Félix TEIRA CUBEL                                       teira cubel, félix

Nacido en Belchite (Zaragoza). Licenciado en Historia. Maestro.

Se dio a conocer con Brisa de asfalto (Anaya&Muchnik, 1991). La crítica saludó la fuerza narrativa de esta obra con comentarios como: "El nacimiento de un creador"Foto Félix Teira (El Mundo); "Un relato de ancha y profunda madurez" (Tiempo). Continuó con la publicación de la novela Gusanos de seda, calificada por El País como "la confirmación narrativa de Teira Cubel". Después apareció La violencia de las violetas, "la más ambiciosa, compleja y osada de sus novelas" (El Mundo).Publicó en Muchnik Editores La ciudad libre, una historia de un ritmo trepidante y una original parábola sobre el futuro de una sociedad cuando se tambalea el estado de bienestar. "Lo primero que llama la atención en La ciudad libre es la atrevida mezcla de géneros. Es una novela social, pero con hechuras de acción, de thriller. Y para sorpresa de muchos, Félix Teira demuestra moverse en ese terreno con la soltura de un Grisham o un Chrichton." Revista Época. En 2005 publicó en la Editorial Poliedro Sueños de borrachos, una colección de 5 relatos, entre los que destaca Perro.

Ha escrito una trilogía para adolescentes (¿o para adultos?) donde se aborda el amor, la muerte, el erotismo, el papel del dinero y los contrastes sociales: Saxo y rosas, ¿Y a ti aún te cuentan cuentos...? y Una luz en el atardecer. El éxito de sus novelas juveniles (27 ediciones, más de 100.000 ejemplares vendidos) se debe tanto a la alta calidad literaria como a la exposición sin tapujos de los problemas. Una revista especializada en literatura juvenil ha afirmado: "Conoce bien el mundo de los adolescentes, por su lenguaje, su manera de expresarse, y porque es capaz de poner sobre la mesa toda una serie de temas que afectan a la juventud y a la sociedad -racismo, corrupción, sexo, violencia, etc.-, pero convirtiéndolos en verdadera literatura, sin dirigismos ni encubiertos didactismos. Una excelente novela."(CLIJ)                                                                                                                                                            

OBRA PARA ADULTOS 

OBRA PARA JOVENES
   Brisa de asfalto       Saxo y rosas
   Gusanos de seda   ¿Y a ti aún te cuentan cuentos...?           
   La violencia de las violetas   Una luz en el atardecer
   La ciudad libre  
   Sueños de borrachos  

                      

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felixteira@yahoo.es

 Una muestra de su literatura: PERRO  (Primer relato de SUEÑOS DE BORRACHOS)

  Brisa de asfalto     Anaya&Mario Muchnik     1991     Extractos de las críticas

 

El nacimiento de un creadorCubierta de Brisa de asfalto

Quizá hubo que aguardar demasiado tiempo para que surgiera una voz auténticamente propia y original dentro de ese magma confuso y manipulado que se ha dado en llamar nueva narrativa española. Sin embargo vale la pena haber tenido paciencia si ya empiezan a distinguirse "las voces de los ecos" y, de pronto, se encuentra "entre las voces una". Esa voz es la de Félix Teira Cubel, que se revela, con este primer texto narrativo de mediano aliento en extensión, como uno de los más importantes escritores españoles de las últimas décadas. La afirmación puede parecer hiperbólica pero basta con la lectura de esta estremecedora Brisa de asfalto para que cualquier lector sensible caiga atrapado en un estado de seducción ilimitada, de fascinación por encontrarse con un libro que ocupa una zona injustamente vacía de nuestra narrativa.      Nelson Marra. EL MUNDO, 17-11-1991.

Brisa de asfalto

Cuando un nuevo escritor alcanza su bautismo literario con la publicación de una obra cumplida en su autenticidad y coherencia entre sus contenidos y las técnicas empleadas en su tratamiento, el crítico se reconcilia con casi nunca bien comprendida tarea. Este es el caso de Brisa de asfalto. La obra revela una madurez nada frecuente en una primera novela, tanto en la profunda verdad de las historias urbanas de unas gentes estafadas por la vida como en la sabia actualización de técnicas neorrealistas en un texto de elaborada estructura y estilo muy cuidado en su precisión, riqueza y variedad de registros.      Ángel Basanta. ABC, 10-1-1992.

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Cuentos de la azotea

La obra cimenta su singular valor literario en dos pilares: una prosa cuidada y una superación de los límites artificiales (cuando no artificiosos) que a menudo sirven como criterio para disociar en dos categorías antagónicas el relato corto y la novela. El autor maneja con sabiduría y contención narrativa las mejores armas: en primer lugar, la concepción estructural; en segundo, una exquisita atención en cuanto a las formas del relato; en tercero, ciertos guiños literarios que trasladan la lectura de un plano de la ficción a otro en paralelo; y por último, un gran abanico de registros léxicos que, obviamente, enriquecen el relato (especial elogio merecería en este sentido, el cuento titulado Concierto). Si hemos de creer a Richard Ford, Brisa de asfalto se adecua totalmente a nuestro mar helado, una superficie tersa, turbia y cristalina en la que la crueldad, la muerte y la delincuencia duermen bajo el mismo techo que las aspiraciones, la vejez, el amor o la locura.

José F. Ruiz Casanova. EL OBSERVADOR, 23 -1-1992.

Encerrados

La casa, un bloque de viviendas situado junto a un hospital, es el elemento aglutinador de las ocho historias. En ella se da lo monstruoso (el hijo del portero, un auténtico engendro de inteligencia prodigiosa, que vive encerrado por propia voluntad en el cuarto de calderas), lo cómico (la mujer que acompaña y paga a su marido un polvo con una prostituta)... La variedad, con solvencia, en los distintos registros lingüísticos de las diferentes voces y la capacidad en la construcción de historias que van tejiendo Brisa de asfalto hacen de ella una pieza interesante sobre la realidad circundante, las falsas relaciones, la pequeñez de los deseos y la fragilidad de los sentimientos.                               Félix Romeo Pescador. DIARIO 16, 28-11-1991.

 

La vida tras la puerta

Al contrario de tantos escritores de imaginación que se refugian en ella como en una casa, Teira Cubel abre las puertas de las casas y se sirve de la imaginación para descender al fondo de las miserias cotidianas y mostrar así una clase media vencida por los sopores del dinero, envilecida por una moral de ojos cerrados y atrapada en la costumbre y en la resignación. Brisa de asfalto es un libro que, contrastado con las características más comunes de nuestra actual narrativa, se demarca más por una visión realista, de compromiso estético y social, que por la estricta imaginación literaria. Pero Félix Teira Cubel es un creador, no un panfletista. Su libro es una fe notarial de lo que existe. La literatura sirve también para recordar al lector de qué está hecha la realidad.                                                                  Francisco Solano. EL SOL, 20-12-1991.

 

Brisa de asfalto es una prueba más del revisionismo al que el lector de la novelística española actual debe someter las modas y los cantos de sirenas de los nombres que suenan. Teira Cubel es el prototipo del joven novelista, excluido por tanto de las modas, que concluye publicando una obra casi silenciosamente y que al mismo tiempo ha conseguido que su esfuerzo consagratorio merezca la pena. De modo que Brisa de asfalto es, como ya ha señalado alguna crítica avisada, un relato de ancha y profunda madurez, lo que no es normal en nuestra narrativa.        TIEMPO, 27-1-1992.

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   Gusanos de seda    Anaya&Mario Muchnik    1993   Extractos de las críticas

     Cubierta de Gusanos de seda  

        La confirmación narrativa de Teira Cubel

Vidas monstruosamente normales

Gusanos de seda es la historia de unos seres que se van transformando en la medida que la realidad social se lo exige. El arte de Teira consiste en aunar en el relato la hipócrita actitud de los seres con una realidad externa aparencial, banal y ambiciosa. De ahí, el retrato de una sociedad indecente, hipócrita y superficial que se rinde ante el poder, el dinero y el halago de los modos externos, una sociedad sustentada sobre el diseño y la imagen de lo vacío y lo hueco. A pesar de la clara denuncia de estos mecanismos y modos sociales, Teira no es en modo alguno un panfletista; estamos sin duda ante un magnífico narrador, ante un creador.    Luis de la Peña. EL PAÍS, 2-10-93.

