pudiera atraparlas. Después nos fuimos y ya no volvió a hacer más viajes conmigo. En este momento me pregunto: cómo puede ser la vida, Dios, quien sea tan cruel con una criatura tan pequeña, tan indefensa, tan inocente. No tengo derecho a culpar a nadie de la muerte de Pipo. Pero uno maldice cuando un ser lleno de vida deja de existir. Cuando unos momentos antes corría contento para allá y para acá, tan libre, tan lleno de alegría. Lo único que me consuela, es el pensar que en mi casa, conmigo ha sido el animal más feliz. Pipo era un perro inquieto, muy inquieto y con malas pulgas. A cualquiera que no fuera uno de nosotros le mordía. No tenía miedo a nada ni a nadie. Más de una vez he tenido que sacarle de un aprieto. Como aquella ocasión en la que se metió contra unos perros enormes, entre ellos un mastín, que se estaban peleando por una perra en celo. Si no llego a tiempo, no lo hubiera contado. No podía ver un coche o una moto. Se iba tras ellos en cuanto los veía, olía u oía. Allí estoy detrás de él para salvarle el pellejo. Pero aquella mañana nefasta, no llegué a tiempo. (Que no se preocupe mi “güebero”. Desde donde le recogí se veía una Herrería con tonos ocres, dorados, castaños y un Monasterio al que la luz melada del invierno recién estrenado lo tenía de un tono lechoso.)
Este trabajo con el que comienzo el año, no es precisamente un buen comienzo. Pero no habría que olvidar que la parte más importante de cualquier cosa es el principio- cuius rei potissima pars principium est-.Y ésta por triste o desgarradora que sea, será el origen de las “Folerpas” que D.m. intentaremos en este nuevo año recién nacido. Posiblemente, cada vez que escriba una, allí estarán los ojos negros y vivos de Pipo escudriñando. Más de una noche se ha sentado conmigo mientras escribía y hasta que no acababa, no se bajaba de mis piernas. Que nadie vaya a pensarse que quien escribe es una persona blanda. Tengo marcas en mi cuerpo, cosida algunas sin anestesia, y producidas incluso por hachas. Y les doy mi palabra que no he vertido una sola queja. Pero Pipo era un amigo, un animalito que me acompañaba a cualquier parte, ya lloviese, ya nevase, ya helase. Y allí se sentaba hasta que volviese. En cuanto me olía daba saltos de alegría. Cómo no se va a echar de menos a una criatura tan cariñosa.