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La captura de las ballenas.- Ha sido muy frecuente atribuir la supremacía a Castro Urdiales al resto de las villas marítimas de Castilla en la pesca de la ballena, por la alusión que en ella se hacía en el Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita, al describir la pelea de Don Carnal y Doña Cuaresma. Es muy posible que esta mención unida al importante hecho de que en el escudo de Castro figure una ballena no sean sino manifestaciones de la importancia de la pesca incrementada en el siglo XVI por la concurrencia tras la ballena a los mares de Terranova para cuya captura conocemos de este mismo siglo y de los posteriores de la formación de Compañías. De todas las embarcaciones que encontramos hemos de entender que las alusiones a barco, barquillo y batel se refieren a las dedicadas a la pesca de ría y que las chalupas y pinazas se dedican al ejercicio de la pesca y al transporte de mercancías siendo estas las más aptas para la pesca del besugo en tanto que las zabras, naos y cocas serían los barcos de mayor parte dedicados al comercio de largo alcance.  En el siglo XVIII las expediciones iban más lejos sobresaliendo las pesquerías balleneras y las del pescado en aguas de Terranova, concretamente en los libros de fábrica de la iglesia parroquial de Castro Urdiales aparecieron seis ballenas y encontramos por primera vez las pesquerías de ballena del Brasil que surgieron probablemente por el declive.

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Como es sabido la caza de las ballenas, no solo fue una actividad de altura, y casi todos los pueblos costeros del Cantábrico la ejercieron, cuando estos cetáceos eran abundantes en nuestras costas. Realizaban esta práctica con los limitados medios de que disponían, utilizando para ello las frágiles embarcaciones convencionales.  Algunos relatos nos permiten reconstruir la operación: Divisada una ballena desde la atalaya, se transmitía la información por medio de una fogata para que las lanchas salieran en su busca, y tras arponearla, la remolcaban a tierra para despiezarla. Del animal se aprovechaba casi todo. Sus barbas eran la materia prima utilizada para la elaboración de corsés y varillajes de abanicos. Una parte de la carne se salaba, y otra se consumía en fresco, estando considerada, junto con la lengua, un plato exquisito. La grasa se derretía y se guardaba en barriles con múltiples aplicaciones, pero sobre todo, para los candiles de aceite que alumbraban las casas. Incluso los huesos se utilizaban en la construcción de edificaciones o mobiliario.
Desde antiguo, se ha referido la presencia de mamíferos marinos en aguas de Iberia. Su nombre procede del griego ketos, que significa monstruos marinos, y el gran tamaño de algunas especies y sus fuertes soplos, de varios metros de altura, les convirtió en el centro de multitud de fábulas y leyendas marinas.
La historia de la Península Ibérica y los cetáceos está íntimamente relacionada. En el siglo I antes de Cristo, Estrabón indicó la gran abundancia de éstos cerca del Estrecho de Gibraltar y dijo que "parece surgir cuando respiran una especie de columna nebulosa si se mira desde lejos". También Plinio el Viejo, en el siglo I, constató su presencia en el Golfo de Cádiz, el ataque de las orcas a las ballenas y múltiples curiosidades y leyendas, como los náufragos salvados por delfines, la susceptibilidad de éstos a la música o su ayuda a las tareas de pesca. Fábulas oídas aún hoy y confirmadas por la arqueología, que ha encontrado restos óseos de ballenas en asentamientos prerromanos del sur de Portugal.


 
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Pero La relación entre pueblos costeros y cetáceos está marcada por la caza ballenera, practicada por los vascos desde tiempos remotos. Los primeros datos escritos sobre ello son de los siglos VIII y IX, si bien su gran apogeo llegó en el XIII y XIV. Esta práctica alcanzó tal fama que la especie capturada fue llamada ballena vasca e, incluso, durante mucho tiempo, recibió el nombre científico de Balaena euskariensis. Realmente, era una población de ballena franca (Eubalaena glacialis) que, en su migración anual, llegaba al Golfo de Vizcaya desde las frías aguas árticas hasta el Cantábrico para aparearse.
Para cazarlas, se oteaba el mar desde atalayas costeras y, tras divisar sus soplos, se alertaba a la población. Entonces, en pequeñas barcas o txalupas botadas desde la costa, los marineros remaban al lugar indicado por el atalayero y, con arpones de mano, cazaban, primero, a las crías, tanto por ser más fácil como para evitar que las madres huyeran, esperanzadas en recuperar a su vástago.
Un sólo ejemplar proporcionaba cientos de toneladas de carne y otros muchos productos (barbas, huesos) muy usados por estos pueblos. El famoso aceite de ballena impulsó la caza, en una época en la que el único combustible disponible para iluminarse era el aceite animal y de un ejemplar podía extraerse cientos de barriles de grasa.

 

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La caza intensa extinguió estos ejemplares, hoy, desaparecidos de las costas ibéricas. Pero, su escasez animó el desarrollo de sistemas para navegar cada vez más lejos en busca de presas y se configuró la flota ballenera que atravesaba el Atlántico buscando nuevas poblaciones. Son muchos los testimonios escritos de estas expediciones, reforzados, en los últimos años, por los descubrimientos arqueológicos de Terranova (Canadá). Allí, la presencia de marinos vascos se remonta al siglo XV e, incluso, a antes del descubrimiento de América por Cristóbal Colón.
En el País Vasco, localidades como Zarautz o Lekeitio integraron a su escudo la figura del cetáceo. En tiempos de Alfonso VIII se cedía a la Orden de Santiago una ballena de las que pescaran los de Motrico. En 1220 el rey Alfonso I se reservaba para sí la primera ballena pescada por los hombres de Guetaria y Fernando III exigía 17 años después una tira de la cabeza a la cola de cada una de las capturadas por los de Zarautz.
Salen de los puertos inmediatos en chalupas, y sin temor del bruto, que bastaría a asustar a un ejercito, van a buscarlo; tomando un gran círculo de mar, gobiernan los demás la chalupa, y líbranla de los golpes del mar, ya su bordo un valiente y diestro arponero aguarda a que salga la ballena a la superficie a respirar arroyos de su frente, y entonces le dispara con esfuerzo el arpón, híncaselo en aquella mole formidable, y la bestia herida y furiosa, se hunde y corre mucho mar, llevándose mucho de rollo de cuerda atada al arpón, y también la chalupa, que sigue flotante a la ballena, hasta que, desangrada y muerta, sube arriba y la conducen victoriosos a su puerto. Hazaña que ejecutan muchas veces en su mar los guipuzcoanos, de que somos testigos, y no la ejecutarían los afamados marineros de Holanda, Inglaterra y Francia, que aun a vista de esto llamarían temeridad al salir sólo en chalupas a matar ballenas.

