Contra la desmemoria

Julián Ayala

Recuerdo y reivindicación de los cenetistas tinerfeños fusilados en 1937

En la comida de fraternidad republicana de este año, celebrada el pasado 14 de abril, los Amigos de la República de Tenerife rindieron un homenaje a los cenetistas fusilados en 1937, hace setenta años. Este artículo es un resumen del texto de Julián Ayala que se repartió durante el encuentro.

Si la resistencia en Canarias al golpe militar del 18 de julio de 1936 fue ocasional y fácilmente aplastada, ¿a qué se debió la saña de los rebeldes, que produjo en Tenerife y su provincia entre 1.500 y 1.600 muertos, tanto desaparecidos como ejecutados en los simulacros de juicios militares, y en las islas orientales alrededor de 600? El historiador Sergio Millares Cantero considera que las variantes y la intensidad de la represión en Canarias se explican sobre todo por el miedo de las clases dominantes a perder su hegemonía económica y política (1). Pero ese temor era infundado, pues si es indudable que el advenimiento de la II República trajo consigo una eclosión de las organizaciones obreras y populares, con la consolidación de importantes sindicatos de trabajadores como la CNT, en la zona metropolitana de Tenerife, o la UGT en las comarcas agrícolas del norte, y si bien es cierto también que en la isla hubo 128 huelgas en los cinco años que van de 1931 a 1936, produciéndose, asimismo, casos aislados de violencia, la clase dominante canaria nunca vio peligrar su hegemonía social, política y económica.

Aunque el cambio revolucionario del sistema formaba parte de la estrategia a largo plazo de comunistas y anarquistas, las huelgas de la época fueron puramente reivindicativas de mejoras laborales y salariales. No hubo, como en otros lugares de España, levantamientos revolucionarios que pusieran en cuestión los fundamentos del sistema, e incluso en el único episodio en el que tuvo lugar una confrontación armada, los incidentes de Hermigua, La Gomera, en 1933, donde murieron dos guardias civiles y un obrero, la huelga que dio origen al enfrentamiento tenía un motivo estrictamente laboral: la no discriminación de los obreros sindicados a la hora de ser escogidos para trabajar en la construcción de una carretera pública.

MENTALIDAD CACIQUIL. ¿Qué explicación hay entonces para que las clases poseedoras, en connivencia con los militares rebeldes, llevaran a cabo lo que el historiador Ramiro Rivas considera “un genocidio, una guerra de exterminio, unos asesinatos masivos realizados de forma consciente, bajo una dirección política, y con el claro objetivo de destruir las organizaciones populares”? (2) La explicación hay que buscarla en la propia mentalidad caciquil y autoritaria de esa clase dominante, que, como apunta otro historiador, Miguel Ángel Cabrera, no estaba “nada habituada a afrontar situaciones de alta conflictividad” (3).

Esa conflictividad bastó para desencadenar la represión, que fue más dura en las islas de más fuerte implantación y actividad de las organizaciones obreras, como Tenerife, La Palma, Gran Canaria y La Gomera. Esta represión está, además, en relación directa con la resistencia al golpe, pues fue en estas islas donde hubo los intentos más serios de oposición a los rebeldes, que se saldaron con cientos de fusilados y desaparecidos.

DOS ETAPAS REPRESIVAS. En Canarias hay que distinguir dos etapas de la represión: la primera tuvo su punto álgido en los años 1936 y 1937. Fracasado el golpe de Estado, el pronunciamiento militar da lugar a la guerra civil, y en esa guerra Canarias se convierte en la retaguardia del frente, que hay que consolidar y asegurar a toda costa. De ahí la especial crudeza de la represión, que buscaba principalmente dos objetivos: descabezar cualquier intento de resistencia organizada e implantar el terror social y político entre la población. La segunda etapa represiva tuvo lugar en 1940, el primer año de la posguerra. Aunque en ambas etapas el elemento de la venganza social y política tuvo importancia, en esta segunda podríamos considerar que éste prevaleció sobre cualquier otra consideración. Ya no se trataba de consolidar posiciones, sino pura y simplemente de “castigar” a quienes fuera del territorio insular habían participado en la guerra en las filas del ejército de la República, como los que humillaron el orgullo de los sublevados con su evasión de Villa Cisneros, en marzo de 1937.

En estas dos etapas los historiadores contabilizan, por ahora, 64 muertos “oficiales”. De ellos, 61 fueron fusilados después de ser condenados en consejos de guerra y tres murieron en enfrentamientos armados. Veinte fueron asesinados en los seis últimos meses de 1936, 31 en 1937, 2 en 1938 y 11 en 1940.

