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Articulo desarrollado por: Engels Germán Cortés Trujillo  

 

La presente conferencia introduce la Terapia Conductual Veterinaria, TCV, con aplicación específica a pacientes caninos; presenta las figuras diagnósticas más comunes respecto a la agresividad, y anticipa bases pronósticas para cada caso.

introducción

Uno de los problemas cotidianos de la práctica veterinaria es la agresividad de algunos de sus pacientes caninos. Esta puede manifestarse como motivo de la consulta (ataques inusuales o recurrentes dentro o fuera de la familia con la que convive el animal, o dificultades en la interacción con sus congéneres), o, ya en el consultorio, como reacción contra quien examina al sujeto. De cualquier forma, sí es una situación que llama la atención del profesional de la salud animal, desde dos perspectivas: la de su función terapéutica, y la de su propia seguridad.

En el primer caso, de agresividad como motivo de la consulta, estadísticas estadounidenses demuestran que el 61 % de los perros que ingresaron en albergues en 1992 fue sacrificado (de un estimado entre 5,4 y 9,1 millones, siendo la eutanasia la causa más frecuente de muerte). De éstos, el 26,4 % llegaron a este extremo por comportamientos destructivos o de agresión que los hacían incompatibles con el medio humano (McCulloch, 1994). Tristemente, por lo general se trata de ejemplares relativamente jóvenes y sanos. Y para mayor insatisfacción, el mismo autor estima que buena parte de ellos jamás derivarían hacia la eutanasia, o podrían reintegrarse positivamente a la sociedad humana, con la aplicación preventiva o curativa de técnicas de modificación conductual.

Pero vamos por partes. Es claro que existen muchas razones fisiológicas, puramente orgánicas, para que un organismo emita comportamientos agresivos (enfermedades contagiosas, disfunciones nerviosas, desórdenes hormonales, cuadros degenerativos, alteraciones músculo-esqueléticas, problemas dentales, inflamaciones ópticas, y otros, Hallgren, 1991). En consecuencia, la Medicina Veterinaria prevé soluciones de distintos niveles de eficiencia para la mayoría de las patologías, y puede prevenirlas, diagnosticarlas, tratarlas o al menos explicarlas.

No obstante, a veces la intervención veterinaria no es del todo eficaz o suficiente, y la agresividad del paciente canino persiste. O también, es probable que en algunas oportunidades la opción terapéutica médica sea demasiado radical frente al problema y el futuro del animal (por ejemplo, la castración en los machos, o la sección de ciertas zonas corticales del sistema nervioso central). Así las cosas, es necesario explorar otras propuestas de solución diferentes a las farmacológicas y las quirúrgicas, que por sí mismas o en combinación con las mencionadas aumentan las posibilidades de éxito en la normalización de las conductas problemáticas.

LA TERAPIA CONDUCTUAL VETERINARIA

Una de estas propuestas es la terapia conductual veterinaria (TCV). En referencia con las especies domésticas, y una vez descartadas las causas orgánicas de la alteración, o ya definida la estrategia veterinaria a seguir, la TCV pretende viabilizar o complementar la canalización del comportamiento del animal aprovechando el conocimiento humano sobre las estructuras conductuales de estas especies. A partir de lo que sabemos sobre su naturaleza (bases genéticas, desarrollo, ontología, sociabilidad, procesos de percepción y elaboración de información, estímulos claves, etc.), cruzado con las condiciones de crianza y mantenimiento general del sujeto a intervenir, emitimos un diagnostico y planeamos la recuperación de la normalidad, y con ella la "domesticidad" o capacidad de convivencia del sujeto con el hombre y con sus congéneres, junto con el bienestar integral del paciente.

