La caza de la ballena en el Cantábrico

 

La ballena que se acercaba a nuestras costas, tenía unas características propias, como su gran cabeza con unos ojos pequeños y una mandíbula muy curvada. El color más común, era el negro, a pesar de que también solían tener unas manchas blancas en el vientre y cerca de las barbas. Carecía de aleta dorsal y tenía, más o menos, 270 barbas. Solía medir unos 15 metros y pesaba 60 toneladas.
Antiguamente para cazarlas, se oteaba el mar desde atalayas costeras y, tras divisar sus soplos, se alertaba a la población. Entonces, en pequeñas barcas o txalupas botadas desde la costa, los marineros remaban al lugar indicado por el atalayero y, con arpones de mano. Generalmente nadaban en grupo, y poseían un vínculo familiar muy fuerte (factor que no pasó desapercibido a los arrantzales), por ello, en caso de ser posible, se prefería herir primero a las crías, ya que la madre nunca la abandonaría, y el macho a su vez tampoco desampararía a su hembra. Había otro motivo que las hacía atractivas, y es que aguantaban una hora bajo el agua y nadaban muy cerca de la superficie. Su respiración era tan fuerte que se veía fácilmente a distancia. Pero, sobre todo, porque al morir salían a flote no hundiéndose como lo hacían otras especies marinas. Un sólo ejemplar proporcionaba cientos de toneladas de carne y otros muchos productos (barbas, huesos) muy usados por estos pueblos. El famoso aceite de ballena (sain) impulsó la caza, en una época en la que el único combustible disponible para iluminarse era el aceite animal y de un ejemplar podía extraerse cientos de barriles de grasa.
 
La caza intensa extinguió estos ejemplares, hoy, desaparecidos de las costas ibéricas. Pero, su escasez animó el desarrollo de sistemas para navegar cada vez más lejos en busca de presas y se configuró la flota ballenera que atravesaba el Atlántico buscando nuevas poblaciones. Son muchos los testimonios escritos de estas expediciones, reforzados, en los últimos años, por los descubrimientos arqueológicos de Terranova (Canadá). Allí, la presencia de marinos vascos se remonta al siglo XV e incluso, antes del descubrimiento de América por Cristóbal Colón.

La paulatina carencia de animales provocó una fuerte crisis que, prácticamente, hizo desaparecer la caza ballenera de los puertos peninsulares. El desarrollo de la tecnología adecuada para perseguir otras especies, como los abundantes rorcuales, mucho más rápidos y difíciles de subir a bordo, provocó un nuevo auge de la actividad en el siglo XX. Así, si durante siglos, sólo se capturaron las llamadas ballenas verdaderas (ballena franca y de Groenlandia) y el cachalote, por sus lentos movimientos y porque, una vez muertos, sus cuerpos flotan en el agua, los grandes rorcuales, más rápidos y que se hunden al morir, no se cazaron hasta la invención del cañón lanza arpones, mejorado por los arpones explosivos y los sistemas para insuflar aire en el animal para mantenerlo a flote. Sin embargo, los vascos no retomaron la actividad y las industrias se situaron en Galicia (donde también se cazaban ballenas desde el siglo XIII) y el Estrecho de Gibraltar. Desde aquí y con la ayuda de buques factoría, los balleneros ampliaron sus horizontes y el número de especies, abarcando rorcuales comunes, boreales, azules, orcas.


 

Arpón : En muchos casos pasaban de padres a hijos. Los arpones estaban marcados para identificar al propietario y saber quién había sido más certero en el lanzamiento

 

Cazando la ballena: Las ballenas aparecían en el Cantábrico de Noviembre a Marzo, eran avistadas desde las atalayas. A la señal del atalayero el puebblo se moviliza y los pescadores bogan en sus barcas tras la presa. Los botes se colocan a los lados de la ballena y la arponean, hasta que muere desangrada. La ballena antes de morir se sumerge, y despues emerge y expulsa un chorro de sangre.

 

 

 

 

Ballena franca

De artículos publicados en el Correo de Bilbao.

Graficos Fernando G. Baptista