Consolidación de una voz propia y diferente

Gusanos de seda es uno de los textos de mayor interés que hayan sido paridos por esa nueva narrativa. Tanto detrás de la anécdota como detrás del diseño estilístico con que esa anécdota es elaborada se advierte la presencia de un escritor de raza que ha logrado perderle el respeto a las palabras. Teira Cubel no escatima recursos estilísticos para hacer verosímil su historia. Maneja hábilmente tanto el monólogo interior como el diálogo o la descripción de ambientes y personajes, además de la primera, segunda y tercera persona narrativa. No se trata de alarde de virtuosismo sino de la íntima necesidad de un discurso coral que exige muchas voces. Son las voces de la tragedia menor, del horror cotidiano, de una sociedad sin más metas que lo aparente y sin más verdades que la mentira.     Nelson Marra. EL MUNDO, 4-9-93

Un cronista fiel

Diría de esta novela que es una novela generacional, la fe de vida de una época; o, cuando menos, el relato ideológico y testimonial de unos hombres y mujeres que, en otro tiempo, fueron jóvenes y generosos, y ahora, tienen en sus manos las llaves del país. La multiplicidad de perspectivas conforma un panorama de la naturaleza humana desolador. Félix Teira es un cronista atento y fiel -y magnífico, por otra parte- de una época que es la suya, y la nuestra.    Gerardo Alquézar. EL PERIÓDICO DE ARAGÓN, 10-3-94.

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 La violencia de las violetas   Anaya&Muchnik.1995 Extractos de las críticas

             Cubierta de La violencia de las violetas 

            Vidas rotas, guerras sórdidas

Es la tercera novela que publica Félix Teira Cubel, una de las voces más sólidas y auténticas de la nueva narrativa española. Este autor se inició hace cuatro años con la publicación de un texto deslumbrante titulado Brisa de asfalto. Dos años después, Gusanos de seda, un libro que se diseña sobre un fino entramado de perversiones familiares y sociales, lo consolida. Y ahora, se presenta con la que puede considerarse la más ambiciosa, compleja y osada de sus novelas. Teira Cubel no le pone un nombre propio a esta guerra, aunque sabemos que se produce en la actualidad, en algún territorio de la evolucionada y civilizada Europa. Es una novela fundamentalmente audaz, tanto en su concepción como en el estilo con que son traducidos los sentimientos que encierra. Es ambiciosa en la medida en que el autor no apela ni a mensajes, ni a fáciles lirismos, ni a la crónica helada de la realidad. Pone, en cambio, al lector en la piel de estos personajes desgarrados, lo hace protagonista de una historia cruel que puede ser la de todos.

Nelson Marra. EL MUNDO, 20-5-95

 

La masa homicida

En momentos como los actuales en los que la literatura habla casi monotemáticamente de literatura, sorprende encontrarse con apuestas narrativas como la de Félix Teira Cubel que, sin abandonar el pertinente cauce literario, además de reflejar con mano firme la realidad, dan pie a todo un haz de posibilidades reflexivas y de indagación acerca de las reglas y esquemas que rigen el mundo. La violencia de las violetas constituye un claro ejemplo de cómo la narrativa debe aunar placer lector y conciencia vital de realidad sin perder un ápice en su capacidad literaria.

Ramón Acín. HERALDO DE ARAGÓN, 6-4-95.

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         La ciudad libre    Muchnik Editores  2000    Extractos de las críticas

Cubierta de La ciudad libre

La ciudad libre

Obra de máxima actualidad por su exploración de los entresijos del capitalismo de este fin de siglo, desde los trapos sucios del poder político hasta la insaciable voracidad de las multinacionales, pasando por oscuras servidumbres y manipulaciones de los medios de comunicación. En La ciudad libre se acumulan problemas y tensiones candentes en la sociedad española y aun europea de hoy. Una trama cuya tensión se nutre de la agitación social y de la incertidumbre en el origen y las consecuencias del atentado terrorista. Todo está contado con distanciamiento y naturalidad en una prosa ágil, nerviosa, de ritmo entrecortado acorde con el contenido.  

 Ángel Basanta. El CULTURAL, 6,12-9-2000

La ciudad libre

Lo primero que llama la atención en La ciudad libre es la atrevida mezcla de géneros. Es una novela social, pero con hechuras de acción, de thriller. La novela es un interesante cruce del género social con los usos de la novela de intriga. Y para sorpresa de muchos, Félix Teira demuestra moverse en ese terreno con la soltura de un Grisham o un Chrichton.           Ángel Vivas. ÉPOCA. 10/9/2000

Sombras urbanas

Teira construye una historia que en una primera apariencia sabe a novela negra, aunque va mucho más allá, a través de una trama en donde la tensión irá incrementándose hasta desembocar en un dramático desenlace. Como el maquinista de una locomotora desbocada, Teira monta a los lectores en un tren por cuyas ventanillas se aprecia el paisaje de una ciudad dura, y aprovecha para abordar temas como la alienación producida por los medios de comunicación y la publicidad o los intereses creados por el grand guignol de la política. El autor vuelve a afianzarse en un sólido realismo -es admirable la caracterización de sus personajes, y en particular la de Oliveira-, con un estilo en donde el apego a la veracidad no excluye la precisión e incluso la poesía.  

  Miguel Ángel Ordovás. EL PERIÓDICO DE ARAGÓN, 23-4-2000

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Miradas que previenen

La ciudad libre podría ser considerada como una novela social y, a la vez, como una novela de anticipación, aspectos que deberían unirse a su condición policiaca con respecto al desarrollo y desenlace. Sin embargo la novela acaba siendo una radiografía acertada sobre la conducta humana en muchas de sus vertientes. Aparece la ciudad como atmósfera, al fondo, dando cuerpo y forma a unos fragmentos que constituyen el alma y aliento de una parábola inquietante de futuro que recuerda a Orwell, Huxley o a P. Thereoux. Buena prosa -el argot incrustado a la perfección- para una historia que atrapa, mantiene en vilo -todo un hallazgo su resolución en clave policiaca- y activa al lector hacia un futuro, no exento de incertidumbre.          Ramón Acín. HERALDO DE ARAGÓN, 6-4-2000

Un (in)cierto futuro

Sale airoso Félix Teira del reto que se había planteado: hablar de las cosas más tremendas -de los programas ocultos, de la corrupción y manipulación informativa y política, de la incontenible presión migratoria- sin que el texto parezca un ensayo camuflado. Al contrario, cabe afirmar que se trata de una novela que, sin sortear el lado más oscuro y polémico del supuesto progreso histórico, nos atrapa por sus virtudes narrativas: tejer una buena historia, modelar una arcilla de trama milimétrica y personajes densos. Y todo en el torno virtuoso de un tiempo, un ambiente y un espacio escénico manejados con maestría. El lector disfrutará además de una acción trepidante, con giros sorprendentes y un final inopinado, solo explicable desde el sentido redentor que posee la actitud de los personajes. Que la novela sume a otras muchas virtudes y compromisos la plasticidad y coherencia del lenguaje es señal inequívoca de que estamos ante buena literatura. Un privilegio.      Antonio Losantos. El Parnaso. DIARIO DE TERUEL, 23-4-2000

Félix Teira fabula sobre un futuro violento

No es el futuro de Mad Max ni el de Blade Runner.  Tampoco el de Un mundo feliz.  El pasado mañana que describe el escritor Félix Teira se percibe mucho más próximo y, quizá por esta razón, mucho más inquietante.  Se trata de un paisaje dominado por grandes grupos de comunicación que financian a partidos de la ultraderecha y que manipulan la información a su antojo; de gobiernos que borran de un plumazo las conquistas del Estado de bienestar;  de barrios marginales en los que se apiñan los excluidos de la sociedad y en los que los inmigrantes empiezan a responder con violencia a la violencia con la que se los recibe;  de conductas marcadas por el individualismo y de un mundo en el que tener ideales se paga con la locura.

