INTRODUCCIÓN AL ANÁLISIS DE LA TIERRA MEDIA:
REGLAS PARA REALIZAR ANÁLISIS
CONSISTENTES
DE LA TIERRA MEDIA
Lo primero que hay que
dejar claro en esta ponencia es sobre qué va a tratar exactamente.
Y eso no es fácil, desde luego. Pero podemos decir que aquí
no se va a realizar ningún análisis concreto de la TM, sino
que lo que se va a intentar es establecer una cierta metodología
mediante la cual poder realizar cualquier tipo de análisis, ya sea
político, jurídico, económico, sociológico,
etc.. Es decir, se van a dar las bases para que los análisis de
la TM que se realicen sean mínimamente serios. Además, estas
bases, al ser tan generales, pueden aplicarse (con las oportunas adaptaciones)
al análisis de otros universos de ficción que gocen de una
mínima consistencia (como el de la Guerra de las Galaxias o el universo
Marvel).
Antes de empezar con estas
líneas maestras, no obstante, hay que señalar cuál
va a ser el objeto de nuestro estudio. La TM es seguramente el universo
de ficción más coherente que existe, y a la hora de analizarlo
debemos partir siempre de que lo que dice Tolkien es “verdadero” en el
sentido de que los resultados de nuestro análisis no pueden contradecir
los hechos narrados por Tolkien. Por dos razones: la primera, que sería
absurdo analizar la TM si partimos de la base de que lo que dice Tolkien
no es así; entonces no estamos analizando la TM, la estamos recreando
a nuestra conveniencia. Si Tolkien dice que el Anillo Único vuelve
invisible a la gente, tenemos que aceptar que esto es así; si pensamos
que el Anillo Único no existe, más que analizar la TM deberíamos
escribir nuestra propia TM.
Y la segunda, que este
análisis no llevaría a ningún resultado útil:
?¿qué sentido tiene concluir (p.e.) que la batalla de los
Campos del Pelennor la ganó Sauron? Si cada uno deforma la historia
como le viene en gana, es imposible contrastar los resultados de los análisis.
Y un análisis que no puede ser contrastado no es un análisis
fiable.
Así que el sentido
del análisis de la TM es complementar lo que dice Tolkien, o pronunciarse
sobre aspectos sobre los cuales no se pronuncia Tolkien. Incluso podemos
interpretar lo que dice Tolkien, y llegar a una conclusión distinta
de la que él pensaba cuando escribió sus libros. Para explicar
mejor cuál es, a mi juicio, la actitud correcta en este tipo de
análisis creo que lo mejor es poner un ejemplo. Tolkien señala
que después de la Guerra del Anillo Aragorn llega a un acuerdo con
los Haradrim y los Orientales. Este hecho debemos considerarlo probado.
Ahora, lo que no está probada es la intención de Aragorn.
Tolkien supongo que diría que esto lo hace porque era un rey sabio
y justo, pero podría ser por otra causa; p.e., podría haber
trazado un maquiavélico plan para sustituir gradualmente a los líderes
de estas naciones por gobernadores pro-gondoreanos y convertir sus territorios,
con el paso del tiempo, en Estados-satélite de Gondor. Y habría
muchas más interpretaciones posibles.
Es decir, los hechos
que señala Tolkien son la base de nuestro análisis. El resultado
del mismo será una interpretación de esos hechos, que puede
ser o no concordante con la de Tolkien, o referirse a aspectos que Tolkien
deja incompletos o no nombra. Desde este punto de vista, no hay resultados
mejores o peores, sino resultados más o menos razonables. El contraste
entre los resultados a los que hayan llegado distintas personas, y de las
razones por las que llegan a este resultado, debería servir para
aceptar una interpretación como la más razonable. Lo que
no significa, por supuesto, que sea la única cierta, o que deba
imponerse, so pena de no considerar tolkienista a quien no la mantenga.
Pero la razonabilidad no
debe aplicarse sólo al resultado del análisis, sino que también
(y sobre todo) debe aplicarse al propio método del análisis.
