La
presente conferencia
introduce la Terapia
Conductual Veterinaria,
TCV, con aplicación
específica a pacientes
caninos; presenta las
figuras diagnósticas más
comunes respecto a la
agresividad, y anticipa
bases pronósticas para
cada caso.
introducción
Uno
de los problemas
cotidianos de la práctica
veterinaria es la
agresividad de algunos de
sus pacientes caninos.
Esta puede manifestarse
como motivo de la consulta
(ataques inusuales o
recurrentes dentro o fuera
de la familia con la que
convive el animal, o
dificultades en la
interacción con sus congéneres),
o, ya en el consultorio,
como reacción contra
quien examina al sujeto.
De cualquier forma, sí es
una situación que llama
la atención del
profesional de la salud
animal, desde dos
perspectivas: la de su
función terapéutica, y
la de su propia seguridad.
En
el primer caso, de
agresividad como motivo de
la consulta, estadísticas
estadounidenses demuestran
que el 61 % de los perros
que ingresaron en
albergues en 1992 fue
sacrificado (de un
estimado entre 5,4 y 9,1
millones, siendo la
eutanasia la causa más
frecuente de muerte). De
éstos, el 26,4 % llegaron
a este extremo por
comportamientos
destructivos o de agresión
que los hacían
incompatibles con el medio
humano (McCulloch, 1994).
Tristemente, por lo
general se trata de
ejemplares relativamente jóvenes
y sanos. Y para mayor
insatisfacción, el mismo
autor estima que buena
parte de ellos jamás
derivarían hacia la
eutanasia, o podrían
reintegrarse positivamente
a la sociedad humana, con
la aplicación preventiva
o curativa de técnicas de
modificación conductual.
Pero
vamos por partes. Es claro
que existen muchas razones
fisiológicas, puramente
orgánicas, para que un
organismo emita
comportamientos agresivos
(enfermedades contagiosas,
disfunciones nerviosas,
desórdenes hormonales,
cuadros degenerativos,
alteraciones músculo-esqueléticas,
problemas dentales,
inflamaciones ópticas, y
otros, Hallgren, 1991). En
consecuencia, la Medicina
Veterinaria prevé
soluciones de distintos
niveles de eficiencia para
la mayoría de las patologías,
y puede prevenirlas,
diagnosticarlas, tratarlas
o al menos explicarlas.
No
obstante, a veces la
intervención veterinaria
no es del todo eficaz o
suficiente, y la
agresividad del paciente
canino persiste. O también,
es probable que en algunas
oportunidades la opción
terapéutica médica sea
demasiado radical frente
al problema y el futuro
del animal (por ejemplo,
la castración en los
machos, o la sección de
ciertas zonas corticales
del sistema nervioso
central). Así las cosas,
es necesario explorar
otras propuestas de solución
diferentes a las farmacológicas
y las quirúrgicas, que
por sí mismas o en
combinación con las
mencionadas aumentan las
posibilidades de éxito en
la normalización de las
conductas problemáticas.
LA
TERAPIA CONDUCTUAL VETERINARIA
Una
de estas propuestas es la
terapia conductual
veterinaria (TCV). En
referencia con las
especies domésticas, y
una vez descartadas las
causas orgánicas de la
alteración, o ya definida
la estrategia veterinaria
a seguir, la TCV pretende
viabilizar o complementar
la canalización del
comportamiento del animal
aprovechando el
conocimiento humano sobre
las estructuras
conductuales de estas
especies. A partir de lo
que sabemos sobre su
naturaleza (bases genéticas,
desarrollo, ontología,
sociabilidad, procesos de
percepción y elaboración
de información, estímulos
claves, etc.), cruzado con
las condiciones de crianza
y mantenimiento general
del sujeto a intervenir,
emitimos un diagnostico y
planeamos la recuperación
de la normalidad, y con
ella la
"domesticidad" o
capacidad de convivencia
del sujeto con el hombre y
con sus congéneres, junto
con el bienestar integral
del paciente.
Para
el problema que nos ocupa, la agresividad en caninos,
hay varias explicaciones etológicas al respecto, expuestas
magistralmente por autores ampliamente reconocidos como
Fox (1976),
Lorenz (1977), Zimen (1988), y Delta Society (1995).
Mi tarea aquí es la de dar una mirada a un aspecto fundamental,
pero desafortunadamente poco conocido, de la agresividad
animal desde el lente de la TCV: sus bases neuropsicológicas.