Isabel Obiols, EL PAÍS, 19-5-2000

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      Saxo y rosas   Anaya 1995    10ª Edición    Extractos de las críticas

Cubierta de Saxo y rosasPublicada bajo de seudónimo de María Arregui

Raquel tiene 14 años y lleva una vida relativamente tranquila hasta que el chico con el que sale, Germán,  se ve envuelto en el ataque de unos cabezas rapadas contra unos inmigrantes africanos.  Germán conoce a los atacantes, todos ellos niños bien que van a su Instituto, y, ante la posibilidad de que los desenmascare, el padre de uno de ellos se ocupa de implicarlo en tráfico de drogas y meterlo en la cárcel.  Raquel, con la ayuda de su amiga Magda, cuyo hermano es uno de los cabezas rapadas, descubrirá el sucio complot.

    Esta es la trama que envuelve este relato de iniciación, en el que lo más importante no son estos hechos delictivos, sino la manera como esta realidad sacude la vida de la protagonista, y cambia las relaciones que tenía con sus padres, con sus amigos, etc.  Contada con desacostumbrado vigor y apasionamiento, la novela toma la forma de una larga confesión, de una extensa carta que Raquel dirige a su amiga Magda.  No sabemos quién se esconde detrás del seudónimo de María Arregui, pero sí podemos constatar que conoce bien el mundo de los adolescentes, por su lenguaje, su manera de expresarse, y porque es capaz de poner sobre la mesa toda una serie de temas que afectan a la juventud y a la sociedad  -racismo, corrupción, sexo, violencia, etc.-, pero convirtiéndolo en verdadera literatura, sin dirigismos ni encubiertos didactismos.  Una excelente novela

CLIJ, junio 1995

 

Edad recomendada: A partir de 14 años

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¿Y a ti aún te cuentan cuentos...? Anaya 1996  4ª Edición

Mucho más que juvenilCubierta de ¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

Una carrera impecable y fértil la de este autor, que ahora se presenta con una novela incluida en una colección juvenil, como máscara de algo mucho más profundo.  No hay duda que este nuevo texto narrativo cautivará y atrapará a los más jóvenes, pero tampoco hay duda de que el libro es mucho más que eso, va más allá de las edades y de los típicos conflictos de una determinada generación.  Se trata de una narración intensa y desasosegante en torno a un chaval de provincias que vive durante un largo tiempo una injusta y aparente culpa ajena, la de su madre.  El autor recrea el ambiente sórdido a la perfección. Sus personajes están provistos de una carnalidad excepcional y de una verosimilitud psicológica convincente.  El resto de los jóvenes, los que acechan al protagonista, los que pretenden ridiculizarlo, quienes lo asedian o se hacen cómplices del mundo cruel de los adultos, tiene una poderosa estatura literaria y son criaturas perfectas diseñadas sobre ese paisaje gris que tiñe la novela.  En definitiva,  esta historia dura, protagonizada por jóvenes, es un canto al difícil acceso a la madurez, a la comprensión, a la tolerancia...  Pero, más allá de ese mensaje no explícito, está la ternura, la forma punzante y delicada con la que el escritor transforma un panorama desolador en vibrante literatura.

Nelson Marra.  Comunidad Escolar, 8-1-1997

Edad recomendada: A partir de 15 años

 

 

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Una luz en el atardecer Anaya 1999  2ªEdición.  Círculo de Lectores 3ª Edición

            Cubierta de Una luz en el atardecerEdad recomendada: A partir de los 15-16

                Una mujer en el bosque

Una luz en el atardecer aborda los difíciles momentos de la adolescencia cuando se embarulla todo: los estudios, la relación con los padres y con los que te has criado, la vocación, el amor… Escrita con excelente prosa, con un tono algo cínico y contundente (éste es un rasgo propio de la juventud incipiente), la novela está dividida en siete capítulos. Clara y Alberto respiran cultura que traduce sus emociones íntimas (pintura, cine, literatura), atracción, curiosidad, urgencia de quererse, pero el autor se plantea más cosas: la rebeldía, la muerte, el enamoramiento, la madurez hacia la que se tiende desde el dolor, y personajes creíbles en el ámbito afectivo.

Antón Castro. El Periódico de Aragón, junio 1999

Cuando el paraíso se pierde

El relato adquiere enorme credibilidad y los personajes se muestran en carne y hueso, debatiéndose por desentrañar el inexplicable porqué de la vida o cuál es la causa de que la realidad en la que se vive  se astille en múltiples fragmentos hasta aparecer como inasible.  Teira busca asentar y narrar el proceso de maduración de un muchacho que, ante el estallido del amor y la presencia de la muerte, comienza su paso hacia la madurez.

Ramón Acín.  Heraldo de Aragón, 27-5-99

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PERRO  (RELATO INCLUIDO EN SUEÑOS DE BORRACHOS)

 

    El cuadro que estaba pintando comenzó a trasformarse cuando enloqueció el perro. O quizá era yo la que estaba cambiando, irritada por los ladridos que me impedían dormir.

    Dejé de pintar porque menguaba la luz, cubrí el lienzo con un paño y me acerqué al ventanal. Allí estaba, en el edificio de enfrente, inmóvil, con el hocico entre los barrotes. No soy experta en razas caninas pero entiendo las actitudes de estos animales, hay varias fotos de mi infancia en las que aparezco abrazada a Niebla, la perra de mi padre. El perro que agonizaba ante mis ojos, en la terraza del séptimo piso de un inmueble maltrecho, era un animal abatido por la pena. Se mantenía en pie, insensible al cansancio, ajeno al frío atardecer, con la cabeza gacha. Miraba la calle casi desierta con la densa tristeza de los humanos que perciben cómo se dilata un dolor interno. Yo, después del accidente de mi marido, había mirado así, ciega al mundo exterior. El dolor te desgarra y te obliga a inclinar delicadamente la cabeza. Solo el whisky anestesiaba la herida. Ahora el recuerdo obsesivo del alcohol arde con una llama azul en el cerebro.

    Sonó el móvil, ya eran las siete. Mi hijo, metódico como su padre, llamaba desde La Haya, donde estudiaba el último curso de la carrera con una beca Erasmus. Le noté un matiz alegre en la voz, quizá porque le había llegado el dinero a su cuenta. O porque había surgido alguna muchacha. Los tímidos florecen cuando los labios de una joven les rozan el lóbulo de la oreja. Volaba solo, vivía autónomo, como deseábamos. Aún persiste el cordón umbilical del dinero, que desde la muerte de mi marido, aquel seguro de vida que siempre califiqué de grosero, un materialismo grosero te decía, ¿lo recuerdas?, ¡qué sarcasmo!, me permite vivir con desahogo. ¿Acaso lo presentías? Vamos a dejarlo.

    Pedí un año de excedencia y compré este piso en un barrio degradado. Tiene luz, muchísima luz, ahora velada por la corteza de color hielo con la que se aletarga el día. Sentada en esta silla tapizada de cuero, tu preferida, lo único que he traído de casa, miro a través del ventanal y distingo la silueta del perro; una presencia oscura tras la barandilla. Hoy ha pasado el día más tranquilo, por la mañana ha recorrido cientos de veces la jaula de la terraza, titubeante, corriendo sin objeto. ¿Acaso sus dueños lo están dejando morir?

    Me hago un café, hoy tampoco preparo cena. Por pereza, sí. Comeré fruta. Hace siete días que no he ido por casa, me acercaré un día de estos a regar las plantas. Fíjate, en este piso desnudo, mandé tirar las paredes y solo he mantenido la cocina y el baño, me siento cómoda pese a las cicatrices de los tabiques. No necesito más, sesenta metros expeditos con cuatro ventanales abiertos al sur.

