El Ángel de la Web

 San Dalmacio Moner - Sant Dalmau Moner

(artículo del padre dominico Josep Coloma extraído de la colección "Nuevo Año Cristiano" de Editorial Edibesa)

Cuando el P. Francisco Diago, reconocido historiador dominicano, escribe la semblanza biográfica de san Dalmacio Moner a fines del siglo XVI, lamenta que no sea bastante conocida una figura tan eminente en santidad. Se refería al entorno general cristiano. Sin embargo, hay que admitir que san Dalmacio Moner era muy conocido no sólo en aquel momento, sino durante los dos siglos anteriores en la región gerundense en la que nació, vivió y murió y, en ella, ha seguido siendo conocido y venerado en los siglos posteriores hasta nuestros días.  En este sentido, hemos de hablar de un santo localista  en sentido positivo, es decir, de gran influencia en su tierra, pero a la vez con un mensaje válido para toda la cristiandad de ayer y de hoy.

San  Dalmacio Moner (san Dalmau Moner para los catalanes) nace el año 1289 en Santa Coloma de Farners, a unos 20 kms. de la ciudad de Girona. Sus padres eran de condición económica  acomodada, como consta por su comparecencia en diversos  juicios sobre conflictos de bienes, relatados  en documentos de la época. El nombre de su  ciudad natal se compone de dos topónimos: el de Santa Coloma, localidad sobre cuya parroquia existen documentos que datan del año 898, y el de “Farners”, nombre del Castillo y del santuario de Santa María,  todavía existentes y pertenecientes al actual término municipal. En la época de San Dalmacio, abundaban en toda la zona corrientes de agua, y menudeaban en ella los molinos proveedores de harina. Con la tarea de moler cereales  para producir harina  está relacionado nos sólo el topónimo de farners (harineros), sino  el apellido de la familia  “Moner”, contracción de moliner (molinero).

 

Dalmacio Moner, estudiante

La familia “Moner” recurrió sin duda a los monjes benedictinos del vecino monasterio de Sant Pere de Cercades para la primera educación  de Dalmacio. Y, llegado a la adolescencia y primera juventud, fue enviado por sus padres a la cercana ciudad de Girona a estudiar  las Artes Liberales. Durante este período, el joven vivía habitualmente en Girona y volvía periódicamente a la casa familiar, cada semana o quince días. Las gentes que vivían a lo largo del trayecto, que va desde  Santa Coloma de Farners a Girona,  estaban familiarizados con la figura de aquel joven que, provisto con su hatillo, les saludaba al pasar por delante de sus casas y campos,  mientras hacía a pie dicho trayecto, yendo o viniendo. Hasta hace poco tiempo, todavía  se  señalaba una roca, conocida como la roca de San Dalmacio (en catalán, la llamaban  roca dalmaua), en la que, según la tradición,  solía el joven tomar un descanso. Las  reformas del terreno  eliminaron dicha roca. Se trata de un  detalle que avala la popularidad de nuestro Santo durante siglos.  También aboga en el mismo sentido la llamada flor de San Dalmacio, abundante  en toda la zona, que florece  en septiembre, el mes de su fiesta, y cuya denominación  botánica es aster paniculatus (J.M. Más). 

Mientras Dalmacio permaneció en Girona, se costeaba la  estancia dando clases a hijos de gerundenses acomodados. Consta que tuvo como alumno a Pere Serra, que luego sería un  reconocido jurisconsulto e incondicional devoto del Santo.

Fue durante este período cuando Dalmacio conoció a los dominicos, cuyo convento de Santo Domingo, inaugurado en 1254,  brillaba con particular esplendor en aquella época. Dalmacio  pudo estudiar las Artes Liberales (Trivium et Quatrivium) bien en ese  convento de Santo Domingo, convertido desde sus comienzos en Estudio General, bien  en cualquiera de los otros centros docentes de Girona.

