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San Pío de Pietrelcina (Padre Pío)
Este personaje tiene muchos "fans", y esto que no cantó ni hizo películas. Es nuestro amigo ... ¡el Padre Pío!.

Para algunos, este buen hombre es conocido como "el fraile de las llagas". Nació el 25 de mayo de 1897 en la ciudad italiana de Pietrelcina. Su padre se llamaba Grazio Forgione y su madre María José De Nunzio. Fue bautizado al día siguiente con el nombre de Francisco y a los 12 años recibió la primera comunión.
El 6 de enero de 1903, cuando contaba 16 años, entró como novicio en la Orden de los Frailes Menores Capuchinos en Morcone, donde el 22 del mismo mes vistió el hábito franciscano y recibió el nombre de fray Pío. Acabado el año de noviciado, emitió la profesión de los votos simples y, el 27 de enero de 1907, la profesión solemne. Fue ordenado de sacerdote el 10 de agosto de 1910 en Benevento y seis años más tarde fue enviado al convento de San Giovanni Rotondo, en el que permaneció hasta su muerte.
La "Casa del Alivio del Sufrimiento"
Todos los fieles que asistían a la misa que celebraba el santo, vieron ya en él su fama de hombre de Dios, como "un enviado del cielo" con una profunda espiritualidad. Realizó un gran apostolado entre las familias más pobres, aliviando sus dolores y miserias. Uno de sus proyectos más conocidos fue la construcción de la llamada "Casa de Alivio del Sufrimiento", inaugurada en mayo de 1956. El Papa Juan Pablo II, en la homilía de la misa de beatificación celebrada el 2 de mayo de 1999, definió esta obra de la siguiente manera:
"Trató de que fuera un hospital de primer rango, pero sobre todo se preocupó de que en él se practicara una medicina verdaderamente «humanizada», en la que la relación con el enfermo estuviera marcada por la más solícita atención y la acogida más cordial. Sabía bien que quien está enfermo y sufre no sólo necesita una correcta aplicación de los medios terapéuticos, sino también y sobre todo un clima humano y espiritual que le permita encontrarse a sí mismo en la experiencia del amor de Dios y de la ternura de sus hermanos. Con la «Casa de alivio del sufrimiento» quiso mostrar que los «milagros ordinarios» de Dios pasan a través de nuestra caridad. Es necesario estar disponibles para compartir y para servir generosamente a nuestros hermanos, sirviéndonos de todos los recursos de la ciencia médica y de la técnica".
Una vida en permanente coloquio con el Señor
Para él, su vida era por un lado, el contacto con Dios a partir de un apostolado entre las personas más marginadas, y por otro, el tiempo que dedicaba a la oración. El "coloquio" que mantenía con Dios en la plegaria fue motivo de frases como estas:
"En los libros buscamos a Dios, en la oración lo encontramos. La oración es la llave que abre el corazón de Dios».
No hace falta decir que la fe lo llevó siempre a la aceptación de la voluntad misteriosa de Dios. Con el propósito de difundir la plegaria, el Padre Pío creó los "Grupos de Oración". El Papa Juan Pablo II, hablaba así de ellos, en una misa celebrada el día después de la beatificación del santo:
Además, por lo que respecta a los “grupos de oración”, quiso que fueran faros de luz y amor en el mundo. Deseaba que muchas almas se unieran a él en la oración. Decía: «Orad, orad al Señor conmigo, porque todo el mundo tiene necesidad de oraciones. Y cada día, cuando más sienta vuestro corazón la soledad de la vida, orad, orad juntos al Señor, ¡porque también Dios tiene necesidad de nuestras oraciones!». Su intención era crear un ejército de personas que hicieran oración, que fueran «levadura» en el mundo con la fuerza de la oración. Y hoy toda la Iglesia le da las gracias por esta valiosa herencia, admira la santidad de este hijo suyo e invita a todos a seguir su ejemplo.
La identificación plena del santo con la Pasión de Jesús. Las llagas
Durante toda su vida acogió en el convento a personas que acudían en busca de consejos y consuelo. La imagen de Jesucristo la veía especialmente entre los pobres, en quienes sufrían y en los enfermos, y a ellos atendía con mayor caridad. Trataba a todos con justicia, con lealtad y con gran respeto. "Faltar a la caridad es como herir a Dios en la pupila de sus ojos. ¿Hay algo más delicado que la pupila del ojo?", escribió en su libro "Buenos Días".