Y esto significa que no podemos analizar la TM sin más, aplicando
las leyes de nuestro mundo. La TM no es nuestro mundo, ni la habitan seres
como nosotros: el Derecho, la política, la economía que surgen
de la actividad de los habitantes de la TM forzosamente han de ser distintas
a las nuestras. Y esto significa que un análisis realizado con nuestras
leyes es un análisis no razonable, que va a dar resultados inconsistentes
o incluso absurdos. Cierto que no conocemos suficientemente las leyes por
las que se rige la TM, sino sólo las de nuestro mundo, por lo que
en principio se podría concluir que no cabe un análisis razonable
de la TM.
Personalmente, considero
que sí cabe este análisis. Pero para ello, lo que hay que
hacer es tener en cuenta las diferencias radicales que hay entre la TM
y nuestro mundo real, y utilizar estas diferencias para modular la aplicación
de las leyes. Estas diferencias son la importancia de la magia, la imposibilidad
de usar la diplomacia con el enemigo, la perdurabilidad y el factor racial.
Dependiendo del tipo de análisis que realicemos, nos fijaremos más
en una u otra de estas bases; p.e., para un análisis económico
la imposibilidad de usar la diplomacia no tiene demasiada importancia,
mientras que en un análisis político es importantísima.
*La importancia de la
magia. No me estoy refiriendo a la presencia de magos concretos con un
papel en la historia de la TM, aunque sin duda si Gandalf hubiera sido
una persona normal y hubiera muerto en Moria la historia no habría
sido la misma. Me refiero a la magia como un factor político, diplomático,
social, militar e incluso económico de primer orden, lo que (evidentemente)
es imposible en nuestro mundo. La magia, por un lado, afecta a las relaciones
internacionales: los rohirrim desconfían de los Galadhrim por pensar
que Galadriel es una hechicera; Celeborn previene a la Comunidad del Anillo
contra Fangorn, y Bárbol a su vez les dice a Pippin y Merry: “¡No
te arriesgues a extraviarte en el bosque de Laurelindónean!”, es
decir, en Lórien. Se puede decir que en nuestro mundo también
ciertas personas y lugares tenían mala reputación por ser
supuestamente mágicos, pero es que en la TM son realmente mágicos.
Además, esto afecta también a la propia organización
interna de los Estados que utilizan la magia: Gondor y Arnor no habrían
podido mantener las relaciones que mantuvieron durante su época
de esplendor sin las Palantiri, que son evidentemente objetos mágicos.
Del mismo modo, la magia
es un factor muy importante desde el punto de vista militar. Volvamos a
tomar Lórien como ejemplo: Lórien es un país pequeño,
poco poblado, muy atrasado desde el punto de vista tecnológico,
y con un armamento reducido a arcos, flechas y puñales. Al Oeste
de Lórien, y no demasiado lejos, se halla Moria, repleta hasta arriba
de orcos, trolls y el Balrog de turno. Al Este de Lórien, el Sur
del Bosque Negro y Dol Guldur, una de las principales bases de Sauron,
dirigida durante mucho tiempo por el propio Sauron bajo su identidad de
Nigromante. Hacia el Sur, Rohan, de donde no pueden esperar ayuda. Al Norte,
tierras semidesiertas hasta llegar al país de los Beórnidas,
demasiado lejos para prestar una ayuda efectiva. Durante la Guerra del
Anillo, Lórien es atacada tres veces. Si leemos los Apéndices,
tenemos que se dice: “además del valor de ese pueblo élfico,
el poder que había en esa tierra era demasiado grande para que alguien
pudiera conquistarla, a no ser que Sauron hubiera ido allí él
mismo”. Posteriormente, el ejército de Lórien remontará
el Anduin y tomará Dol Guldur, y Galadriel limpiará el Bosque
Negro para que vuelva a ser el Bosque Verde. Sin la presencia de Galadriel
y del anillo Nenya en Lórien, esto es sencillamente imposible. Evidentemente,
en nuestro mundo y según nuestras propias leyes Lórien tenía
que haber caído. Pero es que además la importancia de la
magia la tenemos en el mismo hecho de que, hasta la Guerra del Anillo,
Lórien no es atacada: los orcos de Moria no se atreven a hacer incursiones
en Lórien (al menos, no en lo que sería propiamente Lórien,
aunque puedan ocasionalmente descender hasta sus cercanías), como
sí las hacían los trasgos de la Puerta de los Trasgos o los
de Gundabad o Angmar en las aldeas de alrededor.