Para el problema que nos ocupa, la agresividad en caninos, hay varias explicaciones etológicas al respecto, expuestas magistralmente por autores ampliamente reconocidos como Fox (1976), Lorenz (1977), Zimen (1988), y Delta Society (1995). Mi tarea aquí es la de dar una mirada a un aspecto fundamental, pero desafortunadamente poco conocido, de la agresividad animal desde el lente de la TCV: sus bases neuropsicológicas. Debo advertir que la documentación disponible al respecto es bien escasa, y por lo tanto me vi obligado a confrontar las fuentes y las experiencias de mi doble condición de Psicólogo y Adiestrador canino. El producto es la generalización, un tanto atrevida, de unas pocas conductas relacionadas con la agresividad en los perros. Aunque estas generalizaciones no han sido demostradas aún con el rigor del método científico, sí poseen el sustento práctico de más de 30.000 horas/perro de observación, interacción, adiestramiento y normalización del comportamiento.

EL EQUILIBRIO NATURAL

Para entrar en materia, recordemos que una de las bases teóricas de la TCV es el estudio del comportamiento natural de la especie en estudio, para definir lo normal y lo anormal en ella, y trasladar esas conclusiones al medio artificial. De esta forma se evidencian las compatibilidades e incompatibilidades entre el hombre y el animal, cuya relación funcional indica qué tan domesticable es la especie.

El conocimiento etológico adquirido hasta el momento sugiere que la conducta animal tiende a equilibrar sus características opuestas, hacia la consecución de sujetos silvestres viables. En otras palabras, ni tan pasivos ni tan activos, ni tan dominantes ni tan sumisos, etc. Por supuesto que existen individuos que acusan características más marcadas hacia algún tipo de "personalidad", que los hacen diferentes de sus congéneres, pero si quieren sobrevivir, deben ser capaces de flexibilizar sus propias características de acuerdo a las circunstancias. De mantenerse en una línea rígida de comportamiento, difícilmente lograrán ser adaptativos por mucho tiempo (Análogamente, entre más se especialice una especie en una única forma de supervivencia, más fácilmente sucumbirá frente a las crisis).

Esa capacidad de equilibrio está contenida en la herencia, y se moldea gradualmente con el aprendizaje. Ahora bien, sería sencillo si habláramos de sujetos naturales, miembros de una jauría silvestre no intervenida por el hombre. El asunto es que nuestros sujetos son los domésticos, y eso altera y complica las posibilidades. Primero, porque son perros que a pesar de que tienen el potencial genético intacto para desarrollarse psicológicamente como tales, se criaron en medio de hombres, con unas pautas diferentes que no estimularon el desarrollo de todas las conductas caninas. Y aquí empieza el desbalance.

A continuación describo las citadas generalizaciones, con la advertencia adicional de que se entrelazan unas con otras, y deben ser concebidas como elementos de un sistema, el nervioso, cuyas partes interactúan hacia la producción de un objeto común, el comportamiento.

LA BALANZA LUCHA ESCAPE

Para comenzar, me voy a referir a una situación común a cualquier perro, que puede hacer aflorar su conducta agresiva: la balanza de lucha o escape. Ante un evento que amenaza nuestra propia seguridad, con consecuencias previsibles aversivas (ya conocidas en experiencias anteriores iguales o similares; o desconocidas, y por ende generadoras de incertidumbre), todos los animales presentamos la disyuntiva de enfrentar el peligro o alejarnos de él. La alternativa más económica (menor gasto de energía y menores riesgos sobre el bienestar presente y futuro), es simplemente la de la huida, y ésta es la tendencia mayoritaria. En casi todas las especies la fuga es física, o sea, de abandono inmediato de la escena del peligro. Lo anterior se debe a que la naturaleza castiga severamente a quien viola las normas de seguridad, y el transgresor puede resultar atrapado, mordido, golpeado, herido, envenenado o hasta devorado como resultado del error cometido. Si sobrevive, aprende del error y será más cauto la próxima oportunidad. Si el evento es desconocido, tenderá a ser más cauto que atrevido (Cortés, 1995b). Una rara variación con prevalencia humana es la huida hacia adentro, en la que el sujeto permanece en el lugar, igualmente expuesto al riesgo, pero su mente se desconecta de la realidad y deja de reaccionar ante el medio externo (comúnmente conocida como estado catatónico).