 

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Si esto hubieran sabido los griegos, ¿qué fábulas no fingieran en sus poemas? , ¿pues qué si Virgilio lo hubiera sabido? Pintó a Neptuno irritado contra Eolo, que con sus vientos alborotó el mar y hundió naves y hombres de la escuadra de Eneas, a excusas y sin despacho del rey y del Océano padre. ¿Cómo pintaría a Neptuno, viendo la hazaña del guipuzcoano? ¿Qué desvergüenza es ésta? le haría decir: ¿a dónde piensa llegar la osadía del corazón humano? ¿tan poco respeto al sacro padre Neptuno? ¿tan poco temor a mis bramidos horrendos? ¿tanta befa y burla a mis furores?; eso no, y sienta el temerario la pena de su arrojo y atrevimiento. Aquí del rey de los vientos, aquí de Eolo. Pero no: que sería mengua mía: quédese bramando en sus claustros. Aquí de mi brazo y tridente, cuyo imperio me está reservado y me toca en propiedad. Dijo, y sacudiendo sus caballos marinos, húndese a lo profundo, clava su tridente en el suelo, levántale dos brazas en alto, y sin Eolos y vientos, revuelve los mares, suben montes sobre montes de agua, y quiébranse con fragor inmenso, vuelven a juntarse, hiérense, bátense, arróllanse, ya en vértices, ya en línea, erguidas ondas, y bramando con estruendo temeroso, atacan los peñascos, inundan las riberas, amenazan diluvios al mundo.

Sale tras de esto Neptuno a ver los estragos de su venganza; queda atónito viendo flotar las chalupas, y que el marinero juega con las olas inmensas y la espuma que arrojan sus rabias; que sube hasta las nubes, y se ríe, canta y triunfa; deslízase hacia el abismo, y no se asusta, no se pierde, no se hunde. Va la chalupa a recibir de proa y tajamar un monte voluble de agua que la quiere sorber, ya fuerza de remos le va trepando y le vence. Otro monte de agua le acomete a traición por la popa; pero vira de bordo, y recibiéndole con la proa, déjale burlado, corriente y corrido. No oye Neptuno entre tanto otro lenguaje sino aquí ea mutillac, ezquer, allí anaiac, orain escui y queda más atónito, no oyendo la jerga común de a estribor ya babor.

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Comunes son las rivalidades entre pueblos contiguos, si a esto añadimos las ganancias de una ballena de por medio, estas rivalidades son aún mayores. Esto es lo que sucedió entre Getaria y Zarautz en 1854, sobre quiénes eran los dueños de un ballenato. En 1879 se realizó un juicio para determinar el dueño. Este ejemplo nos sirve asimismo para poder exponer otro tipo de costumbre.
Conocida es también la historia que cuenta cómo a raíz de una disputa entre Zarautz y Getaria por una ballena, ésta acabó pudriéndose en la playa de Donostia, y hoy sus huesos son expuestos en el Aquarium donostiarra. Otro tipo de rivalidades llegaron a los tribunales ordinarios. Así, en 1547 una disputa entre pescadores de Bermeo y pescadores de Elantxobe e Ibarrangelua, produjo un acuerdo entre ellos que delimitaba los pagos a Bermeo por la caza de la ballena.

El 17 de Octubre de 1505, Domingo de Lekeitio, vecino de Lekeitio, solicitó a los alcaldes de la villa de Guetaría que tomen testimonio de los testigos que presenta de cómo se le negó el quintal que había ganado en la caza de una ballena, porque Domingo habría herido a la ballena y como tal heridor le pertenecía el dicho quintal como era costumbre en Guetaría así como en Lekeitio.
 

 

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Algunos años más tarde en un pleito entre pescadores del Pasaje de San Sebastián y del Pasaje de Fuenterrabía (ahora Pasajes de San Pedro y Pasajes de San Juan, respectivamente), sobre una ballena que habían matado cerca de la entrada del puerto del Pasaje en noviembre de 1539, los muchos testigos del litoral guipuzcoano que dieron testimonio describieron extensamente tanto las diferencias que a menudo surgían entre pescadores sobre la propiedad de ballenas muertas como el uso de los galeones para la caza de ballenas. Uno de los testigos, Juan Martínez de Çubiaurre del Pasaje de Fuenterrabía, recordaba otra ocasión en la que varios galeones de ese lugar (en uno de los cuales iba él) salieron tras una ballena que había sido avistada, pero para cuando la pudieron alcanzar ya se habían aferrado al mamífero nada menos que catorze galeones de San Sebastián. Este pleito a la vez demuestra claramente que estos mismos galeones eran utilizados también para la pesca de bajura (en particular para la pesca de sardina con redes) y, además, que si durante esta faena los pescadores avistaban una ballena era frecuente que intentaran arponearla. Aunque no todas estas embarcaciones estuvieran completamente equipadas para matar una ballena las tripulaciones esperaban por lo menos poder clavar un arpón en el mamífero para así recibir una parte de su valor en caso de que se matara.
 La persecución de ballenas en tales circunstancias fue descrita por varios de los testigos, entre ellos Pedro de Çelayeta del Pasaje de Fuenterrabía. Este dijo que alrededor de 1533 «estando algunos galeones asy del dicho lugar del Pasaje de Fuenterrabia como de la dicha villa de San Sebastian en la pesca de la sardina bieron una balena e todos dieron sobre ella». Continuó su testimonio diciendo que «estando un galeon de la dicha villa [de San Sebastian] en la dicha pesca [de sardina] con un solo honbre e con tres o quatro moços, la dicha balena se le fue al branque del dicho galeon e los del la ferieron, e tenyendo la herida algunos galeones del dicho lugar del Pasaje de Fuenterrabia, donde en uno dellos yba este testigo [...], fueron a la dicha valena e preguntaron a los del dicho galeon de San Sebastian, que la dicha balena tenyan ferida, si querian que la feriesen, los quales respondieron que no, e por ello dexaron de ferir este testigo e los otros de los galeones del dicho lugar del Pasaje, e en su vista la dicha balena quebro el estache del arpon, con que le thenyan asida, e se les hundio e se les fue».
Çelayeta también describió la caza de una ballena hacia 1528 por varios galeones de los dos Pasajes y de San Sebastián que pescaban sardina, en la que él había participado dentro del galeón de Anton de Ygueldo, vecino asimismo del Pasaje de Fuenterrabía, que tenía experiencia en la pesca de ballenas en Galicia.     