Consta que Dalmacio era estudiante de Lógica en Montpellier en 1308 y que, en 1310, era  profeso dominico en el Convento de Santo Domingo de Girona, donde continuó sus estudios de Lógica y  cursó luego los dos primeros años de Teología. En 1314, forma parte del grupo de estudiantes de Filosofía (De natura) del Estudio General existente en el Real Convento de Predicadores de Valencia. Dado el aprovechamiento en sus estudios, fue admitido para cursar en el Estudio General de Barcelona y en el Montpellier los dos años complementarios de Teología, necesarios para la obtención del Título de Lector  de Teología, título mencionado en aquella época como el de  Doctor en Teología.

En cuanto a su tarea docente, consta que, antes de completar  sus estudios de Teología,  había ejercido como Lector  de Lógica  en diversos  conventos dominicanos, concretamente en los de  Castelló d’Empúries, Tarragona, la Seu d’ Urgell y Cervera.  Y se supone que, completado su curriculum de estudios, ejercería durante algún tiempo como Lector en Teología en el Estudio General de Girona o en otros conventos de los dominicos. Aunque los documentos disponibles no son explícitos  en este último aspecto.

 

Dalmacio,  fraile  dominico

Los anteriores datos  sobre los estudios y actividad docente de fray Dalmacio,  están bien documentados especialmente en las Actas de los Capítulos Provinciales y nos sirven para comprender su personalidad como fraile dominico, con tal que los interpretemos desde el “ideal dominicano”,  que santo Tomás había formulado  magistralmente en el conocido  lema: Contemplare et contemplata aliis tradere : a) contemplar y b) transmitir a otros lo contemplado. La primera parte del lema instaba a  llenarse de Dios a través de la oración, de la vida regular o monástica y del estudio. La segunda parte implicaba la transmisión de la verdad divina acumulada dentro de uno mismo a través de una vida ejemplar, de la predicación y de la docencia.

Fray Dalmacio había conocido este ideal encarnado vivamente en los frailes del convento de Santo Domingo de Girona, que se encontraba en el fervor de los años fundacionales y brillaba  por la  estricta observancia regular de sus frailes y por  la dedicación a la oración, al estudio,  a la  docencia y al  apostolado de la palabra. La entrada de Dalmacio en la Orden de Predicadores  fue ciertamente anterior a 1310, pues aparece como religioso profeso y estudiante de Lógica en las Actas del Capítulo Provincial, celebrado precisamente ese año en Girona. Teniendo en cuenta que murió en 1241, su vida de consagración religiosa en la Orden de Predicadores habría durado como mínimo 31 años, gran parte de ellos consumidos en el recinto conventual dominicano de Girona. 

Tanto la iglesia como el convento de Santo Domingo,  situados en  la zona más elevada de la ciudad, habían sido  construidos en austero y bello estilo gótico mendicante. Cuando fray Dalmacio  se hizo dominico, aquel Convento se estaba convirtiendo en un pujante centro docente y de  espiritualidad,  que irradiaría su influencia no sólo sobre Girona y comarcas circundantes, sino también sobre  todo el territorio de la antigua Corona de Aragón. Así lo ha demostrado el P. José María Coll, quien a la vez  ha estudiado la pléyade de influyentes personalidades formadas en el  Convento de Santo Domingo, pudiéndose contar, entre ellas,   consejeros  de Reyes, obispos, predicadores generales, catedráticos de la universidad de Girona y de otras universidades, varios provinciales de la Provincia de Aragón, dos inquisidores generales de la Corona de Aragón  y profesores de las Escuelas de Lenguas Orientales, promovidas  por san Raymundo de Panayfort .

Acerca de  la vida  de fray Dalmacio como “dominico” y como “santo”,  disponemos afortunadamente  de una fuente de valor inapreciable, a saber, la biografía que sobre el  mismo escribió Nicolau Eimeric (1320-1390), Inquisidor General de la Corona de Aragón, hijo del convento de Girona y novicio de Fray Dalmacio. Eimeric, poco propenso,  por su formación y espíritu crítico,  a los no raros elogios desmedidos de las hagiografías  medievales, nos ofrece  una  admirable y sobria semblanza de Fray Dalmacio, escrita con verdadera devoción, unos diez años después de la muerte del santo.