    Las dos ventanas del piso de enfrente permanecen con las cortinas corridas, como siempre, pero a veces distingo una sombra. Los primeros días en que el perro enloqueció  -aullaba, alzaba las patas delanteras hasta el antepecho de la barandilla, mordía los barrotes-  temí que lo hubieran abandonado. Un animal desamparado en la terraza de un séptimo piso, enrabietado por el hambre, la sed y el frío. Conozco a los dueños. A partir de las seis dejo de pintar, no tolero la luz artificial, parece un mal traductor que perturba el sentido original del texto. Hasta que me acuesto paso el tiempo observando este trozo de barrio. Los dueños del perro, una pareja de ancianos, salen a la calle a las once y media de la noche. Caminan lentamente hasta los contenedores de basura del supermercado, a unos cincuenta metros de su portal. Ella, menuda y activa, dirige la operación. Extrae las grandes bolsas, las abre y revisa el contenido. Va separando alguna fruta, envases de yogur caducados, restos de verduras... El viejo, una figura flaca que conserva el porte al andar, guarda los alimentos rescatados en una bolsa. El perro espera, a veces se impacienta y husmea, recibe algún bocado y menea la cola. Cuando han terminado de revisar los dos contenedores vuelven a introducir la basura y retornan. Me conforta ese sutil gesto de civismo: en lugar de dejar la basura desparramada la recogen con esmero. Cuando alguien tiene que buscar la comida entre los desperdicios, ¿qué importa la dignidad? Ese resabio de pudor social, de elegancia en suma, acrecienta el respeto que me inspiran los viejos. El perro camina junto a la mujer, alegre, las orejas tiesas. Nunca se separa más de un metro de ella, como si una cadena invisible lo mantuviera atado a su dueña. De vez en cuando la mujer se detiene para comprobar que el hombre no se retrasa demasiado. En una ocasión pasó un individuo junto a ellos y arrojó una colilla. Los tres se detuvieron. Vi cómo el viejo recogía el cigarrillo, limpiaba con delicadeza la boquilla y se lo entregaba a la mujer.

    Comprendo a los adictos. En este piso que utilizo como estudio me resulta soportable la abstinencia, sobre todo cuando pinto. Daría cualquier cosa por tomar un sorbo de whisky, por sentir el filo de la navaja en la garganta, pero sé que un sorbo me conduciría al siguiente. Llegué a vivir para beber, o sobreviví gracias a la bebida. A veces no reconocía a mi propio hijo.

    Me resultan familiares los transeúntes que pasan por la acera contraria hasta las doce de la noche. A veces los fotografío utilizando el zum, pero esas imágenes no sirven para mis cuadros. Necesito primeros planos. ¿Sabes, Pablo? Me siento viva. Después de lo tuyo pasé once meses sonámbula, era una tierra quemada, un animal aturdido por la crueldad del golpe. Casi un año de ficción, porque fingía aclimatarme a la nueva situación para que nuestro hijo remontara el vuelo y asumiera tu ausencia. Imperceptiblemente me fui sumergiendo en el lago de alcohol. De pronto dejas de pensar, el dolor se atenúa y el paladar se convierte en la embocadura de un río manso que exige más y más whisky. Qué letárgica ceguera. Y qué terrible. Cuando nuestro hijo me anunció que este curso se iba a estudiar al extranjero, que ya no podía hacer nada por mí, lo decidí. Tenía que emerger, volver a la superficie, seguir viviendo.

    No te imaginas lo barato que he comprado este piso. Los últimos bloques del barrio, a ambos lados de una avenida que nunca se concluyó de urbanizar, se levantan en un terreno pedregoso cercano al río. Ni siquiera llega el autobús y al final de la avenida aún se mantienen abiertas las zanjas que conducen los albañales. Los pisos comenzaron a malvenderse cuando instalaron el complejo papelero. Ahora el barrio es un extraño lugar poblado de inmigrantes. Es cierto, si alienta la brisa del este el olor es insoportable, un miasma ácido y nauseabundo. Dicen que es peor en verano, no sé. En invierno soplan con frecuencia los vientos del norte.

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    Te decía que me siento viva, a gusto, deambulo por estos sesenta metros cuadrados y pinto. A veces me decepciono, otras me enervo, me entusiasmo... Creo en lo que hago. Estoy trabajando en un rostro anónimo que fotografié, denota una expresión de perplejidad. Tengo varias ampliaciones, pero en el lienzo de gran formato solo pinto un fragmento, la mitad del ojo, los pliegues del párpado, el surco que enmarca la boca y la comisura de los labios. Estudio las texturas. Me he empapado de la manera de aplicar el color de Soutine, sus bueyes desollados, de los rostros de Kokoschka, las torsiones del viejo Bacon, y sobre todo, temo que su influencia condicione mi obra, de las pieles que pinta Lucien Freud. Trabajo los rostros como si fueran vastos campos labrados.

    Ahora, a las once de la noche, mientras espero que salgan los viejos a rebuscar en los contenedores, deseo que amanezca para ver de nuevo mi cuadro. Únicamente después del sueño, distanciada durante unas horas del trabajo, consigo ser objetiva durante unos segundos. Dispongo de un brevísimo tiempo de lucidez para enjuiciar mi obra. Sé que esa impresión es la definitiva. Durante días, al despertar, el cuadro me parecía muerto, aunque técnicamente logrado. Pinto con mucha materia, sin espátula, consigo una textura sorprendente por medio de pinceladas cruzadas, pero el resultado era un lienzo fallido. Sin embargo, desde que el perro emprendió a ladrar con desesperación, comencé a cambiar el cuadro. No podía dormir, me pegaba al ventanal y al amanecer lo veía: saltaba hasta el antepecho de la barandilla, metía la cabeza entre los barrotes, trastornado, desaparecía de mi vista unos segundos y volvía a ladrar con encono. Ese perro también estaba luchando contra la adversidad, amedrentado por los latigazos. Ya sé que es una tontería comparar mis vivencias con la agonía de un animal. El caso es que en las noches de insomnio decidí modificar el cuadro. Introduje en la paleta bermellones, carmines y sangres, y la piel del rostro cobró vida. Hoy creo que lo he acabado. Daría cualquier cosa para que pudieras verlo. Deseo que trascurra la noche para apartar el guardapolvo y observarlo con una mirada virgen. En el rostro palpitan los pequeños capilares que irrigan la dermis, se percibe el anhelo, la resignación de la boca...

    Te decía, Pablo, que recobro la vitalidad. He comido fruta. Fumo un cigarrillo con la frente apoyada en el vidrio de la ventana, sentada en tu silla. A nuestro hijo, ¿recuerdas?, le molestaba que nunca te sentaras en los sofás del salón. Parecías el miembro independiente de la familia, distanciado físicamente de nosotros, aislado en tu silla tapizada con cuero viejo. Conozco la historia de la silla, nos la has repetido cien veces. Un viejo guarnicionero pagó con este presente una deuda contraída con tu padre. Está forrada de cuero recio, con el que fabricaba los collerones, y posee una dureza contraria a la mullida acogida de los sillones actuales. Al principio el cuerpo rechaza la austeridad, el mueble tiene el amargor de los licores puros. Solo el uso hace apreciar su rudo confort. Apoyo el codo izquierdo en un brazo, tú solías hacerlo, a veces acaricio el cuero gastado, un tacto noble, como la piel de tus manos. Te echo tanto de menos... Casi tanto como a un sorbo de whisky, tan embrutecida estoy. He apagado la calefacción, es lo único que mandé instalar, y noto el helor del cristal en la frente.

    Ahora sale la vieja, quizá su marido está enfermo, hace varios días que no lo veo. El perro permanece en la terraza. Ella camina hasta los dos contenedores del supermercado y comienza a hurgar en la basura. Realiza esta labor con parsimonia, va sacando las bolsas, revisa el contenido, las desecha. Si pasa algún transeúnte detiene su tarea, finge que está esperando. Esta noche apenas ha conseguido medio kilo de víveres. Finalmente introduce las bolsas al cubo y retorna deprisa hacia su piso. Tengo que dormir. Me noto expectante, conteniendo la emoción. Mañana miraré mi obra con ojos nuevos.