Debo advertir que la documentación disponible al respecto
es bien escasa, y por lo tanto me vi obligado a confrontar
las fuentes y las experiencias de mi doble condición
de Psicólogo y Adiestrador canino. El producto es la
generalización, un tanto atrevida, de unas pocas conductas
relacionadas con la agresividad en los perros. Aunque
estas generalizaciones no han sido demostradas aún con
el rigor del método científico, sí poseen el sustento
práctico de más de 30.000 horas/perro de observación,
interacción, adiestramiento y normalización del comportamiento.
EL
EQUILIBRIO NATURAL
Para
entrar en materia,
recordemos que una de las
bases teóricas de la TCV
es el estudio del
comportamiento natural de
la especie en estudio,
para definir lo normal y
lo anormal en ella, y
trasladar esas
conclusiones al medio
artificial. De esta forma
se evidencian las
compatibilidades e
incompatibilidades entre
el hombre y el animal,
cuya relación funcional
indica qué tan
domesticable es la
especie.
El
conocimiento etológico
adquirido hasta el momento
sugiere que la conducta
animal tiende a equilibrar
sus características
opuestas, hacia la
consecución de sujetos
silvestres viables. En
otras palabras, ni tan
pasivos ni tan activos, ni
tan dominantes ni tan
sumisos, etc. Por supuesto
que existen individuos que
acusan características más
marcadas hacia algún tipo
de
"personalidad",
que los hacen diferentes
de sus congéneres, pero
si quieren sobrevivir,
deben ser capaces de
flexibilizar sus propias
características de
acuerdo a las
circunstancias. De
mantenerse en una línea rígida
de comportamiento, difícilmente
lograrán ser adaptativos
por mucho tiempo (Análogamente,
entre más se especialice
una especie en una única
forma de supervivencia, más
fácilmente sucumbirá
frente a las crisis).
Esa
capacidad de equilibrio
está contenida en la
herencia, y se moldea
gradualmente con el
aprendizaje. Ahora bien,
sería sencillo si habláramos
de sujetos naturales,
miembros de una jauría
silvestre no intervenida
por el hombre. El asunto
es que nuestros sujetos
son los domésticos, y eso
altera y complica las
posibilidades. Primero,
porque son perros que a
pesar de que tienen el
potencial genético
intacto para desarrollarse
psicológicamente como
tales, se criaron en medio
de hombres, con unas
pautas diferentes que no
estimularon el desarrollo
de todas las conductas
caninas. Y aquí empieza
el desbalance.
A
continuación describo las
citadas generalizaciones,
con la advertencia
adicional de que se
entrelazan unas con otras,
y deben ser concebidas
como elementos de un
sistema, el nervioso,
cuyas partes interactúan
hacia la producción de un
objeto común, el
comportamiento.
LA
BALANZA LUCHA ESCAPE
Para
comenzar, me voy a referir
a una situación común a
cualquier perro, que puede
hacer aflorar su conducta
agresiva: la balanza de
lucha o escape. Ante un
evento que amenaza nuestra
propia seguridad, con
consecuencias previsibles
aversivas (ya conocidas en
experiencias anteriores
iguales o similares; o
desconocidas, y por ende
generadoras de
incertidumbre), todos los
animales presentamos la
disyuntiva de enfrentar el
peligro o alejarnos de él.
La alternativa más económica
(menor gasto de energía y
menores riesgos sobre el
bienestar presente y
futuro), es simplemente la
de la huida, y ésta es la
tendencia mayoritaria. En
casi todas las especies la
fuga es física, o sea, de
abandono inmediato de la
escena del peligro. Lo
anterior se debe a que la
naturaleza castiga
severamente a quien viola
las normas de seguridad, y
el transgresor puede
resultar atrapado,
mordido, golpeado, herido,
envenenado o hasta
devorado como resultado
del error cometido. Si
sobrevive, aprende del
error y será más cauto
la próxima oportunidad.
Si el evento es
desconocido, tenderá a
ser más cauto que
atrevido (Cortés, 1995b).
Una rara variación con
prevalencia humana es la
huida hacia adentro, en la
que el sujeto permanece en
el lugar, igualmente
expuesto al riesgo, pero
su mente se desconecta de
la realidad y deja de
reaccionar ante el medio
externo (comúnmente
conocida como estado catatónico).