Fray Dalmacio se distinguió por  la fidelidad a las observancias regulares o monásticas, propias de la  Orden dominicana. Sin duda por ello y por el don de consejo que había recibido de Dios, fue nombrado maestro de novicios. Francisco Diago relata la delicadeza y atención  individualizada  con que fray Dalmacio conversó con  un novicio para ayudarle a vencer la falta de confianza en el futuro que ponía en peligro su vocación. 

Por  otra parte,  los  biógrafos destacan que, aunque el convento del cual  era hijo y en el cual principalmente vivió, se santificó  y murió fue el de Santo Domingo de Girona, fray Dalmacio era enviado por los superiores a los conventos de nueva fundación  para que permaneciese allí durante algún tiempo a fin de contribuir con el propio ejemplo y con sus consejos  al fortalecimiento de la  las observancias regulares  que habían de hacer del nuevo convento un  centro  de  santificación personal y de predicación apostólica. Por esta razón, enviado por los superiores, convivió de hecho  algún tiempo con sus hermanos de hábito   en los conventos de Castelló d’Empúries (1317 a 1318),  Manresa (1318 y 1322), Cervera (1319 y 1329) y Balaguer (1331). 

 

Semblanza de fray Dalmacio  como  santo

Un aspecto llamativo de la biografía de fray Dalmacio, que destaca Eimeric y que recogen todos los historiadores posteriores, es la auténtica e intensa veneración y devoción que  sus coetáneos le profesaban  como “santo ya en vida”, tanto los frailes que convivían con él  como los cristianos de toda clase y condición  social de fuera del convento. Eimeric relata favores extraordinarios,  conseguidos por frailes compañeros suyos, invocando la intercesión del  que, teniendo tan cerca,  consideraban santo y amigo de Dios.  Eimeric refiere también muchos favores conseguidos por  toda clase de  personas invocando la intercesión de fray Dalmacio, mientras éste estaba vivo. 

Eran, por  lo demás, muy frecuentes las visitas de fieles seglares, necesitados de consejo o apurados por alguna dificultad familiar o económica o  por la  enfermedad, que acudían al convento  en demanda de la ayuda de fraile santo, confiando especialmente  en su poder  intercesor ante Dios. 

Fray  Dalmacio rehuía tales visitas aduciendo argumentos que  luego eran interpretados como una prueba más de su entera pertenencia a Dios. A él acudieron  gentes de alto rango social o eclesiástico, como Don Pedro, Conde de Empúries e hijo del Rey Jaime II de  Aragón, Don Bernardo, Vizconde de Cabrera y Don Pedro, Obispo de Girona.

La veneración y admiración a fray  Dalmacio “como santo” estaba muy extendida entre la gente de la ciudad y de   la zona circundante, sea porque  habían oído hablar de  él, sea porque  le conocían directamente por haberle visto y tratado en sus  viajes, acompañado de uno o más religiosos.  Gracias a las  salidas frecuentes del convento para cumplir tareas de apostolado (predicación y confesiones) o para pedir limosna (en aquella época los dominicos no sólo  pertenecían  a una Orden mendicante, sino que practicaban  la mendicidad),  la gente podía observar, conocer y tratar a los frailes del convento de Santo Domingo.

Entre los frailes caminantes o viajeros, fray Dalmacio había llamado siempre la atención  tanto por la sabiduría  de sus consejos como por su devoción y la compostura de su porte. Y la gente empezó a aludir a él  como el fraile que habla con el ángel. Tal vez porque le veían recorrer los caminos algo separado de sus compañeros  y musitando sus oraciones. En la parroquia de su ciudad natal, en santa Coloma de Farners, se conserva todavía  una hermosa talla policromada del siglo XVI,   que representa a  Sant  Dalmau acompañado por un ángel.