    De madrugada me despertaron los ladridos, eran audibles incluso con las ventanas cerradas. El perro callaba unos segundos, lanzaba un quejido y volvía a ladrar con saña. Consiguió desvelarme. Mi hijo, a los tres años, pasaba las noches sollozando a causa de una otitis. Aquel llanto me desvivía. Entonces descubrí que durante el sueño el oído permanece alerta y al menor lamento el cuerpo se sobresalta. A las cinco de la mañana me levanté. El estudio, amueblado con una cama y un par de sillas, estaba habitado por un frío sordo. Arropada con la manta me acerqué al ventanal. Los cristales helados cortaban la cara. La iluminación de la calle se perdía a partir de la tercera o cuarta altura y no se distinguía la terraza. Del pozo de la noche surgía un manantial de ladridos. Ya no pude dormirme y permanecí sentada junto al ventanal. ¿Acaso los dueños eran sordos? Para que enloqueciera un perro lo tenían que estar matando de hambre, pero la cólera de los ladridos no denotaba debilidad. Quizá enfermaba de sed y el recuerdo del agua le perturbaba el cerebro. La sed es una tortura. Si en aquel momento hubiera tenido whisky a mano habría cedido a la tentación. La memoria del alcohol me asalta con un fogonazo vivísimo, lacerante, una espina que desgarra los tejidos. Y es tan fácil aliviar la estridencia del dolor. Si no enmudecía aquel animal acabaría con mi abstinencia. Los ladridos resonaban en el interior de mi cráneo. Durante los dos meses anteriores, los viejos no dejaban el perro en la terraza, seguro que lo hubiera visto.

    Pasadas las siete de la mañana latió el alba con una inusual luz verdosa. Tenía que prepararme para analizar el cuadro con una mirada virgen. Esa valoración era fundamental. La luz cambió, antes de las ocho una membrana delgada, del color de los orines, dilató el cielo. Al este humeaba la papelera. Los meandros del río, en la lejanía, reverberaban como un espejo viejo enmarcados por las siluetas negras de ambas riberas. En los cuadros renacentistas un ventanal con un amanecer congelado ahonda la perspectiva de las estancias. Entonces comprobé que el perro estaba fuera de sí. No ladraba, simplemente golpeaba una y otra vez los barrotes de la terraza con su cabeza, como si estuviera loco. Los animales no se suicidan. Desapareció de mi vista y volvió mordisqueando un trozo de carne. No, no se moría de hambre. Durante un minuto devoró un despojo oscuro, quizá el resto de un jamón, y volvió a golpearse con los barrotes. Los dueños le seguían echando la carne podrida que encontraban en la basura. No debía permitirlo, aquella misma mañana llamaría a la policía. Aunque quizá la decisión de las autoridades fuera conducirlo a la perrera. Yo misma podría quedarme con el animal. Si aquellos viejos habían pensado deshacerse de él, que me lo entregaran. Estaba nerviosa y airada. Ya bastaba de contemplaciones.

    Había luz suficiente pero no me encontraba en el estado de ánimo idóneo para valorar el cuadro. Sin embargo la desazón, un deseo primitivo que debía satisfacer con prontitud, me impedía dilatar la espera. Me levanté y aparté el guardapolvo. ¡Dios mío! La textura de la carne palpitaba. Permanecí unos segundos asombrada. ¿Yo había pintado aquello? ¡Si pudieras verlo, Pablo! ¡Había atrapado la verdad íntima de un ser humano en un fragmento de rostro! No podía dejar de mirarlo. Jamás me desprendería de aquel cuadro, me ofrecieran lo que me ofrecieran. ¡Y te echaba tanto de menos! Tenía que compartir mi exaltación con alguien. ¡Yo, Pablo, yo, era una artista, al menos había logrado un lienzo que pagaba mis desvelos! Me estremecí, estaba exultante, saciada de vida y de risa. Caminé por el estudio con el entusiasmo del ave que rompe el primer vuelo. ¡Era una niña, Pablo, que estallaba con la frescura inusitada de la vida! Y había pensado en denunciar a los viejos a la policía, cuando había sido aquel perro, las vibraciones trasmitidas en noches interminables, las que habían trasformado una obra anodina en otra que me trascendía. La exaltación se fue convirtiendo en satisfacción y luego en ternura. No sabía por qué se me escaparon las lágrimas. Tal vez porque no podías contemplar mi lienzo. Miré por el ventanal y vi al animal inmóvil, vaciado, la cola caída y la cabeza gacha, mirando la calle, las fachadas sucias, la luz ambarina.

    Aquella misma mañana hablaría con la mujer y le propondría que me vendiera al perro. Encendí la calefacción, me duché y bajé a desayunar al bar del final de la calle. Desde hace un mes soy capaz de entrar en un bar, contemplar las botellas y contener el deseo. Lo puedo conseguir, se lo prometí a nuestro hijo. Este bar se llena de tipos peculiares, inmigrantes que llegan con grandes fardos de cartón para vendérselos a la papelera. Alguno me mira, había olvidado que era mujer. Es agradable, como una brisa perfumada, que te miren los hombres, aunque sean miradas de una lascivia primaria. Había postergado mi cuerpo y ahora lo voy recuperando. Que miren, por Dios, existo, soy una tía madura, follable, una presencia que se desea. Tengo un cuerpo esbelto, ¡una tía a la que miran los hombres! ¡No te burles, idiota! ¡Puedo largarte un bofetón, imbécil, si te ríes así! Siempre te encantó que me miraran los tíos, era como una vanidad tuya más que mía. Después de tu accidente llegué a perder seis kilos, aunque casi he recuperado kilo y medio. Me agrada la curvatura de las caderas, acentuada por la estrechez de la cintura. Si me vieras. Soy una vanidosa, ya lo sé, pues sí, me encanta estar guapa, ya lo sabes. Puedo quedar muy presentable, recuérdalo. Antes de que regrese nuestro hijo me cortaré el pelo, lo llevaré como hace años, cuando era una muchacha. La melena resulta inapropiada a mi edad, sobre todo con las canas que me han salido. Sí, tú búrlate, pero tenías todo el pelo canoso. El alcohol, algo bueno tenía que tener esa tenia perversa, me ha comido la grasa de los muslos. Que no me reconocerías, créeme. Me deleito unos segundos en mi figura, vuelvo a parecer tan alta como cuando tenía veinticinco años. Casi será imposible que retorne el escalofrío en los muslos, a veces lo presentía cuando me acariciabas el cuello... Un día de estos tendré que depilarme, me ha crecido un ligero vello en las espinillas. Te sigues riendo. No voy a llorar, no lo voy a hacer. ¡No!

VOLVER

    Decía que el café me supo amargo, ni siquiera me deprimió la suciedad de los cristales del bar. La luz de febrero, que a veces hiere con la pureza de la primavera presentida, se teñía de granzas otoñales. Saboreé un bollo tierno, alguien había trabajado durante la noche para mí. Con aquella avidez por apresar cada vibración del día me dirigí a casa de los viejos. Después de apretar el botón del ascensor casi me arrepentí, la caja de las escaleras y los rellanos sucios daban una impresión de descuido. Llamé tres veces a la puerta y supe que me observaban por la mirilla. Volví a llamar con impertinencia. La puerta se abrió unos centímetros. Descubrí una gruesa cadena y un alambre oxidado que controlaban la apertura. El rostro pétreo de la vieja me observaba.

    -¿Qué quiere?

    -Verá, es por lo de su perro...   -Dudé. Pese a la penumbra percibí un rostro con una piel coriácea, durísima. Un rostro para fotografiar, para apresar.

    -¿Qué le pasa al perro?

    -Bueno, vivo enfrente, y el animal está toda la noche ladrando. Quizá debería...

    -Le pondré bozal.

    -No se trata de martirizarlo, puede tener sed. O frío. ¿No lo ha pensado?

    -Todos tenemos frío.

    -Claro, señora, pero con los ladridos molesta al vecindario...   -trataba de ganar tiempo. Estaba asombrada por la cualidad del rostro de la mujer, hermético, definitivo, como si los sufrimientos hubieran terminado de tallarlo.

    -No llame a la policía. No volverá a ladrar.

    Me alarmó la determinación de sus palabras. La primera frase contenía un matiz de ruego, la segunda era rotunda. Aquella mujer era capaz de matar al animal.

    -Bien   -dije, intentando prolongar la conversación. Pero ella zanjó:

    -Adiós.

    Cerró la puerta con cuidado. Oí el ruido del alambre, aseguraba los cierres. Bajé por la escalera, desconchada a tramos, porque no me fiaba de la seguridad del ascensor. Conservaba en la pituitaria un olor dulce y repulsivo. Algunos rellanos parecían deshabitados, por eso nadie protestaba por los ladridos.

