HUBO UN TIEMPO EN QUE LOS DÍAS tenían ojos maravillados, ilusiones puntiagudas, primaveras alerta.
Bastaba respirar profundamente para sentir el más alto fuego.
Era tiempo de habitar la inocencia de las fuentes el vuelo de los pájaros, la luz y los juegos, el asombro y el descubrimiento.
Entonces nos sostenía un aire diferente y la blanca promesa de la vida se anillaba en los sueños.
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