El
perro promedio opta por la
huida física. Pero si ésta
no es posible, o están de
por medio necesidades básicas
de supervivencia del
sujeto o la especie
(alimentación, evitación
del dolor, defensa del
territorio, ubicación en
la escala jerárquica del
grupo, reproducción,
cuidado de la progenie),
la balanza comienza a
inclinarse hacia la lucha.
No se trata de una pelea
desaforada, sino del menor
uso posible de la fuerza
para lograr el máximo
objetivo, en una relación
equilibrada del costo del
despliegue combativo
contra el beneficio
obtenido del
enfrentamiento. En estado
natural, no es usual que
un combate entre congéneres,
incluidos los cánidos,
llegue a la muerte del
adversario, y para eso
existen amplios códigos y
repertorios de amenaza
cuyo propósito es el de
evitar hasta donde sea
posible la confrontación
directa. Retrocediendo en
el tiempo, expongo una razón
bien clara de por qué se
presenta esa inhibición
hacia el combate extremo:
En
la jauría natural, cuando
los cachorros van por los
3 meses de edad despiertan
la atención, hasta
entonces más bien
distante, de su padre. Sin
motivo aparente, éste
agrede ligeramente a sus vástagos,
en espera de la reacción
de cada uno. Si muestran
sumisión, son dejados en
paz. Si responden el
ataque, vuelven a ser
castigados. Aquel que
persista en el empeño de
lucha con el superior, su
padre, es a la larga
eliminado. De esta manera
se realiza algo así como
un temprano control de
calidad contra la
agresividad extrema, ya
que es probable que los
cachorros excesivamente
reaccionarios al castigo
parental sean, si llegan a
adultos, excesivamente
conflictivos en detrimento
de la jerarquizada
estructura social de la
mayoría de los cánidos,
que es una de las
condiciones para la
supervivencia del grupo. Y
este obstáculo, o
eliminarlo cuando ya es un
ejemplar dotado para el
combate, puede resultar
muy peligroso para toda la
jauría. Por eso el
sacrificio es menos
costoso si se hace sobre
el cachorro, más aún si
recordamos que los perros
no cargan con
restricciones morales al
respecto. Todo el proceso
significa una normalización
natural de la conducta
agresiva interespecìfica,
en la que se obtienen
sujetos convenientemente
modulados, y se descartan
caracteres genéticos
desproporcionadamente
combativos (si el cachorro
sacrificado los tenía, no
llegó a la edad para
reproducirlos).
En
los perros domésticos ese
proceso no se da. Desde
nuestra visión humana es
antipático, anticomercial
y antisocial sacrificar un
cachorro porque presenta
algo más de agresividad
que los demás. Así que
es más probable que se críen
sujetos inestables
(mordedores recurrentes,
violadores de los códigos
de amenaza previa al
ataque, y más), y que su
herencia genética se
reproduzca (de hecho esto
es lo que buscan algunos
criadores de razas de
guardia y pelea). En
ellos, inidentificables
por su apariencia, la
balanza lucha-escape se
inclina poderosamente
hacia la lucha, y tienden
a sobrereaccionar ante
cualquier evento que los
amenace a ellos o a sus
necesidades básicas. En
su carácter de débiles
de modulación, se
disparan más fácilmente,
con más intensidad y con
mayor dificultad de
desactivacion. Así mismo,
es más difícil para
ellos aprender de la
experiencia: tenderán a
olvidar el castigo
recibido por ataques
anteriores, y están por
eso más propensos a
repetirlos.
En
estos sujetos el diagnóstico
se elabora a partir de su
historia genética y de
vida, con la renuencia de
eventos de agresividad, a
veces inusitadamente
violenta, aún bajo
tratamiento farmacologico
o conductual, y el pronóstico
es casi siempre sombrío.
Hay que tener en cuenta
que el origen del problema
es genético, con sujetos
que en estado natural
nunca habrían sido
viables. Por ende, sus
estructuras básicas están
orientadas hacia la
agresividad, y el
tratamiento enfila más
hacia el bienestar de la
comunidad que a la del
individuo patológico. No
es extraña la castración
como recurso desesperado
(que de paso impide la
multiplicación de esos
genes), o hasta el
sacrificio del perro
problemático.
LA
SOCIALIZACIÓN Y EDUCACIÓN
A
este respecto hago una exposición bastante detallada
en "Condicionamiento clásico e instrumental en
animales al servicio del Hombre" (1995b). Resumo
aquí los conceptos centrales.