    Pasé el día rememorando el rostro de la vieja, una piel con una cualidad mineral. Si hubiera llegado a ponerle la mano en la frente tendría la sensación táctil del mármol. La boca, pese a la prominencia del labio inferior, se cerraba en un pliegue de caballería de tiro. No pude pintar. Tenía una obra acabada y una inquietante pintura por comenzar. Pero debía fotografiar a la vieja, necesitaba ampliaciones. Curiosamente en aquel rostro no importaban los ojos, ahogados bajo una gasa inexpresiva. Interesaban el pliegue bucal, el atrevimiento de la nariz aguileña y la textura terrosa de la piel. Si conseguía fotografiarla mezclaría el óleo con tierras o escayolas, una materia inerte que matara el brillo de los pigmentos y simulara esa densidad humana.

    Pensé que estaba en un punto de exaltación, quizá estuviera equivocada, aquel rostro comenzaba a obsesionarme. Las rachas de creación surgen en momentos inesperados, cuando lo que tocas se convierte en valioso, una fase mágica que se desvanece imperceptiblemente y sobreviene la esterilidad, esos periodos en que pintas y pintas y nada sirve.

    Aquella misma noche volvería a abordar a la mujer. Vigilaba, mientras tanto, la terraza, donde el perro permanecía inmóvil. Pronto moriría, ningún ser vivo puede permanecer tantas noches sin dormir, apaciguado únicamente por la luz del día, que lo sumía en el mismo fatalismo que a su dueña, un animal doblegado.

    El día trascurrió con un desasosiego latente, ese estado en que presientes una posibilidad creativa asombrosa pero a la vez, si no la materializas, sospechas que se evaporará, un túnel cegado. A veces me ensimismaba en una ensoñación, pintaba mentalmente el trozo de piel que guardaba en la memoria. Sabía que si tenía el modelo delante surgiría el pequeño milagro, fraguaría en la paleta ese color terroso, un fundido de blancos de plomo, ocres de baja intensidad y pardos desteñidos que recrearía una epidermis labrada por el tiempo: exaltada por las alegrías, perfumada por antiguos rubores, envejecida por sobresaltos. No sé en qué momento sucedió, al oscurecer no vi al perro en la terraza. ¿Qué habría ocurrido? ¿Y si hoy no fuera la vieja al contenedor? ¿Tendría valor para volver a llamar a la puerta de la anciana? La escalera, deteriorada y maloliente, me desalentaba.

    A las once y media de la noche, por fin, la vi salir del portal seguida por el perro. La mujer trasportaba una pesada bolsa de plástico con enseres, quizá los restos de una mesa desvencijada. Ni siquiera cogí el abrigo, bajé precipitadamente las escaleras y caminé hacia el supermercado. Ella paralizó su tarea cuando me acerqué.

    -Perdóneme, señora. Soy la que esta mañana ha ido a su casa.

    -Esta noche no ladrará.

    El animal me olfateaba con actitud hostil. Tenía los arcos superciliares magullados, con restos de sangre pegados a la pelambre. Proseguí:

    -Es posible que esta mañana la haya molestado, pero la verdad es que estaba preocupada por este animal. No me gusta que sufran   -le expliqué.

    -A mí tampoco.

    -Ya, lo supongo... Mire, vivo enfrente de usted, no sé si me habrá visto. Mi piso no tiene cortinas. Soy pintora y querría... Necesito modelos, y su rostro me ha parecido interesante. Puedo pagarle por cada sesión.

    -No. Ya le he dicho que esta noche no ladrará.

    -Se lo agradezco. Llevaba dos semanas ladrando.

    -Veintiocho días.

    -¿Le molestaría posar para mí? O si no quiere posar déjeme hacerle unas fotografías. Mañana, a la luz del día. Será un cuarto de hora.

    -No. Y ahora déjeme.

    La vieja permanecía inmóvil, incluso asustada. Tal vez la vergüenza la paralizaba, como me ocurriría a mí si tuviera que alimentarme de los desperdicios.

    -Comprendo que esta mañana, al decirle que molestaba al vecindario, no estuve muy fina. Estaba indignada, compréndame, veía sufrir cada noche al perro. Pensé que su marido o usted podrían...

    -Mi marido se ha ido anunció con brusquedad.

    -Ah.

    -No soporta el frío, ¿sabe? No lo soporta. Por eso se fue a visitar a unos parientes, a la costa. Vendrá cuando pasen los fríos, o quizá antes. Hace mucho frío en esta ciudad.

    Me sorprendió el cambio de actitud. De pronto hilvanaba varias frases. Se me ocurrió, saqué el paquete de cigarrillos y le ofrecí. Los intercambios, aunque sean primarios, resquebrajan el muro que nos aísla. La mujer dudó, pero un gesto instintivo, el que realizaría yo si me ofrecieran un vaso de whisky, delató su ansia. El cuerpo era más rápido que la mente, el brazo se dirigió hacia el paquete, vi la apertura de la mano que toma. Pero rápidamente retiró el brazo. Le coloqué un cigarrillo entre los dedos y prendí el mechero. Hacía viento y costó que la llama permaneciera encendida. La mujer, a la luz del mechero, tenía una boca de caballería cansada, acostumbrada a soportar los azotes con parsimonia.

    -Le aseguro que no quiero molestarla, pero los artistas, bueno, quizá sea una palabra grandilocuente, los pintores nos obsesionamos con rostros. Me haría un gran favor si posara para mí. Unas horas. Póngase usted el precio, quizá a veinte euros la hora o...

    -Bien. Mañana. Y después no volverá a molestarme.

    -Se lo prometo  -aseguré.

VOLVER

    Ella permanecía estática. El perro, de mirada parda, se mantenía alerta, con las patas traseras flexionadas y la cola, una prolongación del lomo, en posición horizontal, como si esperara una orden para lanzarse contra mí. Acordamos la hora y regresé a casa exaltada. ¡Sí, exaltada! Ya sé, Pablo, que siempre he estado un poco loca. Llevaba tantos años sin pintar.

    Al acostarme reconté mi fortuna, habían trascurrido doscientos seis días sin probar el alcohol. Doscientos seis días, como otras tantas monedas que el avaro cuenta cada noche. La conseguida hoy le da fuerzas para luchar por la de mañana. Un día habrá trescientas, llegaré a poseer más de un año y vendrá el momento en que no las contaré, tal será mi abundancia. El whisky habrá dejado de ser una obsesión, se alejará su fantasma, que es el vacío de tu ausencia. Doscientas seis, mi caja de la dignidad, como la llamo, va ganando peso. Estoy orgullosa, me siento persona. No sabes hasta qué punto llegué a degradarme, cuántas noches no reconocía a nuestro propio hijo que, hastiado, me acostaba como un despojo en el sofá. Comienzo a sentirme dueña de un proyecto, fertilizada de ilusiones y vuelvo a soñar. La hora de la ensoñaciones, ¿recuerdas? Todo el mundo, hasta el más mísero, tiene derecho a ella, a pensar que algún galerista se emocionará ante mis cuadros y pagará una fortuna. No tanto para mí, casi poseo todo, sino para nuestro hijo. ¡Ya, no me he olvidado de tu frase! La repetiste varias veces cuando te ascendieron, una advertencia para ti mismo: una buena situación económica nubla la mirada crítica. ¡Qué tonta, dirás, bobo, he pintado un buen cuadro y ya sueño con cotizaciones de locura!

    A las nueve de la mañana golpearon discretamente la puerta. Yo había encendido la calefacción al amanecer.

    -Ah, gracias por venir. Pase.

    -¿Quiere que entre el perro o me espera en el portal?

    -No, no, claro, que pase.

    La anciana no volvió a hablar. Accedió a sentarse donde le dije y no me permitió hacerle fotografías. Llamaba la atención una sutura en la frente, antigua como un plegamiento, parecía el resultado de una dolencia arraigada que atenuaba el atrevimiento de la nariz. Permanecí un tiempo mirándola hasta encuadrar un rectángulo, desde el nacimiento de la frente hasta el pliegue de la boca. En medio existían las lagunas muertas de los ojos. Al principio me sentía violenta, pero el rostro irradiaba tal potencial plástico que poco a poco me concentré en mi labor. El perro, no entiendo de razas, quizá un pastor alemán, era un animal mucho más grande de lo que aparentaba en la terraza. Estaba flaco, con el pelaje de la cara apelmazado por la sangre y unos insólitos ojos entelados. No conseguía adivinar si me estaba mirando porque las pupilas flotaban en una nube. El animal se echó en el suelo, junto a su dueña, y colocó el hocico entre las patas delanteras. Aunque permanecía inmóvil, las orejas se alertaban al menor roce.