El perro promedio opta por la huida física. Pero si ésta no es posible, o están de por medio necesidades básicas de supervivencia del sujeto o la especie (alimentación, evitación del dolor, defensa del territorio, ubicación en la escala jerárquica del grupo, reproducción, cuidado de la progenie), la balanza comienza a inclinarse hacia la lucha. No se trata de una pelea desaforada, sino del menor uso posible de la fuerza para lograr el máximo objetivo, en una relación equilibrada del costo del despliegue combativo contra el beneficio obtenido del enfrentamiento. En estado natural, no es usual que un combate entre congéneres, incluidos los cánidos, llegue a la muerte del adversario, y para eso existen amplios códigos y repertorios de amenaza cuyo propósito es el de evitar hasta donde sea posible la confrontación directa. Retrocediendo en el tiempo, expongo una razón bien clara de por qué se presenta esa inhibición hacia el combate extremo:

En la jauría natural, cuando los cachorros van por los 3 meses de edad despiertan la atención, hasta entonces más bien distante, de su padre. Sin motivo aparente, éste agrede ligeramente a sus vástagos, en espera de la reacción de cada uno. Si muestran sumisión, son dejados en paz. Si responden el ataque, vuelven a ser castigados. Aquel que persista en el empeño de lucha con el superior, su padre, es a la larga eliminado. De esta manera se realiza algo así como un temprano control de calidad contra la agresividad extrema, ya que es probable que los cachorros excesivamente reaccionarios al castigo parental sean, si llegan a adultos, excesivamente conflictivos en detrimento de la jerarquizada estructura social de la mayoría de los cánidos, que es una de las condiciones para la supervivencia del grupo. Y este obstáculo, o eliminarlo cuando ya es un ejemplar dotado para el combate, puede resultar muy peligroso para toda la jauría. Por eso el sacrificio es menos costoso si se hace sobre el cachorro, más aún si recordamos que los perros no cargan con restricciones morales al respecto. Todo el proceso significa una normalización natural de la conducta agresiva interespecìfica, en la que se obtienen sujetos convenientemente modulados, y se descartan caracteres genéticos desproporcionadamente combativos (si el cachorro sacrificado los tenía, no llegó a la edad para reproducirlos).

En los perros domésticos ese proceso no se da. Desde nuestra visión humana es antipático, anticomercial y antisocial sacrificar un cachorro porque presenta algo más de agresividad que los demás. Así que es más probable que se críen sujetos inestables (mordedores recurrentes, violadores de los códigos de amenaza previa al ataque, y más), y que su herencia genética se reproduzca (de hecho esto es lo que buscan algunos criadores de razas de guardia y pelea). En ellos, inidentificables por su apariencia, la balanza lucha-escape se inclina poderosamente hacia la lucha, y tienden a sobrereaccionar ante cualquier evento que los amenace a ellos o a sus necesidades básicas. En su carácter de débiles de modulación, se disparan más fácilmente, con más intensidad y con mayor dificultad de desactivacion. Así mismo, es más difícil para ellos aprender de la experiencia: tenderán a olvidar el castigo recibido por ataques anteriores, y están por eso más propensos a repetirlos.

En estos sujetos el diagnóstico se elabora a partir de su historia genética y de vida, con la renuencia de eventos de agresividad, a veces inusitadamente violenta, aún bajo tratamiento farmacologico o conductual, y el pronóstico es casi siempre sombrío. Hay que tener en cuenta que el origen del problema es genético, con sujetos que en estado natural nunca habrían sido viables. Por ende, sus estructuras básicas están orientadas hacia la agresividad, y el tratamiento enfila más hacia el bienestar de la comunidad que a la del individuo patológico. No es extraña la castración como recurso desesperado (que de paso impide la multiplicación de esos genes), o hasta el sacrificio del perro problemático.

LA SOCIALIZACIÓN Y EDUCACIÓN

A este respecto hago una exposición bastante detallada en "Condicionamiento clásico e instrumental en animales al servicio del Hombre" (1995b). Resumo aquí los conceptos centrales.