La magia también
tiene importancia cuando se aplica a la tecnología. En nuestro mundo,
cuando un país ha conseguido un avance militar consigue una primacía
sobre otros países que dura muy poco: hasta que estos países
consiguen este avance. Así, el paso de las armas de bronce a las
armas de hierro, el descubrimiento de la ballesta que supone el fin de
la caballería pesada, etc... Muy pronto, los países
que sufren en sus carnes la efectividad de estas nuevas armas consiguen
ellos mismos desarrollarlas, con lo que se mantiene un cierto equilibrio
a largo plazo (excepto cuando las diferencias tecnológicas son muy
altas, como en el caso de las guerras contra los indígenas americanos;
pero obsérvese que incluso los pieles rojas acabaron usando fusiles).
Pero en la TM, las armas que obtienen algunos países gracias a la
magia (principalmente el fuego de Orthanc que destruye los muros del Abismo
de Helm o los proyectiles explosivos usados por las tropas de Mordor en
el asedio de Minas Tirith) son patrimonio exclusivo de estos países:
los otros países se tienen que limitar a sufrirlas e intentar contrarrestarlas,
pero no consiguen desarrollarlas porque carecen de la aptitud mágica
necesaria para ello. Y es que, mientras que en nuestro mundo para desarrollar
un arma sólo hay que tener inventiva, saber observar y conocer la
metalurgia, en la TM se necesita además tener magia. Así,
Tolkien en su Carta 155 señala: “De cualquier modo, una diferencia
en la utilización de la ‘magia’ en esta historia es que no se tiene
acceso a ella por conocimiento folklórico o hechizos, sino que es
un poder no poseído o accesible a los hombres en cuanto tales”.
Y esto se aplica no sólo
a las armas, sino en general a todos los objetos mágicos: p.e.,
los Anillos. A este respecto también se puede decir que el propio
Tolkien señala, en una de sus cartas, que un análisis químico
del lembas no daría ningún resultado sorprendente: sería
pan corriente y moliente. Lo que le da características extrañas
es precisamente la magia: no hay una receta que permita a la gente hacer
lembas, sólo las pueden hacer los Elfos. La cita concreta pertenece
a la Carta 210 y dice: “Ningún análisis en ningún
laboratorio descubriría las propiedades químicas del lembas
que lo vuelven superior a cualquier otra clase de galleta preparada con
cereales”. Y esta relación magia/tecnología permite que ciertos
pueblos (como los Enanos o los Elfos) fabriquen armas codiciadas en toda
la TM, lo que tiene un claro reflejo en el comercio.
Y por último, la
magia tiene importancia en el sentido de que permite la existencia de seres
mágicos, seres tan extraños como Tom Bombadil, el Balrog,
Ella-Laraña, Smaug, etc.. La presencia de uno sólo de estos
seres en un bando concreto desequilibra completamente cualquier batalla.
Si Sauron hubiera podido contar con Smaug en la Guerra del Anillo, sin
duda la victoria habría caído de su lado. En el mundo real,
no hay ningún ser ni ninguna persona tan importante como para que
su mera presencia convierta un ejército pobre en un ejército
casi invencible. Y además, estos seres se comportan de manera absolutamente
impredecible, por lo que nunca pueden ser dejados de lado. El gran error
que cometió Saruman fue precisamente dejar de lado a los Ents de
Fangorn.