    Trascurrieron varias horas, yo estaba embebida en el dibujo explorando las posibilidades del rostro. Quizá le podía robar una expresión a la muerte. Palpaba la piedra, intuía que en su interior escondía un manantial, me excitaba, pero todavía no vislumbraba el camino. En esos segundos deseas gritar, te exasperas y gesticulas. Logré un minuto de serenidad, había que digerir el olor a pólvora, la explosión inminente, y debía atender a mi invitada, esmerar la cortesía para que siguiera allí.

    -Relájese, señora. Vamos a descansar un poquito. ¿Le apetece un café?

    La mujer me escrutó, comprendo que, para el modelo, el pintor resulta un ser extravagante. Hice un café y le ofrecí un cigarrillo. Observé que fumaba con una intensidad salvaje, la primera calada la sobresaltó. Se tomó el café en silencio. El perro nos miraba alternativamente. Existía una expresión de temor en los ojos turbios del animal.

    -¿Cómo se llama su perro?   -le pregunté.

    -Perro.

    Sonreí. Quizá nada pudiera hacer por reblandecer aquella máscara mineral, una dermis que se vitrificaba.

    -¿Y por qué ladró estas noches? proseguí.

La mujer me miró con severidad. Respondió elusivamente:

    -A veces es difícil hacer lo que tenemos que hacer.

Cuando dejo de pintar no puedo permanecer callada al lado de otra persona, me siento incómoda y grosera si no propicio una mínima comunicación. Fui contándole tu fatal accidente de tráfico, la lejanía de nuestro hijo, mi excedencia por un año y los placeres que me proporcionaba la pintura. Ella me miraba.

    -¿No le importa que le dé comida al perro?   -le pregunté.

    -No.

    Preparé trozos de pan y restos de embutidos de la nevera y se los acerqué. El animal olfateó y levantó la cabeza hacia su dueña. La vieja ordenó:

    -Come.

    El perro devoró con gula. A cada bocado levantaba la cabeza y emitía un gruñido. La mujer fumaba, el perro comía. Yo, en aquellos minutos muertos, podía degustar un mísero sorbo de alcohol, pequeñísimo. Cercené el deseo y apreté los dientes.

    -Ese gruñido es de satisfacción   -aseguró la mujer-.   Es un perro ciego.

    -¿Ciego?

    -Lo encontramos rondando los contenedores de basura.

    -Claro, esa mirada de tierra... Por eso no se separa de usted.

    -Me sigue por el olfato y por el oído.

    -O sea que era un perro abandonado.

    -Los dueños lo abandonarían, suponemos, cuando se quedó ciego, seguro. Mi marido dijo que algo le había estallado cerca de los ojos. Él entendía de perros. Es muy entendido, quiero decir. Le dio pena, lo acogimos y malvive con nosotros.

VOLVER

    Inopinadamente le supliqué:

    -¿Querría comer conmigo, señora?

    -No. Mi marido llamará por teléfono a mediodía.

    Le pagué, ella aceptó el dinero, y quedamos a una hora por la tarde. Durante varios días, embriagada en mi nuevo cuadro, mantuvimos aquella relación extraña entre pintor y modelo. Viví momentos intensos, me percaté de que comía con más apetito y dormía pocas horas pero con un sueño profundo. El abandono del alcohol es un lentísimo proceso de florecimiento, aunque el abismo permanece ahí, inminente, e irradia tal atractivo que incluso detenerme a pensarlo resulta peligroso.

    Te hablo de otra cosa, te decía que una noche descubrí un ligero vello en las espinillas, tú sabes que apenas se notaba. ¡Pues es así, serás imbécil, yo soy una de esas mujeres que no tiene que depilarse, ya está! Volveré a comprar las tiras depilatorias, solo para las espinillas. Yo creo que estaré guapa con el pelo corto, no, no he dicho que estaré joven, no exageres, aunque, mira, quizá me rejuvenezca.

    Al cuarto día logré la textura, apareció a media mañana. Había probado a mezclar los pigmentos con medios inertes, con carbonatos y yesos, pero la presencia del aceite de linaza manchaba las tierras y les aportaba brillo. Ideé mezclar el pigmento con una combinación de escayola utilizando látex como aglutinante. ¡Y ahí estaba! Me temblaba la mano, el pincel se movía autónomo, con movimientos cruzados, reproduciendo la amplia planicie de las mejillas. Le estaba arrancando el alma y trasladándola al lienzo. Surgían las arrugas de la madurez, armónicas, aceptadas, las líneas muertas de las ambiciones que bordean los ojos y las luces que perfilan el brío del hueso nasal, el atrevimiento de los pómulos. Aquella persona se había volcado en una tarea tenaz, la delataba el rostro, quizá en la educación de sus hijos, con una visión a larga distancia. Sin dejar de pintar, como una prolongación natural de mi pensamiento, pregunté:

    -¿Tiene hijos?

    -Dos. Allá.

    -¿Allá?

    -En Argentina. Uno está casado. Emigramos hace treinta y ocho años.

    -Ah, y ustedes volvieron...   -dejé los pinceles en el bote de cerámica y saqué el pulgar del ojo de la paleta. Me dolía el dedo, como en los viejos tiempos, cuando, ensimismada en un cuadro, dejaba trascurrir tantas horas que el pulgar izquierdo quedaba insensible a causa del leve peso de la paleta.

    -Volvimos. Están las cosas mal allá. Nos dieron cuatro pesos por la casa, apenas para el viaje, y volvimos.

    -Será duro... Quiero decir, separarse de sus hijos. Ya sabe que el mío está en Holanda.

    -Es diferente concluyó ella con una modulación amable. No quería herirme pero me mostraba la distancia que nos separaba.

    -¿Por qué?

    -Por todo   -afirmó tajante. Entonces se paso la lengua por el labio inferior y la mucosa adquirió un brillo viscoso. ¿Cómo incluir en un rostro enjuto aquella carnosidad de entrañas?

    Le ofrecí un cigarrillo. Tenía la textura, cada día la conocería mejor, descifraría el pliegue de la frente y el hermetismo de la boca. Me inquietaba, casi con un amago de náusea, la cabeza roja de la lengua que había humedecido el labio. El cigarrillo liberaba la tensión, porque de pronto confesó:

    -Volvimos porque a mi marido le concedieron una pensión, nos avisaron unos parientes, le pertenecía una pensión por su padre, lo fusilaron durante la guerra civil. Trescientos cincuenta y siete euros al mes. Por eso volvimos.

    -Ya.

    Tampoco debía explicarme nada más, la escasa pensión motivaba las visitas nocturnas al contenedor. La diferencia la marcaba el dinero. El perro, una presencia silenciosa, miraba sin ver a una y otra. Le acaricié la frente y me olió con su hocico húmedo, intentó lamerme la mano. A veces un perro parece un niño asustado. De repente desapareció la luz, una nube delgada dejó en penumbra el rostro de la mujer. Había que esperar. El pequeño milagro, un manantial que brota de la roca, se había producido. Ahora, lentamente, iría empapando el cuadro, fertilizándolo hasta conseguir un rostro arrancado a la muerte. ¿Sería capaz de trasladar al lienzo aquella especie de perversión que había descubierto en la boca? Recordé las variaciones que había pintado Bacon sobre el cuadro Inocencio X de Velázquez. La boca revelaba un temperamento desaprensivo.

    La tarde también fue estéril, el cielo encapotado no permitía seguir pintando. Fumamos en silencio. Ella había traído sus propios cigarrillos negros, con mi paga podía comprar tabaco. El perro se lamía las patas delanteras y las heridas del pecho. Permitía que posara la mano entre los ojos y recorriera el pelaje oscuro del lomo, que en el pecho se tornaba rojizo y en el vientre adquiría tonos oxidados. ¿Qué querías decirme tantas noches y noches ladrando?

