Querida Madre:
Me he decidido a escribirte esta carta porque me encuentro abatido y solo en ti encuentro consuelo.
Tu mejor que nadie conoces de las penas y lamentos de esta vida. Tu que viste como tu hijo sufrió en si todos los martirios posibles para nuestro perdón. Hoy soy yo el que se encuentra ante un duro golpe en la vida.
Al igual que una madre sufre por un hijo, también un hijo puede sufrir por una madre. Y ese es mi caso. La vida nos ha dado a mi y a mis hermanos un duro revés que en ocasiones, uno no sabe como afrontar y ante el que no ve salida y una enorme soledad. Pero ahí estás tú. Cuando no sé hacia donde dirigirme encuentro tú rostro dulce y aniñado que me reconforta, me alivia y me ayuda. Con solo pensar en ti, Copatrona de mi amor materno, encuentro el verdadero sentido de mi vida, el consuelo necesario para seguir adelante y no rendirme ante tan maldita adversidad y dolor. Tú me muestras en tu mirada un reguero de dulzura que alivia mi pena y un manatial de paz en tan duro camino que es la vida.
Me pregunto muchas veces si merece la pena seguir luchando, y mi respuesta siempre es sí. Porque no hay nada que ocurra en este Mundo en el que vivimos, sin que la mano de Dios no haya intervenido. Todo tiene un porqué. Sé de sobra que esto es una dura prueba que Dios nos ha puesto, pero la acataré con resignación. Solo te pido Madre, que intercedas ante tu Hijo, para que aun siendo designio de Dios, mi madre en la Tierra que esta malita, no sufra en esta enfermedad porque ella no se merece pagar las culpas mias.
Tu siempre estas ahí, en la felicidad y en la pena, siempre desde tu Divino altar cuidas de mi. Me has dado unos amigos en la hermandad, mejor dicho unos Hermanos que se preocupan de mi y demuestran a diario lo que verdaderamente nos ha llevado ha ser hijos y muchos de nosotros costaleros tuyos, que tu manto nos une y que tu amor es la meta por la que continuamos.
Si te la has de llevar, cuídamela, esta siempre atenta de ella y llenala de amor, como tu nos colmas a los que aquí quedamos. Siempre ha sido una buena madre, y se merece, como todos algún dia, un final en esta vida digno para entrar en la otra. Para mi ella con tu permiso siempre será mi Patrona como madre.
Gracias Reina del Arroyo por tan siquiera escucharme, por estar siempre conmigo y por haberme enseñado una lección de humildad. Perdonamé por mis faltas y pecados y mil veces Gracias por encontrarme y sacarme de la soledad dándome una nueva vida, un nuevo amor y un grupo de amigos y hermanos que bajo tu manto siempre hallaremos respuestas y consuelo.
Alejandro Fernández Aguilera