La sequía y las inundaciones no son dos patologías de la naturaleza sino fenómenos naturales condignos a las condiciones y variedad climática de la Península Ibérica, verdadera encrucijada de influencias meteorológicas. Es precisamente esta variabilidad climática la responsable de la disparidad espacial de estos riesgos climáticos. La manifestación de esta enorme variabilidad del clima no es nueva, aunque los medios de comunicación -sobre todo durante las últimas semanas- hayan hecho de la sequía un acontecimiento nuevo de trascendencia social. No es la primera vez -y tampoco será la última- que la sociedad española convive con estos 'titulares informativos', en este caso derivados de una situación de indigencia pluviométrica. ¿Por qué? Pues porque ésta forma parte de la identidad climática y territorial de nuestra península. Recordemos que a mediados del siglo XIX Echegaray redactó sus 'Memorias sobre las causas de la sequía de las provincias de Almería y Murcia y los medios de atenuar sus efectos', y un lustro después se celebraba en la ciudad de Murcia el congreso contra las inundaciones de la región de Levante. Más cerca en el tiempo, en los años ochenta, mientras que en la primera mitad de la década el período de sequía entre 1978 y 1984 sumía a parte de la península en una profunda aridez, en la segunda mitad de la década la fachada mediterránea se vio afectada por la sucesión de varios episodios de lluvias intensas ('gota fría'). Recordemos que durante el año seco 1989, mientras el País Vasco sufría la 'sequía', en el sur y sureste peninsular abundaban las lluvias.
La Organización Meteorológica Mundial define el concepto de sequía como la secuencia atmosférica caracterizada por el desarrollo de precipitaciones inferiores en un 60% a las normales durante más de dos años consecutivos». Al hablar de sequía podemos referirnos a cuatro niveles de concepción: la disminución de los valores de precipitación ('sequía climática') repercute en una 'sequía edáfica', y es la responsable de una disminución de los recursos hídricos ('sequía hidrológica'), que a su vez desencadena la 'sequía agraria', causante de las pérdidas económicas en la agricultura. Ahora bien, estos tipos de sequía no siempre tienen una relación causa-efecto directa, toda vez que podemos asistir a una situación o sensación de sequía en un año hidrológico normal debido, por ejemplo, a un incremento excepcional de la demanda. Ejemplo claro de esta situación fue la sequía de finales de los sesenta y principios de los setenta en el sureste peninsular, que, a pesar de contar con registros pluviométricos normales (entre un 80% y un 90% de los valores considerados normales), 'sufrió' el problema de la sequía no tanto por la falta de agua sino por el aumento de la superficie de regadío.
Seguramente el problema fundamental no esté en la situación de sequía como riesgo climático propio de nuestras latitudes, sino en la capacidad de la sociedad para saber adaptarse a esta situación extrema. Conscientes de la problemática olvidamos, sin embargo, que somos un país esencialmente mediterráneo y seco, aunque con ciertos matices territoriales, y al amparo de la tecnología hemos adoptado prácticas y usos poco sostenibles con nuestra realidad e identidad mediterránea, como, por ejemplo, campos de golf en zonas áridas, grandes concentraciones turístico-residenciales donde menos agua hay, cultivos poco adaptados a las condiciones climáticas, etcétera.
En definitiva, toda una serie de acciones que han alterado las reglas de la naturaleza y que han hecho que un episodio atmosférico natural, propio de la realidad mediterránea, adquiera tintes catastrofistas.
Debemos conocer los límites naturales del territorio en el que vivimos y adaptarnos a ellos, no intentar sobrepasarlos. Uno de los objetivosque plantea el Programa Nacional sobre el Clima es precisamente «conocer el clima y su posible evolución en el tiempo y presentar este conocimiento de forma que pueda utilizarse para optimizar la influencia provechosa del clima en las diversas actividades socioeconómicas nacionales».
Desde este posicionamiento, parece lógico pensar que los efectos de la temporalidad de los episodios de indigencia pluviométrica pueden mitigarse (pero no se puede acabar con ellos), a través de la planificación ordenada de los recursos hídricos y de la correcta asignación de usos y disponibilidades de agua en el marco territorial. El agua debemos verla ligada al territorio, porque forma parte de él, de su identidad, de su idiosincrasia. Debemos estar preparados para el advenimiento de la sequía como fenómeno natural propio de nuestras latitudes. Las sequías deben empezar a gestionarse antes de que lleguen, lo mismo que las inundaciones. Curiosamente, en un país fundamentalmente seco los planes más desarrollados han sido siempre los de regadío. ¿Para cuándo un plan del secano? ¿Para cuándo un plan de sequías?
Las campañas ciudadanas que invitan al ahorro de agua en momentos de escasez pueden pecar de demagógicas, en un país como el nuestro, que se presenta como el tercer gran consumidor mundial de agua y donde, de manera global, más del 45% del agua suministrada no se controla, y aunque probablemente buena parte de ella sea utilizada, no pasa por contador, es decir, no se tarifa, y todo ello, evidentemente, contribuye al abuso y al despilfarro.
El reto de la gestión del agua, especialmente en época de sequía, pasa por ser eficientes en la gestión de las aguas superficiales y subterráneas y reducir los consumos, sobre todo del regadío, que es el gran sumidero de este país. Tenemos que ser conscientes y asumir la realidad climática en la que vivimos, con sus ventajas y sus inconvenientes. Sólo de esta manera seremos capaces de sobrellevar estos 'sobresaltos' naturales del clima y dejar de ver la sequía como una constante maldición.