Esta identificación tan fuerte con Jesús, le dio como "premio" que en su cuerpo se manifestara la propia pasión de Cristo a través de llagas. Incluso, llevaba guantes en las manos para que no presumir de ellas. Esto dio pie a que fuera conocido como "el santo de las llagas". Las aceptó con humildad y serenidad. Recurrió a menudo a la mortificación, a ayunos voluntarios durante días y a la templanza en su forma de vivir. El espíritu de pobreza fue vital en su vida, hasta tal punto que a menudo repetía:
"Quiero ser sólo un pobre fraile que reza"
Juan Pablo II definía de esta manera en la misa de beatificación, la plena identificación del Padre Pío con Jesús y especialmente en la Pasión:
| "Quien acudía a San Giovanni Rotondo para participar en su misa, para pedirle consejo o confesarse, descubría en él una imagen viva de Cristo doliente y resucitado. En el rostro del padre Pío resplandecía la luz de la resurrección. Su cuerpo, marcado por los «estigmas», mostraba la íntima conexión entre la muerte y la resurrección que caracteriza el misterio pascual. Para el beato de Pietrelcina la participación en la Pasión tuvo notas de especial intensidad: los dones singulares que le fueron concedidos y los consiguientes sufrimientos interiores y místicos le permitieron vivir una experiencia plena y constante de los padecimientos del Señor, convencido firmemente de que "el Calvario es el monte de los santos". |
La estricta obediencia del padre Pío al mensaje de Jesús fueron motivo de estas bellas palabras de Juan Pablo II:
| Como testimonia la historia de la santidad, Dios permite que el elegido sea a veces objeto de incomprensiones. Cuando esto acontece, la obediencia es para él un crisol de purificación, un camino de progresiva identificación con Cristo y un fortalecimiento de la auténtica santidad. A este respecto, el nuevo beato escribía a uno de sus superiores: «Actúo solamente para obedecerle, pues Dios me ha hecho entender lo que más le agrada a él, que para mí es el único medio de esperar la salvación y cantar victoria». Si la Providencia divina quiso que realizase su apostolado sin salir nunca de su convento, casi «plantado» al pie de la cruz, esto tiene un significado. Un día, en un momento de gran prueba, el Maestro divino lo consoló, diciéndole que «junto a la cruz se aprende a amar». |
Sí, la cruz de Cristo es la insigne escuela del amor; más aún, el «manantial» mismo del amor. El amor de este fiel discípulo, purificado por el dolor, atraía los corazones a Cristo y a su exigente evangelio de salvación.
Una profunda devoción a María
La identificación plena que tenía el santo con Jesús le llevó también a conocer de una forma impactante a la Virgen María. El Papa Juan Pablo II plasmaba este amor mariano del Padre Pío de esta manera:
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Con su enseñanza y su ejemplo, nos invita a orar, a recurrir a la misericordia divina en el sacramento de la penitencia, y a amar al prójimo. Nos invita, de manera especial, a amar y venerar a la Virgen María. Su devoción a la Virgen se manifiesta en todas las circunstancias de su vida: en sus palabras y en sus escritos, en sus enseñanzas y en sus consejos, que ofrecía a sus numerosos hijos espirituales. El nuevo beato, auténtico hijo de san Francisco de Asís, de quien aprendió a dirigirse a María con espléndidas expresiones de alabanza y amor, no se cansaba de inculcar en los fieles una devoción tierna y profunda a la Virgen, enraizada en la tradición auténtica de la Iglesia. Tanto en el secreto del confesionario como en la predicación, exhortaba siempre: ¡Amad a la Virgen! Al término de su vida terrena, en el momento de manifestar su última voluntad, dirigió su pensamiento, como había hecho durante toda su vida, a María santísima: «Amad a la Virgen y hacedla amar. Rezad siempre el rosario». |
Muerte y beatificación de Padre Pío
Ya desde joven, el padre Pío no gozó de buena salud. En los últimos años de su vida empeoró rápidamente y la muerte lo sorprendió el 23 de septiembre de 1968 a los 81 años de edad.
El 20 de febrero de 1971, el Papa Pablo VI, dirigiéndose a los superiores de la Orden Capuchina, dijo de él:
"¡Mirad qué fama ha tenido, qué clientela mundial ha reunido en torno a sí! Pero, ¿por qué? ¿Tal vez porque era un filósofo? ¿Porque era un sabio? ¿Porque tenía medios a su disposición? Porque celebraba la Misa con humildad, confesaba desde la mañana a la noche, y era, es difícil decirlo, un representante visible de las llagas de Nuestro Señor. Era un hombre de oración y de sufrimiento".