Aparte del impactante control de calidad de agresividad hecho a los cachorros, éstos son prácticamente intocables para los cánidos adultos de su jauría. Pueden cometer impertinencias como molestar el sueño o robar la comida de sus mayores, o usarlos como presas de sus prácticas cazadoras, sin que reciban por ello mayores reprimendas, siempre y cuando sepan mostrar sumisión en la forma y manera adecuada. Durante esos primeros meses, el aprendizaje social corre a cargo casi que exclusivamente de la madre y, muy importante, sus hermanos de camada. Con sus pares se aproximan al conocimiento de hasta dónde es lícita la agresión entre congéneres y qué deben esperar si se exceden en ella.

Cuando comienzan a convertirse en juveniles (entre los 5 y los 7 meses de edad), las cosas empiezan a cambiar. Básicamente, reducen gradualmente la dependencia de la madre y poco a poco se ven atraídos por los sujetos dominantes de la jauría. En la medida en que aprenden a cazar, matar y valerse por sí mismos, necesitan modelos que seguir. A la vez, inician más en firme la lucha por la mejor ubicación posible en la escala social de la manada, que a mayor nivel les dará mayores oportunidades de supervivencia y reproducción. A estas alturas, ya dejan de ser intocables para los adultos, quienes con toda firmeza y a la menor motivación se encargarán de hacerles recordar quién manda y qué reglas se deben respetar. Con el tiempo, los juveniles se acercan a la adultez, con ímpetus de conquista, cuerpos fuertes y armas efectivas, lo que los delata como competidores de sus mayores, quienes por su parte defenderán con más ahínco sus privilegios de antigüedad, y serán más estrictos en la imposición de las leyes. Mientras logren someterlos, antes de que empiecen a decaer, los jóvenes tomen su lugar y el ciclo se repita, los mayores harán respetar la convivencia pacifica dentro del grupo, lo cual regula y hasta cierto prohibe los despliegues excesivos de agresividad.

El perro doméstico sigue, una vez más, un camino diferente. Por lo general, es separado de su madre y su camada mucho antes de que haya podido aprovechar el rico aprendizaje social de los primeros meses (N.A.- ver impregnación). Al tiempo que perdió el periodo crítico de aprendizaje (cuando es más fácil aprender ciertas cosas), para la regulación de muchas pautas conductuales, entre ellas la agresividad, debe tratar de hacerlo en un medio ajeno a su naturaleza. Afortunadamente, hombres y perros compartimos algunas características (gregarismo, por ejemplo), que facilitan la adaptación del cachorro al medio humano. Pero no siempre somos eficaces en la comprensión de nuestros respectivos lenguajes y requerimientos ambientales para el desarrollo social del individuo. Es decir, es probable que el humano entienda y críe al cachorro más como a un niño que como a un perro, sobre todo cuando desconoce algunos fundamentos de la etología canina, y deje de lado aspectos importantes para el óptimo crecimiento psicológico de su mascota y una relación grata y llevadera con la misma.

Puede suceder que durante su infancia se le impida al animal el contacto regular con sus congéneres (entre otras cosas, por consejo veterinario en prevención de patologías infecciosas); que se le mantenga excesivo tiempo solo, sin ejercicio físico suficiente ni distracciones; que se le reprima duramente ante problemas de daños o desaseo; o ya entrando en la juventud, que el animal no obedezca las órdenes de la familia, que se escape a la primera oportunidad, con grave riesgo de pérdida, robo o accidentes, que la salida a la calle se convierta en una rutina de halar y no dejarse arrastrar; y en la adultez, recurra en episodios de pelea o amedrantamiento ante la gente y los otros canes, que eventualmente retroceda a acciones de desaseo o robo de comida, que persista en la suicida persecución de vehículos, etc.