 

Rasgos de la santidad:

inocencia de vida  y humildad

Eimeric nos ha descrito los rasgos más sobresalientes de la santidad de fray Dalmacio. Señalamos, primeramente, la  inocencia de vida y la  humildad. En la hermosa inscripción en verso de la lápida de su sepulcro, guardada en el Museo Histórico de la Ciudad (Girona) se hace alusión a la inocencia de vida y a la humildad  en el primer verso que dice: Exemplar humilitatis  et  a labe nitidus ( dechado de humildad y limpio de mancha). Luego se vuelve a resaltar la inocencia de vida, uniéndola a la austeridad: Abstinentiis laudatus ac puritate lucidus (ensalzado por las abstinencias y resplaneciente por la pureza).

La inocencia es uno de  los rasgos, comentados por todos los biógrafos. Fray Dalmacio  cultivó y guardó celosamente durante toda su vida esta cualidad y la conservó hasta la muerte. Fue puesta de relieve explícitamente en la oración fúnebre del día de su entierro por su connovicio Fray Bernardo Sescala, prior del convento de Santa Catalina de Barcelona. Era una cualidad que se traslucía  en su modestia y compostura, en sus conversaciones y en su manera de relacionarse con la gente, especialmente con las mujeres. Por todo lo cual, se comprenderá  que “el lirio en la mano” haya sido, después de su muerte, uno de los atributos de su imagen (junto con al breviario, que simboliza la oración, en la otra mano).

Otro rasgo de la santidad de Fray Dalmacio es su gran humildad. Dado su renombre de santo, sufría interiormente mucho con las muestras de veneración hacia  su persona, pues   se sentía pecador y anonadado en  la presencia de Dios, constantemente mantenida.  Rehuía toda alabanza y practicaba el reconocimiento sincero de su pequeñez ante Dios y los hermanos. Eimeric relata cómo,   en una de las  salidas de fray Dalmacio para practicar la mendicidad con otro religioso,  quiso ser él quien pasase por  en medio de una   villa importante con el cuero cargado a la espalda,  a la vista de sus moradores   que siempre le habían contemplado  con el único atuendo habitual de sus salidas apostólicas: el báculo y el breviario.

 

Espíritu de oración

De los dos polos, bajo cuya atracción se desarrolla la vida de un fraile dominico, la contemplación y el apostolado, fray Dalmacio tendía a dejarse atraer preferentemente por la contemplación, de tal manera que el tiempo dedicado al apostolado, aunque fuese más corto, resultaba, gracias  la contemplación, más eficaz.  Se las ingeniaba para encontrar espacios de soledad y de retiro tanto en  el convento como en  sus frecuentes   y obligados viajes para dedicarse intensamente a la oración. “En la oración era señaladísimo, nos dice Francisco Diago, y tan dado a ella  que andaba siempre hecho un pájaro solitario” ( 260,b).

La ya comentada renuencia a recibir visitas dentro del convento estaba basada en su ansia de soledad y  contemplación. No sólo participaba en los largos espacios dedicados al  rezo coral de la comunidad, sino que continuaba su encuentro con Dios en su celda y en lugares insospechados donde no le pudieran interrumpir en su coloquio con Dios. Para evitar se visto y escuchado, pues prorrumpía con frecuencia en llantos y gemidos, acostumbraba esconderse  por la noche a os desvanes de la iglesia. Sus biógrafos refieren el caso en que un criado del convento lo halló elevado sobre el suelo y con las los brazos en cruz, en el aposento desde donde se tañían las campanas. El P. Diago relata este caso de  “levitación”  con este comentario: “En la oración,  ponía tan de  veras el alma en la majestad del Señor, que siguiéndola el  cuerpo, se ausentaba y retiraba del todo de la tierra” (261 a).

Eimeric relata cómo fray Dalmacio ponía todo su empeño en mantener su espíritu de recogimiento interior durante sus frecuentes viajes  de predicación o de mendicidad. Sabemos que, además de estos viajes a pie,  hizo otros viajes más  largos a  otros conventos en dirección de Montpellier, Lleida y Valencia para cumplir con tareas de estudio y docencia o para residir temporalmente en casas de reciente fundación.