*La imposibilidad de
usar la diplomacia contra el enemigo. Ni Sauron ni Morgoth llegan a pactos
de no agresión o intentan firmar la paz con sus enemigos. Su idea
de la diplomacia es algo así como “sométete o muere”. No
tienen países aliados, sino esclavos o todo lo más reinos
tributarios. En el mundo real, incluso Hitler intentó firmar la
paz cuando peleaba en dos frentes (época de la Batalla de Inglaterra
y la lucha en el frente ruso). Pero a Sauron lo mismo le dan tres que treinta:
todo lo que no se le ha sometido es enemigo. Sólo antes de la guerra
intenta hacer unos breves esfuerzos, enviando un mensajero a Erebor. Pero
incluso esto tiene una explicación: el campo de batalla del Norte
es un campo secundario para Sauron, así que si puede asegurarse
que allí no habrá guerra pues mejor. Y si no lo consigue,
tampoco importa mucho: su objetivo principal es Gondor y los países
élficos: el Reino de Thranduil y Lórien, que son atacados
desde Dol Guldur.
Además, no es
sólo que antes de la guerra no tengan ningún esfuerzo por
asegurar una paz. Es que, una vez iniciada la guerra no hay posibilidades
de pedir un alto el fuego, o una tregua. Ni siquiera después de
la brutal derrota de los Campos del Pelennor; en la “cumbre” entre Aragorn
y la Boca de Sauron lo podemos ver con claridad. La única opción
que da la Boca es la de rendición total y absoluta. Eso es diplomacia,
y lo demás son cuentos.
Y es que hay que tener
en cuenta que Morgoth y Sauron son maldad en estado puro. Esta afirmación
es aplicable con muchos matices a Sauron, pero con total plenitud a Morgoth:
a él le da igual conquistar o no Beleriand, sólo quiere destruirlo
todo y a todos. Los otros países lo saben, y por eso saben que la
diplomacia será inútil. Y también porque saben que
son pura maldad no llegan a acuerdos con ellos para aliárseles.
Sólo los Ulbarim de la Primera Edad traicionan a sus aliados para
unirse a Morgoth, pero eso es porque no le conocen: negarles la recompensa
que les había prometido no es algo que podamos considerar diplomático.
Y por eso mismo todos los países hacen frente común contra
Sauron, sin que haya países con actitudes ambiguas o de “sí,
pero no”. En la batalla de los Cinco Ejércitos se ve muy bien: todos
contra los orcos, y luego ya solucionaremos nuestras diferencias. Esta
idea de frente común frente al mal absoluto es imposible de trasladar
a nuestro mundo: en primer lugar, en nuestro mundo no existe un mal tan
absoluto como el de Sauron; y en segundo lugar, si existiera seguro que
podría poner de su lado a alguien.
Relacionado con la diplomacia,
está la escasa o nula importancia de las redes de espionaje. Normalmente,
los espías en territorio enemigo se sirven como base de una embajada
o algo similar. Claro, en la TM no hay embajadas y además pasa otra
cosa: los sirvientes de Mordor no pasarían inadvertidos en Gondor,
y viceversa.
*La perdurabilidad. Todo
en la TM sucede durante periodos de tiempo muy largos. Sauron representa
una amenaza desde Mordor desde el año 1000 SE hasta el año
3019 TE; o sea, más de cinco mil años. Por otro lado, la
guerra entre Gondor y Mordor dura más de 500 años, porque
“desde los tiempos de Denethor I nunca volvió a haber verdadera
paz, y aun cuando no hubiera en Gondor una gran guerra, o una guerra plenamente
declarada, sus fronteras estaban bajo una amenaza constante” (SdA, Apéndice
A). Elrond, Galadriel, Círdan y Fangorn gobiernan sus respectivos
territorios desde tiempo inmemorial, y extienden su influencia de una manera
impensable para nuestros cerebros mortales. Gandalf se pasa desde
el año 1000 TE dando vueltas por la TM . Teniendo en cuenta que
para nosotros todo lo que pase de los 80-100 años que constituyen
nuestra esperanza de vida es difícilmente comprensible, nos va a
costar comprender hechos que abarcan tal cantidad de tiempo. Sobre todo,
nos va a costar mucho trabajo comprender cómo un país puede
aguantar una guerra de 500 años sin desintegrarse social y económicamente.
Esto puede pasar en la TM porque los habitantes de Gondor saben que Mordor
es el mal absoluto, y están dispuestos a aguantar lo que sea antes
que caer en sus manos. En nuestro mundo, tarde o temprano Mordor habría
introducido quintacolumnistas en Gondor que sembraran discordia para provocar
revueltas y similares. Pero en la TM esto no es posible: un gondoreano
nunca estará lo suficientemente descontento como para ser atraído
por el mal absoluto.