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Estando todos en la pesca de la sardina apareció una ballena e todos dieron tras ella; no la pudieron herir e se les desaparesçio, e contanto se derramaron los dichos galeones e el dicho galeón de Anton de Ygueldo donde este testigo hera; se pusieron al ancla a tomar paxaros que se dizen patorros que andan en la mar; pasaron junto a ellos dos pinaças de Sant Juan de Luz  cargados de balena en barricas que llebavan del puerto del Pasaje para San Juan de Luz con cada quatro o çinco honbres; e que a la vista deste testigo e sus conpaneros paresçio la dicha valena junto a las dichas dos pinaças de San Juan [de Luz] e la ferieron, y este testigo e sus conpaneros alçando la ancla fueron a ellos a les socorrer, a los quales conforme a la costunbre y este testigo e sus conpaneros pidieron liçençia para herir la dicha balena».
Después de mucho debate los hombres de las dos pinazas de San Juan de Luz finalmenete dieron permiso para que la tripulación guipuzcoana ayudase a matar la ballena dado que «las dichas pinaças heran cargadas e tenyan poca gente [y] no pudieran matar la dicha valena ni la pudieran llebar». La ballena fue muerta y vendida en El Pasaje por 120 ducados, de los cuales Çelayeta y sus «conpaneros» recibieron un ducado cada uno.
Otro testigo presentado en este pleito que habló de la participación de galeones en «la pesca dela sardina e valenas» fue el oriotarra Cristóbal de Aganduru de 62 años. Aganduru dijo que hacia1538 tres galeones de Orio salieron a la mar «para la pesca de la sardina», parando uno de ellos en Guetaria. Entonces contó como mientras que la tripulación del galeón estaba «en tierra comyendo, se dio la grita diziendo a la balena, a la balena» –primera referencia textual que conocemos a esta llamada ballenera– y como al oir la llamada la tripulación de Orio y otras de Guetaria subieron a sus galeones para lanzarse tras la ballena. El que esta pesca de sardina (cuya temporada abarcaba por lo menos varios meses del verano y otoño) se hacía muy cerca de la costa es demostrado también por las ordenanzas de 1598 de la cofradía de mareantes y pescadores de Motrico. Estas hablan de «las pinazas que andan en tierra o junto a ella por congrio y sardina que se coge en tierra».
Bernard halló referencias a este mismo tipo de galeón en documentos del País Vasco norte y en documentos notariales de Burdeos relacionados con la actividad pesquera vasca. Cita, entre otros casos, el del barco Catherine de San Juan de Luz armado para cazar ballenas en Galicia en 1545 llevando cinco «gallions» a bordo. Además de la pesca y de la caza de ballenas, estos pequeños galeones eran también utilizados para el transporte costero local. El 6 de mayo de 1511, por ejemplo, el regimiento de la ciudad de Bayona de Francia dio permiso a los maestres de cinco «galions et pinasses», vecinos de San Sebastián y de los Pasajes, para cargar cierta «cantidad de taule de pino» en el Boucau. Pero dado su reducido tamaño los galeones podían llevar poca carga y las pinazas cumplían mejor esta función.

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En este lugar se matan no sin gran discernimiento, gran número de peces y grandes ballenas, de modo que su longitud puede ser de 30, 35 y aun de 40 codos, y a estas las cuecen y convierten en líquido en grandes cubetas y quitándoles la grasa, la traen en toneles todos los años a España y de aquí la llevan a Inglaterra, Galia y Bélgica. Todos los años nevegan también más allá de Terranova, rodeándola y llegando al sol meridional y occidental, con gran número de navíos, de donde anualmente traen cantidad no pequeña de ¿cetaceos? estimada en más de mil ducados en cuanto mira a la mayor parte de Hispania.

 

 

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Según cuenta el historiador Ignacio Pando, en la Edad Media la pesca de la ballena ocupaba un lugar fundamental en la actividad de los luanquinos. Pando ofrece detalles y fechas. La pesca de ballenas se realizaba desde lanchas con un timonel, cinco remeros y un arponero. Una vez capturada la pieza se procedía a su reparto según los usos y costumbres de cada lugar. En Luanco la pieza se llevaba al denominado «puerto ballenero», la actual playa de La Ribera, para posteriormente proceder a su «destocinado» o descuartizado. En esta operación únicamente eran admitidos aquellos marineros que habían participado directamente en la captura. Cada uno de ellos cortaba el trozo que le correspondía con un cuchillo con mango de palo. Una parte de la pieza, generalmente una tira de la cabeza a la cola, se reservaba para el rey, era la «regalía».
De la ballena, como del cerdo, se aprovechaba todo. La grasa de los cetáceos era derretida y almacenada en barriles en unas instalaciones que, según Ignacio Pando, se ubicaban en la calle de San Juan, en las inmediaciones de La Ribera. Esa calle se llamó durante muchos años Fumienta, en referencia al «fumo» que se producía al derretir las grasas de las ballenas.
Buena parte de la carne se destinaba al consumo humano, mientras que la osamenta, que tampoco se desperdiciaba en su totalidad, se utilizaba para construir utensilios caseros e incluso para cierre de algunas casas o fincas.
Los restos que ahora han aparecido en la zona del muelle de Luanco podrían responder a ese pasado ballenero de los marineros de la villa. Los luanquinos capturaban la conocida como «ballena franca o vasca» y la arrastraban hasta La Ribera. Se supone que en esa zona, en La Ribera, es donde se podría encontrar un verdadero osario. Lo que ahora aparece en el muelle puede quedarse en nada si se busca en La Ribera. «A poco que se excave se encontrarán muchos huesos», mantiene Pando. Hace años se intentó llevar a cabo esta operación y aprovechar alguna bajamar importante para excavar en la arena de esta playa, alrededor de la que nació Luanco, en busca de huesos de las ballenas que dieron riqueza al pueblo durante siglos.

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Los astilleros del País Vasco eran en el siglo XVI de los mejores de Europa y nuestros pescadores se contaban entre los más hábiles de la época. En aquel tiempo, todos los años zarpaban de los puertos del País Vasco, y entre ellos de Orio, una veintena o treintena de barcos que se dirigían a las lejanas tierras de lo que hoy es Canadá. Iban a la pesca de la ballena.

