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EL CONTRABANDO La playa de Cuiper, al igual que las playas colindantes, se hizo famosa, en otros tiempos, por las sacas de contrabando. Para bastantes familias se convirtió esta actividad en un interesante complemento de la pobre economía basada en la agricultura. El gran esfuerzo y dedicación que exige el cultivo de la tierra reportaba una compensación económica tan mezquina que muchos vieron en el contrabando una salida precisa para sus maltrechas economías familiares; total bastaba una simple colaboración, bien en el transporte de la mercancía, bien encubriendo el alijo o a sus responsables. La proximidad del litoral siempre ha sido tentación fácil para ello, y no todos eran capaces de rechazarla. El lugar mas apropiado, por su estratégica configuración, era la cercana gola del Marcelí. Las varias acequias afluentes que en ella desembocaban posibilitaban la navegación, al menos en los últimos cien metros de acequia, de una pequeña embarcación. Una tupida vegetación de cañas, tamariscos y otros arbustos frondosos la protegían de tal manera que era posible llegar en barca hasta la misma carretera o la vía pedrera sin ser vistos a cierta distancia, amparados además en la oscuridad de la noche, tiempo elegido normalmente para estas arriesgadas actividades ilegales. Una vez dejaba la pequeña barca los fardos de contrabando en el lugar previamente convenido, los carros, que estaban al acecho, los cargaban rápidamente y en seguida salían pitando. Los carabineros, casi siempre, se daban cuenta después que los carros habían desaparecido. Entonces, por pura formalidad, salían voceando: ¡Alto!¡Alto!, disparaban a bulto unos tiros y aparecía el brigada de la comandancia de marina, del puesto del Machistre, montado en su caballo, echaba cuatro tiros al aire y ...... misión cumplida. A la mañana siguiente, se daba parte de lo ocurrido durante la noche en la playa y santas pascuas. Al domingo siguiente, los organizadores del matute, se reunían en casa Andresito, daban cuenta de una suculenta paella, y después de lleno el estómago, y el bolsillo también, planeaban el próximo alijo. Así fue transcurriendo el tiempo hasta el temporal marino de 1924 primero, y el de 1928 después, los cuales deshicieron completamente el montañar, con su arbolado y cañaverales, dejaron despejada la gola, dificultando a los contrabandistas la posibilidad de esquivar, sin riesgos, la vigilancia de los carabineros, por lo que se dio fin a esta actividad fraudulenta. Actividad que se intentó reanudar en 1945, pero la carencia de defensas naturales y la vigilancia de los carabineros, convertían en tan peligrosos y arriesgados los esporádicos alijos que aún llegaron a realizarse, que pronto renunciaron a proseguir nuevos intentos. Para entonces, además, la gente se dedicaba ya de lleno a hacer producir la tierra con vistas al mercado de Abastos de Valencia o de otras ciudades de la Nación, pues eran mejores los precios que se pagaban por las patatas, cebollas y sobre todo melones, por lo que la agricultura iba resultando más rentable. Respecto al melón resultó muy interesante la evolución de su cultivo. Del melón tendral, dulce como la miel, se pasó al caliente más tempranero, pero, debido a su rápida maduración, no es apto para ser transportado a los mercados foráneos en buenas condiciones, pese a su excelente paladar, por lo que fue tomando auge el melón roget o de la pepiteta, que tubo unos años muy buenos, hasta pasar posteriormente al llamado melón de la pell de sapo, duro y resistente, y de calidad extraordinaria, lo que facilitó su gran éxito de penetración en los mercados y la magnífica acogida de los consumidores. |