Aparte
del impactante control de
calidad de agresividad
hecho a los cachorros, éstos
son prácticamente
intocables para los cánidos
adultos de su jauría.
Pueden cometer
impertinencias como
molestar el sueño o robar
la comida de sus mayores,
o usarlos como presas de
sus prácticas cazadoras,
sin que reciban por ello
mayores reprimendas,
siempre y cuando sepan
mostrar sumisión en la
forma y manera adecuada.
Durante esos primeros
meses, el aprendizaje
social corre a cargo casi
que exclusivamente de la
madre y, muy importante,
sus hermanos de camada.
Con sus pares se aproximan
al conocimiento de hasta dónde
es lícita la agresión
entre congéneres y qué
deben esperar si se
exceden en ella.
Cuando
comienzan a convertirse en
juveniles (entre los 5 y
los 7 meses de edad), las
cosas empiezan a cambiar.
Básicamente, reducen
gradualmente la
dependencia de la madre y
poco a poco se ven atraídos
por los sujetos dominantes
de la jauría. En la
medida en que aprenden a
cazar, matar y valerse por
sí mismos, necesitan
modelos que seguir. A la
vez, inician más en firme
la lucha por la mejor
ubicación posible en la
escala social de la
manada, que a mayor nivel
les dará mayores
oportunidades de
supervivencia y reproducción.
A estas alturas, ya dejan
de ser intocables para los
adultos, quienes con toda
firmeza y a la menor
motivación se encargarán
de hacerles recordar quién
manda y qué reglas se
deben respetar. Con el
tiempo, los juveniles se
acercan a la adultez, con
ímpetus de conquista,
cuerpos fuertes y armas
efectivas, lo que los
delata como competidores
de sus mayores, quienes
por su parte defenderán
con más ahínco sus
privilegios de antigüedad,
y serán más estrictos en
la imposición de las
leyes. Mientras logren
someterlos, antes de que
empiecen a decaer, los jóvenes
tomen su lugar y el ciclo
se repita, los mayores harán
respetar la convivencia
pacifica dentro del grupo,
lo cual regula y hasta
cierto prohibe los
despliegues excesivos de
agresividad.
El
perro doméstico sigue, una vez más, un camino diferente.
Por lo general, es separado de su madre y su camada
mucho antes de que haya podido aprovechar el rico aprendizaje
social de los primeros meses (N.A.- ver
impregnación). Al tiempo que perdió el periodo crítico
de aprendizaje (cuando es más fácil aprender ciertas
cosas), para la regulación de muchas pautas conductuales,
entre ellas la agresividad, debe tratar de hacerlo en
un medio ajeno a su naturaleza. Afortunadamente, hombres
y perros compartimos algunas características (gregarismo,
por ejemplo), que facilitan la adaptación del cachorro
al medio humano. Pero no siempre somos eficaces en la
comprensión de nuestros respectivos lenguajes y requerimientos
ambientales para el desarrollo social del individuo.
Es decir, es probable que el humano entienda y críe
al cachorro más como a un niño que como a un perro,
sobre todo cuando desconoce algunos fundamentos de la
etología canina, y deje de lado aspectos importantes
para el óptimo crecimiento psicológico de su mascota
y una relación grata y llevadera con la misma.
Puede
suceder que durante su
infancia se le impida al
animal el contacto regular
con sus congéneres (entre
otras cosas, por consejo
veterinario en prevención
de patologías
infecciosas); que se le
mantenga excesivo tiempo
solo, sin ejercicio físico
suficiente ni
distracciones; que se le
reprima duramente ante
problemas de daños o
desaseo; o ya entrando en
la juventud, que el animal
no obedezca las órdenes
de la familia, que se
escape a la primera
oportunidad, con grave
riesgo de pérdida, robo o
accidentes, que la salida
a la calle se convierta en
una rutina de halar y no
dejarse arrastrar; y en la
adultez, recurra en
episodios de pelea o
amedrantamiento ante la
gente y los otros canes,
que eventualmente
retroceda a acciones de
desaseo o robo de comida,
que persista en la suicida
persecución de vehículos,
etc.