En todos estos viajes, hechos generalmente a pie, Fray Dalmacio encontraba espacios de soledad para explayar su alma en la contemplación y en la oración. Por una parte, acostumbraba a distanciarse de sus compañeros mientras hacían el mismo camino con el fin de poder dedicarse a sus oraciones. Por otra parte, solía buscar en las casas donde paraban para  pasar  la noche un lugar solitario, en lo posible a la intemperie, como la azotea  de la casa o un paraje del bosque cercano. Allí pasaba largas horas de la noche en oración de alabanza y acción de gracias al Creador, con los ojos puestos en el cielo estrellado.

 

Austeridad de vida

El rasgo más visible y llamativo de la personalidad de  fray Dalmacio como santo fue sin duda  la práctica de la austeridad consigo mismo, una austeridad  que llegó a ser tan  extrema  que el citado historiador P. Francisco Diago dice que “era más para admirar que para imitar”.

La austeridad habitual de su vida se manifestaba en las penitencias que se infligía  mediante el uso de cilicios y la aplicación de disciplinas en lugares solitarios donde no podía ser visto. El P. Diago cuenta cómo una vez que le acompañaba un niño y, en llegando  al bosque, despidió al niño, el cual en vez de marcharse,  se escondió y, pasado un tiempo,  pudo contemplar cómo se disciplinaba hasta quedar  su cuerpo bañado en sangre y luego se lavó en una fuente y se vistió para volver al convento. 

Fray  Dalmacio  practicó la austeridad también en el alimento, vestido y aposento. Durante su vida religiosa, no sólo fue solícito en el cumplimiento de  los ayunos y abstinencias, prescritos por las Constituciones dominicanas, sino que renunció del todo a comer carne (salvo en caso de enfermedad) y procuraba alimentarse de verduras endurecidas -aveces de raíces-  y de legumbres, cocidas y preferentemente frías. Cuando había de compartir  la misma comida que los otros religiosos  en el refectorio, evitaba los platos  sabrosos o les echaba agua para quitarles el sabor. En cuanto a la vestimenta, usaba hábitos viejos y apedazados, aunque procuraba ir limpio. Cuando le regalaban un hábito o una capa, pedía a otro religioso que la usase primero él hasta envejecerla por el uso. Su celda era pequeña y angosta, una de las destinadas a los novicios o jóvenes estudiantes. Oraba hasta altas horas de la noche y, cuando le vencía el sueño,  se acostaba sobre  un  saco de sarmientos, a modo de  colchón,  y reposaba su cabeza sobre un saco rellenado de paja sin cortar, a modo de almohada.

En los  cuatro últimos años de su vida vivió una vida de extrema austeridad. Empeñado en dedicar los últimos años de su vida a la contemplación y a la mortificación de su cuerpo, obtuvo del P. Maestro General de los dominicos en 1336 un permiso especial para ir a vivir y morir en la Cueva de Santa Magdalena, conocida aún hoy día como  La Sainte Baume, situada cerca de Marsella y custodiada por los frailes dominicos franceses.  Vivió allí unos meses, pero tuvo que volver a Girona por  asuntos urgentes.

Entonces fue cuando empezó el cuatrienio más severo de su vida en Girona.  Volvió a conseguir del P. Maestro General un permiso especial para vivir como anacoreta  en  una cueva angosta y húmeda  excavada en una de las  laderas de la amplia huerta del Convento de Santo Domingo. Allí pasó los cuatro últimos años de su vida dedicado a la oración, contemplación y penitencia, con la única obligación comunitaria de acudir al convento a las horas  de las comidas y de los rezos en el coro. 

El P. Diago resume su muerte con estas palabras: “Recibidos los Santos Sacramentos de la Iglesia, estando presentes los frailes más importantes de la Provincia que habían acudido a aquel convento para celebrar el capítulo y, rogando por él, murió dichosamente de edad de cincuenta años en aquella áspera cueva a venticuatro de septiembre del año de mil trescientos cuarenta y uno” (264a).

