Sobre el cierre del
centro de RTVE en Canarias
La hipocresía del tripartito canario
Ramón Afonso
Rebelión
En una época en que se habla
tanto de identidades que fragmentan y tan poco de las relaciones sociales que
impone el capital que maltratan por igual a los trabajadores de Euskal Herria,
Cataluña, Madrid o Canarias, el desmantelamiento de los centros de
radiotelevisión española (RTVE) en Canarias irrumpe como un volcán capaz de
sepultar inteligencias e intenciones. La legítima defensa de unos puestos de
trabajo, la verdadera democratización de los medios de comunicación públicos y
su necesaria protección e independencia en un sector fuertemente privatizado,
no significan nada para los que de antemano habían convertido el conflicto en
un ultraje a esa canariedad inventada a fuerza de "Tenderetes" y
"Luchadas".
Los mismos que apoyaron y firmaron el plan de Cafarell han desvirtuado la lucha
de los trabajadores al encabezar las manifestaciones de supuesto apoyo popular
-los lobos cuidando el rebaño-. A pesar de que el representante de Coalición
Canaria en el Consejo de Administración de RTVE, Jorge Bethencourt, votara a
favor del proyecto de reestructuración de la cosa radiotelevisiva, las huestes
de Paulino Rivero y Adán Martín no dudaron ni por un instante en criminalizar a
La Sepi, la
maldita Sepi, porque quiere acabar con un servicio público esencial para
Canarias, y en su victimismo instintivo aparece Madrid, siempre Madrid, como
cielo protector de las tropelías indiscriminadas de esos que se apropian de
"Lo nuestro".
Pretenderán, incluso, hacernos creer que su televisión, esa a la que
llaman "la nuestra", es un ejemplo de objetividad, pluralismo y
democracia, de servicio público. A pesar de que siempre han controlado los
medios públicos y privados, fueron más allá. La TV autonómica, la de Prisa, sí es paradigma de
cómo tratar la información cuando el objetivo verdadero es el contrario, una
manipulación informativa que alimente el control de clase: un cóctel de
desinformación política, unos telediarios convertidos en crónica de tribunales
y de sucesos cuanto más escabrosos mejor, mañanas y noches de prensa rosa, una
copiosa y aletargante programación deportiva; y todo aderezado con un ramillete
de intelectuales del tres al cuarto para cuando sea necesario sepultar
ineptitudes y connivencias, amaños y apaños, o silenciar luchas ciudadanas -Vía
de Ronda, Pto. de Granadilla, PGOU, playa de Valleseco-. Es tan independiente
que, como diría Saramago, sólo informa de lo que le da la gana y no de lo que
es noticia.
La des-facha-tez e hipocresía con que ha actuado el tripartito canario
sólo es comparable con la de aquellos empresarios, acompañantes en la caminata
sabatina, a los que no les tiembla la mano cuando despiden a sus trabajadores o
los precarizan de por vida y, sin embargo, son capaces de salir a la calle
sintiéndose ultrajados. Entre ellos Ignacio González en plena faena, rapiñando
votos para su candidatura a la
Cámara de Comercio, el mismo personaje que días antes del
revocatorio contra Hugo Chávez erigió un monumento a la manipulación
informativa y a la mentira al realizar aquel "documental" que se
repitió insistentemente en Canal Azul, por entonces de su propiedad. La
convocatoria acabó siendo un sonado fracaso a pesar de la insólita y machacona
campaña que, utilizando los propios medios públicos, realizaron los
trabajadores con la extraña anuencia y permisividad de los rectores del centro.
Probablemente, la percepción de que la movilización no era parte de una lucha
laboral, un conflicto de clase, sino una cuestión de "dignidad"
nacional manipulada a su antojo por la cúpula nacionalista y sus inseparables
compañeros de viaje -PP Y PSOE- no estimuló suficientemente las conciencias.
Tampoco ayudó la escasa y esporádica solidaridad mostrada a lo largo de sus 42
años de historia -salvo honrosas excepciones individuales- en la lucha social, laboral
o política de los trabajadores y del pueblo canario. Quizás el miedo a perder
su medio de vida les hizo olvidar que la lucha de los trabajadores poco tiene
que ver con la de unos privilegiados que desde siempre han vivido
estupendamente a la sombra de la oligarquía. Por eso pocos, muy pocos, se
creyeron que las estrellas televisivas canarias que pusieron rostro a la
convocatoria iban a convertirse de la noche a la mañana en abanderadas de la
justicia social, plenamente identificadas con la lucha de sus compañeros.
La externalización de la producción radiotelevisiva, en un marco de constantes
ataques a la propiedad comunal, no es menos evidente que la producida en la
sanidad, la educación o en los servicios, ni la precariedad laboral existente
en la empresas mediáticas es más intensa que en cualquier otra, o el férreo
control político que sufre es ajeno a otros espacios de la Administración; por
tanto, la construcción de unos medios de comunicación públicos, plurales y
democráticos debe ser una más de las reivindicaciones ciudadanas en materia de
derechos sociales universales, es más, las organizaciones políticas,
sindicales, vecinales, etc. que apuestan por cambiar el actual marco de
relaciones económicas, sociales y políticas deberían considerarlo como una
tarea necesaria e ineludible.