En
su orden, la traducción
práctica del párrafo
anterior significa en la
infancia canina el
desarrollo de una
personalidad inestable por
ausencia de modelamiento
conductual (no pudo
aprender ni construir una
autoconfianza con base en
el ejemplo y la interacción
con otros, cosa muy simple
de corregir con el simple
juego cotidiano);
comportamientos
destructivos por
aburrimiento y acumulación
no desahogada de energía,
desconocimiento humano de
la oportunidad
(contingencia, en términos
psicológicos), y la
intensidad necesaria del
castigo en relación con
la madurez neurológica
del perro y la analogía
disciplinaria de la jauría;
en la juventud, ignorancia
del propietario del papel
de líder que le exige su
animal para respetar sus
normas; desaprovechamiento
del momento crítico del
aprendizaje de las normas
del grupo, para fijar en
el momento justo quién y
manda y cómo se obedece;
y en la adultez,
consolidación del
temperamento inestable;
incompatibilidad con las
los despliegues naturales
sexuales, de dominancia,
territorialidad y otros;
inconsistencia en los
patrones de premio y
castigo, etc. Todo esto
sin contar con una buena
variedad de somatizaciones
con origen psicológico.
Retomando
el tema de la agresividad, así, sin estrategias coherentes
de socialización y educación, se obtienen los mordedores
y peleadores por miedo, los destrozadores, los desconfiados
y "traicioneros", los irrespetuosos de la
autoridad familiar humanamente constituida, los crónicos
duelistas pasionales, los agresores de carteros, Veterinarios,
vecinos, familiares y similares, los asiduos clientes
de curaciones y suturas y los causantes de problemas
legales, económicos y sociales para sus, irónicamente,
"amos" (Programa
K-SAR, 1996).
O
también, el perro
ignorante social puede
irrespetar los rígidos códigos
de cortesía canina, con
aproximaciones físicas
demasiado intensas hacia
sus congéneres, que
aunque no sean agresivas
si pueden disparar la
defensa del honor del
ofendido y terminar en una
pelea. A pesar de que la
intención del sujeto
problemático no es
agresiva, el episodio
finalmente si adquiere
esta característica, y el
transgresor es catalogado
como tal.
El
diagnóstico salta a la
vista ante la presencia de
perro y dueño, o se
evidencia con la larga
historia de quejas que el
segundo lanza tan pronto
puede. Sin embargo, los
ataques tienden a no ser
serios ni frecuentes. El
pronóstico es positivo
frente a un plan
profesional de socialización
y educación, que mejora
sus expectativas cuanto más
se reduce la edad del
animal (sin bajar de los 6
meses de edad).
LA
REACCION ANTE LAS CRISIS
Todos
los organismos vivientes
debemos enfrentarnos a
situaciones que alteran
nuestro equilibrio.
Algunas de ellas son endógenas,
y marcan puntos de cambio
en el desarrollo
individual (en el humano,
el paso de la niñez a la
adolescencia, de ésta a
la juventud, de ésta a la
madurez y de ésta a la
ancianidad), o las
provocadas por desórdenes
internos (metabólicos,
nerviosos, etc.). Pero las
que me ocupan aquí son
las exógenas, que
provienen del medio y
someten al sujeto a presión,
exigiéndole una respuesta
para superarlas.
En
este sentido, también
todos estamos dotados para
esas situaciones, lo que
nos permite, en la mayor
parte de los casos,
producir una respuesta
adaptativa. Ahora bien, es
interesante conocer cómo
es que se produce esa
respuesta a nivel del
sistema nervioso central,
lo que nos acercará a una
mejor comprensión de la
reacción animal ante las
crisis exógenas y,
consecuentemente, intentar
una forma de manejo más
eficiente.
Supongamos
que un perro común y
corriente va por la calle,
y súbitamente se ve
amenazado por cualquier
tipo de agresor (otro
perro, una persona, un vehículo,
un estallido, etc.). La
información sensorial
entra en décimas de
segundos por los canales
perceptivos y llega al eje
hipotálamo-hipofisiario,
que la coordina con las
respuestas viscerales
(signos vitales, sistema
digestivo, glucogénesis y
muchas otras), y la remite
al lóbulo frontal de la
corteza cerebral. Ante una
estimulación normal, éste
evalúa la información y
elabora la respuesta somática
e instrumental pertinente.