*El factor racial. Tomemos
cuatro personajes históricos cualesquiera de nuestro mundo, p.e.
Almanzor, Hernán Cortés, Napoleón y Alejandro Magno.
Si quitamos las circunstancias de lugar y tiempo en las que les tocó
vivir, tenemos que son cuatro humanos; o sea, son como nosotros. Podemos
entenderlos con (relativa) facilidad si conocemos esas circunstancias de
lugar y tiempo. Pero esto no es así en la TM: podemos encontrar
una gran diversidad de razas, cada una con su lógica, sus creencias,
sus actitudes frente a la vida, sus sentimientos, su percepción
de las cosas... y todas ellas distintas de nuestra propia lógica,
de nuestras creencias, etc...
Para empezar, los Elfos.
Viven eternamente, y quiero que os paréis un momento a reflexionar
sobre la palabra “eternidad” ¿?Cuál sería vuestra
actitud ante la vida si fuerais eternos? No podéis responder; la
mera idea de no poder morir va contra nuestra naturaleza mortal. ¿Qué
puede mover a un ser eterno? ¿?Cuál es su razón de
vivir? La nuestra, muchas veces, es la de hacer algo importante para ser
recordados después de nuestra muerte: esto no es aplicable a los
Elfos.
Luego, los Enanos. Viven
una media de 250 años, están en plenitud de fuerzas hasta
más o menos los 200 (Thorin muere a los 191 años y está
en plena forma) y son avariciosos y testarudos. En esto se parecen más
o menos a nosotros, pero se ven sometidos a una doble sumisión:
por un lado, la sumisión al rey del territorio en que habitan; por
otro, la sumisión al patriarca de su clan. Puede alegarse que esto
no es muy distinto de la sumisión de las personas religiosas, que
viven sometidas a las leyes de su país y a los dictados morales
de su fe, pero con dos diferencias importantes: en primer lugar, que el
patriarca, pese a tener un aura sobrenatural como heredero de uno de los
Siete Padres originalmente creados por Aulë, es una autoridad claramente
política y militar, y no un guía espiritual; y en segundo
lugar, que todos los clanes están en cierta medida sometidos al
Pueblo de Dúrin; esto se puede ver en la batalla de Azanulbizar:
“Tú eres el Padre de nuestro Pueblo, y por Ti hemos sangrado
y volveríamos a sangrar”
Los hobbits. Viven unos
años más de media que nosotros, son buenos por naturaleza
y sólo les preocupa comer y beber bien, pero son capaces de renunciar
a todo para sobrevivir. Es una mezcla de sencillez y grandeza que difícilmente
puede ser imitada por los humanos.
Los orcos. Son malos,
muy malos. Crueles y sanguinarios, sólo les gusta el pillaje y el
saqueo. Viven sometidos a un señor al que odian pero al que no se
atreven a traicionar, y enfrentados a todo el resto del mundo. La vida
no tiene ningún valor para ellos; se matan entre sí por cualquier
motivo. Son malos soldados, pero perfectos como carne de cañón.
Y sin embargo, a pesar de saber que sólo se les quiere para ser
carne de cañón, nunca desertan o traicionan a su amo.
Pero el factor racial
no acaba aquí. Porque afecta, al menos, a tres temas más:
1. La alimentación.
Las razas que no son humanas no necesitan la misma cantidad de alimento
que los humanos. Los Elfos y los orcos, p.e., necesitan comer mucho menos.
Eso significa que pueden sobrevivir en condiciones en que los humanos no
podrían hacerlo. Dentro de Angband no habría podido producirse
bastante comida para alimentar al ejército de Morgoth si éste
hubiera estado constituido por hombres y no por orcos. Los Enanos también
sobreviven en las laderas de inhóspitas montañas, como las
Colinas de Hierro o la propia Khazad-dûm (en sus tiempos). Deben
obtener su comida del comercio, pero tiene que ser una cantidad de comida
pequeña: si se gastaran todo su dinero en comida no podrían
haber prosperado como lo hicieron en Khazad-dûm. Y tampoco podrían
haber establecido una colonia en un lugar tan hostil como las Colinas de
Hierro.