Estos grandes barcos de 200 a 700 toneladas cruzaban el Océano Atlántico para llegar a Gran Baya, una bahía que se sitúa entre la isla de Terranova y la península de Labrador. Cada barco portaba una media de 80 marineros. Partían de sus casas al inicio de la primavera y en muchos casos no volvían a ellas hasta bien entrado el invierno. A menudo pasaban las Navidades en aquellas tierras. Montaban sus cabañas en lo que hoy conocemos con el nombre de Red Bay y Chateau Bay. 

Las ballenas se pescaban con arpón y eran necesarias tres embarcaciones con seis marineros cada una para rodear y dar muerte a cada una de ellas y otras dos más para transportarlas a tierra. Una vez en tierra, se cortaban en trozos y se cocían para obtener un preciado aceite denominado “sain”. Con el dinero obtenido por la venta del aceite que podía transportar cada uno de estos grandes barcos se podían adquirir, en aquel entonces, dos galeones. La canadiense experta en estos temas Selma Huxley es quien mayor esfuerzo ha realizado para dar a conocer la historia de estos balleneros vascos, gracias a ella conocemos los nombres de algunos de aquellos marineros oriotarras y de sus familiares: Joanes de Echaniz, Madalena de Urdaire, Domingo de Aganduru, María de Arranibar, Domicuca de Arbe, María Joango de Aganduru, Nicolás de Hendaya, Francisco de Jaureguieta, Lazaro de Segura...

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El Santísimo Cristo de Candás fue hallado en aguas del mar de Irlanda por pescadores candasinos y vizcaínos que por aquel entonces, y como principal medio de subsistencia se dedicaban a la pesca de ballenas del Norte.
El extraordinario suceso aconteció un día de entre 1.530 a 1.540, cuando dichos pescadores se afanaban en sus pesquerías y, en un momento que bramaban las olas zarandeadas por la tempestad, vislumbraron azotada por las agitadas aguas una robusta Cruz con la imagen de Jesús Crucificado. Decididos fueron a su encuentro y la izaron a una nave de Candás, sobre la cual, virando en redondo y , escoltada por el resto de embarcaciones, la trajeron como milagroso trofeo a nuestro puerto, donde una nave vasca más ligera, llegara anticipadamente y diera aviso de la buena nueva, ante la cual todos los vecinos de la villa se juntaron a recibirla en la ribera

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Dos eran los sistemas utilizados por los vascos para esta arriesgada y fructífera caza en la costa cantábrica. Una, la más popular y conocida, ha dejado profundos rastros en nuestras costas, sobre todo en forma de topónimos indicadores de los altozanos destinados a avistar el paso de las ballenas. Se trata de las conocidas "atalayas", ocupadas por un vigilante permanente, listo para dar el aviso a la comunidad que esperaba ansiosa la providencial visita del cetáceo. Al aviso se seguía la carrera para intentar ser los primeros en alcanzar y arponear al animal, lo que, además de asegurar su captura, otorgaba ciertos derechos al primer arponeador. Estas evoluciones, que con frecuencia se realizaban a la vista del puerto, constituían un espectáculo popular porque en el envite se jugaba con la vida de los marineros y porque de su éxito dependía la economía de la comunidad.

Otro sistema de la caza de la ballena consistía en la organización de las pesquerías en forma de compañías, financiadas por vecinos que o bien podían participar directamente en la faena o bien por otros que quedaban al margen de la propia cacería. Estos inversores podían participar en el negocio si formaban parte de la comunidad portuaria, pero también encontramos importantes inversores procedentes de ciudades como Gasteiz. Estos últimos estaban interesados en comercializar la grasa de la ballena, fundamentalmente para dirigirla hacia el mercado castellano, e intervenían financiando tanto las mencionadas pesquerías como las expediciones a Terranova.


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En el siglo XVII todavía encontramos referencia a la actividad ballenera y los conflictos son prácticamente permanentes entre Santoña y Laredo, derivados del control por parte de Laredo de la jurisdicción marítimo-pesquera. Así el 21 de abril de 1637 Laredo concedía licencia a Pedro de Lastaria, natural de Ibarrangulúa (Vizcaya) como capitán de las chalupas dedicadas a la ballena en la villa de Puerto a cambio de un doblón de oro por cada una que matara durante el año.

Pese a los conflictos el concejo laredano tenía arrendado a balleneros de Puerto dos atalayas en la costa, una en la Punta de Sonabia (Oriñón) y otra situada en el litoral del valle de Liendo; pero a juicio de los de Laredo, los santoñeses se excedían en el uso de las atalayas. Parece que apostados en ellas tan pronto como divisaban embarcaciones con rumbo a la bahía, se hacían rápidamente a la mar y con sus barcos obligaban, remolcándolas incluso, a entrar directamente a Santoña y descargar evitando la “visita”previa del Justicia de Laredo. Esta actividad piratesca según los lardéanos, además de perjudicaar los derechos de esta villa y los de la Real Hacienda, dañaba también a la propia pesquería “porque todas veces que se mata ballena se ha tenido noticia de que huye y vienta la pesquería”. Laredo, por acuerdo municipal de tres de febrero de 1640 rescindía el alquiler de la atalayas a los balleneros santoñeses, el uso de la situadas en la costa del valle citado.

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La captura de grandes ballenas entendida como una industria estable requiere organización, técnica y gran número de pertrechos. Se cree que los primeros en capturarla fueron los vascos, que ya en el siglo XII capturaban ballenas francas del norte en el Golfo de Vizcaya. Los pescadores para cazar las ballenas salían en barca desde la orilla, pero más adelante se emplearon barcos, y en el siglo XVI se habían aventurado, atravesando el Atlántico norte, hasta Terranova. Existían atalayas con vigías que daban aviso cuando se divisaba una ballena, y las barcas estaban preparadas para salir inmediatamente. Muchas poblaciones de la costa vasca tienen ballenas en su escudo; en el siglo XII los miembros de la realeza otorgaban privilegios a esas poblaciones para impulsar la captura de ballenas.
En las aguas cercanas al País Vasco las ballenas empezaron a escasear a causa de la explotación a que eran sometidas; su población nunca debió ser demasiado grande, y a mediados del siglo XVIII los marineros vascos ya habían empezado a capturar ballenas en Terranova. Sus largas travesías en persecución de las ballenas no pasaron desapercibidas a los ojos de otros (también con una considerable experiencia marítima) deseosos de extraer riqueza del mar.

