San Maximiliano de Teveste (Tébesa), ciudad cerca de Cartago, alcanzó el martirio el 12 de marzo del año 295 bajo el mandato del emperador Diocleciano. Tenía 21 años. Fue mártir por fidelidad a Cristo tal como lo fueron muchos cristianos en las persecuciones que llevó a cabo el Imperio romano. Pero el martirio de este joven es paradigmático por tratarse de un recluta que se niega a servir en el ejército romano alegando que su conciencia le impide hacer el mal (malefacere) y que no puede ser soldado (militare non possum). Pero vayamos al inicio de nuestro relato (basado en el acta del proceso cuya historicidad no ofrece duda alguna entre los especialistas), cuando Maximiliano comparece delante del procónsul Dión acusado de desobedecer la orden de alistamiento (a la que estaban obligados los hijos de veteranos y algunos funcionarios de la administración romana). Enseguida se establece un diálogo claro entre los dos personajes. Dión pregunta el nombre al joven recluta. Pero éste se niega a responder: -Para qué quieres saber mi nombre?. A mí no me es lícito ser soldado porque soy cristiano. El procónsul, entonces, ordena tallarlo para saber si tiene la altura requerida para ser soldado (que era de 1'72 m). Maximiliano también se niega e insiste: -Yo no puedo ser soldado; yo no puedo hacer el mal porque soy cristiano (Non possum militare; non possum malefacere. Christianus sum). No obstante es tallado y resulta medir 1'78 m. Luego es apto para la milicia y Dión ordena que sea marcado (la marca o signaculum era una pequeña placa de plomo que el soldado llevaba colgada al cuello como señal de identidad. Pero Maximiliano reitera: -No lo consiento. No puedo ser soldado. El procónsul insiste: -¿Quien re ha persuadido de hacer esto? -Mi alma y aquél que me ha llamado-. Responde Maximiliano. Dión ya no sabe qué hacer. Manda llamar al padre de Maximiliano para que lo convenza, pero el padre, de nombre Víctor, se remite al criterio que el joven quiera mantener. Dión quiere ponerle la marca. Pero Maximiliano se resiste: -Yo no recibo ninguna marca, porque ya llevo el signo de Cristo, mi Dios. La resistencia de Maximiliano es cada vez más firme: -No acepto la marca del mundo, y si me la pones, la romperé, porque no vale nada. Yo soy cristiano y no me es lícito llevar colgado del cuello un pedazo de plomo, desde el momento que llevo la señal salvadora de mi Señor Jesucristo, hijo del Dios vivo (...) Dión, pertinaz, sigue insistiendo acerca de la juventud del
mozo y que la entrada en el ejército es lo más conveniente para el joven. Pero
Maximiliano reitera que no puede ser soldado y Dión apela a un hecho real: hay
soldados cristianos en la guardia imperial. Dión finalmente decide una sentencia conveniente para que los demás reclutas eviten ideas parecidas. Será ejecutado con la decapitación. Llevado al lugar del suplicio todavía pide a su padre que el vestido nuevo que había preparado para su entrada en la milicia sea dado al verdugo; tras lo cual, risueño, se entregó para ser recibido por Cristo. Enterraron sus restos junto a otro mártir, Cipriano de Cartago. No hay vida más alta que la que se da sin ninguna reserva al Amor. Después del relato es conveniente añadir algunas consideraciones. Veamos primero el rigor de la sentencia, nada habitual en casos parecidos: -La situación militar en aquella zona era especialmente delicada, dadas una serie de revueltas entre las tribus mauritanas. La disciplina militar es llevada más allá del rigor previsible contra un joven, todavía un recluta. Finalmente, su persistente negativa a ser soldado es castigada con la decapitación. Lo que hace de Maximiliano, claramente, un objetor de conciencia. -En segundo lugar, cabe analizar los motivos. ¿Se
relacionarían éstos, exclusivamente, con el rechazo a los actos idolátricos a
los cuales eran obligados los soldados?. O ... ¿además, hay una
motivación no-violenta?. Maximiliano no es un objetor a un ejército idolátrico, sino al ejército en sí mismo. Paolo Siniscalco, un autor que ha estudiado la cuestión en profundidad, tras el análisis comparado del término "malefacere" (Hacer el mal), afirma que, si bien no se debe excluir la referencia al rechazo a la idolatría, con más precisión significa: renunciar a causar daño a otro, lo que le convierte en un objetor de conciencia por motivos no-violentos. En el texto no se habla en ningún momento de sacrificios idolátricos y nos encontramos en una zona de previsibles combates. Como dice Siniscalco, la exigencia de la conciencia inspirada en los principios morales no-violentos no es sino un indicio de una visión del mundo que tiene en Dios su único punto de referencia. Radical, si se quiere, pero no deja de ser una radicalidad del todo cristiana. © Artículo en exclusiva para "El Ángel de la Web" de Ramon Palol, profesor de Moral Social en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Girona, a partir del Relato de la Acta de Martirio de San Maximiliano de Tébesa |
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