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ORIGEN
El origen de Cuiper se remonta, según parece, al año 1808, cuando las tropas francesas invadieron España. Su afán imperialista las llevó a conquistar también la ciudad de Valencia. El mariscal Moncey la sitió el 28 de Junio de 1808, pero fue rechazado. El 5 de Marzo de 1810 intentó ocuparla el mariscal Suchet, que fracasó también. El tercero y definitivo asedio fue dirigido otra vez por este Mariscal, consiguiendo la rendición de Valencia el 9 de Enero de 1812. No se sabe en cuál de estos asedios construyeron, en estos pagos, un caserón y la cerca para guardar sus ganados las fuerzas francesas.
Sabido es el odio y la hostilidad con que la mayoría del pueblo español y, por tanto, también el valenciano, acogió a los invasores. A este propósito, el impuesto a la fuerza como rey de España, José Bonaparte, confesaba, escribiendo a su hermano Napoleón: “Tengo por enemiga una nación de 12 millones de habitantes, bravos y exasperados hasta el extremo”. Esa impresión la tendrían también las tropas francesas, por lo que es natural que recelaran de las gentes de los pueblos que iban conquistando. Por eso, al tratar del abastecimiento de los soldados, intentaban proveerse por si mismos de los alimentos que necesitaban. Para ello, escogieron un lugar bastante próximo a la capital, alejado de población y cercano al mar. Era un lugar agreste y solitario; a lo sumo se vería alguna que otra viña, apto pues, para apacentar tranquilamente el ganado, y aquí establecieron un rebaño de corderos. Levantaron un muro de casi dos metros de altura para encerrar por la noche a los animales y construyeron un gran caserón, dividido en departamentos, para refugio de los soldados que, al mando de un brigadier, se encargaban del avituallamiento de las tropas.
Ocupaba, dicho caserón, como media hanegada de terreno. Constaba de planta baja y piso. La puerta de entrada, coronada por un arco ojival, estaba orientada cara al sol de mediodía. Arriba del todo un reloj de sol marcaba el paso de las horas. Delante del caserón el corral que tendría unas dos hanegadas de terreno, y en él, junto al camino de Foios, construyeron una pequeña ermita, con su espadaña y la campanita, que avisaba a los soldados la hora de la Misa. Encima de la puerta del caserón había una leyenda: “SOMOS DE CUIPER”. Al parecer el brigadier o algunos soldados serían de algún lugar de Francia, así llamado, y Cuiper fue el nombre que quedó para designar este lugar.
En efecto, hay en la famosa Bretaña francesa, en el departamento de Ille et Vilaine, en el distrito de Redon, un pequeño pueblo que se escribe LA COUYPERE, pero que se pronuncia CUYPER, el cual, por la semejanza de las voces, podría ser el que explicara el nombre de nuestro CUIPER. Tal vez por tener alguna especial relación, de nacimiento o vecindad, el brigadier o algunos soldados, sintiendo la Morriña de su tierra tan lejana, escribirían en la fachada del caserón la frase “SOMOS DE CUIPER”.
Para transportar la carne a las tropas situadas en Valencia y evitar mejor el peligro de posibles sabotajes, construyeron al final del camino de Foios un puerto rudimentario y provisional en la playa. Clavaron en la arena, unas grandes estacas e hicieron también una pasarela de madera para facilitar la carga y descarga del avituallamiento, previamente preparado en el matadero que, a tal efecto, se había construido en el caserón.
Derrotados, al fin, los franceses, el 5 de Julio de 1813 abandonan Valencia el mariscal Suchet. Lo mismo tuvieron con todas las provisiones, destruyeron la ermita con su espadaña, se llevaron la campanita y destrozaron, en parte, el caserón. El brigadier, mientras tanto, se escondió y no quiso regresar a su país. Le había cautivado esta tierra llena de sol y su tan templado y agradable clima, así como la simpatía de sus mujeres y la cordialidad de sus gentes. Pasado un tiempo prudencial, cuando creyó que las fuerzas francesas estaban ya bastante lejos, salió de su escondite y se entregó a las autoridades españolas que, le dejaron en libertad, quedándose a vivir aquí y casándose con una española.
Algunas de estas anécdotas me las contaba el Dr. D. Vicente Guerrero Cervelló, en mis años juveniles, para que, dadas mis aficiones literarias, las consignara por escrito. Pero los avatares de la vida, con tantas peripecias y luchas, sin tiempo libre apenas, me impidieron llevarlo a cabo. Ahora, en cambio, 50 años después, siento la necesidad, en mis ratos libres de jubilado, de narrar retazos de la historia de un pueblo que, aún siendo pequeño, resulta muy entrañable y querido para mí y para quienes en Cuiper nacieron o viven, porque, al fin y al cabo, es nuestro pueblo. |