El papel estelar del metano en la atmósfera terrestre pudo haber comenzado en cuanto surgió la vida, hace más de 3500 millones de años. Los metanógenos, habitantes unicelulares del océano, habrían medrado en un mundo privado de oxígeno, así era la tierra en aquella época, y el metano que producían habría permanecido en la atmósfera durante mucho más tiempo de lo que sucede actualmente. (ahora se mantiene 10 años en la atmósfera, pero en un ambiente anóxico permanecía hasta 10.000 años). Este metano, junto con otro gas del invernadero mucho más abundante, el dióxido de carbono procedente de los volcanes habría calentado la superficie del planeta al atrapar el calor saliente de la tierra, al propio tiempo que permite el paso de la radiación solar.
Un invernadero húmedo ofrece el clima preferido por los metanógenos termófilos. Así, cuanto más se calentaba el planeta, mejor se habrían desarrollado estos metanógenos, por tanto, mayor cantidad de metano se habría generado. Este ciclo de retroalimentación positiva habría aumentado el efecto invernadero, elevando todavía más las temperaturas superficiales. El calentamiento global habría intensificado el ciclo del agua i potenciado la erosión de las rocas continentales; un proceso que extrae anhídrido carbónico. La concentración atmosférica de anhídrido carbónico habría descendido al propio tiempo que la del metano continuaba aumentando, hasta que las dos llegaron casi a igualarse. Bajo tales condiciones el comportamiento químico del metano, atmosférico, cambió radicalmente.
Una química cambiante habría evitado que los crecientes niveles de metano convirtieran la Tierra en un sofocante invernadero. Parte del metano habría polimerizado (formando moléculas de metano unidas entre si); los hidrocarburos complejos resultantes habrían condensado en partículas que, a gran altitud, se habrían concentrado en una niebla. Esta nube de polvo orgánico habría compensado el intenso efecto invernadero: absorbía la luz visible de la radiación solar incidente y la emitía de nuevo hacia el espacio, reduciendo así la cantidad de calor que llegaba a la superficie del planeta. En este clima más frío la población de metanógenos termófilos habría disminuido. Así, la niebla habría frenado la producción total de metano.
Aunque el metano nunca volvió a resultar tan decisivo para el clima, no se descarta que pudiera haber ejercido cierta influencia en épocas posteriores. Por ejemplo, a finales del Proterozoico, cuando, en la opinión de algunos expertos, los océanos se congelaron por completo en el transcurso de una serie de episodios Tierra- bola de nieve.
¡Que parecido debió ser aquel mundo a la situación actual del satélite de Saturno, Titán!
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