En su orden, la traducción práctica del párrafo anterior significa en la infancia canina el desarrollo de una personalidad inestable por ausencia de modelamiento conductual (no pudo aprender ni construir una autoconfianza con base en el ejemplo y la interacción con otros, cosa muy simple de corregir con el simple juego cotidiano); comportamientos destructivos por aburrimiento y acumulación no desahogada de energía, desconocimiento humano de la oportunidad (contingencia, en términos psicológicos), y la intensidad necesaria del castigo en relación con la madurez neurológica del perro y la analogía disciplinaria de la jauría; en la juventud, ignorancia del propietario del papel de líder que le exige su animal para respetar sus normas; desaprovechamiento del momento crítico del aprendizaje de las normas del grupo, para fijar en el momento justo quién y manda y cómo se obedece; y en la adultez, consolidación del temperamento inestable; incompatibilidad con las los despliegues naturales sexuales, de dominancia, territorialidad y otros; inconsistencia en los patrones de premio y castigo, etc. Todo esto sin contar con una buena variedad de somatizaciones con origen psicológico.

Retomando el tema de la agresividad, así, sin estrategias coherentes de socialización y educación, se obtienen los mordedores y peleadores por miedo, los destrozadores, los desconfiados y "traicioneros", los irrespetuosos de la autoridad familiar humanamente constituida, los crónicos duelistas pasionales, los agresores de carteros, Veterinarios, vecinos, familiares y similares, los asiduos clientes de curaciones y suturas y los causantes de problemas legales, económicos y sociales para sus, irónicamente, "amos" (Programa K-SAR, 1996).

O también, el perro ignorante social puede irrespetar los rígidos códigos de cortesía canina, con aproximaciones físicas demasiado intensas hacia sus congéneres, que aunque no sean agresivas si pueden disparar la defensa del honor del ofendido y terminar en una pelea. A pesar de que la intención del sujeto problemático no es agresiva, el episodio finalmente si adquiere esta característica, y el transgresor es catalogado como tal.

El diagnóstico salta a la vista ante la presencia de perro y dueño, o se evidencia con la larga historia de quejas que el segundo lanza tan pronto puede. Sin embargo, los ataques tienden a no ser serios ni frecuentes. El pronóstico es positivo frente a un plan profesional de socialización y educación, que mejora sus expectativas cuanto más se reduce la edad del animal (sin bajar de los 6 meses de edad).

LA REACCION ANTE LAS CRISIS

Todos los organismos vivientes debemos enfrentarnos a situaciones que alteran nuestro equilibrio. Algunas de ellas son endógenas, y marcan puntos de cambio en el desarrollo individual (en el humano, el paso de la niñez a la adolescencia, de ésta a la juventud, de ésta a la madurez y de ésta a la ancianidad), o las provocadas por desórdenes internos (metabólicos, nerviosos, etc.). Pero las que me ocupan aquí son las exógenas, que provienen del medio y someten al sujeto a presión, exigiéndole una respuesta para superarlas.

En este sentido, también todos estamos dotados para esas situaciones, lo que nos permite, en la mayor parte de los casos, producir una respuesta adaptativa. Ahora bien, es interesante conocer cómo es que se produce esa respuesta a nivel del sistema nervioso central, lo que nos acercará a una mejor comprensión de la reacción animal ante las crisis exógenas y, consecuentemente, intentar una forma de manejo más eficiente.

Supongamos que un perro común y corriente va por la calle, y súbitamente se ve amenazado por cualquier tipo de agresor (otro perro, una persona, un vehículo, un estallido, etc.). La información sensorial entra en décimas de segundos por los canales perceptivos y llega al eje hipotálamo-hipofisiario, que la coordina con las respuestas viscerales (signos vitales, sistema digestivo, glucogénesis y muchas otras), y la remite al lóbulo frontal de la corteza cerebral. Ante una estimulación normal, éste evalúa la información y elabora la respuesta somática e instrumental pertinente. Pero si la estimulación es muy fuerte, rápida o agresiva, a la vez que se disparan las constantes fisiológicas, en previsión de una alta demanda de energía para superar la agresión, no hay tiempo para la elaboración crocita, que tiende a bloquearse ante la sobrecarga, sino que la estimulación es desviada al sistema límbico, que asume algo así como un control de emergencia. En los mamíferos superiores, el sistema límbico es el mayor responsable de las emociones y la memoria, y es allí donde se produce la respuesta de lucha o escape ante una situación de emergencia. Esta respuesta no es elaborada, sino simplemente refleja, y el animal (incluidos nosotros, los homo sapiens), actúa inmediatamente según su programación genética, su nivel en el momento de activación psicofisiológica y sus experiencias previas (lo que le haya resultado más exitoso ante eventos similares). De esa respuesta automática (luchar, escapar, esconderse), depende la supervivencia a la agresión, o por lo menos el bienestar inmediato del sujeto.