El descubrimiento del estrecho de Davis (1585) y el redescubrimiento de la isla de los Osos y las Spitzberg (1596) atrajo en seguida la atención de los balleneros vascos. Pronto les siguieron marinos holandeses e ingleses que olfateaban el olor del aceite de ballena. La Compañía de Moscovia, formada por aventureros ingleses a los que la reina Isabel I había estimulado a comerciar con Rusia, emprendió la primera expedición ballenera inglesa en 1610 hacia las Spitzberg. Durante los 6 años siguientes se enrolaron arponeros vascos para ir con los dos mayores barcos de la compañía y actuar como instructores. Ese mismo año, otras partes interesadas iniciaron la caza: franceses, holandeses, daneses, noruegos, alemanes y portugueses, y por supuesto los vascos, que estaban dispuestos a colaborar con los demás (especialmente los holandeses) por una paga.
Las ciudades de Amsterdam, Vlissingen, Middelburg y otras de los Países bajos contribuyeron al establecimiento de una verdadera ciudad ballenera en las Spitzberg. En pleno auge de la actividad de Spitzberg los holandeses aseguraban tener 300 barcos y 18.000 hombres en la zona.
 

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Esta costumbre es la de realizar estrofas sobre los hechos más importantes de la población, hace que podamos recordar hechos y heroicidades de nuestros balleneros.

De esta manera en Orio a raíz de la caza de la que sería la última ballena cazada en el Cantábrico (1901), se realizaron una serie de estrofas contando el suceso.

 
1 Mila bederatzi eunda
lehengo urtean,
Mayatza-ren amalau
garren egunean:
Oriyoko erriko
barraren arrean
balia agertu zan
beatzik aldian.
 
2 Aundiya bazan ere
askarra ibiliyan
bueltaka an zebillen
junda etorriyan
ondarra arrotubas
murgill igeryan
sorriyak zeuzkan eta
ayek bota naiyan.

 

1 El 14 de Mayo 

de mil novecientos uno

a eso de las nueve

apareció

una ballena

en la barra

del pueblo

de Orio.

 

2 Era grande

rápida de movimientos

andaba a vueltas

de aquí para allá

removiendo la arena

Sumergiéndose al nadar

tratando de librarse

de los piojos

que la acosaban

 

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3 Baña sorri mantzuak
egin zuten junta
gerra egin bear zala
baliaren kontra:
naiz gogor arraskatu
ez utzi, aguanta,
odola txupatubas
muturra sartuta.
 
4 Sorri azko zeukan da
azkure buruban
argatik ondarretan
arrazkatzen zuan:
ala ere sorririk
kendu ezin zuan
baliaren indarrak
baliyo etzuan.
 
5 Ikusi zutenian
ala zebillela
beriala juntziaran
treñeruen billa
arpoi ta dinamitak
eta soka billa
aguro ekartzeko
etzan jende illa.

 

3 Y esos piojos mansos

celebraron consejo y decidieron

declarar la guerra contra la ballena;

aun duramente atacada

no cejaba, aguantaba,

sorbiendo su sangre,

hundiendo su cabeza.

 

4 Tenia muchos piojos

en su cabeza

y un enorme picor,

por lo que se rascaba

entre las arenas;

aun así, no podía

librarse de ellos,

la fuerza de la ballena

no era suficiente.

 

5 Cuando vieron

que andaba

en estos aprietos

salieron inmediatamente

a buscar la trainera.

Y la gente no se dormía

a la hora de hacerse

con el arpón y dinamita.

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6 Bost treñero juan ziran
patroi banarekin
jende bizkor bikaiñ ta
guztiz onarekin
Manuel Olaizola
eta Loidi-rekin
Uranga, Achaga ta
Manterola-rekin.
 
7 Bost txalupa ayetan
jun ziran gizonak
arraunian dirade
sendo ta txit onak
ez dirade balian
kontra lo egonak
dinamita ikusi
suben an zegonak.
 
8 Baliak egindako
salto ta marrubak
ziran izugarri ta
¡karatzekuak!
atzera eragin gabe
ango arriskubak
arpoyarekin ill zuten
¡an ziran angoak!

 

 

6 Partieron cinco traineras

cada una con su patrón,

con gente despierta avezada

perfectamente preparada

y extraordinaria,

con Manuel Olaizola

y con Loidi, Uranga,

Achaga y Manterola.

 

7 Los hombres partieron en

aquellas cinco chalupas.

Remaban con fuerza

como los mejores;

no eran de los que se duermen

en su lucha contra la ballena.

Quienes estaban allá

vieron la dinamita.

 

8 Los saltos y volteretas

que daba la ballena

eran enormes, terribles.

Sin dar un paso atrás

ante el peligro

la mataron

con el arpón.

¡Allí estaban!

 

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9 Bost txalopa jiranda
erdiyan balia
gizonak egin zuten
bai naiko pelia:
ikusi zutenian
ill edo itoa
legorretikan bazan
biha ta txaloa.
 
10 Sokaz ammarratuta
jarririkan zagan
jendi arraunian
gogotik asi zan:
baña maria kontra
naiko lana bazan
ala ere eguardiko
balia erriyan zan.
 
11 Ikuste gauza zan
ura legorrian
osorik zaguala
ill dako egunian:
itxura galdu zuan
gero egonian,
mermatu ta txikitu
bigundu zanian

 

 

9 Las cinco chalupas alrededor

y la ballena en medio de ellas,

los hombres protagonizaron

una pelea enorme:

Cuando la vieron

muerta o ahogada,

se elevaron desde tierra

gritos y aplausos.

 

10 Una vez amarrada

a una cuerda sujetada

a la proa, la gente se

puso a remar con toda el alma:

y aun a pesar de tener

la marea en su contra

la ballena estaba en el pueblo

ya para el mediodía.

 

11 Llamaba la atención

verla en tierra entera

el mismo día

de su muerte:

con el paso del

tiempo comenzó,

a perder prestancia, a mermar,

a achicarse, a ablandarse.

 

 

.
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12 Amabi metro luze
gerriya amar lodi
bustan pala lan zabal
albuetan pala bi
españetan bizarral
beste illera bi
orraziak bezela
ain zeuzkan ederki.
 
13 Begi txikiyak eta
abo txit aundiya
obeto esateko
ikaragarriya:
metro bi zabaltzen zan!
au da bai egiya
larru guziya goma
ura animaliya!
 
14 Gauza ikuzgarritzat
egun batzuetan,
erriyaren ondoan
arranplan egontzan:
urrutikan ere
jendia etorri zan,
milla pesetaraiñon
diruba bilduzan.