    Antes de acostarme volví junto al ventanal. No ha salido la vieja, quizá porque con lo que ganaba como modelo podía ir tirando. Miré el débil reflejo de mi rostro en el cristal, ¿crees que estaré bien con el pelo corto? Va a ser un cambio radical. Y me daré color, ya llevo alguna cana, aunque no creas, no me afea. Te decía que esta noche no ha salido la mujer. ¿Imaginas cómo lo estarían pasando en Argentina para tener que volver, después de casi cuarenta años, porque les han concedido una mísera paga? Me gustaría conocer al marido, un friolero entendido en perros, que huye de esta ciudad en la que se alarga el invierno. De este barrio también salieron huyendo las clases medias cuando circuló aquel rumor, se decía que al instalar el complejo papelero aumentó el cáncer de laringe entre los habitantes del sector. Ahora solo viven desclasados y emigrantes. En la manzana siguiente han aparecido pintadas contra la guerra. No compro periódicos, quizá los odio porque nuestra casa siempre estuvo llena de ellos, comprabas tres o cuatro los fines de semana, era tu pequeño vicio. Te recuerdo sentado en esta silla y con los periódicos esparcidos por el suelo. Leo en los quioscos los titulares alarmantes, aunque los inspectores no encuentran armas. Cuando vaya a regar las plantas del piso traeré una radio, no puedo permanecer ignorante si estalla la guerra.

    A la mañana siguiente, junto a la puerta, la anciana propuso:

    -Si quiere me voy. Está nublo.

    -No, pase por favor. Tomaremos un café, al menos. Si le parece.

    -No cobraré.

    -Ah, bien, como quiera. Gracias.

    Hice un café y nos acercamos al ventanal. Ella cogía la taza de una forma peculiar, con ambas manos, como si necesitara que las palmas absorbieran el calor de la porcelana. En aquel momento anhelé el pequeño veneno del alcohol, pero conseguí aplastar el deseo con tanta facilidad que sonreí.

    Miramos la sucia fachada de enfrente. En el lateral del edificio un aislante amarillo se desgarraba a trechos. Soplaba el cierzo. Cuando ella encendió otro cigarrillo aparecieron los primeros copos. En febrero recrudecía el invierno.

    -Hizo bien su marido. En la costa no nevará comenté.

    El viento arrojaba los copos menudos contra la fachada de enfrente. Después comenzó a llover. El animal, como si quisiera participar de aquella comunicación, se colocó entre ambas y fingió mirar a través del ventanal. Le pasé la mano por el canal del cráneo que separa los ojos y él me lamió la muñeca. Habría dado lo que me hubiera pedido por quedarme con aquel perro. Dejé la mano en su cabeza como si fuera un niño.

VOLVER

    -O sea que su marido volverá para la primavera   -dije por enhebrar una conversación.

    -Usted finge, pero lo sabe.

    -¿El qué?   -pregunté con curiosidad.

    La mujer seguía mirando la lluvia racheada que azotaba a intervalos la fachada. Me extrañó aquel comentario. Ella prosiguió:

    -Adivinó que yo tenía hijos.

    -Fue una casualidad, no crea. No sé, una intuición, a veces el rostro nos delata   -sonreí complacida.

    -Sabe también que mi marido murió hace treinta y seis días.

    -¿Cómo? Perdone, yo no sabía...

    Ambas fingíamos seguir mirando la lluvia racheada, a veces mezclada con copos turbios. Permanecíamos en un silencio alarmante, hasta que ella añadió:

    -No pude enterrarlo. Ni decir que había muerto.

    Aparté la mano de la cabeza del perro como si fuera un reptil. La mujer contaba con frialdad algo que yo debía saber, pero que hasta aquel momento no había imaginado.

    -¿Quiere decir...?   -comencé, asustada por lo que intuía.

    -Si no sigo cobrando esa pensión terminaré en la calle, durmiendo en los portales. Por eso lo hice.

    -Dios.

    No la escuchaba. Existe un momento de suma debilidad, cuando descubres que el suelo que pisas es una capa de hielo que se resquebraja. Sabía que cuando ella se fuera bajaría a la calle y correría hasta el supermercado para comprar una botella de whisky. A veces necesitas la anestesia de la llama azul. Ella continuó:

    -Saqué el cuerpo desnudo a la terraza, apenas podía cargar con él, y le ordené al perro lo que tenía que hacer. Tengo que seguir cobrando esa pensión, ¿entiende?

    Me negaba a entender. A la anciana la turbó mi expresión, porque a modo de disculpa comentó:

    -Le dejé al perro agua, pero no comida. Ha tenido que ser duro para él. Súbitamente, con un apremio inaudito, me asaltaron las ganas de beber.

    -¡Fuera de aquí! ¡Largo!   -me alarmaron mis propios gritos. ¡Necesitaba un trago para aguantar aquello! ¡Ahora! El ansia tenía el poderío de la agonía, como el último asidero de alguien que se ahoga, las manos se convierten en garfios que se aferran al primer objeto que encuentran.

    -¡Fuera! ¡Váyase!

    Podía arrojarla escaleras abajo para ganar unos segundos. Sin embargo ella caminó hacia la puerta con lentitud. Temí que el perro se abalanzara sobre mí, mantenía flexionadas las patas traseras y la cola rígida.

    Busqué ansiosamente el monedero. Como un pájaro abatido en vuelo, me sentí tronzada por segunda vez. La puta vida. ¿Dónde estaba el monedero? El deseo del whisky abría en dos la garganta. Beber, a grandes sorbos, sin moderación. ¡Dónde estaba, hostias! Rebusqué, arrojé el lienzo al suelo, revolví en el bolso. Con el monedero en la mano, ni siquiera cogí el abrigo, bajé las escaleras desesperada por beber. Aún los alcancé. La vieja se pegó a la pared para dejarme paso. Creí ver una mueca de resignación, pensó que iba a denunciarla. Le di una patada al perro para que se apartara de mi camino, y ladró. A la puta mierda todo, la verdadera locura no es el whisky, la verdadera locura es la muerte, tu muerte, la muerte de aquel viejo cuyo cuerpo había servido de alimento al perro.

 

    A las siete de la tarde sonó el teléfono móvil. Sería tu hijo, tan metódico como tú. No me atrevía a levantarme de la silla, eso sí, es cómoda la jodida silla, por temor a perder el equilibrio, tendría que andar tres metros y el suelo de fango se hundiría a cada paso. Volvía a sonar el maldito teléfono, insistía, tu hijo requería a la madre, pero no tenía agallas para ser madre. Ni para indignarme porque una vieja echara el cadáver de su marido al perro para seguir cobrando la mísera paga. ¡Tenía cojones la vieja! Había tirado los despojos a la basura, confundí la armadura del esqueleto con los restos de una silla o una mesa desvencijada. Me la sudaba la injusticia del mundo, siempre había sido injusto. Y siempre lo sería. Y bebía. ¿Vigilaría aquella tía cada día lo que devoraba el animal? Las heridas encharcadas de whisky no duelen, sabe de puta madre el whisky, especialmente después de haber estado varios meses en el dique seco. Te encharca los sesos con inmediatez, como si te lo inyectaran en la vena. Podría callarse el jodido teléfono, aunque apenas me afectaba. Tenía macerada la lengua en un óxido antiguo. Mi paladar, embadurnado de alcohol, ya no emitía quejidos como en los meses anteriores. Y seguía bebiendo. A veces me entraba una risa histérica, me reía a carcajadas. Me da igual ser una mierda. Está bien ser una borracha de whisky barato. En este barrio de moros y negros, podrido por los humos de las industrias, solo venden matarratas, pero sirve. Me dormiré cuando me salga el licor por los oídos, sentada en esta silla, y no sé si me despertaré, estoy bien riéndome aquí. Si pudiera levantarme cogería la espátula y le sacaría los ojos a la vieja del cuadro que me mira sin verme. ¿Para qué hostias voy a seguir pintando? Te juro que cuando pueda levantame arrojaré el puto teléfono contra la pared y cegaré el cuadro.

¿Qué dices de una borracha de mierda?

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