LA TRANSGRESIÓN IMPOSIBLE

Casi todo el mundo ve el carnaval como una explosión de cutrerío rayana en la mamarrachada

Ramón de España

      Esto del carnaval es como lo del Partido Comunista: desde que lo legalizaron no le interesa a casi nadie. Suelte usted la palabra comunismo en público y la gente no pensará en la justicia social o en el triunfo irreversible de los parias de la tierra, sino en purgas, campos de concentración y crímenes masivos. Haga lo propio con la palabra Carnaval y ya verá como, en vez de ser considerado un elemento de transgresión, todo el mundo (excepto los más recalcitrantes seguidores de Comediants) lo define como una explosión de cutrerío rayana en la mamarrachada. Bueno, sí, a los niños les gusta porque es un juego y porque con cualquier disfraz se apañan, los angelitos. Puede que también lo encuentren estimulante los miembros más plumíferos del colectivo homosexual, que con poder salir a la calle a enseñar el culo (aunque se lo congelen) ya tienen bastante, los infelices. Pero al ciudadano común, a la que se cruza con tres travestidos y cuatro falsos curas pelados de frío le entran unas ganas terribles de encerrarse en casa a escuchar los cuartetos de cuerda de Boccherini y a lamentar las efusiones del populacho.

      Puede que en otra época -cuando el comunismo parecía una buena idea, sin ir más lejos-, esto del Carnaval tuviera alguna lógica. ¿Últimas burradas antes de empezar la Cuaresma? Vale, ¿pero a quién le importa hoy un rábano la Cuaresma? ¿Una oportunidad de transgredir el orden establecido? No hay nada más hermoso y apetecible, desde luego, pero es que ahora la transgresión es fomentada por los ayuntamientos; y una transgresión ordenada por el señor alcalde ni es transgresión ni es nada. Puede que Joan Clos (como demostró al presidir la rúa de Carlinhos Brown) no tenga muy claras las diferencias entre transgredir y hacer el ridículo, pero los barceloneses hilamos más fino en ese espinoso asunto.

      Transgredir es cada día más difícil porque llevamos mucho tiempo aplicándole al desinterés por lo que nos rodea el eufemismo de tolerancia. Cada vez quedan menos intolerantes; es decir, gente que cree en algo y que, para desgracia de los demás, se empeña en imponer sus puntos de vista. Como ciudadanos democráticos, nos toca velar por esta engorrosa especie en extinción y, a ser posible, sacarle partido.

      Fijémonos en lo que acaba de ocurrir en Valls, donde parece que aún quedaba gente con ganas de transgredir. Esa gente presentó un cartel paródico de la última cena en el que la figura de Jesucristo había sido sustituida por la del Diablo. ¿Una broma inocente?. Eso podíamos pensar los habitantes de Closburgo, pero en Valls los curas montaron en cólera e hicieron retirar el pasquín. La segunda propuesta, protagonizada por dos payasitos sonrientes, tampoco prosperó: ¡los payasos protestaron por utilización indebida de su imagen! Conclusión: este año no ha habido baile de Carnaval en Valls (el ayuntamiento se sumó a la clerigalla retirando la preceptiva subvención).

      Esto permite a los habitantes de Valls ejercer de pioneros y devolver el Carnaval adonde corresponde: las catacumbas. Desde ahí se puede planear para el próximo año una movida ilegal que haga arder el pelo de curas, munícipes y gente de orden en general. ¡Y ése es sólo el primer paso a dar si queremos recuperar la transgresión! Luego habrá que ilegalizar el comunismo, la homosexualidad, el nudismo y la palabra soez. Los curas de Valls nos han demostrado que aún quedan en Catalunya mojigatos capaces de escandalizarse. ¡A por ellos!