 

12 Doce metros de largo

diez de grosor en el centro

una aleta caudal enorme

dos amplias aletas a los lados.

Contaba con dos hile

de barbas, realmente

parecían peines

tal era su perfección

 

13 De ojos pequeños,

de boca muy grande,

mejor dicho, enorme

¡se extendía hasta

los dos metros! 

Lo juro:

toda su piel era de goma,

¡pedazo de animal!

 

14 Durante unos días

estuvo expuesta en la rampla,

junto al pueblo

como un espectáculo:

llego gente

desde lejos

y se recaudaron

unas mil pesetas

 

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15 Errematian gero
jarri zan saltzeko,
sei milla errialian
almoneratzeko
iñork etzuan artu
balia baliyo zuan
koipe biurtzeko.
 
16 Koipe biurtu eta
aren oliyua
irureun arrua zan
klase onekoa:
zazpi milla errial
aren baliyua
errematia baño
protxu obekoa.
 
17 Gorputzez zan milla ta
berreun arrua
beste berreun mingaiñ
ta tripa barrruak
gutxi janez etzegon
batere galdua
tiñako sei pesetan
zan zan salduba.

 

 

15 Luego se puso

en remate a la venta.

Pensaban subastarla

en seis mil reales.

Nadie remató la venta

en realidad la ballena no servia

sino para convertirse en grasa.

 

16 Una vez convertida en grasa

su aceite alcanzó

trescientas arrobas

de la mejor clase:

su valor

siete mil reales

de mucho mayor provecho

que el precio de su remate

 

17 Su cuerpo pesaba

mil doscientas arrobas;

otras doscientas

su lengua, tripas y vísceras.

No estaba a

falta de alimento,

fue vendida

a seis pesetas el tinaco

 

 

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18 Eunda ogei duroz
balean bizarrak
aguro zaldu ziran
bere egaltzarrak
garbitu ta gordiak
dauske esurtzarrak
kontu aundiyarekin
lodita medarrak
 
19 Egindako gastubak
pagaturik danak
laubat milla peseta
gelditu diranak:
ondo gozabitzate
Orioyotar danak
zayatu direlako
emandiye jaunak.
 
20 Gertatuba jarri det
egiyaren alde
au orrela ez bada
jendiari galdi
biyotzes posturikan
atzegintzu gaude
biba Oriyotarrak
esan bildur gabe".

 

 

18 Las barbas de la ballena

se vendieron

rápidamente

 a ciento veinte duros

Han guardado los huesos

una vez bien limpios

xxxxxxx

con  todo cuidado

 

19 Una vez pagados

todos los gastos

quedaron unas

cuatro mil pesetas:

el Señor les ha permitido

saborear la vida,

justo premio

al esfuerzo de todos los oriotarras.

 

20 He relatado los hechos

con toda veracidad

Si no es así,

preguntádselo a la gente.

Estamos felices,

con el corazón alegre.

Gritad sin miedo:

¡Viva los oriotarras!

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Día de Todos los Santos de 1604. Pedro García de Castro acaba de ser contratado por la ballenera de Gijón para realizar tareas de talayero. Recibirá cinco ducados hasta Navidad y «dos soldadas» de las capturas que puedan llegar desde entonces y hasta el Antroxu. Empieza en Asturias la costera de la ballena.

Pedro otea el horizonte desde el cabo de San Lorenzo, observa el típico soplo del animal y da la señal convenida. Del puerto comienzan a salir embarcaciones provistas de arpones, dardos, estachas, lanzas y sangraderas. Seis personas viajan a bordo de cada chalupa, que se mueve a golpe de remo mientras se acerca a la ballena. El arponero da muestra entonces de su pericia. Sabe que de su habilidad y puntería depende el éxito de la operación y sabe también que si la ballena muere recibirá, además de un sueldo de privilegio, una de las aletas. Se sitúa en la proa y lanza su arpón de hierro sobre el cetáceo, que queda de inmediato unido a la embarcación por una cuerda de cáñamo.

El animal, furioso, intenta escapar sumergiéndose bajo el agua y arrastra tras él a la chalupa a velocidad de vértigo. Pero, cuando sale a flote, el resto de los lanchas continúan clavándole más arpones, lanzas y sangraderas. Hasta que se desangra, muere y es remolcada al puerto. Allí se inicia la subasta pública y el reparto.

El enorme y mítico animal fue una importante fuente de riqueza para numerosos pueblos cantábricos desde el siglo XIII al XVIII. Y esa riqueza debía repartirse conforme a las normas de la época. El arrendador del puerto, en muchos casos el ayuntamiento, se llevaba su parte y la Iglesia gozaba también de sus privilegios. Un ejemplo de ello podría ser el acuerdo alcanzado en Candás en 1618 entre el párroco y los feligreses, que se comprometían a donar todos los vientres de los cetáceos que llegasen a puerto. Pero eran los empresarios encargados de la caza de ballenas y su comercialización, en su mayoría vascos, los que se llevaban la mejor tajada.

Claro que antes de repartir beneficios, el animal debía ser descuartizado. En primer término se cortaban los trozos de grasa que escondía bajo su piel. En la mayoría de los puertos había entonces 'casas de ballenas', dotadas de hornos de leña sobre los que se instalaban grandes calderas metálicas que iban derritiendo la grasa hasta obtener el aceite o saín. Conservado en barricas de madera, era transportado hacia los puertos guipuzcoanos, desde donde se exportaba a varios países europeos. Hasta la llegada del petróleo, era el combustible más empleado para el alumbrado y tenía, además, otras aplicaciones como lubricante.

También se aprovechaba una parte de la carne, conservada en barricas de salmuera para su consumo. Sus barbas eran muy apreciadas en corsetería -hoy se sigue utilizando el término 'ballena' en fajas y sostenes- y sus huesos tenían múltiples utilidades, incluida la construcción de viviendas.

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Pero mucho antes de que Pedro García de Castro tuviera empleo y el cura de Candás lograse tan sustancioso acuerdo para el mantenimiento parroquial, las ballenas ya eran objeto de aprovechamiento. No es descabellado pensar que de sus varamientos se sacara partido antes incluso de que alguien tuviera la osadía de afrontar la captura de los 'monstruos marinos'. Los fenicios ya lo hicieron en el Mediterráneo y los esquimales en Groenlandia y Alaska, aunque no es hasta el siglo XI cuando existe el primer documento que certifica la actividad de pesca, como tal, por los vasco franceses. Rápidamente se extendió por todo el Norte de España, incluida Asturias. Existe poca documentación en el Principado sobre el origen de la caza de ballenas, pero está acreditado que en siglo XIII era ya una actividad común. Entonces se producían migraciones durante el invierno de las denominadas ballenas vascas desde el Atlántico Norte hasta el Cantábrico, donde el cetáceo paría y criaba a ballenatos y cabrotes.