Pero si la estimulación
es muy fuerte, rápida o
agresiva, a la vez que se
disparan las constantes
fisiológicas, en previsión
de una alta demanda de
energía para superar la
agresión, no hay tiempo
para la elaboración
crocita, que tiende a
bloquearse ante la
sobrecarga, sino que la
estimulación es desviada
al sistema límbico, que
asume algo así como un
control de emergencia. En
los mamíferos superiores,
el sistema límbico es el
mayor responsable de las
emociones y la memoria, y
es allí donde se produce
la respuesta de lucha o
escape ante una situación
de emergencia. Esta
respuesta no es elaborada,
sino simplemente refleja,
y el animal (incluidos
nosotros, los homo sapiens),
actúa inmediatamente según
su programación genética,
su nivel en el momento de
activación psicofisiológica
y sus experiencias previas
(lo que le haya resultado
más exitoso ante eventos
similares). De esa
respuesta automática
(luchar, escapar,
esconderse), depende la
supervivencia a la agresión,
o por lo menos el
bienestar inmediato del
sujeto.
El
proceso es absolutamente
normal, y nuestro perro
puede recuperarse de la
sobrecarga fisiológica
exigida. Pero si este tipo
de episodios es muy
intenso, muy frecuente o
con poco tiempo de
recuperación entre varios
eventos, la sobrecarga
comienza a hacer mella en
su organismo, con los
conocidos efectos que el
estrés produce en la
salud animal (Sessions,
1991). Por eso no es extraño
ver sujetos excesivamente
dominantes con problemas
de piel y pelo o tumores
de todo tipo, para
mencionar sólo un par de
figuras asociadas. Esto es
importante, pero para el
presente trabajo son más
significativas las
consecuencias neurofisiológicas
de la mencionada
sobrecarga.
Sin
entrar en excesivos
detalles, en la cadena de
estimulación por la que
pasó nuestro perro
interviene por lo menos un
par de docenas de
sustancias
neurotransmisoras, que
posibilitaron los millones
de sinapsis
interneuronales que
produjeron las respuestas
somática e instrumental.
Cada uno de los
neurotransmisores actuó
en unas cantidades y
concentraciones
extremadamente mínimas,
de cuyas proporciones
dependió la calidad e
intensidad de las
respuestas, en una relación
directamente proporcional:
a mayor emisión de
neurotransmisores, mayor
intensidad de la
respuesta. De otro lado,
el sistema nervioso
central no funciona de una
manera exactamente lineal
(donde el paso 1 llevaría
al 2 y éste al 3 y éste
al 4...), sino que se
acerca más al trabajo en
red (el paso 1 lleva al 2
pero interviene en el 3 y
en el 4; el 2 al 3, al 4 y
al 5 y retroalimenta al 1,
el 3 participa en el 2, el
4 el 5 y el 6...). De una
manera más sencilla, el
aumento o la disminución
de emisión de cada
neurotransmisor aumenta o
disminuye a su vez no sólo
al que le sigue sino a
todo el sistema, cuya
respuesta vuelve a
afectarlo a él, sincréticamente.
El sistema reacciona en
conjunto.
Ante
la estimulación extraordinaria, la emisión de neurotransmisores
se magnifica, y esto sucede en todos los sectores cerebrales
intervinientes en la respuesta. Además de que las respuestas
somáticas e instrumentales tienden a exagerarse, la
tormenta neurona que se desencadena, si llega a pasar
los límites tolerables por el organismo, corre el riesgo
de dañar la capacidad neurona de modulación de la emisión
de neurotransmisores. Esto es, el organismo pierde el
balance automático de regulación de respuestas proporcionales
a los estímulos recibidos, lo que en términos prácticos
supone que ante situaciones levemente agresivas el sujeto
puede reaccionar más allá de lo necesario. Regresando
una vez más a nuestro perro, si sus condiciones de vida
han conllevado maltrato crónico u ocasional pero extremo,
o ha sufrido experiencias de agresión desacostumbradamente
pronunciadas, es probable que ante cualquier evento
que le rememore de alguna forma estas desgracias, o
sienta amenazada su integridad, reaccione con una agresividad
desproporcionada para la situación, aún cuando quien
sufra las consecuencias no sea el agresor original,
y sobre los controles normales de su comportamiento
(Cortés, 1995a).
Este
es el estado psicológico
que logra con su
intervención cualquier
propietario o
"adiestrador canino
profesional" que usa
irracionalmente el castigo
físico, entendiendo este
no solo como las
agresiones manifiestas
contra el perro sino también
las soterradas, como la
utilización
indiscriminada de collares
de castigo y otros
elementos de tortura, o la
relación de obediencia
basada en la amenaza y el
terror (sin sospechar
siquiera la gravedad de
sus desmanes y, en el caso
del
"adiestrador",
cobrando por hacerlo).