2. La demografía.
Los orcos se reproducen casi, casi como conejos lo que les permite recuperarse
muy rápidamente de la brutal derrota de la batalla de los Cinco
Ejércitos, y también les permite estar siempre o casi siempre
en superioridad numérica respecto de las otras razas. El crecimiento
de los Enanos y de los Elfos es muy lento, y el de los hobbits tampoco
es igual al de los hombres. Si no tenemos esto en cuenta, mal podemos analizar
la evolución de alguna de estas razas.
3. El bando. Un Elfo,
por el mero hecho de serlo, es enemigo de Sauron; es de los buenos. Un
orco, por el mero hecho de serlo, es esclavo de Sauron; es de los malos.
No hay elfos oscuros, ni orcos “claros”, que se vuelvan contra su raza
(salvo posibles excepciones, tan puntuales, que no merecen la pena ser
consideradas como un factor decisivo en ningún análisis).
Además, esto influye en el espionaje: un orco no puede viajar a
tierra enemiga sin ser rápidamente descubierto, del mismo modo que
un elfo que entrara en Mordor como espía sería descubierto
con toda rapidez. Frodo y Sam, para no ser descubiertos, se hacen pasar
por orcos pero, con que los otros orcos se hubieran fijado un poquito en
ellos, los habrían descubierto. El hecho de que la mayoría
de las razas tienen asignado el bando con independencia de su voluntad
hace imposible el espionaje (excepto entre los humanos, como Gríma
Lengua de Serpiente), las traiciones (excepto algunas muy concretas, como
la de Maeglin en Gondolin), etc...
Hay por último una
quinta diferencia, más genérica que las anteriores y que
por eso debe ser considerada aparte, que podría enunciarse como:
“La TM no es la Edad Media”. En efecto (especialmente en los análisis
militares, políticos, históricos, etc...) tendemos a identificar
el grado de desarrollo de la TM con el grado de desarrollo de la Edad Media.
Esto es inevitable, dado que desconocemos la TM y sabemos que presenta
similitudes con la Edad Media, pero no podemos (ni debemos) olvidar una
cosa: que no es lo mismo. El hecho de que, p.e., en la Edad Media ya existiera
la letra de cambio no presupone necesariamente que en la TM se utilizara
la letra de cambio. Podemos concluir que se utiliza porque no es ilógico
que se utilizara, teniendo en cuenta que las circunstancias que motivaron
la aparición de la letra de cambio en la Edad Media se dan también
en la TM, que sabemos de la existencia de comerciantes que deben realizar
viajes largos y peligrosos, etc... Pero no podemos decir simplemente: “Si
en la Edad Media existe algo, en la TM también existe ese algo”.
En todo caso, en muchos casos (no en todos, pero si en bastantes), la existencia
de ese algo en la Edad Media supondría un requisito sine qua non
para su existencia en la TM (por poder demostrar que en ese nivel de desarrollo
existía ese algo); nada más. Y teniendo en cuenta siempre
que el desarrollo histórico de la TM no tiene por qué ser
como el de la Edad Media; parece claro que en la TM la pólvora estaba
mucho más extendida en su vertiente lúdica de lo que lo estuvo
durante gran parte de la Edad Media, por ejemplo. Y lo mismo respecto al
tabaco.
Como conclusión,
podemos señalar que no es imposible el análisis (político,
histórico, económico, etc...) de la TM, pero sí hemos
de extremar las precauciones a la hora de realizarlo: no podemos limitarnos
a aplicar nuestras leyes, debemos adaptarlas a una realidad distinta de
la nuestra. Caso de no hacerlo así, los resultados de nuestro análisis
no nos llevarán a ningún resultado consistente o razonable;
será un análisis marcado por la subjetividad y que carecerá
de validez para ser discutido con otros analistas de la TM, que es, al
fin y al cabo, el objetivo último de cualquier análisis:
la discusión y defensa de las conclusiones a las que en él
se llegan.