Era lenta, confiada y poco agresiva, lo que la convirtió en presa 'fácil' de los pescadores cantábricos. La actividad creció y se consolidó. Y la caza del gigante continúo hasta que en el siglo XVII comenzaron a escasear las capturas y, en el XVIII, concretamente en 1722, se cita en el libro de cuentas del Gremio de Mareantes de Gijón la última ballena capturada con el sistema tradicional de arpones y sangraderas.

De ese largo periodo quedan huellas en los puertos de Gijón, Puerto de Vega, Tapia de Casariego, Luarca, Lastres, Candás y Luanco. Todos ellos tuvieron momentos de gloria que llegaron a su fin cuando desapareció la ballena vasca del Cantábrico, un animal que hoy se encuentra al borde de la extinción.

Esa época de esplendor se recuerda estos días en la sala de exposiciones de la Antigua Rula de Gijón, donde la historia de las capturas se mezcla con la literatura y el arte. La recreación en imágenes de 'Moby Dyck', salida de la paleta del ilustrador cántabro José Ramón Sánchez, comparte espacio con la rememoración de un pasado de riqueza pesquera y también de muerte. La captura del gigante también se cobró vidas. Baste mencionar el acuerdo suscrito entre balleneros de Orio y el párroco de Tapia de Casariego en 1636 para proporcionar sepulturas a quienes allí fallecieran durante la costera.

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Las primeras noticias históricas sobre la pesca de la ballena en el litoral vasco se remontan a 1059, en que Bayona obtiene el privilegio de vender productos de la ballena en su mercado. El Fuero de San Sebastián, de la segunda mitad del s. XII, ya regula los derechos de aduana por las barbas de ballena. El año 1200 Alfonso VIII y su esposa hicieron donación a la orden de Santiago de una ballena pescada en Motrico. Fernando III, el 28 de septiembre de 1237, emitió una cédula por la que se atribuía un tajo, desde la cabeza a la cola, de cada ballena pescada, además de reservarse la primera de todas. En las Ordenanzas de Lequeitio de 1381 se disponía que los dos tercios del producto de las lenguas de ballenas que pescasen los marineros de este puerto fueran dedicados al arreglo de muelles. Una ordenanza de San Sebastián prohibe, en 1415, la destilación del aceite de ballena dentro de los muros de la ciudad. Existen sellos de diversas villas de la costa en los que figuran escenas de la pesca de la ballen. Actualmente conservan la efigie de una ballena los sellos municipales de Guetaria, Motrico, Ondárroa, Lequeitio, Biarritz y Bermeo.

 

 

 

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Histoire: Chasse à la baleine
Il est incontestable que, durant une dizaine de siècles, les Basques ont gardé le monopole de la chasse à la baleine. Dans les temps les plus anciens, les cétacés étaient si abondants sur nos côtes que, pratiquement, chaque paroisse possédait son four où l'on faisait fondre la graisse des baleines échouées sur le rivage. Aucun vestige ne nous étant connu dans la rade ou ses abords, il ne nous est pas possible de dire si Ciboure possédait le sien, encore qu'une ordonnance datée de 1802 et sign.ée de Napoléon 1er, autorise cette industrie près du port de Socoa. Cette autorisation pouvait être la législation d'une pratique déjà très ancienne, mais aucun document antérieur ne nous permet de l'affirmer. A Ciboure, hormis les documents qui restent à déchiffrer, le seul vestige de ce passé se trouve sur le parvis de l'église. On peut y voir une pierre tombale datée, semble-Hl, de 1618 et qui porte l'inscription suivante:
IONIS DE BELONDE DIT BALE.
La baleine qui fréquentait le golfe de Gascogne est connue sous le nom de " baleine des Basques" ou " Balaena Biscayencis ". Sa tête est courte, sa couleur noire, pour une taille d'environ vingt mètres. Elle avait la particularité de flotter quand elle était morte. Elle passait l'hiver sur nos côtes, les femelles venant jusqu'à s'échouer pour mettre bas. L'été cette baleine remontait sur les côtes islandaises ou norvégiennes. Une autre espèce a gardé le nom de ses persécuteurs: il s'agit de la baleine sarde ou " Sardako balea ", en basque, que l'on peut traduire par" baleine de troupeau". Cette espèce se déplaçait en bancs avec femelles et baleinaux qui fermaient la marche.
A la saison du passage, les pêcheurs avaient continuellement des hommes de guet, jour et nuit, dans des tours que l'on appelait" atalaye ". Il en existe encore une à Guéthary et l'on peut penser que la tour de Bordagain a pu servir, entre autre, à signaler le passage des troupeaux. Les barques étaient toujours prêtes à partir sur le champ avec leurs harpons, lignes, lances, avirons, vivres, etc... déjà à bord. Dès que les guetteurs voyaient une baleine souffler, ils appelaient les pêcheurs par leurs cris et en allumant un feu dégageant beaucoup de fumée. Les bateaux sortaient alors pour piquer droit sur l'endroit signalé. Le harponneur, qui était souvent le plus robuste, se tenait debout à l'avant et donnait ses ordres à celui qui gouvernait et aux rameurs. La barque s'étant suffisamment rapproché, le harponneur lançait son harpon La récente découverte du four de Guéthary lors de fouilles près de la gare de cette localité a démontré l'existence de ces chasses depuis les débuts de l'ère chrétienne. Cf Aux origines de Guéthary in Guéthary, Ekaina 1991. avec force pour qu'il pénètre profondément dans les chairs de l'animal. Une longue ligne était attachée à l'extrémité de l'arme, des bouées servaient de flotteurs. Dès que le harpon était lancé, les pêcheurs filaient la ligne en s'écartant vivement de la baleine qui plongeait pour essayer de se débarrasser de ce fer qui la blessait. Quand, à bout de souffle, elle revenait à la surface, les pêcheurs la relançaient à nouveau en lui plongeant une longue lance sous les nageoires. Ces opérations se répétaient autant de fois qu'il le fallait pour venir à bout de la baleine et jusqu'au moment où, agonisante, elle faisait rejaillir le sang par son évent. Alors, les pêcheurs la prenaient en remorque pour l'amener à terre où elle était dépecée. Les morceaux étaient fondus dans des fours et l'huile recueillie dans des tonneaux de bois. Cette pêche côtière connut son apogée aux xœ et XIœ siècles. Plusieurs documents de l'époque ont trait à des accords fixant la dîme qui était une forme de don librement consenti et accepté par les deux parties, plutôt qu'un impôt fixé par le représentant de l'Etat ou de l'Eglise. Cette dîme était payée tantôt au Chapitre de la Cathédrale de Bayonne, tantôt au Vicomte du Labourd (1160-1199). Elle était en général de 1/20è de la valeur de la prise. La langue, morceau de choix, était réservée soit. à l'Evêque soit à une personnalité de passage. Cette redevance fut souvent remis en cause et donna lieu à de nombreux procès. Il semble qu'on cessa de la payer après 1498.
Les Basques français ou espagnols étaient mêlés dans ces entreprises maritimes. Ils parlaient la même langue, il n'était pas question de frontière entre eux, tel que nous l'entendons aujourd'hui; aussi est-il impossible de distinguer la part respective de chaque population dans la chasse à la baleine durant le Haut Moyen-Age. Lorsque la France, l'Angleterre ou l'Espagne étaient en guerre, les Basques des deux nations continuaient la pêche en bonne camaraderie. Ainsi, le 21 4écembre 1353, marins biscayens et bayonnais s'interdire réciproquement" prise de marchandises et tout autre dommage" et cet accord fut confirmé le 9 juillet 1354. Cet aspect de la chasse à la baleine se retrouve dans les armoiries de plusieurs communes côtières, telles Guéthary, Hendaye, Biarritz et les armes f;.JDciennes de Bidart. Cf H. Lamant-Duhart. Armoiries en Pays Basque. 1991.
 