El
diagnóstico se construye
justamente por estos
episodios bajo presión, y
el pronóstico puede ser
positivo, más cuando
transcurre menos tiempo
entre el trauma original y
la TCV, y el paciente es
joven. Además de eliminar
la fuente de
desequilibrio, la TCV por
sí misma es bastante
satisfactoria, y algún
apoyo farmacologico también
puede ser útil.
LA
REACION PSICOFISIOLOGICA COLECTIVA
Llamado
también
"comportamiento
cardumen". Es
diferente manejar un perro
a hacer lo mismo con
varios al tiempo: mientras
que con el sujeto aislado
es más fácil mantener un
solo canal de comunicación
y control con el hombre,
incluso cuando el animal
se excita, con dos o más
es diferente.
En
el caso individual, ya
vimos que la excitación
psicológica produce un
incremento en las
constantes fisiológicas,
que a su vez mantienen la
excitación. Pero es difícil
que el círculo se
retroalimente más allá
de unos pocos minutos,
sobre todo cuando el
hombre llama al orden al
perro e interrumpe la
atención sobre el evento
estimulante. En el grupo
excitado, además de la
retroalimentación interna
se da el mismo proceso
entre los sujetos, de modo
que aquel que se acelera
primero produce el mismo
efecto en el otro, y éste
en el primero y en los demás,
si los hay, que también
recirculan la actitud y en
definitiva el incremento
fisiológico y psicológico
(con aprestamiento para la
lucha y exacerbación de
despliegues intimidatorios
o francamente agresivos),
se contagia entre los
miembros del grupo
haciendo más largos e
intensos los episodios de
excitación (con su
eventual componente
agresivo, más fácil de
alcanzar en estas
circunstancias). Además,
ya no se necesita un sólo
canal de comunicación y
control, sino tantos como
sujetos haya, y al
establecer contacto con
uno es probable que se
pierda por la estimulación
de otro. Esto difìculta
romper la cadena de
transmisión de la
aceleración
psicofisiologica, y exige
la intervención
coordinada de varias
personas o una muy enérgica
de una sola que cuente con
el reconocimiento de
liderazgo del grupo. De lo
contrario, ese redentor
podría terminar si no
crucificado, por lo menos
ignorado. El problema no
se constituye en patología
alguna, sino que es una
expresión muy natural de
la especie: durante la
cacería de piezas
mayores, la jauría
necesita un alto y
constante nivel de
excitación
psicofisiologica, que
mantiene la motivación y
la concentración de todos
en el complicado objetivo
por largo tiempo, lo cual
ayuda a garantizar el éxito
de la tarea, y con éste
la supervivencia del grupo
y de la especie.
Lo
de "comportamiento
cardumen", quiere
ejemplarizar la anterior
conducta con la de los
bancos de peces que
proceden como una sola
unidad. El concepto a
entender es que la
aceleración psicofisiológica
colectiva facilita que sea
el grupo el que dirija los
actos del sujeto, y que el
sujeto a su vez sea más
susceptible a dejarse
dirigir por el grupo. Si
el observador que
intervienen, en este caso
el humano, lo ignora,
encontrará más difícil
su tarea de control
comportamental.
El
diagnóstico surge del
reporte del propietario, y
el pronóstico,
generalmente positivo, se
basa de nuevo en la
adecuada socialización
intraespecìfica y la
educación coherente del
animal.
EXCESO
DE ENERGIA ACUMULADA
El
propietario urbano
usualmente no cuenta con
tiempo suficiente para
dedicarle a su animal. De
este modo, un organismo
que en estado natural está
preparado para despliegues
significativos de energía
mas o menos regulares en
el tiempo (juego, lucha,
rastreo, acecho, cacería,
patrullaje de territorio,
etc.), ve disminuida su
actividad física a unos
breves y poco intensos
momentos de ejercicio en
ambientes pobremente
estimulantes y exigentes.
Además, por lo general
cuenta con una alimentación
rica en calorías, que
permite una permanente
disponibilidad energética
corporal bajamente
aprovechada.