Su fama de santidad, debida a sus virtudes, a su espíritu de oración, de sacrificio y de entrega total, aumentó tras su muerte, llegando a ser un fenómeno eclesial extendido por todo el mundo y en toda clase de personas. De alguna manera, Dios manifestaba a la Iglesia su voluntad de glorificar en la tierra a su siervo fiel.
No pasó mucho tiempo hasta que la Orden de los Frailes Menores Capuchinos realizó los pasos previstos por la ley canónica para iniciar la causa de beatificación y canonización. La Postulación del Siervo de Dios presentó al Dicasterio competente la curación de la señora Consiglia De Martino, de Salerno (Italia). Cumplimentados los trámites pertinentes, la S. Congregación, en diciembre de 1998, aceptó el milagro.
El Papa Juan Pablo II beatificó solemnemente al padre Pío el 2 de mayo de 1999, en medio de una multitud jubilosa en la Plaza de San Pedro del Vaticano. Se calcula que en aquél día se reunieron en Roma más de un millón y medio de personas para asistir a la "fiesta". Fue tanta la expectación que se instalaron pantallas gigantes en la basílica de San Juan de Letrán para aquellos fieles que no cabían en la plaza de San Pedro. Las últimas palabras que el Papa dirigió a todos los devotos que asistieron en directo a la misa de beatificación de santo fueron estas:
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«No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios». Esa exhortación de Cristo la recogió el nuevo beato, que solía repetir: «Abandonaos plenamente en el corazón divino de Cristo, como un niño en los brazos de su madre». Que esta invitación penetre también en nuestro espíritu como fuente de paz, de serenidad y de alegría. ¿Por qué tener miedo, si Cristo es para nosotros el camino, la verdad y la vida? ¿Por qué no fiarse de Dios que es Padre, nuestro Padre? «Santa María de las gracias», a la que el humilde capuchino de Pietrelcina invocó con constante y tierna devoción, nos ayude a tener los ojos fijos en Dios. Que ella nos lleve de la mano y nos impulse a buscar con tesón la caridad sobrenatural que brota del costado abierto del Crucificado. Y tú, beato padre Pío, dirige desde el cielo tu mirada hacia nosotros, reunidos en esta plaza, y a cuantos están congregados en la plaza de San Juan de Letrán y en San Giovanni Rotondo. Intercede por aquellos que, en todo el mundo, se unen espiritualmente a esta celebración, elevando a ti sus súplicas. Ven en ayuda de cada uno y concede la paz y el consuelo a todos los corazones. Amén. |
El Padre Pío, icono vivo de Cristo Crucificado
El Cardenal Ángelo Sodano, pronunció el 3 de mayo de 1999 una homilía que bajo el título "El padre Pío, icono vivo de Cristo Crucificado" nos resume de maravilla la espiritualidad de este gran santo:
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Los santos son reflejos del misterio de Cristo, y cada uno de ellos interpreta, con mayor intensidad, uno de los rasgos de ese misterio. El padre Pío de Pietrelcina fue llamado, con un don especialísimo, a reproducir el rostro de Cristo crucificado. La imagen del crucifijo es central en la vida y en la espiritualidad cristiana. Puesta en nuestras iglesias, en nuestras casas, en nuestras manos, a veces se corre el riesgo de convertirse en un icono más. El beato Pío de Pietrelcina la llevó impresa en su cuerpo. Como icono vivo de Cristo crucificado, podía repetir de forma singular las palabras de san Pablo: «Llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús» (Gál 6,17). (...) Desde luego, más importante que las señales físicas fue la experiencia constante y profunda que tuvo de la pasión de Cristo. (...) El beato Pío de Pietrelcina vivió de modo ejemplar las palabras de san Pablo: «En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!» (Gál 6,14). Quienes se encontraban con él, sobre todo los que participaban en su misa, tenían la impresión de que en su espíritu y casi en sus miembros se manifestaba el misterio del Dios-amor. Y no podía ser de otra manera, pues se había consagrado a Cristo como «víctima de amor». (...) La Iglesia nace de la muerte de Cristo. Este dato fundamental nos recuerda también un principio de vida eclesial, que precisamente los santos