 

La devoción a San Dalmacio después de su muerte

La veneración tributada a fray Dalmacio, como santo, tan presente mientras vivía, continuó y se hizo más intensa después de su muerte. El día de su entierro, hubo una gran manifestación de devoción hacia su persona con asistencia de representacion del pueblo llano y de las autoridades civiles y religiosas. Quiso Dios que ese día  estuvieran  también presentes  en el entierro de fray Dalmacio un centenar de dominicos delegados  de todos los conventos incardinados en  el territorio de la Provincia dominicana de la Corona de Aragón, que comprendía el  territorio de Aragón, Catalunya, Valencia y Baleares. La razón de esta presencia era la celebración del capítulo provincial al cual asistían como delegados los priores con su socio o socios de todos los conventos, el provincial y los exprovinciales,  los maestros en teología y los predicadores generales.

El pueblo que había venerado a san Dalmacio como santo mientras vivía, lo llamó e invocó también después de muerto a través de los años “santo”, de manera que llegó un momento en que el Papa Inocencio XIII confirmó oficialmente el culto inveterado que le había tributado el pueblo cristiano.

La devoción a san Dalmacio se mantuvo muy viva a través de varios siglos. Fue proclamado copatrón de la ciudad de Girona junto con san Narciso. Hubo un tiempo en que las mismas autoridades civiles pidieron a las autoridades eclesiásticas que el día de su fiesta (24 de septiembre) fuese proclamada fiesta de precepto.

San Dalmacio ha sido invocado con devoción por los gerundenses a través de los siglos. Hasta 1835, año de la exclaustración y cierre los conventos, era venerado el sepulcro de san Dalmacio en una hermosa capilla de la Iglesia de Santo Domingo. Se recurría a su intercesión para impetrar ayuda en enfermedades de calenturas y dolor de muelas. Las mujeres le invocaban en las dificultades de parto. Era costumbre muy común llevar a los niños pequeños al convento para que el P. Prior  o su representante aplicase a su  boca  del niño un relicario que contenía un diente de san Dalmacio con la intención de invocar su protección del santo a favor de una buena dentición.

Aunque  la devoción a san Dalmacio ha pervivido hasta nuestros días, ha sufrido sus altibajos. Se comprende que hubiese  un declive en el culto al santo, cuando, a raíz de la exclaustración de las órdenes religiosas en 1835, no sólo fueron expulsados los religiosos, sino que tanto el edificio del convento como el de la iglesia  fueron convertidos en dependencias militares. Los restos del santo fueron guardados en una urna en la catedral. Cuando en 1951 los dominicos volvieron a Girona y se hicieron cargo del Templo del “Sagrat Cor” (Sagrado Corazón), fue colocada la urna con los restos de san Dalmacio bajo el altar mayor, donde desde entonces reciben veneración diaria, a la vez que los gerundenses pueden expresar su devoción ante la talla del Santo  situada en un altar lateral.

San Dalmacio sigue ofreciendo a los cristianos actuales el ejemplo de acendrada e intensa oración, de  inocencia  y  de austeridad de vida, un ejemplo que constituye  en nuestra sociedad del bienestar, propiciadora de la vida cómoda,  un mensaje a favor de la continua autosuperación en la consecución del ideal cristiano y   una llamada a no dejarse llevar por la molicie y por la falta de esfuerzo.

José Coloma Medina, O.P.

(artículo extraído de la colección "Nuevo Año Cristiano" de la editorial Edibesa).

 

Onomástica: 25 septiembre. Se celebra un día después de la muerte del santo para no coincidir con la fiesta de Nuestra Señora de la Merced.

 

Oración a San Dalmacio Moner

¡Oh San Dalmacio, escucha mi súplica ferviente y confiada con aquella claridad que abrasaba tu bien corazón!. Por el grado heróico de tus virtudes y penitencias; por los méritos insignes de tu gran célico apostólico predicando la palabra de salud y salvación; por la admirable fidelidad y abnegación con que te consagraste al servicio de Dios, a la observancia religiosa y al bien de las almas, alcánzame las gracias y mercedes que pido al cielo por tu poderosa intercesión. Atiéndeme mi ruego y enséñame con tu ejemplo a cumplir en todo la voluntad de Dios. Por Cristo Nuestro Señor. Así sea.

 

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