Los
Médicos Veterinarios
conocen varias
consecuencias fisiológicas
de este cuadro, casi
siempre identificadas con
la obesidad y sus
complicaciones conexas. En
lo comportamental.,
inicialmente tenemos
sujetos inquietos con
dificultades para
dosificar sus despliegues
físicos. En su permanente
estado de sobrecarga,
aprovechan los escasos
momentos de libertad
corporal para desahogar al
máximo la energía
sobrante, metièndose
frecuentemente en
problemas, incluidos los
episodios de agresión,
iniciados por ellos o por
otros animales que pueden
sentirse amenazados por
sus desproporcionadas
manifestaciones
corporales.
De
mantenerse las causas del
problema, el cuadro tiende
a degenerar con el tiempo
en individuos con bajo
nivel de actividad debido
a las citadas
complicaciones clínicas
derivadas de la
sobrealimentación y el
sedentarismo, y con un carácter
huraño producto de las
repetidas experiencias
negativas de la juventud.
El
diagnostico se construye
del cruce entre los
reportes del propietario y
la investigación sobre
los niveles regulares de
actividad del animal. El
pronostico es positivo,
sobre la base de un plan
suficiente y permanente de
ejercicio de acuerdo al
tipo de animal. Por
supuesto, sin caer en el
absurdo y antiètico error
de amarrar al perro a un
automóvil o una
motocicleta y obligarlo a
correr sobre el pavimento
para que aspire humo, se
destroce los pulpejos y
las articulaciones, se
arriesgue a varias
lesiones y pierda la
oportunidad de exploración
y movimiento libre y
generador de higiene física
y mental.
ACCION-REACCION
CON TRAILLA
Esta
es una de las causas mas
comunes de conflicto entre
perros urbanos. Los
propietarios o manejadores
que pasean con su perro en
una ciudad, usualmente lo
llevan atado a una traílla
por disposiciones legales,
seguridad del animal o
simple comodidad. Ante un
encuentro con otro canino,
es probable que el hombre
retenga al perro fuera del
alcance con su semejante,
o incluso lo cargue para
evitar el contacto.
Eventualmente, puede verse
motivado a hacerlo luego
de ver o creer ver alguna
señal de peligro de
confrontación. El
problema consiste en que
justo con el tirón de la
correa o el levantamiento
del sujeto obtiene lo
contrario de lo que quería,
y su mascota se enfrasca
en una pelea, o la persona
resulta agredida por el
contendor que trata de
alcanzar al perro alzado.
Al
reconstruir el evento,
encontramos que los perros
normales se sienten atraídos
por el estrecho contacto
con sus congéneres tan
pronto los detectan. En
consecuencia, se dirigen a
ellos directamente, lo
cual a veces es
interpretado como una
amenaza por algunos
manejadores excesivamente
precavidos, que junto con
sus perros sacan a pasear
sus miedos, y anticipan
una respuesta ansiogena,
demandando un tanto
escandalosamente que se
les retire el segundo
perro, agredièndolo
directamente o reteniendo
o cargando a su animal. De
entrada, están abonando
un terreno de conflicto.
Por su parte, el perro
retenido percibe el temor
de su manejador, y puede
absorber y canalizar en si
mismo la tensión,
reproduciendo la conducta
desproporcionada de
defensa, lo que
desequilibra el simple
saludo canino hacia la
probabilidad de una pelea.
Mas
allá, el tirón de la
correa, justo cuando ambos
animales están investigàndose
mutuamente, coloca al
sujeto amarrado en una
doble dificultad: por un
lado, pierde la posición
defensiva corporal
natural, lo cual lo obliga
a recuperarla de inmediato
y vigorosamente; por el
otro, puede confundirlo al
punto de interpretar el
tirón como una agresión
del medio, tal vez
proveniente del congénere
que tiene en frente. La
reacción a ambos estímulos
tiende a ser acalorada, y
en consecuencia motiva una
reacción igual del
oponente, que no tolera
esa imperdonable falta de
cortesía canina. Ya
tenemos un combate.
Si
no fue halado sino alzado,
en todo caso despierta la
curiosidad del segundo
perro, que puede tratar de
alcanzarlo aun sobre el
humano protector, acto que
asusta a muchas personas y
podría ser interpretado
por ellas como una agresión.
Ahora bien, si esa reacción
defensiva es recurrente,
el perro alzado aprende
bien pronto que está
relativamente seguro, y
propicia un enfrentamiento
del que no tiene que pagar
los platos rotos, ya que
no lo van a alcanzar. Es
curioso que cuando se les
informa a los manejadores
que sus amigos no corren
ningún peligro real, y
que por lo tanto no se
justifica esa
sobreproteccion, desplaz |