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Contrato de arponeros vascos.-

Attached the beginning of a contract from a Basque whaler with a Dutch whale ship owner dated 1616.

A number of contracts were publised in 1898 by Prof. Dr. G.W. Kernkamp, a Dutch historian.

The book in which the contracts are printed is in such a bad state that it is impossible to make more copies.

 

 

Contrato de Balleneros vascos con armador holandes fechado en 1616.

El libro en que estos contratos estan publicados en 1898 por el Profesor  Dr.G:W: Kernkamp, un historiador holandes esta en muy mal estado y es imposible hacer mas copias. Enviado por  Martin de Gruil

 

Contrato de 1616-1620 hecho el 16 de octubre de 1616 entre el honorable George Joosten Vlamingh,mercader y burgues de la villa de Rotterdam, administrador de la compañia Nieulant on Spitsbergen con los maestros arponeros Joannes Dolivie y Joannes Dechararte y el "fumener" Martin Dantuila,en su nombre y otras 3 personas , a saber 2 maestros de chalupa y otro fumener, todos marineros de San Juan de Luz.


 

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Durante la primera mitad del siglo el término galeón (escrito de varias formas) fue usado sobre todo para denominar un tipo de pequeña embarcación abierta o sin cubierta con remos y vela(s). Este tipo de embarcación menor, por cierto muy común, era normalmente utilizada para la pesca de bajura (como la pesca de sardina con redes) y para la caza de ballenas (también cerca de tierra) desde los puertos vascos así como en Asturias/Galicia, donde pescadores vascos iban cada año a pescar ballenas entre finales de septiembre y principios de marzo.          
En la pesca el galeón podía llevar menos de cinco personas mientras que en la caza de ballenas
podía ser tripulado aparentemente por unos seis, siete u ocho hombres. Por ejemplo, el 6 de agosto
de 1533 un vecino de Fuenterrabía, Martín Sánchez de Laborda, que entonces armaba su carabela Magdalena para la pesca de ballenas en Galicia, contrató por medio de una escritura notarial a tres «maestres de galeones» (término que entonces a menudo significaba maestre-dueño de galeón), «françeses» de la pequeña anteiglesia de Urtubie (cerca de San Juan de Luz) en el País Vasco norte.
Cada uno de ellos se obligó a traer un «galeón» con un total de «diez personas grandes e pequeños»
(o sea «marineros», «grumetes» y «pajes»)10. Es más que probable que algunos de estos «pequeños» permaneciesen en tierra (haciendo distintas labores) mientras los demás «marineros» salían con sus galeones tras las ballenas. Por lo tanto cada galeón llevaría menos de diez hombres al cazar ballenas.

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Luanco desentierra su pasado ballenero
El dragado del puerto saca a la luz restos de cetáceos, que los luanquinos capturaban desde la Edad Media, cuyo estudio se confía al Museo Marítimo.
El dragado del puerto de Luanco que está llevando a cabo el Principado a petición de la cofradía de pescadores ha sacado a la luz varios huesos de ballena. El hallazgo pone de relieve el pasado ballenero del concejo. La bióloga del Museo Marítimo de Asturias, Lucía Fandos, será la encargada de estudiar los huesos, que han empezado a trasladarse al centro museístico. Fandos explica que a primera vista parecen corresponder a un gran cetáceo. Por su parte, el historiador local Ignacio Pando recuerda el papel que tuvo la playa de La Ribera en el pasado ballenero del concejo gozoniego.
Las crónicas describen el Luanco de siglos pasados como importante enclave en la caza de ballenas. Esa historia podría confirmarse con el dragado que se está realizando en el puerto de Luanco. Entre el lodo han aparecido huesos que parecen corresponder a un cetáceo de grandes dimensiones.
La responsable del departamento de biología marina del Museo Marítimo de Asturias, con sede en Luanco, Lucía Fandos, es aún cauta a la hora de valorar los hallazgos. «Lo que se ha encontrado corresponde a un cetáceo de gran tamaño, pero aún hay mucho que estudiar para llegar a confirmar con datos verídicos lo que cuenta la historia sobre la tradición ballenera de Luanco», explica. Por el momento, todos los restos encontrados se trasladarán al Marítimo para su estudio.

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La villa de Orio era, en un principio, una parroquia denominada San Nicolás que estaba comprendida dentro del territorio asignado a la entonces villa de San Sebastián en su carta-puebla de 1180. Por consiguiente, Orio en su origen fue una aldea portuaria dependiente de la jurisdicción de San Sebastian, de escasa población. Para desarrollar el enclave portuario de Orio dependiente de Donostia, Juan I de Castilla, por privilegio dado en Burgos a 12 de julio del año 1379, otorgó Carta-puebla para la fundación de una villa con el nombre de Villarreal de San Nicolás de Orio, a cuyos pobladores otorgó el Fuero de San Sebastián

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