ponen de relieve: un cristiano, cuanto más revive en sí el misterio del Gólgota, tanto más se hace instrumento de Cristo, para que la Iglesia, en él y en torno a él, pueda «renacer» continuamente en la fe, en la santidad y en la comunión. (...) La gente que acudía al confesionario del padre Pío buscaba un ministerio de misericordia que, en cuanto tal, podría haber encontrado en otras muchas iglesias del mundo, pues los sacramentos actúan «ex opere operato», o sea, por la intrínseca eficacia que les garantiza la presencia de Cristo y de su Espíritu. Pero la experiencia demuestra la importancia que tiene, para quien recibe los sacramentos, el hecho de contar con la ayuda de la santidad del ministro. Y cuando esta santidad es grande, envuelve al penitente como una especie de seno materno, en el que es más fácil percibir la presencia de Dios. Lo notaban claramente los que se acercaban a ese humilde fraile de San Giovanni Rotondo que vivía, como dijo ayer el Papa, «plantado» al pie de la cruz. (...) El Santo Padre ha subrayado la dimensión eclesial de la santidad del padre Pío, recordando su obediencia y su ministerio de caridad, expresado en la ayuda espiritual y material que prestó a tantas personas necesitadas, con la oración y con la «Casa de alivio del sufrimiento». Quisiera destacar este rasgo eclesial de la espiritualidad del padre Pío, poniendo de relieve el grandísimo amor que tuvo a la Iglesia, aun cuando le tocó sufrir a causa de algunos hombres de Iglesia. En él el amor a Cristo y el amor a la Iglesia eran realmente inseparables. Baste citar, a este respecto, unas emotivas afirmaciones escritas en 1933 a uno de sus hijos espirituales, que quería defenderlo de un modo que al santo fraile le pareció inaceptable, porque implicaría criticar a la Iglesia. «Si estuvieras a mi lado –le escribió–, te abrazaría, me arrojaría a tus pies y te haría esta súplica apremiante: deja que sea el Señor quien juzgue las miserias humanas, y vuelve a tu nada. Deja que yo haga la voluntad del Señor, a la que me he abandonado plenamente. Pon a los pies de la santa Madre Iglesia todo lo que pueda producirle daño y tristeza» (Carta del 12 de abril de 1933. Epist. IV, p. 743). Para él la Iglesia era realmente su madre, una madre a la que se debe amar a toda costa, a pesar de las debilidades de sus hijos. (...) Su amor sincero al Vicario de Cristo lo puso claramente de manifiesto en una carta que envió, el 12 de septiembre de 1968, al Papa Pablo VI con ocasión de la audiencia que iba a conceder a los padres capitulares de la orden capuchina. Escribió: «Sé que su corazón, Santo Padre, sufre mucho en estos días por la situación de la Iglesia, por la paz del mundo, por las muchas necesidades de los pueblos, pero sobre todo por la falta de obediencia de algunos, incluso católicos, a la elevada enseñanza que usted, asistido por el Espíritu Santo y en nombre de Dios, nos da. Le ofrezco mi oración y mi sufrimiento diario, como pequeño y sincero don del último de sus hijos, a fin de que el Señor le conforte con su gracia para continuar el arduo y recto camino, en la defensa de la verdad eterna, que nunca debe cambiar aunque cambien los tiempos». (...) Quiera el Señor que este beato de nuestro tiempo, extraordinariamente popular y a la vez tan profundo y exigente en su mensaje, nos ayude a redescubrir el amor de Cristo crucificado y haga crecer en cada uno de nosotros el amor a la Iglesia. (Cardenal Ángelo Sodano) |
El
domingo 16 de junio del 2002 fue declarado santo por el Papa Juan Pablo II.
Más de 350.000 personas participaron en la canonización, la celebración
de estas características más numerosa de la historia del Vaticano.
Onomástica del Padre Pío: 23 septiembre
Ya para finalizar este especial, bueno será recordar otra de sus frases famosas: "Es necesario siempre, también al reprender, saber condimentar la corrección con modos corteses y dulces".
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Este especial dedicado al Padre Pío es una producción de El Ángel de la Web
© " El Ángel de la Web" es una producción de Ángel Rodríguez Vilagrán. Secretaria: Cristina Fernández Porcel. Fundada en enero de 1999 y realizada en Salt (Girona) CATALUNYA-España