El proceso es absolutamente normal, y nuestro perro puede recuperarse de la sobrecarga fisiológica exigida. Pero si este tipo de episodios es muy intenso, muy frecuente o con poco tiempo de recuperación entre varios eventos, la sobrecarga comienza a hacer mella en su organismo, con los conocidos efectos que el estrés produce en la salud animal (Sessions, 1991). Por eso no es extraño ver sujetos excesivamente dominantes con problemas de piel y pelo o tumores de todo tipo, para mencionar sólo un par de figuras asociadas. Esto es importante, pero para el presente trabajo son más significativas las consecuencias neurofisiológicas de la mencionada sobrecarga.

Sin entrar en excesivos detalles, en la cadena de estimulación por la que pasó nuestro perro interviene por lo menos un par de docenas de sustancias neurotransmisoras, que posibilitaron los millones de sinapsis interneuronales que produjeron las respuestas somática e instrumental. Cada uno de los neurotransmisores actuó en unas cantidades y concentraciones extremadamente mínimas, de cuyas proporciones dependió la calidad e intensidad de las respuestas, en una relación directamente proporcional: a mayor emisión de neurotransmisores, mayor intensidad de la respuesta. De otro lado, el sistema nervioso central no funciona de una manera exactamente lineal (donde el paso 1 llevaría al 2 y éste al 3 y éste al 4...), sino que se acerca más al trabajo en red (el paso 1 lleva al 2 pero interviene en el 3 y en el 4; el 2 al 3, al 4 y al 5 y retroalimenta al 1, el 3 participa en el 2, el 4 el 5 y el 6...). De una manera más sencilla, el aumento o la disminución de emisión de cada neurotransmisor aumenta o disminuye a su vez no sólo al que le sigue sino a todo el sistema, cuya respuesta vuelve a afectarlo a él, sincréticamente. El sistema reacciona en conjunto.

Ante la estimulación extraordinaria, la emisión de neurotransmisores se magnifica, y esto sucede en todos los sectores cerebrales intervinientes en la respuesta. Además de que las respuestas somáticas e instrumentales tienden a exagerarse, la tormenta neurona que se desencadena, si llega a pasar los límites tolerables por el organismo, corre el riesgo de dañar la capacidad neurona de modulación de la emisión de neurotransmisores. Esto es, el organismo pierde el balance automático de regulación de respuestas proporcionales a los estímulos recibidos, lo que en términos prácticos supone que ante situaciones levemente agresivas el sujeto puede reaccionar más allá de lo necesario. Regresando una vez más a nuestro perro, si sus condiciones de vida han conllevado maltrato crónico u ocasional pero extremo, o ha sufrido experiencias de agresión desacostumbradamente pronunciadas, es probable que ante cualquier evento que le rememore de alguna forma estas desgracias, o sienta amenazada su integridad, reaccione con una agresividad desproporcionada para la situación, aún cuando quien sufra las consecuencias no sea el agresor original, y sobre los controles normales de su comportamiento (Cortés, 1995a).

Este es el estado psicológico que logra con su intervención cualquier propietario o "adiestrador canino profesional" que usa irracionalmente el castigo físico, entendiendo este no solo como las agresiones manifiestas contra el perro sino también las soterradas, como la utilización indiscriminada de collares de castigo y otros elementos de tortura, o la relación de obediencia basada en la amenaza y el terror (sin sospechar siquiera la gravedad de sus desmanes y, en el caso del "adiestrador", cobrando por hacerlo).