LA CAUSA MÁS SANGUINARIA. La Causa nº 246 de 1936, el proceso a la CNT, fue la que produjo mayor cantidad de condenas a muerte, 27, de las que se cumplieron 25, pues fueron indultadas dos mujeres. Entre esos 25 ejecutados están los que han pasado a la historia del movimiento obrero tinerfeño como “los 19”, que constituyeron el grupo más numeroso de fusilados durante la guerra civil en Canarias. Fueron juzgados en la segunda pieza separada de la Causa 246 y ejecutados en la batería del Barranco del Hierro, de Santa Cruz de Tenerife, el 23 de enero de 1937. Eran jóvenes entre los 23 y los 41 años, y dirigentes de diversos sindicatos de la Confederación. Ellos y sus restantes compañeros fueron acusados de “adhesión a la rebelión”, pues, según el acta de acusación, se habían reunido la noche del 18 de julio de 1936 en las inmediaciones de Cueva Roja, en la carretera de Los Campitos de Santa Cruz de Tenerife, donde se pusieron de acuerdo para repartirse armas, pistolas, algún fúsil y bombas caseras, reunidas por el Comité de Defensa Confederal, cuyo responsable era Martín Serasols Treserras, más conocido como Pepe el Catalán, que incurso en otro apartado de la misma causa, fue fusilado unos días antes que los 19, el 9 de enero de 1937.

VÍCTIMAS Y VICTIMARIOS. Ricardo García Luis, en un libro estremecedor titulado La justicia de los rebeldes, nos da cuenta de las torturas, sevicias, humillaciones y malos tratos a los que fueron sometidos los sindicalistas, a manos de personajes tan siniestros como el capitán Otero y el capitán juez instructor Aurelio Matos Calderón. El fiscal del juicio, cuyas garantías procesales brillaron por su ausencia, fue el teniente jurídico Rafael Díaz-Llanos y Lecuona, cuya objetividad se resumía en una de sus frases favoritas: “No hay que dejar un anarco-sindicalista en pie”. Según hace notar García Luis en el libro citado, el fiscal empezó su informe en el juicio de los 19 con estas palabras: “En la proclama que el Führer Canciller Adolf Hitler dirigió el 1º de septiembre de 1933 al pueblo alemán dijo: ‘Durante algunas semanas, al principio de este año, estuvimos a dos dedos del caos bolchevista’ (…) El Canciller Hitler, con su actitud decidida hizo un gran bien a la humanidad, poniendo una barrera a la revolución salvaje que se avecinaba y amenazaba a Europa. (…) El Estado español proclama al mundo entero que si el Ejército español no se hubiera alzado para defender esencias nacionales, a punto de ser aniquiladas, habría estallado en pocos días la revolución roja, instigada por impulso feroz, y decidida a destruir la nación” (4).
Con este fiscal tan ecuánime no es extraño que de los 61 procesados en este juicio 21 fueran condenados a muerte y los otros a diversas penas de prisión. Posteriormente fueron indultadas Carmen Goya Hernández y María Luisa Hernández Remón.

Por último y dentro de la misma Causa, el 6 de marzo de 1937 fueron fusilados otros cinco sindicalistas, entre ellos Rodrigo Coello Martín, secretario de la Regional de CNT. Sus nombres se unen a los de los numerosos obreros y políticos de izquierda, militares, guardias civiles y de asalto, funcionarios y maestros asesinados o desaparecidos en la orgía de sangre que fueron los primeros años del “Movimiento Liberador” en Canarias. Unos años siniestros y terribles que siguen estando en la penumbra histórica, pues a la burguesía canaria, que hoy gobierna en las instituciones públicas, no tiene interés en que se conozcan los pormenores de aquella matanza. Y ello, como dice Ramiro Rivas, “no se debe a una mera inercia, ya que reflexionar sobre lo sucedido en la guerra civil y la larga posguerra le llevaría a reconocer la ilegitimidad de su poder y de los beneficios de toda índole que la situación le supuso y le supone. Son los herederos y beneficiarios de aquella masacre organizada, ordenada y realizada por sus parientes, amigos y socios. Pero, además, la mayoría de sus integrantes están convencidos de que esas actuaciones eran del todo necesarias, dolorosas, quizá, pero indispensable profilaxis social” (5). Ellos no van a hacer nada por recuperar la memoria de esta época. Ese trabajo nos toca hacerlo a nosotros.

Notas

(1) Millares Cantero, Sergio: “Reflexiones sobre la guerra civil en Canarias”, Disenso, nº 35. Febrero de 2002.
(2) Rivas, Ramiro: “Canarias: memoria histórica, retales de memoria, desmemoria y amnesia”. Disenso, nº 41. Octubre de 2003.
(3) Cabrera, Miguel Ángel, y otros: La Guerra Civil en Canarias. Francisco Lemus Editor. La Laguna , 2002.
(4) García Luis, Ricardo: La justicia de los rebeldes. Los fusilados en Santa Cruz de Tenerife (1936-1940). Ediciones Baile del Sol, Tenerife, 1994.
(5) Rivas, Ramiro: Op. Cit., Disenso, nº 41, octubre de 2003.