El diagnóstico se construye justamente por estos episodios bajo presión, y el pronóstico puede ser positivo, más cuando transcurre menos tiempo entre el trauma original y la TCV, y el paciente es joven. Además de eliminar la fuente de desequilibrio, la TCV por sí misma es bastante satisfactoria, y algún apoyo farmacologico también puede ser útil.

LA REACION PSICOFISIOLOGICA COLECTIVA

Llamado también "comportamiento cardumen". Es diferente manejar un perro a hacer lo mismo con varios al tiempo: mientras que con el sujeto aislado es más fácil mantener un solo canal de comunicación y control con el hombre, incluso cuando el animal se excita, con dos o más es diferente.

En el caso individual, ya vimos que la excitación psicológica produce un incremento en las constantes fisiológicas, que a su vez mantienen la excitación. Pero es difícil que el círculo se retroalimente más allá de unos pocos minutos, sobre todo cuando el hombre llama al orden al perro e interrumpe la atención sobre el evento estimulante. En el grupo excitado, además de la retroalimentación interna se da el mismo proceso entre los sujetos, de modo que aquel que se acelera primero produce el mismo efecto en el otro, y éste en el primero y en los demás, si los hay, que también recirculan la actitud y en definitiva el incremento fisiológico y psicológico (con aprestamiento para la lucha y exacerbación de despliegues intimidatorios o francamente agresivos), se contagia entre los miembros del grupo haciendo más largos e intensos los episodios de excitación (con su eventual componente agresivo, más fácil de alcanzar en estas circunstancias). Además, ya no se necesita un sólo canal de comunicación y control, sino tantos como sujetos haya, y al establecer contacto con uno es probable que se pierda por la estimulación de otro. Esto difìculta romper la cadena de transmisión de la aceleración psicofisiologica, y exige la intervención coordinada de varias personas o una muy enérgica de una sola que cuente con el reconocimiento de liderazgo del grupo. De lo contrario, ese redentor podría terminar si no crucificado, por lo menos ignorado. El problema no se constituye en patología alguna, sino que es una expresión muy natural de la especie: durante la cacería de piezas mayores, la jauría necesita un alto y constante nivel de excitación psicofisiologica, que mantiene la motivación y la concentración de todos en el complicado objetivo por largo tiempo, lo cual ayuda a garantizar el éxito de la tarea, y con éste la supervivencia del grupo y de la especie.

Lo de "comportamiento cardumen", quiere ejemplarizar la anterior conducta con la de los bancos de peces que proceden como una sola unidad. El concepto a entender es que la aceleración psicofisiológica colectiva facilita que sea el grupo el que dirija los actos del sujeto, y que el sujeto a su vez sea más susceptible a dejarse dirigir por el grupo. Si el observador que intervienen, en este caso el humano, lo ignora, encontrará más difícil su tarea de control comportamental.

El diagnóstico surge del reporte del propietario, y el pronóstico, generalmente positivo, se basa de nuevo en la adecuada socialización intraespecìfica y la educación coherente del animal.

EXCESO DE ENERGIA ACUMULADA

El propietario urbano usualmente no cuenta con tiempo suficiente para dedicarle a su animal. De este modo, un organismo que en estado natural está preparado para despliegues significativos de energía mas o menos regulares en el tiempo (juego, lucha, rastreo, acecho, cacería, patrullaje de territorio, etc.), ve disminuida su actividad física a unos breves y poco intensos momentos de ejercicio en ambientes pobremente estimulantes y exigentes. Además, por lo general cuenta con una alimentación rica en calorías, que permite una permanente disponibilidad energética corporal bajamente aprovechada.

Los Médicos Veterinarios conocen varias consecuencias fisiológicas de este cuadro, casi siempre identificadas con la obesidad y sus complicaciones conexas. En lo comportamental., inicialmente tenemos sujetos inquietos con dificultades para dosificar sus despliegues físicos. En su permanente estado de sobrecarga, aprovechan los escasos momentos de libertad corporal para desahogar al máximo la energía sobrante, metièndose frecuentemente en problemas, incluidos los episodios de agresión, iniciados por ellos o por otros animales que pueden sentirse amenazados por sus desproporcionadas manifestaciones corporales.

De mantenerse las causas del problema, el cuadro tiende a degenerar con el tiempo en individuos con bajo nivel de actividad debido a las citadas complicaciones clínicas derivadas de la sobrealimentación y el sedentarismo, y con un carácter huraño producto de las repetidas experiencias negativas de la juventud.

El diagnostico se construye del cruce entre los reportes del propietario y la investigación sobre los niveles regulares de actividad del animal. El pronostico es positivo, sobre la base de un plan suficiente y permanente de ejercicio de acuerdo al tipo de animal. Por supuesto, sin caer en el absurdo y antiètico error de amarrar al perro a un automóvil o una motocicleta y obligarlo a correr sobre el pavimento para que aspire humo, se destroce los pulpejos y las articulaciones, se arriesgue a varias lesiones y pierda la oportunidad de exploración y movimiento libre y generador de higiene física y mental.

ACCION-REACCION CON TRAILLA

Esta es una de las causas mas comunes de conflicto entre perros urbanos. Los propietarios o manejadores que pasean con su perro en una ciudad, usualmente lo llevan atado a una traílla por disposiciones legales, seguridad del animal o simple comodidad. Ante un encuentro con otro canino, es probable que el hombre retenga al perro fuera del alcance con su semejante, o incluso lo cargue para evitar el contacto. Eventualmente, puede verse motivado a hacerlo luego de ver o creer ver alguna señal de peligro de confrontación. El problema consiste en que justo con el tirón de la correa o el levantamiento del sujeto obtiene lo contrario de lo que quería, y su mascota se enfrasca en una pelea, o la persona resulta agredida por el contendor que trata de alcanzar al perro alzado.

Al reconstruir el evento, encontramos que los perros normales se sienten atraídos por el estrecho contacto con sus congéneres tan pronto los detectan. En consecuencia, se dirigen a ellos directamente, lo cual a veces es interpretado como una amenaza por algunos manejadores excesivamente precavidos, que junto con sus perros sacan a pasear sus miedos, y anticipan una respuesta ansiogena, demandando un tanto escandalosamente que se les retire el segundo perro, agredièndolo directamente o reteniendo o cargando a su animal. De entrada, están abonando un terreno de conflicto. Por su parte, el perro retenido percibe el temor de su manejador, y puede absorber y canalizar en si mismo la tensión, reproduciendo la conducta desproporcionada de defensa, lo que desequilibra el simple saludo canino hacia la probabilidad de una pelea.

Mas allá, el tirón de la correa, justo cuando ambos animales están investigàndose mutuamente, coloca al sujeto amarrado en una doble dificultad: por un lado, pierde la posición defensiva corporal natural, lo cual lo obliga a recuperarla de inmediato y vigorosamente; por el otro, puede confundirlo al punto de interpretar el tirón como una agresión del medio, tal vez proveniente del congénere que tiene en frente. La reacción a ambos estímulos tiende a ser acalorada, y en consecuencia motiva una reacción igual del oponente, que no tolera esa imperdonable falta de cortesía canina. Ya tenemos un combate.

Si no fue halado sino alzado, en todo caso despierta la curiosidad del segundo perro, que puede tratar de alcanzarlo aun sobre el humano protector, acto que asusta a muchas personas y podría ser interpretado por ellas como una agresión. Ahora bien, si esa reacción defensiva es recurrente, el perro alzado aprende bien pronto que está relativamente seguro, y propicia un enfrentamiento del que no tiene que pagar los platos rotos, ya que no lo van a alcanzar. Es curioso que cuando se les informa a los manejadores que sus amigos no corren ningún peligro real, y que por lo tanto no se justifica esa sobreproteccion, desplaz